El Encuentro 12

Estábamos cambiándonos cuando Castillo me confirmó que los dos carros rastreados estaban entre los que habían llegado a la bodega y que el carro de la esposa de Villafañe estaba en una casa subiendo para las cascadas. Según el satélite había cinco carros más, unas quince cabezas alrededor y cinco adentro.

—Jefe, ¿qué tal que sea El Tigre? —me dijo Rojas emocionado.

—¿Será posible tanta suerte?

Jalé a Pérez a un lado.

—¿Usted qué opina de Sandoval?¿Lo tiene en la lista negra o en la blanca?

—Blanca.

—¿y del cinco al diez?

—En el diez, Jefe. El pobre tuvo mala suerte con lo de Las Camelias. Perdió tres hombres pero eso no fue culpa de él.

Le conté lo que dijo Castillo.

—Si es El Tigre, se reivindica.

—Llámelo, Pérez. Igual no tenemos más opciones. Él está en naranja y tiene su gente lista.

—Aquí tenemos seis ayudándonos; los demás tienen que estar pendientes de lo de ellos.

—Llámelo a ver qué hacemos. Que se lleve sus hombres. González está con nosotros. Que me alcance en la pista, ya deben estar sacando a Villafañe.

Justo en ese momento me llamó el coronel al celular.

—Martínez, ya sacaron a Villafañe para la enfermería. Arranque, hombre, que lo están esperando.

Lo puse al tanto del nuevo plan y estuvo de acuerdo. Le informé también de la posibilidad de encontrar al Tigre y usar a Sandoval. Aunque no le agradó del todo, me dio su aprobación. Tenía que alistar otros 25 oficiales para apoyarlo.

—Yo me llevo diez. Coronel use los otros. Yo tengo a González y seis de sus hombres conmigo. Mejor que le colabore a él.

—No hay más que hacer, Martínez, confío en sus instintos.

Caminé unos segundos orando: “Dios mío no me abandones, dame tu bendición”.

Sandoval apareció corriendo.

—Aquí estoy, Martínez, ¿qué puedo hacer por usted?

Le expliqué la situación.

—Ya sabe que no es confirmado, prácticamente eso le va a tocar a usted. El coronel ya está alistando personal de apoyo…y…, Sandoval, ahí pueden tener a mi novia, porque no descartamos la posibilidad de que lo de la bodega sea una distracción. Si ella está allá me la trae sana y salva.

—Con mucho gusto, Martínez —dijo abrazándome.

La operación de los Villafañe salió tal cual la habíamos planeado. Cuando veníamos de regreso, me llamó El Tigre:

—Hombre Martínez usted sí es efectivo. Veo que está enamorado de verdad. Tranquilo que si todo sale bien, en unas horas podrá abrazar a su noviecita.

—Quiero hablar con ella.

—No. Acuérdese que eso no se lo prometí. Hasta ahora vamos bien. Eso de los carritos y el helicóptero le quedó bien hecho. Dígame a ver ¿dónde me lo tiene?

—Pues tampoco yo le prometí esa información. Va a tener que esperar hasta las veintidós. Aunque si usted le entrega mi novia a uno de mis hombres, ya mismo le pongo esa basura  frente a su puerta.

Se rio a carcajadas.

—Ay, hombre Martínez, le aseguro que si estuviéramos en la misma profesión, seriamos muy buenos amigos. Usted me cae bien hombre, me cae muy bien —y colgó.

Aterricé y corrimos hacia mi carro. Alcanzamos a Pérez justo cinco minutos antes de llegar a la bodega. Según Castillo, ella había estado caminando, estirándose y había tocado varias veces la pared. Un hombre entró y la condujo a lo que suponíamos era el baño; luego la regresó a su sitio. Le dejó un plato de comida al lado y una botella. Lo del plato se lo comió el perro, ella tomó de la botella y luego se echó en la mano para darle de beber al perro, el cual de vez en cuando se movía, daba una vuelta y volvía a acomodarse su lado. “Tiene que ser Paulina”, pensé. Mínimo había entablado conversación con el perro y ya lo tenía embobado con su dulzura y sus ocurrencias. Igual que a mí.

Llegamos y nos acomodamos todos en los puestos. Yo me quedé con Arango y las demás “arañas”. La habitación donde dormían daba a la calle y tenía una ventana de vidrio. Con un cortador de diamante abrí un hueco y pudimos entrar, al tiempo que con silenciadores callamos tres tipos que dormían allí. Entramos seis Élite, todos listos a neutralizar los que íbamos encontrando mientras llegábamos al lugar donde estaba Paulina. Arango y yo tumbamos los dos hombres que siempre veíamos en las esquinas.

La gente se veía distraída, cuatro jugaban cartas al lado de una puerta trasera, los otros caminaban entre los empleados que se veían concentrados en su trabajo. Yo estaba esperando que otros dos guardas que caminaban de lado a lado frente a la puerta llegaran cada uno a su extremo para tener tiempo suficiente de entrar y protegerla, simultáneamente al ataque del resto de mis hombres.

Rojas y otros cuatro tiradores estaban listos por si alguno pretendía escapar. La orden era agarrarlos vivos, casi siempre les disparábamos a los pies para asustarlos y que se detuvieran. El último recurso era inmovilizarlos permanentemente, sobre todo si corrían sin disparar. Sabíamos que los empleados que manipulaban la droga eran simples civiles desarmados.

Castillo me avisó por el radio que Paulina se había levantado y había puesto el oído contra la pared. El perro estaba en la puerta como esperando que alguien entrara. Recordé lo que me dijo Villafañe y me subí el cuello de la chaqueta. Era mejor ir protegido por si me atacaba, a estas alturas no dudaba que se estuviera haciendo cargo de proteger a Paulina. Llegó mi oportunidad y corrí hacia la puerta, pero un hombre que no habíamos visto corrió gritando hacia donde estaba Paulina.

—¡Adentro todos! —gritó Pérez.

Me imaginé que Castillo le había avisado de la situación.  Justo en el instante en que abrió la puerta, el perro le saltó tal y cual yo esperaba. Entré y cargué a Paulina, que se aferró con sus piernas a mi cintura. Esquivé el cuerpo del tipo que luchaba por quitarse el perro de encima; cerré la puerta para que se quedaran allí adentro.

—¿Por qué te demoraste tanto?

—He tenido unas pequeñas complicaciones, mi amor.

Empezó a llorar y yo me quedé en un rincón, con un arma lista a disparar. Yo seguía abrazándola mientras veía mis hombres entrar y dominar uno a uno los criminales.

La gente que trabajaba allí no se movió. Todos levantaron las manos y se quedaron quietos en sus asientos.

Me sentí de pronto viendo una película, mis hombres a puñetazos vencían los atrevidos que los enfrentaban. Los tiradores, que realmente eran invisibles tumbaban delincuentes que intentaban salir corriendo por alguna de las puertas.

Yo apretaba a Paulina contra mi pecho evitando al máximo que escuchara los gritos y el ruido de las balas que zumbaban por el lugar.

Dos guardias corrieron hacia nosotros, le disparé al primero, al otro Marco le cayó encima. Paulina, se aferraba a mí sin decir nada. Hubiera preferido salir, pero había demasiada confusión y ellos tenían que concentrarse, si me movía, los iba a distraer en su afán por cubrirnos y protegernos.

Algunos empezaron a darse por vencidos y se tiraban al piso, con las manos entrelazadas en la nuca. Pérez se le acercó a uno y el canalla con la rapidez de un experto le sacó una pistola, pero nosotros estábamos entrenados para eso, la reacción de Pérez fue inmediata y además de una bala se ganó varias patadas.

Dos de los empleados intentaron correr, desde mi esquina, les disparé a los pies y tomaron la decisión correcta tirándose al piso encogidos en posición fetal, medio sonreí.

Me sentí raro, allí parado como un observador indiferente; aproveché para analizar, la defensa de cada uno de los Élite; Rey, era delgado pero ágil, les saltaba por encima como si fueran simples obstáculos en una carrera. Dos de Gonzales eran tan fuertes como Mariano y Marco, y el resto, preparados y expertos luchadores, Moreno me hizo reír, dos tipos lo confrontaron con ganas de puños, me imagino, los miró y les disparó con desprecio. Los dos traidores tenían armas en la espalda.

En cuatro minutos todo había terminado. Salí cargando a Paulina, que ni siquiera hacía el intento de caminar, seguía enlazada a mi cintura y no se movía. Castillo y todos gritaban por el radio y oía risas pero no entendía nada. Castillo y Bernal aparecieron en la furgoneta. La dejé con ellos y le entregué mi celular para que llamara al abuelo. Escuchaba la voz animada de Castillo que no paraba de hablar. Salí a terminar mi trabajo con Pérez.

Al final se acercó a la furgoneta, le dio la mano a Paulina. Volvió a mi lado.

—Jefe, váyase con ella, nosotros terminamos aquí.

—Castillo, ¿qué sabe de Sandoval? ¿Ya le confirmó que tengo a Paulina?

—Sí, Jefe, y ya están entrando pero todavía no hemos confirmado si es El Tigre.

—Camine lo llevamos hasta su carro, Jefe —me dijo Bernal.

Paulina lloraba otra vez, había hablado con el abuelo y estaba emocionada. Las mellizas se tranquilizaron y se fueron a dormir. La abracé.

—Ya, mi amor, ya pasó todo, ya nos vamos.

Mis hombres concluyeron la operación. Miré el reloj. Las 22:00. El Tigre no llamó, sentí alivio. Estábamos llegando al carro cuando Castillo gritó:

— Lo tienen, Jefe, lo tienen. Confirmado, Sandoval tiene El Tigre.

Miré al cielo y le di gracias a Dios. Me quité la chaqueta y el chaleco y me puse una camisa que saque del maletín. Ya en el carro ella me dijo:

—No quiero ir hasta San Juan ahora, ya le dije al abuelo que estoy muy cansada. Vamos a mi apartamento, por favor.

Con lo que había pasado, no sabía si era prudente. Me parecía peligroso.

—Mejor vamos al mío, hasta que esté seguro que todo está en orden en el tuyo.

Suspiró y se pegó a mí.

—¿María Paz no está, cierto?

—No.

Volvió a llorar. Le acaricié la cabeza. Dejé que se desahogara. Sentí miedo, esto podría tener un mal desenlace. Seguir a mi lado era peligroso para ella. Se aferró a mí en la camioneta pero no pronunció ni una palabra. Subimos abrazados. Mi apartamento estaba como a 15 minutos del de ella. Llegó derecho al baño. Salió después de un rato y yo entré para lavarme la cara. La encontré sentada en el balcón.

—¿Quieres algo de tomar?

—Agua—me contestó—. La vista desde aquí es muy bonita, no me había fijado.

—¿Quieres bañarte? Aquí tienes ropa y pijama, ¿recuerdas?—asintió—. Yo te preparo la tina, ¿quieres? —asintió otra vez. Fui al baño y cuando estaba todo listo fui por ella. Empecé a quitarle la ropa y ella empezó a hacer lo mismo conmigo.

—¿En serio?

Se rio con su risa de siempre.

—Claro, ¿y es que crees que estás muy limpio? Es más yo ni sudé, lo que tenía era un frío que me moría. Si no fuera por Baltasar me hubiera congelado.

—¿Baltasar?

—El perro.

—¿Y tú como sabes?

—Él me lo dijo… ¿Sabes qué?, vamos a hacer una cosa. No hablemos más.

—¿Cómo? —el corazón me dio un vuelco, creo que se me cambio de lado.

La miré intrigado. Se empinó y me besó. Fui a hablar y me tapó la boca con un dedo.

—Chis.

Siguió desvistiéndome. Entramos a la tina y allí, sin palabras, nos llenamos de jabón y champú. Nos reímos y nos besamos.

Por unos minutos, olvidé la angustia de este día.

Una vez que dio por terminado el baño, me llevó de la mano hasta la cama y allí, nuevamente sin palabras, nos amamos como nunca antes, con amor, con pasión, con ternura, con lágrimas, con risas.

No supe en qué momento nos quedamos dormidos.

Abrí los ojos, miré el reloj de la mesita de noche, 01:18. Salí sigilosamente para no despertarla, se veía en paz. Llamé a Pérez.

—¿Usted si es malo para descansar no, Jefe? Ya todo terminó, los de legal ya están procesando esa gente. El Tigre no ha hecho sino preguntar por usted, quiere tener el honor de conocerlo.

—Ese hombre es un loco.

— ¿Cómo está Paulina?

—Muy bien, dormida, tranquila. No me ha hablado mucho. De hecho no me ha dicho nada.

—Bueno, Jefe, pero ya la recuperó, y en tiempo record, felicidades.

—Hombre, Pérez, gracias por su ayuda, no sé qué haría sin ustedes.

—Probablemente viviría muy feliz en otra parte y sería abogado o doctor.

Nos reímos.

—A propósito, Jefe, le asignaron tres escoltas, antes de salir llame al comando porque ellos tienen que estar con usted y Paulina las veinticuatro, por ahora.

—Ah, eso sí que me complica la vida, ya Paulina está asustada, ahora sí que se va a preocupar más.

—No le diga nada.

—¿Cómo hago, Pérez? Cuando ella vea tres tipos detrás de nosotros como chicles, ¿qué le digo, que son los paparazi del comando? o ¿qué?

Risas otra vez.

— Cierto, Jefe, la vida se le complicó.

—Hombre, Pérez yo sabía que usted era el indicado para darme ánimo.

Siguió riendo.

—Ya deje de preocuparse por adelantado, muchos hemos tenido escoltas y no nos afecta la vida, usted es uno de ellos.

—Estaba solo, Pérez, hasta me servían de compañía, ahora es diferente.

—Bueno, mañana será otro día, estoy seguro que sabrá cómo explicarle la importancia de tenerlos por ahora. Vaya, duerma, Jefe, que debe estar agotado, acuérdese que necesita sus horas de sueño, para no perder la belleza.

Nos reímos y ya iba a colgar cuando me acordé de algo.

—Pérez, Pérez.

—Sí, Jefe, aquí estoy.

—¿Qué pasó con el perro?

—Lo tienen en la unidad canina, debe estar bien. Mañana le doy una vuelta y le cuento las novedades.

—Está bien, hasta mañana.

Me desperté. Paulina, seguía profunda, casi sin moverse. Respiraba suavemente. Salí e hice un desayuno relámpago. Volví al cuarto y abrió los ojos.

—Ummm, qué rico huele, me muero de hambre.

Me acerqué y me senté al borde de la cama.

—Dormiste como un lirón, ni roncaste.

—Eh, yo no ronco.

—Claro que sí.

—No. Tú eres el roncador y más cuando duermes para el lado derecho.

—Ah, es que ese es mi lado malo.

—Qué va, tú no tienes lado malo.

Se incorporó y me abrazó. Le di un beso en la frente.

—Ven, vamos a desayunar tenemos que irnos, tu abuelo debe estar ansioso por abrazarte.

En el camino a San Juan me contó toda su odisea. La escuché y me alegró ver que no lloró, ni maldijo los delincuentes. Orillé la camioneta y la abracé con todas mis fuerzas.

—Mi amor, perdóname, todo es culpa mía, perdóname.

—Tan bobo, no digas eso, no tienes la culpa de nada. Esa gente es mala y hace lo que tenga que hacer para salirse con la suya.

—Para llegar a mí te usaron y eso me parte el corazón.

—Yo sé quién eres y no me estás obligando a estar contigo —me miró y suspiró—. ¿O sí?

—¿Queeé?

Se empezó a reír.

—Bueno, es que si siguieras siendo antipático o fueras malo no te amaría tanto y hasta me había podido conseguir otro novio. Pero eres demasiado hermoso y encantador, me estás chantajeando emocionalmente.

Me reí y nos besamos un rato.

En el camino llamé a Sarmiento y le pedí el favor de que trajera el carro de Paulina a La Casa Grande. Su ropa nueva y el regalo para el abuelo estaban ahí.

—Mi amor, ¿ya te diste cuenta de que nos están siguiendo? Claro que creo que son de los tuyos porque tienen cara de buena gente.

Me dio risa, aunque más de nervios que de alegría.

—No te lo quería decir, pero me alegra que te hayas dado cuenta —me acordé de Pérez—. Quiere decir que estás alerta. Son escoltas que vamos a tener durante veinticuatro horas.

—¿Vamos? ¿Veinticuatro horas? ¿O sea hasta mañana?

—Mmm —hablar con evasivas no era una de mis fortalezas—. Si estamos juntos estarán con nosotros, cuando estés sola vas a tener a alguien contigo las veinticuatro horas.

—¿Quéee? Ay, no, qué desastre, ¿va a ir a la Universidad conmigo?—hizo gesto de disgusto.

—¿Tan horrible te parece?

—Claro, allá van dos que cuidan los hijos del gobernador y pasan muy aburridos.

—¿Quiénes, los escoltas o los hijos?

—¡Los hijos! Los persiguen a todas partes, no los dejan hacer nada. El muchacho ya se rebeló, no podía ni besar a la novia en paz.

—Ah no, pero por eso no te preocupes, que estos sí nos van a dejar besarnos —le dije con alegría.

—Ay, no, Martínez, ¡que lata! Ese Tigre estúpido me cae muy mal.

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El Encuentro #11

Pérez se me abalanzó y me abrazó, Castillo escondió la cara entre las manos, los demás alegaban y renegaban.

—No es hora de maldecir —les dije—. Necesito que me ayuden a encontrarla.

Todos aprobaron. Sentí su apoyo.

—Castillo, intercepte mi celular. Si quieren un intercambio deben estar por llamar.

Les conté todo lo que sabía y entonces empezamos la lluvia de ideas a los que ya los tenía tan acostumbrados.

—Hay que interrogar a Villafañe, es el de los perros.

—Él puede saber dónde la tienen.

—Hay que localizar al Tigre.

Hasta ahora no conocíamos su paradero, nunca aparecía por el laboratorio a pesar de ser el dueño. Teníamos que revisar todos los edificios que estaban marcados.

—¡Castillo!—gritaron varios a la vez.

Volví a la sala de comunicaciones. Villareal acababa de llegar y estaba ayudando. Me dio la mano.

—Cuente conmigo, Martínez, aquí estoy para servirle.

—Gracias, hombre, gracias, ubiquen todos los carros que marcamos del laboratorio. ¿Cruz encontró algo cerca al apartamento?

—Todavía no. Me acabo de meter al semáforo de la treinta y siete, deme unos minutos.

—Confróntelo con los carros que marcamos, de pronto le aparece alguno.

—Martínez, ¿está ahí? —preguntó el coronel por el radio.

—Sí, mi coronel.

—Venga un momento a mi oficina, le tengo noticias de Villafañe.

—Villa, entre usted a las cámaras del edificio. Cruz tiene la dirección. Revise los carros estacionados allí —salí corriendo.

—Aquí le tengo en el teléfono al general.

—Buenas tardes, mi general.

—Tardes, pero nada de buenas, Martínez, nada de buenas. Le doy carta blanca para que rescate su novia usando todo lo que tenemos, esto es un atentado contra todo el comando. Si lo alcanzan a usted que es mi número uno y lo vencen, estamos perdidos. Si lo alcanzan y nosotros volvemos a vencer están jodidos. Su novia es ahora alta prioridad y hay que rescatarla. Haga lo que tenga que hacer.

—Gracias, mi general, ¡muchas gracias!

Le informé que habíamos concluido que la tenía El Tigre. Estábamos investigando dónde. Al colgar, el coronel me confirmó que en cualquier momento podíamos hablar con Villafañe, le había pedido al director de la prisión que le llevara un celular a la celda y nos permitiera hablar con él.

Regresé a comunicaciones, tenían buenas noticias: dos de los carros marcados pasaron varias veces por la 37 y a las 14:08 por la 47.

Tenía lógica, la esperaron y luego la siguieron. Ella pasaba por la 47 camino a la autopista. Identificaron también el carro de Paulina y confirmamos los 2 carros detrás por los siguientes semáforos. Otro carro sin marcar también seguía la misma ruta.

—Córrale las placas Villa, a ver quién es el dueño.

Volví a la sala. Seis hombres de González y él estaban ahí. Tenía que determinar cómo los iba a usar. Les conté lo que habíamos confirmado. Estaban analizando tres de los edificios que ya teníamos marcados.

—Castillo, revise el edificio del laboratorio, mire a ver cuánta gente hay —dijo Pérez y me pareció una excelente idea.

—Gracias Pérez, la pueden tener ahí.

En un minuto apareció la imagen en vivo y empezamos a analizar cada figura. En realidad eran puntos verdes como los llamábamos, pero se veía claramente si estaban caminando, sentados o acostados. Yo estaba tan angustiado que los puntos se me juntaban.

—Jefe, siéntese un momento, le aseguro que si está aquí la encontramos en segundos.

Me senté y cerré los ojos, sentí una mano en el hombro.

—Aquí estamos todos, Jefe, usted no está solo —me dijo Marco Polo y yo le apreté la mano. De pronto escuché un rumor.

—Aquí está, Jefe, aquí está, tiene que ser ella, mire, mire —gritó Castillo.

Una figura pequeña, sentada abrazándose las rodillas, en el rincón de una oficina se veía claramente en la pantalla. Ese lugar en particular estaba separado de las paredes y no tenía ventanas. Un oficial encubierto de los que había logrado infiltrarse con unos electricistas nos había explicado que ahí solo entraban los jefes y que mantenían hombres parados en cada esquina. Había sido construido especialmente, no era una de las oficinas que ya tenía la bodega. Analizamos lo que alcanzábamos a identificar: dos escritorios con computadores, dos gabinetes, seguramente para documentos, y otro mueble alto, podía ser una caja fuerte. Había algo grande colgado en la pared, posiblemente una pantalla de televisión. Había otra puerta interior, seguramente un baño.

De pronto una figura entró seguida de algo que no era una persona.

—¿Qué es eso? —preguntó Arango.

Todos callados analizando.

—¿Es un perro? ¡Es un perro!—gritó Castillo.

El animal caminó hacia ella. Supe que estaba inquieta porque cambió de posición y pudimos distinguir que tenía las manos a los lados de la cabeza. Me acordé que se pellizcaba las orejas cuando estaba nerviosa, el corazón se me detuvo.

— Mi amor precioso, quédate quietecita.

Todos suspiramos. Vimos que metió la cara entre las piernas.

—¡Eso Paulinita, así se hace!—exclamó Castillo y algunos rieron.

El perro se le acercó. Todos dejamos de respirar. Después de lo que me parecieron minutos, el animal se alejó y se metió debajo del escritorio. El hombre salió y dejó el perro adentro. Ella se volvió a mover, el perro se volvió a levantar y se le acercó otra vez.

—¡Ay, no, mamacita, quédese quieta!—dijo Marco Polo.

—Chis, ¡respete hombre!—le dijo Pérez.

Me dio risa. Todos contuvimos la respiración otra vez. Lo que pasó después nos dejó atónitos. El perro aparentemente la olió y de pronto se le sentó al lado, ella le acarició la cabeza. Todos suspiramos y nos reíamos.

—¿Ve, Jefe, lo que le digo?, Paulinita es un ángel —dijo Castillo y le mandó un beso a la pantalla. Le di con cariño en la cabeza.

Seguimos con la rutina de las ideas y de pronto escuché como si Castillo contuviera un grito. Me acerqué y la vi parada frente al escritorio, mirando lo que parecían ser dos computadores. Miró por todos lados y vimos cómo los movía buscando algo. Ninguno hablaba. Se agachó, el perro la seguía a todas partes.

—No tienen cables. Ella está buscando cables porque no son portátiles, pero no tienen, se los debieron quitar —nos explicó Castillo—. Buen intento Paulinita —concluyó.

Le empujé la cabeza otra vez.

El coronel habló por el radio.

—Martínez, corra, que le tengo a Villafañe al teléfono.

—Pérez, organice posiciones, confirme con cuántos contamos y verifique que los hombres del coronel estén listos, no vamos a esperar a la madrugada. Arango, venga conmigo, necesitamos ir hablando sobre las posiciones de las arañas, usted los va a dirigir.

Al llegar donde el coronel ya tenía unos puntos claros con Arango. Estábamos despidiéndonos cuando Mojica pasó por el patio de enfrente con uno de sus hombres, estaba hablando por celular. Me miró y me hizo un “remedo” de saludo militar.

Arango me miró con desagrado.

—Ese tipo no me gusta, Jefe.

—A mí tampoco. Vuelva a la sala y organice a los hombres. Nos ocuparemos de este después.

El coronel estaba de pie mirando por la ventana.

—Martínez, antes que hablemos con Villafañe, cuénteme, ¿qué tan seguro está de que tenemos uno o varios traidores entre nosotros?

—Bastante, mi coronel, un noventa y ocho por ciento. Castillo y Pérez me están haciendo unas investigaciones privadas. Calculo que en una semana ya tenemos confirmación.

—Gracias, Martínez. ¿Me podría dar una pista?

—Mejor no. No quiero indisponerlo contra nadie sin tener confirmación.

—Martínez, noventa y ocho por ciento es casi confirmación. ¿Usted qué opina de Mojica?

—No lo conozco muy bien.

—Ay hombre, Martínez, usted sí es más cerrado que una ostra. Hagamos esa llamada a ver.

—Buenas tardes, señor Villafañe, le habla el coronel Patiño, estoy aquí con el detective Martínez y necesitamos su colaboración.

—Buenas tardes. ¿Qué más quieren? No tengo nada más qué decirles, a no ser que quieran que les cuente mi vida desde niño.

Nos miramos con risa. La voz de Cruz se escuchó en el radio.

—Coronel, ¿mi Jefe está con usted?

—Sí, pero llámeme al privado.

Yo seguí mi conversación con Villafañe:

—¿Qué sabe usted del Tigre?

—Ese es un animal salvaje.

—Hombre, no se haga el chistoso, “El Tigre”, Pascual Montoya.

—Por eso mismo, es un animal salvaje.

— ¿Ha sabido algo de él últimamente?

—No. Nada.

—¿Qué tal era su relación personal con él?

Mientras yo hablaba el coronel habló con Cruz y escribía algo en un papel, me lo mostró: “El otro carro detrás de P está a nombre de la esposa de V”.

Arrugué el ceño y le señalé el teléfono, asintió. Me sorprendió. Villafañe seguía hablando:

—Vea, hombre, negocios hicimos muchos pero ese animal es esquivo, mantiene encuevado y poco da la cara. Ese tiene muchos jugueticos de los mismos que ustedes usan, creo que hasta mejores.

—Si estuviera aquí en la ciudad, ¿tiene alguna idea de dónde se pudiera meter?

—Negativo, ese y yo peleamos porque le dio por meterse con mi mujer.

El coronel y yo asentimos con la cabeza.

—¿Su mujer?, ¿Y ella dónde está ahora?

—¿Queeé? ¿No me diga que usted también está interesado en ella?

Me reí.

—No, hombre, es una pregunta nada más.

—Ah, pues ella vive en Esperanza. Ustedes me dañaron la vida por completo, ya casi ni me visita y lo peor es que se quedó con mis perros.

—A propósito ¿qué raza son sus perros?

—Oiga, hermano, ¿usted sí es Martínez? porque ese man es muy serio y usted está haciendo unas preguntas muy ridículas.

El coronel y yo aguantamos la risa.

—Conteste, hombre, que todo tiene una razón.

—Son dos pastores alemanes muy finos, no chandosos, son de pura raza, muy nobles y buenos, pero eso sí, al que se metiera conmigo le saltaban a la yugular. Todavía me arrepiento de no haberlos tenido en Los Girasoles la noche que nos pescaron.

El estómago se me revolvió otra vez, terminé la conversación y salí apurado.

Eran las siete de la noche y Paulina estaba en la oficina de una bodega llena de delincuentes y con un perro asesino al lado.

Llamé a Alberto, me extrañó inclusive que no me hubiera vuelto a llamar.

—Buenas noches, Alberto, ¿cómo está?

—Preocupado y esperando que usted llame a decirme la verdad.

Me embargó la tristeza. Le conté una versión bastante positiva y alentadora de la situación. Casi no habló; solo me escuchó.

— ¿A qué horas  va por ella, Martínez?

—A las nueve.

—Bueno ¿y será que me la trae esta misma noche? Acuérdese hombre que mañana estoy de cumpleaños y ese sería mi mejor regalo —la voz se le quebró—. Cuento con usted.

—Sí señor —le aseguré.

Llegué a mi oficina otra vez cuando mi teléfono vibró. Era un número desconocido. Les hice señas.

—Martínez —contesté.

—Buenas tardes, detective. Cuénteme, ¿Le está haciendo falta algo?

—Sí, saber quién es usted.

Todos estábamos escuchando la conversación.

—Hombre, Detective, me lo imaginaba más astuto, usted ya sabe que le tengo a su noviecita. Si la quiere tanto como parece, le propongo un negocio.

—Está bien, ¿qué es lo que quiere?

Castillo me hacía señas para que le siguiera hablando y me mostraba a Paulina, aparentemente tranquila. El perro seguía echado a su lado, con la cabeza en sus piernas.

—Esto va a ser muy sencillo y rápido. A mí me gusta tratar bien a las mujeres y donde la tengo no hay muchas comodidades.

—¿Podría hablar con ella?

—Mmm, no. Eso sí no será posible.

Pérez me escribió: “Él no está ahí”. Pegados de la pantalla, varios de mis hombres buscaban a alguien hablando por teléfono. Me hacían señas de que no lo veían.

—Lo que pasa es que sin confirmación de que usted me la tiene, no voy a poder creerle.

—Ah, pues ahí sí nos fregamos los dos porque este negocio o se hace como yo digo o no se hace.

—¿Y quién es usted? Al menos dígame su nombre.

Su risa me encogía el estómago.

—Usted ya sabe hombre, le dejé mi marca en el carro de su mujercita.

—Ah, entonces, señor Montoya, si es así, negociemos como caballeros. Según tengo entendido, usted es uno de esos.

—¡Ja! Si se lo contó una mujer, créale porque los sapos esos que usted tiene presos dicen otra cosa. Y a propósito, vea lo facilito que se la voy a poner: usted me trae la cabeza de Villafañe y yo le devuelvo a su mujer enterita. Le doy hasta las diez en punto de esta noche.

—¿Cómo así que la cabeza?

—Así tal cual está oyendo, con la cabeza tengo, lo demás se lo puede tirar a los gusanos —soltó una carcajada mientras yo que me moría de angustia.

—Villafañe ya salió del país.

— ¡Ah no! ¡Eso sí que no!, lo tengo más que ubicado: celda número diecisiete de la prisión departamental. Le doy hasta las diez y lo llamo para ver dónde hacemos el intercambio. Si no, pues hacemos al revés, yo le mando la cabeza de su mujercita y usted se casa con Villafañe. ¿Qué le parece?—Y colgó.

Me senté y me agarré la cabeza, todos seguían en silencio. Me volví a parar y me acerqué a la pared, me di en la frente. Pérez me abrazó.

—Jefe, por favor, tranquilícese, tiene esos ojos echando candela. Sabemos dónde está, antes de las veintidós la va a tener con usted.

Ni lo miré.

—¿Pudo localizarlo, Castillo?

—No, Jefe, ese desgraciado debe tener un equipo para esquivar rastreo, me mandó a veinte lugares al mismo tiempo.

De un momento a otro me entró la duda:

—¿Qué tal que no sea Paulina?¿Qué tal que sea alguna mujer que pusieron ahí para engañarnos? Si ya están al tanto de la redada, es muy posible que sea una trampa.

—Es posible, Jefe, ya lo habíamos pensado; pero todo está igual que siempre, la misma gente. El turno que entra a las seis de la tarde está igual, los carros rastreados igual.

Me acordé de los carros.

—Castillo, comuníquese con Cruz, que le mande la información de los tres carros que persiguieron a Paulina y me confirma donde están en estos momentos. Bernal quédese con Castillo. Mantengan el radio abierto y estén pendientes de las instrucciones. Cuando sea la hora, vienen en la furgoneta. Ya saben dónde se tienen que estacionar. Cualquier cambio en la posición de Paulina me avisan inmediatamente.

—Claro, Jefe, claro.

—Bernal, usted va a estar con Castillo toda la noche, se lo encargo.

Castillo no tenía el mismo entrenamiento que los demás. Era el experto en comunicaciones pero siempre estaba al cuidado de alguno, generalmente yo.

—Pérez, sigan adelante. Tengo que hablar con el coronel. Necesito hacerle creer al Tigre que estoy moviendo a Villafañe.

—Sí, Jefe, buena idea.

Salí angustiado pero organizando mis pensamientos. Me parecía que algo me faltaba, me sentía vacío y triste. Llegué a la oficina y le conté al coronel todo sobre la llamada del Tigre.

—Vamos a tener que movilizarlo; ese tiene informantes adentro, así que tendrá que hacerse algo real —me dijo.

Analicé la situación por un momento, mientras él esperaba paciente que le diera mis ideas.

—Hay que pedirle que se haga el enfermo. Lo llevan a la enfermería y de ahí sacamos algún guardia vestido como él. Lo traemos acá y a Villafañe lo dejamos bien camuflado y asegurado allá. Ni de riesgos vamos a sacar a ese hombre de ahí. Puede incluso ser una trampa y nos pueden estar esperando para rescatarlo. Hay que seguir todo el protocolo como si fuéramos a trasladar a un preso enfermo. Yo llego por él y me traigo el guardia en el helicóptero, justo cuando crean que lo estamos montando a la ambulancia.

—Me parece un buen plan, ya mismo llamo al Director.

—Voy a conversar esto con Pérez, coronel, él siempre me mejora las ideas —asintió sonriendo.

Llamé a Rojas y a Pérez, y me encontré con ellos afuera del salón de uniformes. Les expliqué mi plan.

—¿Qué cree, Pérez, alguna idea?

—Podemos tener dos guardas disfrazados de Villafañe: uno viene en la ambulancia de la prisión y el otro lo traemos en el helicóptero. Así los dejamos bizcos, sin saber a ciencia cierta en qué vehículo viene.

Nos reímos.

—Gracias, Pérez, usted siempre me gana en la diversión. Rojas, usted viene conmigo, vamos a alistarnos. Traiga buen armamento. Necesitamos protección. Pérez, usted es el Jefe, aprovechen para salir cuando estemos trayendo a los Villafañe, nosotros los alcanzamos.

—Jefe, llévese otro hombre con usted.

—No, Pérez, los necesitamos a todos. Acuérdese que esos tienen veinte empleados indefensos, pero también treinta hombres armados allá adentro. Concrete con Arango, él ya tiene las “arañas” en orden. Reempláceme con Aragón, yo voy a entrar por mi mujer, si nos tumban usted entra por ella.

—Ay, Jefe, no sea tan dramático, ya me entró susto —bromeo Rojas—. Usted ya me salvó a mí y yo lo salvé a usted ¿Quién nos va a salvar a los dos?

Le di con los nudillos de mis dedos en la cabeza.

—Camine, hombre, que ya son las veintiuno cuarenta y cinco, tenemos una hora y quince minutos para hacer esto.

El Encuentro #10. Paulina.

 

3

Paulina

 

HOY ES UN DÍA crucial en la guerra contra la delincuencia en la ciudad. Tenemos confirmada la localización de varios lugares, en especial una bodega donde distribuyen éxtasis y anfetaminas, drogas preferidas por los jóvenes. Villafañe, fue clave en la ubicación. Los demás están colaborando al máximo y los gringos fueron extraditados a su país, en un arreglo para conseguir su cooperación. Nos llegan buenas noticias de varios grupos que se desintegraron pero como es de esperarse, diariamente resurgen otros.

Estoy en el comando. En la madrugada tendremos una redada y estamos concretando los detalles. Castillo como siempre en comunicaciones, sentado en una mesa con su computadora y un equipo nuevo que nos permite ver el interior de las edificaciones a través del satélite.

Los dos laboratorios más grandes del país están a cargo de El Tigre. Llevamos dos meses en este caso y tenemos los carros de varios empleados marcados. Además, el satélite nos muestra quiénes entran y salen las 24 horas del día.

A estas alturas, con la tecnología que usamos, es más difícil ser criminal que policía. Desafortunadamente ellos también tienen acceso a ella. Neutralizarlos se convierte en un juego de inteligencia.

Ya hace tres meses de la operación “Los Grillos” y estamos todos completamente recuperados. Hemos cerrado varios casos, afortunadamente sencillos y de “rutina” como los llamamos cuando no hay muertos ni balaceras exageradas.

Paulina y yo más enamorados que nunca. Casi siempre se queda en mi apartamento cuando tengo libre. Si María Paz está visitando su familia, nos quedamos en el de ella. Si por mí fuera, ya estaríamos casados, pero por alguna razón ella esquiva el tema.

En dos meses se gradúa. Yo le he resultado de gran ayuda en varios de sus trabajos. A veces me quedo con ella estudiando hasta tarde y discutimos puntos importantes para su tesis de grado. Su intención es trabajar en un laboratorio forense ultra moderno que también hace investigaciones privadas, especialmente en el campo del espionaje industrial. De hecho, procesan casi todas las muestras de la ciudad, incluyendo las nuestras. Ya ha tenido varias entrevistas. No me disgusta la idea, pues le pagan muy bien y corre menos riesgos que trabajando para una agencia del gobierno. Conozco y tengo buena relación con los dueños, inclusive tengo acciones en la empresa, pero ella no quiso que les hablara pues quería ganarse el puesto por su propio mérito.

Este domingo cumple años el abuelo y le tienen una fiesta sorpresa. Espero terminar temprano y encontrarme allá con ella y la familia. Llegaré al helipuerto y ella me recogerá. Quedó en mandarme un mensaje de texto tan pronto salga para San Juan y otro cuando llegue. Sabe que estoy en rojo, sumamente ocupado en organización y estrategia con mis hombres. A las 14:05 me llegó el mensaje.

—Estoy saliendo, cuídate mucho. Te amo. Kisses.

 

Era urgente concretar todos los detalles del operativo.

—Castillo, ¿ya está experto en esa máquina?

—Sí, Jefe, ya tengo todo bajo control —una pantalla grande se abrió y mostró los planos del edificio—. Una vez tenga el satélite en línea veremos todo en vivo.

Todos aplaudieron. Con la ayuda de los planos, mi gente se ubicó en puntos estratégicos. Los francotiradores estaban en edificios al frente. Cada uno fue reportando su posición, aportando ideas y haciendo bromas. Nunca faltaban las bromas.

Mi celular vibró, era Alberto. Me extrañó pero no contesté. Miré la hora: 16:46. Revisé si tenía mensajes pero no vi nada nuevo. Pérez estaba señalando algo en el plano. El teléfono volvió a vibrar. Algunos me miraron, les hice señas de que siguieran trabajando y me paré a un lado. Esta vez contesté.

—Buenas tardes, Alberto.

—Martínez, ¿ha sabido algo de Paulina? No ha llegado.

Volví a mirar el reloj: 16:47.

—A las dos salió para allá, me envió un mensaje, es raro que no haya llegado.

—Sí, Martínez, y estoy preocupado. Ella habló con las niñas a las dos y cuarto y según Carolina se llevaban si acaso quince minutos de diferencia. Debería haber llegado hace una hora. La llamamos pero el celular entra directo al buzón de mensajes. Lo que más me asusta es que las niñas llegaron enfermas: Andrea con dolor de cabeza y Anie llora y dice que le duele el estómago y el corazón. Yo me vine con Paco siguiendo la ruta pero ya casi llegamos a la Candelaria y nada.

—Ya lo llamo.

Marqué el número y efectivamente me salió el buzón. A estas alturas ya mis hombres se estaban inquietando.

—¿Qué pasa, Jefe?—me preguntó Pérez.

—Nada, tranquilos. Sigan trabajando, ya vengo.

Salí  a la carrera. Entré al salón de comunicaciones del comando, Cruz estaba en el sistema.

—Cruz, hágame un favor, localíceme este celular.

Le di el número de Paulina.

—Nada, Jefe, está apagado.

Saqué mi celular y busqué la información del GPS del carro. En menos de un minuto lo encontramos.

—Está parado.

—Téngame esa información a la mano, Cruz, por favor, ya vuelvo. Llamé a Alberto mientras caminaba hacia la oficina del coronel. No le dije nada del carro pero tuve un mal presentimiento.

—Alberto, espere por ahí, voy a llamar al capitán Sarmiento. Él controla esa área y nos puede hacer el favor de verificar que todo esté en orden. Puede ser que el teléfono se le quedó sin batería o  tiene algún problema con el carro.

Pero al decirlo, recordé que yo le había regalado un cargador nuevo para el carro. Sentí rabia de haberla dejado ir sola. Pero yo tenía que ir a San Juan y había quedado de ir en el helicóptero y devolvernos juntos en el carro de ella.

—Buenas tardes, Sarmiento, le habla Martínez, ¿cómo le va?

El capitán Sarmiento, era el encargado de San Juan y los pueblos aledaños.

—Hola, Martínez, ¡qué gusto!, ¿cómo está usted?

—Bien, necesito que me haga un favor. Pueden ser mis nervios, pero Paulina, mi novia, aparentemente tiene problemas con el carro cerca de La Candelaria. Como usted sabe esa área es muy peligrosa. Alberto Reyes, el abuelo va para allá pero quisiera que usted me investigue qué está pasando. Ya le mando las coordenadas exactas a su equipo.

—Inmediatamente, Martínez, estoy cerca, ya salgo para allá.

—Gracias, Sarmiento. Apenas encuentre el carro me llama, por favor.

Llamé a Cruz y le pedí que le enviara las coordenadas a Sarmiento. En el camino hacia la oficina del coronel, pasé por un pequeño patio y miré hacia el cielo, exclamando en voz baja ¡Dios mío protégela por favor!  Seguí mi camino. Entré apurado y ni le di chance a Adíela, la secretaria, de preguntarme nada.

—Coronel, perdóneme pero necesito su ayuda.

Se levantó sorprendido y me dio la mano.

—Siga, Martínez, siga. ¿Qué le pasa hombre?, está pálido.

El teléfono vibró, era Alberto.

—Nada, Martínez, no veo el carro por la carretera. Paco y Julián van a seguir hasta el apartamento. Julián la ha acompañado varias veces y le conoce la ruta. Yo me quedo aquí, ya Manuel viene a recogerme.

—Me parece buena idea, Alberto, el capitán Sarmiento va en camino, le confirmo qué encuentra.

Le expliqué la situación al coronel y me dio la razón para estar alarmado.

El celular vibró.

—Cuénteme, Sarmiento.

—Lo siento, Martínez, no le tengo buenas noticias.

Mi cara debió reflejar la angustia, pues mi coronel me hizo señas de que quería escuchar. Lo puse en alta voz.

—El carro está en un callejón hacia un lado de la carretera camino al Jacinto. Las llaves no están, el bolso está en el asiento del pasajero. Sus documentos parecen en orden. El celular está tirado en el piso del pasajero. Atrás hay un maletín con ropa. No hay nada más, no hay sangre tampoco.

A estas alturas sentía que se me iba a explotar el corazón. El coronel habló.

—Capitán, buenas tardes, soy el coronel Patiño.

—Buenas tardes, mi coronel, siento decirlo pero creo que pasó algo grave.

Reaccioné al instante.

—Sarmiento, ¿el carro está en pasto o en pavimento? ¿Hay huellas de gente o carros? ¿Qué ve alrededor?

—Está a orilla de carretera, parcialmente sobre el pasto. Del lado derecho se ven pisadas.

Escuché otras voces.

—¿Qué dicen, Sarmiento?¿Qué más ven?

—Hay una huella marcada de una llanta, debe ser una moto. Al otro lado, ya en el pavimento, hay marcas, que sí son de carro.

—Abra la cajuela—le pedí. Pasaron unos segundos.

—No hay nada, solo equipo de carretera—respiré con alivio—.Según la dirección de las huellas, creo que la pararon aquí y dieron la vuelta.

—Seguramente la trajeron para la ciudad —dijo el coronel—. Entonces no son los bandidos del monte.

—No creo, hacia allá no hay huellas.

Tenía mi mente a millón, no alcanzaba ni a concretar mis pensamientos.

—Busque alguna nota, mire debajo del carro —otros segundos interminables.

—Hay algo, Martínez, un bulto raro.

—Déjelo ahí, Sarmiento, no toque nada. Deme dos minutos, ya lo llamo, aléjese unos metros.

Salí corriendo, el coronel detrás de mí.

—Martínez, espéreme hombre, yo estoy con usted.

—Esto es personal, coronel.

—Sí, personal contra usted, contra mí y contra cada hombre que viste este uniforme.

Paré y lo miré de frente. Me abrazó.

—Vamos, Martínez, ánimo, que usted no está solo.

 

Entramos a la sala de comunicaciones.

—¡Cruz!—dije casi gritando y él se sobresaltó.

—¡Sí, Jefe!

—Tengo al capitán Sarmiento en el lugar. Use los infrarrojos para ver qué hay debajo del carro, busque calor.

Pasó un minuto.

—Nada, todo está normal, no hay calor excesivo.

—Capitán, retire lo que está debajo del carro.

Pasaron unos segundos.

—¡Es un perro!

—¿Queeé?

—Un perro, Martínez, un perro muerto.

—Jefe, Castillo me está escribiendo—me anunció Cruz—. Dice que no trabajan más sin usted.

Suspiré con frustración.

—Pensemos, Martínez, no se desespere que usted es el hombre más inteligente de la Élite. Ahora tiene que usar su talento para encontrar a su mujer —me dijo el coronel.

El mundo se me vino encima. Mi mujer, Paulina es mi mujer, la amo como nunca jamás me imaginé que se pudiera amar a ningún ser humano y alguien le podía estar haciendo daño. Me agarré la cabeza, el estómago se me revolvió.

—Tranquilícese, hombre, ¿qué necesita? Concéntrese, si quiere paramos la redada de esta noche.

—No. No. Eso sí que no, por ahí debe venir el ataque. Y perdóneme lo que le voy a decir, pero tenemos traidores entre nosotros.

Me presioné la frente, necesitaba saber quién tenía a Paulina y donde.

—Cruz, ¿usted ya sabe cómo ver unas horas atrás en ese satélite?

—Creo que sí, Jefe, pero Castillo es mejor para eso.

—Cruz, por ahora el que está es usted. Revise varias cámaras de las del tránsito a partir de las doce horas e identifique los carros que pasen repetidas veces por aquí —le escribí la dirección de Paulina—. Los… hampones la debían estar esperando. Analice también todos los carros que estuvieron estacionados al lado del edificio de ella desde las 13:45 hasta las 14:05 (confirmé en mi celular la hora en que me envió el mensaje). Ahí hay cámaras.

Me miró con cara de llanto.

—Éste es su día, Cruz, éste es su día.

Le apreté el hombro y salí casi corriendo. El coronel seguía detrás de mí.

—¿Qué va a hacer, Martínez? Cancelemos la redada de esta noche, usted necesita concentrarse en este asunto.

—No, mi coronel, tenemos que encontrar el vínculo, esto no es casualidad. Necesito hablar con Villafañe, él es el de los perros, esa es una pista.

—¿Qué más puedo hacer por usted?

—Sandoval está en naranja; pregúntele si me puede colaborar… y a González.

—Así será, Martínez, ya mismo le consigo gente, y cuente con los míos, los 25 que teníamos para la redada están todos listos. Los equipos que necesite, disponga de todo. Estamos en guerra.

Caminé hacia la sala donde estaban mis hombres. Alberto volvió a llamar.

—Martínez, ¿alguna novedad? ¿Algo me le pasó a mi muchachita, cierto?

Me quedé en silencio.

—No me mienta, Martínez, por favor, no me mienta.

Este hombre era un padre para mí, lo amaba tanto como a mis hijas y a mi novia, lo amaba y lo respetaba y no quería mentirle.

—No se preocupe, Alberto, que Sarmiento no ha visto nada raro. Voy a llamar a María Paz a ver si sabe algo. Es posible que haya ido a recoger un papel de la universidad que le hacía falta para presentarle a la agencia donde quiere trabajar, le quería dar esa sorpresa a usted en su cumpleaños.

—Ay, Martínez, ¡esa muchachita sí tiene unas ocurrencias! Confío en que usted me la encuentre, me llama por favor.

—Claro que sí, y llame a Paco. Usted lo necesita más en La Casa Grande que andando por acá. No se preocupe de nada, váyase tranquilo que yo se la llevo personalmente para que le dé unas nalgadas.

Llamé a Carolina. Me contestó inmediatamente:

—Hola, Andrés, ¿ya sabe qué pasó con Paulina? Venía detrás de nosotras y no ha llegado.

—Todo está bien, déjeme hablar con las mellizas.

—Ay pues, como ordene, mi teniente.

—Discúlpame, es que estoy en un caso delicado y Alberto me comentó que se sentían enfermas, quiero saludarlas antes de ocuparme más.

—Tranquilo, entiendo, ¿está seguro que Paulina está bien?

—Sí, seguro, usted ocúpese de las niñas y de la fiesta del abuelo, yo me ocupo de Paulina. A propósito ustedes conocen a toda la gente que está en los preparativos de la fiesta, ¿cierto?

—Sí, claro. Mi mamá ya tiene todo organizado. Como es sorpresa todo empieza a llegar mañana mismo. ¿Por qué, Andrés? ¿Por qué pregunta? ¿Está seguro que todo está bien con Paulina?

—Sí. Ya le dije, estoy seguro, es pura costumbre de preguntón que tengo, déjeme hablar con las niñas.

Andrea como siempre fue la primera al teléfono.

—Hola, Andrés, me duele la cabeza pero Anie está muy mal, tiene frío y tiene calambres en el estómago.

— ¿Ya le diste las pastillas rosadas?

—No. Eso no le va a servir, solo cuando Pauli llegue se le quita la bobada.

—¿Por qué te parece bobada?

—Ha estado inventado cosas.

—¿Qué está inventando?

—Que sueña con perros, con tigres y con cosas que huelen muy mal.

—¿Y tú no sueñas?

—Sí, pero solo con Pauli.

—Y ahora, ¿sientes algo que te recuerde a Paulina?

Si. Pero mejor no te digo.

—Andrea, es muy importante, ¿qué sientes sobre Paulina en este momento?

—Está asustada.

— ¿Tiene frío o calor?

—Anie es la que sabe.

—Déjame hablar con ella.

—Hola. Pauli tiene frío —me dijo Anie apenas pasó al teléfono.

—¿En todo el cuerpo? o ¿dónde tiene más frío?

—En el estómago tiene mucho frío.

—¿Y en los pies, sientes algo raro, frío también, o dolor?

—Mmm, creo que está bien, el corazón le duele. ¿Tú sabías que hay televisores que no presentan nada?

—Anie, mi amor, piensa en cosas lindas con Paulina, acuérdate que ella siente a veces lo mismo que tú. Recuerda que yo la amo y la estoy cuidando. Acuéstate un ratico a descansar y no te preocupes de nada. Me avisas si sientes un dolor muy fuerte como cuando me dolía el brazo, ¿te acuerdas?

—Sí, y a Andrea le zumbaban las avispas.

—Eso, así. Me llamas, ¿está bien? No le digas nada al abuelo. ¿Está bien?

—Está bien, pero quiero que encuentres a Pauli rápido, ella te está esperando.

—Sí, mi amor, te lo prometo.

Mentir era lo peor para mí. Como les decía a mis hombres “El que miente es esclavo del diablo”. Pero en este caso no veía razón para preocupar a la familia. A estas alturas y según veía las cosas, nada podían hacer. Lo que me dijo Anie me tranquilizó un poco, entendí que estaba asustada pero viva y eso era lo más importante para mí. Los sueños me inclinaron a pensar que El Tigre era el responsable.

Sarmiento me llamó.

—Martínez, encontramos las llaves del carro tiradas a un lado de la carretera.

Le pedí que mantuviera vigilada La Casa Grande y que no dijera nada del carro de Paulina sino que se lo llevara para la estación, lo escondiera y buscara huellas, y si encontraba alguna diferente a las de ella o a las mías que me llamara. Ya le iba a preguntar sobre una marca que dejaba El Tigre, cuando él me preguntó.

—¿El carro tenía una raya amarilla y café en el guardabarros?

—No.

El corazón me brincó, quedaba confirmada mi sospecha. Esa era la marca del Tigre, cada que hacía una fechoría la dejaba.

—Sarmiento, una última pregunta, ¿qué raza es el perro?

—Es un pastor alemán.

Finalmente entré a la sala de conferencias. Todos me miraban ansiosos y preocupados.

—Jefe, ¿hay algún problema? —me preguntó Pérez, los demás me miraban intrigados esperando la respuesta. Me apreté la frente con los dedos y al segundo les dije:

—Secuestraron a Paulina.

El Encuentro #9

Abrí los ojos, Castillo estaba en un asiento a mi lado.

—Hey, ¿qué pasó? ¿Dónde está Pérez?

—Hey, Jefe, ¿cómo se siente?

—Bien.  Pérez, Moreno, Grisales, ¿dónde están?

—Tranquilo, Jefe, tranquilo. Moreno está perfecto. Ya salió y la familia se lo llevó. Grisales está en recuperación y Pérez está en cirugía.

—¿Qué?, ¿Qué pasó, Castillo, qué pasó?

—Estamos en el hospital, Jefe, está herido, acaba de salir de cirugía.

Al moverme sentí un chuzón en el brazo izquierdo y vi que tenía puesto suero y una venda gruesa.

—Usted le salvó la vida a Pérez, Jefe. ¿No se acuerda?

Me incorporé y sentí otro tirón fuerte en el brazo, me dolía bastante, el oído me zumbaba y escuchaba un eco al hablar.

—¿Qué me pasó Castillo?, me duele como un demonio.

—Una bala le atravesó el brazo y otra le pasó rozando.

—¿Qué pasó con El Grillo y Veneno?

—Veneno está muerto y los demás están presos. Los agarramos y les ganamos Jefe.

Me costaba trabajo concentrarme.

—¿Qué me han dado? Me siento mareado. Me zumba el oído.

—Anestesia, Jefe, y quién sabe qué más le están metiendo por la vena.

Miré hacia arriba y vi un frasco de suero por la mitad, con cuidado me retiré la aguja del brazo.

—¿Los demás dónde están?

—Todos en el comando, esperando que usted los rescate.

Entró un doctor y me explicó todo lo que me habían hecho. Me felicitó y me dio la mano con aprecio. Me dijo que Pérez estaba en cirugía todavía, tenía una bala en una pierna pero no le había atravesado huesos. Le habían roto la arteria femoral con un cuchillo y por eso perdió tanta sangre. El torniquete le había salvado la vida. Ya estaba fuera de peligro pero tenía que estar por lo menos 36 a 48 horas en el hospital. Grisales había recibido una bala debajo de la rodilla, le habían puesto un platino y ya estaba en la sala de recuperación. Yo estaba bien, y en 8 o 12 horas me podrían dar de alta. Lo del oído iría mejorando poco a poco.

Preguntó por qué me había retirado el suero.

—Doctor, gracias por sus cuidados, pero prefiero irme ya.

Me miró dudando.

—No sé detective, usted es fuerte, pero preferiría que se quedara aquí unas horas más.

—Yo me siento bien y tengo quien me cuide doctor; aquí me enfermo más.

Medio sonrió, me hizo firmar un papel, pero me dio de alta. Me entregó dos frascos con pastillas y unas gotas para los oídos. Eran las cinco de la mañana, no me pareció correcto llamar a Paulina a esas horas. Fuimos a la habitación de Grisales, estaba dormido. Afuera me encontré con el hermano, lo saludé. Ya la novia venía en camino. Seguimos para la sala de operaciones donde tenían a Pérez. La esposa y la mamá estaban allí, corrieron a abrazarme.

—Gracias, detective, gracias, usted le salvó la vida —me dijo la mamá. Me apretó y me rozó el brazo, me agaché con dolor y se apartó.

—Perdóneme, detective, lo lastimé, ¿cómo se siente, está bien?

—Sí, señora, estoy muy bien, el doctor dice que Pérez está fuera de peligro. Ya le repararon la arteria y lo van a dejar aquí dos o tres días.

Glorita, la esposa se me acercó llorando y me abrazó con cuidado.

—Gracias, Jefe, usted le salvó la vida a mi “perezosito”.

Ella le decía así porque en la casa no le gustaba hacer nada.

—Él me salvó la vida a mí también. Quedamos en paz —le dije y sonreí. Ella me volvió a abrazar.

—Gracias.

Me despedí y quedaron de llamarme tan pronto volviera en sí. Hablé con el general Campo quien no paraba de felicitarme. Estaba en el comando en su semana de pasar revista y muy pendiente del desenlace de esta operación. Le pedí escoltas personales para Pérez y Grisales pues Castillo me anunció que había periodistas rondando y haciendo preguntas. Aprobó la idea y me contó que a Villafañe lo tenían en el comando, estaba herido pero no era grave. No hacía sino quejarse y exigir que le llamaran la mujer y le recogieran los perros en el hotel. Le explicaban que estaba preso y seguía insistiendo en que, por estar herido, merecía mejor trato y ver a su mujer. Nos dio risa. El Grillo estaba también herido pero solo pedía a su abogado. Le pedí a Campo que dejara ir a mis hombres para sus casas a disfrutar de sus merecidas 72 horas libres. El lunes le entregaríamos los informes. Estuvo de acuerdo. Nos despedimos.

Llamé al coronel —¿Cómo está, Martínez?

—Bien, mi Coronel, un raspón en el brazo. Ya me dieron de alta.

—Felicitaciones, Martínez, felicitaciones.

—Gracias a usted también, mi coronel, su apoyo es invaluable.

Me preguntó por Castillo.

—Aquí está conmigo.

Se quedó conforme. Nos despedimos y otra vez me felicitó.

—Castillo, ¿Usted cómo llegó aquí? —le pregunté intrigado por la pregunta del coronel y la cara de picardía que no podía disimular.

Me miró de reojo.

—Alguien tenía que acompañarlos, Jefe. La prensa se volvió loca y el coronel nos quería encerrar a todos. Tan pronto llegamos, Arango y Marco me ayudaron a escaparme en su carro, necesitábamos saber cómo estaban ustedes. El coronel mandó seis “postes” a cuidarlos y por ahí andan espantando periodistas frustrados porque Campo nos dio orden de bloquearles la señal para que no pudieran seguir trasmitiendo en directo. No habíamos ni terminado de montar esa gente a los camiones y ya estaban ahí con sus cámaras y demás.

Le pasé el brazo sano por el hombro pero ese movimiento me recordó que estaba herido.

—Hágame un último favor, lléveme donde Paulina, le prometí que llegaría a cualquier hora.

Ya en mi carro llamé por radio y hablé con mis hombres, casi no les entendía pues hablaban al mismo tiempo. Tres estaban dormidos, los otros desesperados por salir del comando. Les di las gracias, las buenas noticias de los heridos y las mías. Les informé además que podían irse y reportarse el lunes a las 08:00 solo para presentar informes. Estaban felices. Llamé a González que seguía de turno y le había tocado todo el asunto legal. Teníamos 20 detenidos ilesos, 8 muertos y 14 heridos, el Grillo y Villafañe,  entre los últimos. Le expresé mi gratitud por su valiosa colaboración.

***

Llegamos al apartamento y Paulina abrió la puerta. Me miró con dulzura, tenía los ojos  rojos, se veía cansada. Me doblé un poco al recibir su abrazo. Me soltó y se le salieron las lágrimas.

—Aquí estoy mi amor, como te lo prometí.

—Era sano y salvo, y yo te veo herido.

La abracé, le besé la cabeza.

—Desde anoche estoy viendo las noticias, Carolina llamó como a la una para contarme que las mellizas estaban alborotadas llorando. Anie tenía dolor en un brazo y a la otra le sonaban avispas en la cabeza. Robert fue al hospital y me llamó a contarme todo lo que te pasó.

De un momento a otro las piernas me fallaron. Me senté en un asiento del comedor.

—Paulinita, mejor que se acueste. Le han dado muchas cosas, pero es un terco y no se quiso quedar en el hospital, obligó al doctor a que le diera de alta.

—¡Qué chismoso, Castillo!, ¡No me ayude tanto!

Paulina estaba parada a mi lado abrazándome, me acariciaba la cabeza y yo le pasé el brazo por la cintura, sinceramente quería cerrar los ojos pero lo que me dijo de las mellizas me inquietó.

―¿Será muy temprano para llamarlas?

—No. Carolina me pidió que las llamaras apenas aparecieras.

—Castillo, váyase tranquilo para su casa, llévese mi carro, cuando descanse me lo trae.

—¿Le traigo el maletín?

Miramos a Paulina.

—Claro, yo sé que ustedes mantienen equipo de carretera.

Castillo salió a traerlo. Siempre tenía ropa y artículos de aseo en el carro, nunca sabía cuándo tenía que viajar o quedarme en el comando.

—No subí el maletín porque pensaba saludarte y que Castillo me llevara a mi apartamento. Él se puede quedar conmigo.

—No. Quédate aquí, yo te cuido —me apretó la cabeza contra su cuerpo—. ¿Te duele mucho?

—No.

Mentí, me dolía como un demonio. Saqué las pastillas.

—Me dieron algo para el dolor, pero primero llamemos a las mellizas.

El teléfono repicó una vez y escuché gritos.

—<<Pauli, Pauli ¿Andrés está contigo?>> —preguntaron.

—Buenos días muchachitas.

—<<Andrés, Andrés>> —gritaban—. Ya se me están quitando las avispas de la cabeza —dijo Andrea—. ¿Ya estás bien?

—Sí, por supuesto que estoy muy bien. Las he pensado mucho.

―¿Por qué no nos llamabas? Anie está con dolor en el brazo malo.

Le decían así al brazo que usaban menos. Anie era diestra y mi herida era en el brazo izquierdo.

—Anie, ¿estás bien? A mí no me duele nada.

—A mí sí —empezó a llorar. Carolina cogió el teléfono y escuché protestas.

—Buenos días, Andrés, ¿cómo estás?

—Muy bien, nada grave.

—Robert pasó por allá y te hizo un gran favor, pero no se pudo quedar porque tenía una cirugía en otra parte.

—¿En serio? No lo vi.

—Estabas dormido, luego te contará. Las mellizas me tienen loca desde la una de la mañana.

—Sí, qué pesar, pero no podía llamar antes.

—Yo sé, ellas entienden, espero que ahora sí duerman aunque sea un ratico. ¿Y qué se te ocurre con Anie? No sé qué hacer, se queja de dolor en el brazo.

—Déjame hablarle.

—Hola —escuché de nuevo su voz de niña mimada.

—Mi amor, tómate una  pastilla de esas que te regalé el otro día, ¿te acuerdas?, las rosaditas que quitan todos los dolores.

—Andrea me dio una pero no se me quitó.

Su voz era débil y llorosa.

—Esta vez sí se te va a quitar, te lo prometo. Acuéstate y yo te llamo más tarde para saber cómo sigues. Yo también voy a dormir un rato, y vamos a soñar con los angelitos.

—¿Con cuáles? —preguntó dudosa.

—Con los cachetones que tocan el arpa, ¿te acuerdas? los que vimos la otra noche.

Se le escapó la risa.

—Está bien —me dijo finalmente con voz más animada y colgamos.

Castillo regresó con el maletín.

—Jefe, ¿no tiene hambre? ¿Quiere que le compre algo? Yo estoy que me como un elefante.

—Yo les hago desayuno —ofreció Paulina.

—No, yo no quiero comer. Váyase para su casa, Castillo. Tranquilo. Lo que tengo es un nudo en el estómago. Gracias por todo.

Me levanté y si no es por Paulina que seguía pegada de mí, me hubiera caído.

—Vamos al cuarto, mi amor, acuéstate y duermes.

Caminé aferrado a ella, Castillo detrás.

—Hasta luego, Castillo, ya no me moleste más.

— ¡Vea pues, Jefe! Lo voy a acompañar hasta que lo vea dormido.

—¿Me va a cantar? Porque ya tengo quien me sobe la cabeza.

Llegué a la cama. Paulina acomodó las almohadas y me quitó las botas. Me reincorporé. La boca me sabía a sangre y pólvora… a eso mismo debía oler.

—¿Qué pasa? Acuéstate por favor.

—Mejor me baño y me cambio, siento que huelo mal.

—Es la pólvora, Jefe, usted solo tumbó como a diez.

Lo miré que lo mataba; miramos a Paulina pero ella se hizo la que no había escuchado.

—Me parece buena idea y cómo estás tan débil mejor que sea mientras Castillo está aquí, él puede ayudarte.

—Claro, me puede estregar la espalda.

—Al menos no ha perdido el sentido del humor, Jefe.

Entré al baño. Paulina me siguió y me ayudó a quitarme la chaqueta y la camisa desechable que tenía debajo. Abrió la ducha, tocó el agua y acomodó la temperatura. Me senté en la taza.

—Será mejor que llenemos la tina. Te puedes sentar ahí.

Me sentí tentado, pero quería bañarme y salir.

—Gracias, mi amor, pero creo que es mejor hacer esto rápido, los ojos se me cierran.

—Castillo, venga, ayúdeme, que usted tiene lo mismo que yo y ya me conoce por todas partes.

—Jefe, ¿y no sería más romántico que Paulinita lo ayude?

Ella sonrió y salió.

—No, Castillo, por ahora le cedo ese placer a usted.

—Usted se lo pierde.

—Castillo, ¡vuélvase serio hombre! Venga que me estoy durmiendo.

—Jefe, es que usted es un caballo, ¿vio que Grisales estaba profundo?, así debería estar usted.

—Castillo, espere un momento —dijo Paulina—. Voy a forrarle el brazo con un plástico que tengo en la cocina para que no se le moje.

—Buena idea.

Yo aproveché para cerrar los ojos. Ella entró y sentí que me cubría el brazo con mucha delicadeza. Castillo empezó a reírse.

—¿Ahora qué? ¿Le dio la bobada?

—Ay, Jefe, me gustaría tomarle una foto para chantajearlo luego. Si se viera, parece un niño ahí sentado con los ojos cerrados y todo.

Sonreí pero no dije nada, sentí que Paulina me besó la cabeza y se me acercó al oído.

—Te amo.

—Ummm, me volvieron las abejas a la cabeza ¿o fue una sola la que me picó? La jalé hacia mí y le di un beso ligero en la boca.

—Ay no, Jefe, así sí no, yo que ni novia tengo.

—¿Quién lo manda a pasarse todo el tiempo con esos videojuegos en vez de salir a buscarse una?

Paulina se rio y salió.

—Les estoy haciendo una sopa.

—¿Sopa?, uy, eso sí lo necesitamos. ¿Usted sabe hacer la “levanta muertos” que le gusta al Jefe?

—Creo que sí.

Me levanté y me metí a la ducha.

—Cierre los ojos, Castillo  —le dije y seguí apoyándome en él.

—La verdad, sigo sin entender por qué Paulinita no lo viene a estregar. Si yo fuera mujer estaba ahí metida con usted.

—Respete, hombre, y deje de hablar bobadas.

Sentí el agua cayéndome como alfileres en el cuerpo, me dio escalofrió y perdí el equilibrio, Castillo me sostuvo fuerte.

—¿Ya puedo abrir los ojos?

—¿Y es que de verdad los tiene cerrados? … quédese ahí parado y esté atento, eso es todo.

Le di la espalda y me enjaboné hasta que me sentí limpio y sin el olor a pólvora. Volví a aferrarme a su hombro para salir de la tina.

—Gracias, Castillo, yo puedo hacer lo demás solo.

Lo empujé fuera del baño. Con cuidado me puse la sudadera que encontré entre mis cosas. No me puse camisa. La boca me sabía a sangre. Saqué el cepillo de dientes y me quedé cepillándome un largo rato. Llegué a la cama y me acomodé lo mejor que pude, Paulina entró y me arropó con una cobija.

—Estás temblando. Apenas esté la sopa, así estés dormido, te despierto. Tienes que comer algo o el estómago te va a molestar.

—Gracias.

La tomé de la mano y la atraje hacia mí, le di un beso y sin más me quedé profundo.

 

Las siguientes horas pasaron sin darme cuenta, medio recuerdo la sopa y las pastillas. De vez en cuando sentía a Paulina entrar o salir del cuarto. En algún momento se acercó a tocarme la cara. Logré retenerla.

—Te amo —le dije.

Me dio besos en la cara y la frente. Pasó otro tiempo, escuché voces. Abrí los ojos aunque me pesaban. Paulina entró sigilosamente, le sonreí.

—Tienes visita. ¿Te sientes bien?

—¿Quién es? ¿Qué horas son?

—Son las tres de la tarde, y son tus hijas y los papás.

Sonreí.

—Muy bonita manera de despertarme con tus sarcasmos —le besé una mano—. Gracias por cuidarme.

Me incorporé.

—Me siento mejor, quisiera lavarme la cara para despejarme.

Me ayudó a llegar al baño y me dejó allí.

Vi que había colocado mi cepillo de dientes junto al de ella. Sentí dolor en la vejiga, hice lo que tenía que hacer. Me lavé la cara y me cepillé los dientes. Salí a buscar una camiseta en el maletín. Ni con magia hubiera podido ponérmela. Estaba lidiando con la chaqueta de la sudadera cuando Paulina volvió.

—Déjame ayudarte, con una manga basta.

Salimos y las mellizas se me tiraron encima.

—¡Hey, hey! con cuidado, ya les dije que tiene un brazo herido.

Se me pegaron de las piernas y la cintura, me hicieron perder el equilibrio. Paulina me sostuvo.

Robert se acercó y me dio la mano.

—Un honor caballero, un honor darle la mano —y sonrió con aprecio.

—Gracias, pero les cuento que me van a tener que contar la historia. Todo el mundo me felicita y me da la mano como raro y no entiendo por qué.

—<<Nosotras tampoco>> —dijeron las mellizas y me jalaban para que me sentara en la sala. Se me sentaron encima. Paulina me trajo un vaso con agua y me entregó las pastillas.

—Solo el antibiótico mi amor, la otra no.

—Uy <<mi amor, mi amor>> —repetían las mellizas, se reían y me daban besos en la cara.

—Niñas por favor dejen ese pobre hombre tranquilo, lo van a lastimar —les dijo Carolina.

—¿Te duele mucho? —me preguntó Anie tocándome la cara y pasando el dedo por la venda.

—A mí ya no me duele, pero no me soñé con los angelitos gordos, sino contigo y con Pauli.

—¿Si? ¿Qué soñaste?

Se acercó y me dijo en secreto:

—Que se estaban casando con el cielo rosado y un vestido todo blanco y espumado.

Me dio risa.

—Que sueño tan lindo —le dije.

—Pero no le digas a nadie para que se cumpla —dijo Andrea muy seria.

Anie seguía mirándome.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal otra vez? —le pregunté.

—¿Por qué a nosotras nos duele lo mismo que a ti? —preguntó.

Se me apretó el corazón. Las dos me miraban fijamente. Todos nos quedamos paralizados. Me empezaron a arder los ojos.

—Es porque son buenos amigos —dijo Carolina.

Robert me miró con tristeza y apretó los labios. Paulina nos salvó.

—¿Quieren helado? Tengo del que les gusta.

—¡¡¡Siií!!!>> —gritaron al tiempo y salieron para la cocina. Carolina se levantó detrás sin mirarme.

Robert se ofreció a cambiarme las vendas, es más ellos traían todo.

—Paulina nos encargó que trajéramos esto.

Ella apareció. Prestó atención a las instrucciones de Robert para cambiarme el vendaje.

—Luce muy bien, Martínez, usted es muy sano y tiene buena piel, será una cicatriz de lujo.

Cuando terminaron me sirvió más de su sopa mágica. Robert me contó que había entrado a mi cirugía y él mismo me había cosido. Confiando en su talento, sanaría pronto. También había entrado a la cirugía de Pérez pero ahí si no había podido hacer nada. La situación era delicada pues la herida era cerca de la ingle. Había estado de buenas, si no se le hubiera parado la sangre a tiempo habría podido desangrarse y morir. Grisales ya estaba en recuperación cuando llegó. Le agradecí de corazón, de verdad era un detalle muy especial de su parte, él era un cirujano plástico bastante ocupado. En cuanto a las felicitaciones me dijo:

—Ummm, Martínez, vea televisión. Mientras dormía se convirtió en héroe nacional.

El Encuentro #8. Operativo

Llegué al carro y suspiré. Habíamos empezado esta operación hacía ocho meses y por fin esta noche veía un desenlace inminente. En este momento teníamos cinco confirmados. El Grillo era el Jefe, lideraba esta ciudad y de ahí que bautizáramos todo el grupo como Los Grillos. El Oso manejaba la costa, Veneno el centro del país, y Villafañe y Domínguez, Esperanza, la capital. Villafañe era además el enlace con el exterior. Me acordé de Paterson, el gringo. No había vuelto a aparecer y eso me tenía frustrado. Cogí el radio.

—Castillo, revise el aeropuerto para ver si algún conocido ha llegado entre ayer y hoy.

—Sí, Jefe.

—¿González, ya llegó al comando?

—Sí, aquí estamos.

—En quince estoy ahí.

Llamé al coronel para avisarle de la operación y lo puse en amarillo. Tenía 25 hombres destinados a apoyarnos y debían estar listos.

Llegamos al comando. Nos vestidos con el uniforme de camuflaje y chalecos antibalas. Nos armamos hasta los dientes, cada uno según el arma que dominaba, con su munición y su porta equipo. En media hora estábamos listos. Rojas y Muriel eran mis francotiradores de largo alcance, se unieron a Rentaría y a Junior, los dos de González. Todos sabíamos qué hacer. Esta era nuestra vida.

Los dos de González que estaban vigilando las casas y Pérez también llegaron. Analicé el equipo: 21 Élite en el comando, más 4 siguiendo al Grillo. Castillo y Villa en la furgoneta de comunicaciones, Cortés, Grisales y otros 2 de González detrás de Veneno.

Llamé a Castillo.

—¿Encontró algo en el aeropuerto?

—Han llegado varios gringos. Estoy esperando copia de los pasaportes de la aduana en cualquier momento. Ya estoy conectado al sistema de seguridad a ver si encuentro algún conocido y el carro que los recogió. Montero está de turno y ese es efectivo. Le confirmo apenas tenga algo.

—Identifique al dueño del carro y el lugar donde los llevó. Por lo regular van en taxi. Casi nunca los recoge nadie para no alertar la seguridad.

—Entendido ¿y cómo están todos, Jefe?

—Ansiosos igual que usted. Ya estamos listos. Voy a dividir el grupo, mitad para Los Girasoles y la otra mitad esperando. Necesito que mande señal al comando, quiero que el coronel se quede con ojos aquí.

—Ya mismo, Jefe.

Di las órdenes del momento. Cruz a la sala de comunicaciones; es el encargado de mantener la señal del satélite en los equipos inalámbricos de Castillo y la furgoneta. Cuando el coronel no salía al campo con nosotros, se quedaba en la sala observando y dirigiendo sus hombres por el radio.

Diez hombres y yo iríamos a Los Girasoles, los otros esperarían órdenes. Lo de Los Girasoles era intuición. La semana pasada habíamos visto movimiento: empleados haciendo aseo y entrando cajas de licores y refrescos. Podría ser para la fiesta que tenían planeada, a la cual habían invitado a Red y a Grisales. O podría ser para la reunión que sabíamos estaban preparando. Era una probabilidad del 50/50. Pérez estaba de acuerdo conmigo. Lo dejé a cargo del otro equipo con González. Me fui con 10 hombres, 2 francotiradores y 2 “arañas”. Les decíamos así porque se subían a cualquier parte. Todos estábamos listos: buena puntería y nervios de acero. Los hombres del coronel en alerta y cuatro médicos con sus equipos. Solo faltaban los criminales.

Castillo me llamó a mitad del camino.

—Jefe, buenas noticias, encontré un taxi que recogió dos gringos esta mañana. Montero llamó al chofer y le dijo que los había dejado en el hotel campestre, El Faro.

—Ah, Castillo, esa sí es una buena noticia. Si agarramos esos gringos de mierda podemos negociar para que delaten varios de los que están haciendo fechorías allá. ¿Qué me dice del satélite, qué tanto movimiento ve para Los Girasoles?

—Por ahora nada anormal, pero el zoológico que salió del Casino va por esa ruta.

Ocho de los once oficiales en camino hacia Los Girasoles iban en un camión que marcamos como “Importados Calidad”. Se estacionaron a 10 minutos, frente a una pequeña plaza donde había un supermercado. Yo iba en otro carro con tres de mis hombres. Nos estacionamos al otro lado. Teníamos que esperar confirmación para no perder el tiempo acercándonos más a la casa principal. Llamé a Castillo por el teléfono.

—Castillo, ¿ustedes ya vienen en camino?

—Sí, Jefe, estamos entre los Girasoles y la Villa.

—Quédense por ahí quietos y ojo con el satélite, en cualquier momento escogen ruta.

—Sí, ya faltan unos cinco minutos.

 

A las 23:00 recibimos la confirmación: los carros marcados iban para Los Girasoles. Todo el comando de la policía se movilizó. Los dos equipos nos unimos y, prácticamente arrastrándonos, llegamos a pocos metros de la casa. Algunos se quedaron en los alrededores, haciendo ronda para avisar si había algún movimiento de gente en el perímetro. No quería sorpresas. Los refuerzos adicionales del coronel venían en varios camiones por dos rutas diferentes, todos esperando a 5 minutos del que denominamos “punto rojo”.

Castillo apareció y llegó hasta mí con su equipo inalámbrico. Villareal a lo lejos en la furgoneta controlaba que no perdiéramos el satélite, y mantenía vigilancia aérea y terrestre.

—Jefe, aquí estoy.

—Por fin, Castillo, ¿cuántos cuerpos se ven adentro?

—Diez, Jefe, y afuera hay treinta y dos, todos armados. Se están organizando. Creo que Pulgarín los está dirigiendo.

—¿Alcanza a tener oídos?

—Dentro de la casa no. Entre los que están afuera me ha parecido escuchar la voz del Cojo pero no lo veo.

Les hice señas a mis dos arañas.

—Necesito que se acerquen, tenemos que confirmar la ubicación de esa gente.

—Listo Jefe, así será.

Arango y Rey salieron arrastrándose y en menos de dos  minutos estaban en el techo.

—Tengo siete hombres al frente —me confirmó Arango—. Aquí están el Cojo y Cara Larga, Jefe.

—Y yo tengo siete más al oriente. Veo al Pulgarín y sí parece que está al mando—dijo Rey.

—Hay que dejarlo desempleado esta noche —les dije.

Con mis binoculares conté diez más al frente. Esos hombres eran escoltas profesionales y sus métodos, crueles y salvajes. Pulgarín se me había escapado hacia un año en una redada que hicimos y el Cojo me debía su cojera. Cayó preso y se nos voló del hospital; por eso ahora atendíamos los heridos en el comando. Teníamos que tener ojos en cada hombre y de los 35 escoltas sabíamos dónde estaban 24, pero los otros 11 nos podían caer encima en cualquier momento.

Nos acercamos. La cámara de Castillo mostraba figuras verdes moviéndose dentro de la casa. A estas alturas todos estábamos comunicados. Mis arañas volvieron.

―¿Pérez, dónde está?

—Casi en la casa, Jefe, en la ventana del norte. Tengo dos listos.

—Neutralícelos.

Escuché la voz de González.

—Martínez, tengo a los dos gringos solos en el patio.

—¿Los puede agarrar sin escándalo?

—Sí.

—Afirmativo, González, adelante con los gringos.

—Jefe —me llamó Pérez—, el Oso está dormido en una habitación. Hay otro con él pero los podemos superar.

—¿Con quién está usted?

—Aragón y Marco Polo.

—Que ellos los agarren y usted espéreme ahí. Aquí voy con Castillo, necesitamos ojos y oídos.

Llegamos hasta la casa. Los 4 principales que faltaban estaban en una sala hacia el frente. Rodeamos la casa por  la parte de atrás. Tenían un punto en cada esquina. Llegué a uno y lo agarré por el cuello, le presioné la tráquea y cayó al suelo. Le hice señas a Pérez y él hizo lo mismo. Detrás de nosotros, mis dos arañas los jalaron hacia la maleza. Logramos meternos a la casa y Castillo pegó un micrófono de la escalera, escuchábamos perfectamente lo que hablaban. Dejó también una cámara instalada. Salimos otra vez al patio y de allí al monte que rodeaba la casa. Definitivamente no entendía a estos idiotas, tan astutos que eran para llevar tres años traficando sin ser identificados y se reunían en una casa abandonada llena de maleza donde a estas alturas tenían casi 50 policías rodeándolos. Escuché carros arrancando.

—Coronel.

—Sí, Martínez, aquí estoy.

—Dos carros están en movimiento, deténgalos tan pronto pueda.

—Hecho, Martínez.

—Tenemos al Oso y a los dos gringos, los otros siguen en la casa. Descárgueme diez hombres por el sur que está enmalezado. Mándeme los médicos, coronel, que lleguen en silencio. Esta gente está muy armada y no creo que se rindan fácilmente. Mándeme otros diez por el frente. Tengo siete carros con cabezas y hay que evitar que se escapen.

—Confirmado, Martínez.

—Rojas y Muriel, cuando escuchen ruido inmovilicen los carros —les ordené.

Por unos tres minutos todo parecía en paz. Pude organizar a mis hombres. Los escoltas se veían intranquilos, pero no podían vernos acostados entre la maleza y camuflados. Los 4 capos que quedaban se reían y hablaban de un negocio que habían coronado en California, en el que unos mejicanos habían sido el contacto. Dos escoltas les susurraron algo y se movilizaron hacia un cuarto detrás de la casa. Mis refuerzos llegaron y estaban todos esperando órdenes. González se había ido con los 2 gringos y El Oso. Toda La Élite estaba casi encima de la casa, pero de los 11 que faltaban solo habíamos encontrado 3: uno en el baño y 2 dormidos; los otros 8 seguían perdidos.

—Pérez, esta gente ya está alerta. Camúflese bien que está muy cerca de la casa. Ya voy con Moreno por el lado contrario, ¿quién más está con usted?

—Mariano. Jefe, estamos oliendo a Veneno, está armándose en la habitación de enseguida.

—Tengan cuidado, Pérez, que esos granujas ya están avisados. Tenemos ocho ausentes que deben estar esperándonos.

Dejé a Castillo camuflado y volví a arrastrarme hasta la casa con Moreno.

—Todos en sus posiciones, vamos a entrar.

 

Al llegar, y ya sin los “postes” que habíamos neutralizado, empezamos a caminar por el lado sur. Escuché un grito. Corrí con Moreno hacia el lugar de donde salía. Pérez estaba en el piso herido. Frente a él, un tipo alto encapuchado tenía un cuchillo en una mano y en la otra una pistola a punto de disparar. Me tiré frente a Pérez disparando mi arma. El tipo cayó al piso. Sentí un ardor en el brazo y un zumbido en los oídos. Otro tipo apareció. Le di una patada y le quité el arma. Le di con la culata en la cabeza. No me había recuperado cuando apareció otro loco disparando. Disparé otra vez y descargué parte de mi munición. El tipo se quedó quieto y cayó al segundo. Escuchaba tiros y gritos por todas partes.

Pérez medio se movía, seguía con el arma en la mano, sangraba mucho. Otro tipo apareció de la nada y se nos vino de frente. Pérez disparó, el tipo también cayó.

—Castillo, necesito médicos, Pérez está herido.

Corrí hacia él y saqué de mi bolsillo un torniquete. Le cubrí la herida y apreté para pararle la sangre. Lo jalé hacia un árbol y lo dejé camuflado y con el arma lista. Moreno venía hacia mí tambaleándose. Un tipo apareció detrás de él, le disparé lo que me quedaba y recargué mi arma. Moreno también estaba herido. Lo jalé y me puse al frente. Dos tipos salieron corriendo, uno de ellos era el Cojo. Venía disparando y gritando como loco. De pronto escuché una explosión y cayó a mis pies. El otro siguió corriendo y se me vino encima, le disparé varias veces. Me acordé de mis tiradores.

—Ahí le devuelvo el favor, Jefe —me dijo Rojas.

Hacía dos años yo le había salvado la vida.

—Jefe, ¿qué hago? —Era Muriel—. Tengo al Grillo en la mira, está corriendo por el monte.

—Dele en una pierna y que lo recojan.

—Coronel, mande tres a recoger al Grillo, va corriendo hacia ustedes, y necesito los refuerzos. Cáigale a los de los carros, se están escapando. Rojas, Muriel inmovilicen los carros.

Villafañe salió de la nada disparando y gritando, le tiré a las piernas y cayó a mi lado. Le di una patada y alcancé a quitarle el arma, justo cuando otros 2 tipos corrían hacia mí disparando. Les descargué las dos pistolas. Se tambalearon y cayeron. Al mismo tiempo escuché más gritos que venían de otro lado y otros 2 tipos aparecieron corriendo hacia mí. Arango y Rey les saltaron encima y los inmovilizaron.

Por un instante escuché más gritos y tiros pero a los pocos segundos todo quedó en silencio, solo órdenes. Asumí que ya mis hombres tenían todo bajo control dentro y fuera de la casa. No escuché ningún disparo más. Villafañe maldecía y se agarraba una rodilla.

—Quieto ahí si quiere seguir vivo.

Le grité, apuntándole. Me miró con odio. Levantó las manos.

—No me mate hombre que no hay necesidad, mándeme más bien un médico que usted me jodió la rodilla, y quien sabe qué más. No me mate que yo estoy muy joven para morirme.

Mariano apareció y lo levantó obligándolo a caminar hacia la casa.

—Requíselo, Mariano, venía disparando.

Antes de ir a ver a Pérez pateé todas las armas que había en el piso y toqué a 3 de los que estaban tirados. Uno me ofreció las manos y le puse las esposas. Llegaron cuatro de mis hombres y continuaron con la tarea.

—Buen trabajo, Jefe, buen trabajo.

Corrí hacia Pérez y lo levanté. Moreno medio se incorporó.

—¿Qué pasó, Jefe, qué paso?

—Tranquilo todo está bien, ya acabamos con estos criminales.

Escuché la voz de Castillo.

—Jefe, ¿Usted, está bien? Tengo a Grisales herido aquí al frente, los demás estamos bien. ¿Cómo está Pérez?

—Creo que se salva —lo miré y le sonreí. Se veía pálido y se agarraba la pierna.

—¿Qué pasó con los médicos, coronel?, Tengo tres de mis hombres heridos, necesito médicos.

—Ya están llegando Martínez. ¿Cuántas cabezas hay por su lado?

—Once hampones en el piso, algunos se mueven, mis hombres los están esposando. Mándeme sus hombres para acá. Villafañe también está herido, Mariano va con él hacia el frente de la casa.

—Castillo, ¿cuántos puntos tiene a la vista?

—Dieciséis al frente y diez en fila montándose a los camiones.

—¿Dónde están Veneno y Domínguez?

—Veneno esta caído y Domínguez se le entregó a Marco Polo. Los tenemos a todos.

—Cuenten bien, Castillo. Menos los tres que ya se llevó González y los dos postes que tumbamos, debemos tener treinta y siete.

—Jefe —me dijo Pérez—, usted está herido.

Lo miré y me miré el brazo, el ardor se había intensificado y el zumbido en los oídos también.

—Qué va Pérez, esta sangre es suya.

Le revisé bien la herida y vi que había parado de sangrar. Todos sabíamos primeros auxilios, y cargábamos un torniquete en el chaleco. Revisé la herida de Moreno, no veía mucha sangre, debía ser superficial. Aparecieron 4 médicos con 2 camillas y caminé al lado de ellos.

—Detective, usted está herido —me dijo uno de ellos.

—Jefe, está herido  —escuché la voz de Pérez y de súbito todo se oscureció.

El Encuentro #7. Martínez.

2

Martínez

 

 

Comando número tres, Policía Nacional.

ES VIERNES; estoy con mi grupo Élite reunido en el salón de conferencias. Es hora de dar las últimas instrucciones.

—Estamos en alerta naranja, pero González está de turno este fin de semana, así que disfruten sus horas de descanso —les dije animándolos.

—Jefe, ¿qué hacemos si aparece Veneno y se encuentra con El Grillo? —preguntó Castillo, mi Oficial de Comunicaciones.

—Se acaban las vacaciones.

Un murmullo de desilusión llenó el lugar.

—Si aparece nos hace un favor, los planes de la próxima semana incluyen demasiadas horas de vigilancia. González está dispuesto a colaborar pero es nuestro trabajo de casi ocho meses, ¿lo quieren ceder al primer afortunado?

—¡Nooo! —contestaron con desilusión.

Estos son mis once hombres. Somos cuatro equipos Élite en el área. González comanda el grupo del norte. Yo comando el oriente, incluyendo San Juan, el pueblo donde empecé mi carrera, y lo más importante, donde conocí la familia Reyes.

Estamos investigando un grupo de delincuencia: drogas, lavado y falsificación de dinero. Tengo muy poco tiempo libre. Paulina visitó al abuelo y pasé a saludarlos. Ya van dos veces seguidas que le prometo pasar el fin de semana con ella y no he podido cumplir; este es mi tercer intento. La voy a llevar a comer a un lugar que abrieron en la torre más alta de la ciudad. Tenemos reservación para las ocho de la noche.

Entre bromas y abrazos nos despedimos y cada uno salió a disfrutar de 36 horas de merecido descanso. Eran las tres de la tarde. Necesitaba unas horas de alegría con mi novia. Me sentía feliz de llamarla así, aunque disfrutaríamos solo eso, horas de alegría, pues tal y como se lo había prometido al abuelo, nos estábamos conociendo poco a poco.

Terminé de organizar y le di las últimas órdenes a Milena, mi secretaria, quien me ayuda en todo lo que son reportes y logística.

Mi equipo es joven. El menor, Castillo, tiene veintiséis años y el mayor, Pérez, cuarenta y cinco; cada hombre de mi Élite fue escogido por una razón particular y personal. Los conocí en algún momento de mi carrera y cuando me dieron el liderazgo de uno de los grupos, localicé a cada uno de ellos. Todos estaban felices de trabajar conmigo y tener esta oportunidad. Tenemos independencia y control sobre nuestras investigaciones; además nos pagan muy bien.

Alerta naranja un fin de semana no era garantía de tiempo libre, pero al menos era una esperanza. “Teléfono rojo” es lo peor; hay que mantener el celular prendido y contestar sin excepción.

Usamos colores para determinar la importancia de la comunicación en las horas libres. Verde es cuando terminamos un caso; podemos desatender los teléfonos, desconectarnos y simplemente aparecer el día acordado. En estas ocasiones casi siempre tenemos 72 horas libres. En naranja no son más de 36, pero tenemos que estar listos a responder y volver todos al comando si algo ocurre. Rojo es trabajar al cien por ciento, incluso dormimos en el comando. Cada grupo tiene que hacerlo una semana al mes. Amarillo es para los oficiales del coronel y significa que deben estar listos esperando nuestras órdenes. Nosotros hacemos inteligencia y organizamos los operativos, ellos son personal de apoyo.

Cada grupo Élite dispone de dos habitaciones con cuatro baños y una sala de televisión. Dormimos en camarotes, nos respetamos y nos llevamos muy bien. Ha habido roces pasajeros entre ellos, pero a estas alturas son muy escasos. Bromean mucho y el ambiente es agradable y amistoso, aunque algunas veces exageran molestándose entre ellos o incluso a mí.

 

Iba en camino a recoger a Paulina cuando sonó el teléfono y me destempló hasta los huesos.

—Buenas noches, Martínez, le tengo buenas y malas noticias, ¿cuáles quiere primero?

Era González.

—Uff, pues serán las malas.

—Apareció Veneno, está con El Grillo y El Oso en el casino del Hotel Mirador.

—¿Esas no serán las buenas? Aunque me imagino que lo de malas es porque probablemente tendremos que volver.

—Así lo creo, pero por ahora, no. Cortez y Grisales están allá con dos de nuestras oficiales preferidas: Red y Violeta.

—Esa sí es buena noticia, deme hasta las 21:00, déjeme al menos llevar mi novia a cenar, ¿le parece?

—Me parece.

—Y deje descansar otro rato a mis muchachos, no es necesario llamarlos todavía, esperemos a ver si llega alguien más. Esos vagos están de fiesta desde ayer. Mantenga ojos y oídos abiertos. Comuníquese también con Valerio en el casino, es de los nuestros y si alguien más se les acerca, hay que identificarlo. Igual a las mujeres, siempre andan con varias.

—Está bien, tengo la furgoneta activa en el parqueadero del edificio del frente. Ya tenemos ojos y oídos, pero creo que sí voy a necesitar a Castillo, es mil veces mejor que Villareal.

—Correcto, ya lo pongo en rojo y a Pérez también. Por ahora podemos resolver con ellos.

—Perfecto, Martínez, que disfrute la cena.

—Ummm, ya usted me la complicó.

Llamé a Pérez y a Castillo y les di la noticia. Quedaron de llegar al parqueadero. Castillo es el experto en equipos de comunicación, además en huellas e identificación de rostros. No solo porque sabe usar una computadora, sino también por su talento para encontrar bases de datos y meterse una que otra vez a sistemas prohibidos. Pérez es mi segundo y confío en sus instintos y decisiones. Red es una oficial de encubiertos y casi siempre mi pareja cuando me toca participar encubierto. Alguna vez corrió el rumor que teníamos un romance, pero de ahí no pasó. Finalmente se cansaron de especular y nos dejaron en paz. Violeta, al igual que Red, es una oficial encubierta y lleva varios meses de lleno en el casino, trabajando como bar-tender o mesera, según se necesite. El casino del Mirador es el más elegante y conocido de la ciudad, y lo frecuentan los delincuentes más ricos y famosos del país.

***

María Paz, la compañera con quien vive Paulina, me abrió la puerta.

—Buenas noches, mi teniente, qué elegante está. Ya le llamo a su noviecita, que no sabe qué ponerse. No sé usted qué le hizo, pero la tiene un tanto descontrolada.

Me dio risa, ella siempre hacía algún comentario parecido. Paulina apareció y no pude más que sonreír con admiración. Estaba preciosa en su vestido negro, muy ceñido al cuerpo. El pelo suelto le caía a los hombros. Tenía puestos los aretes y el collar de perlas que le regalé la primera vez que salimos a comer juntos. Eran de mi mamá.

Se había maquillado los ojos y le brillaban, los labios tenían un color rosado muy suave y se le veían carnosos y sensuales; sinceramente me parece la mujer más  hermosa y sexy del mundo.

—Estás preciosa, soy el hombre más afortunado del planeta —le dije mirándola a los ojos.

—¡Eso sí es bonito! —exclamó María Paz—. Un hombre sabio y sincero.

Nos reímos y salimos tomados de la mano.

Tan pronto entramos al ascensor la abracé, le acaricié el pelo y le besé el cuello, ella se encogió y se pegó a mí.

—No hagas eso por favor, me da escalofrío.

Suspiré.

—¿Y esto? —le tomé el mentón y la besé suavemente.

—Me quita el colorete.

—Mmm, ¿y esto? —le di besitos en la frente, los ojos y la nariz.

—Me quita la respiración.

La puerta se abrió y salimos abrazados. Ya en el carro saqué valor para darle la mala noticia.

—¿Te acuerdas que te dije que toda la noche la tenía libre, y el fin de semana, posiblemente?

—Sí, y que íbamos a ir a las cascadas y a comer helado con las mellizas y a cine los dos por la noche.

—¿Todo eso te dije?

—No. Me lo prometiste —me dijo enfatizando las palabras y levantando las cejas y el dedo índice.

Mi cara de desilusión le dio risa.

—Otra vez tienes que trabajar, ¿verdad? —dijo apretando los labios pero mirándome con ternura.

—Perdóname, mi amor, es este caso de… porquería que estamos trabajando. Esa gente de… pacotilla nos está acabando.

—Entiendo perfectamente, sobre todo porque los describes con mucha exactitud. Yo sé que ya casi los agarras, mi amor, no te preocupes, yo entiendo, y te prometo que vamos a celebrar como Dios manda el día que eso suceda.

—¿Como Dios manda? ¿Segura?

—Sí, si quieres nos emborrachamos. Siempre me preguntas por qué nunca tomo más de dos copas. Podemos tomar una botella cada uno.

Su risa inundó la camioneta.

—Qué mala eres, además no creo que Dios mande eso.

—¡Tampoco manda lo que quieres!

—Ah, y es que la trilliza, ¿ya sabe lo que quiero?

Levantó las cejas y me miró con picardía.

—¡Uhum!

Desde nuestra primera cita se sentaba a mi lado. Me puso el brazo en el estómago y me dio un beso en la mejilla, susurrándome en el oído:

—Yo sé, porque yo quiero lo mismo.

Frené casi en seco y, apretándole la cabeza con mi brazo derecho, le di un beso en la frente.

—En serio, ¿no estás bromeando conmigo?

Me miró directo a los ojos y me volvió a besar.

—En serio, yo también quiero lo mismo, el problema es que no estoy segura que sea lo mejor.

Volví a mirar al frente frunciendo el ceño.

—Y está la promesa que le hice a tu abuelo, ahí sí metí la pata.

Nos quedamos callados. Llegamos al restaurante. Sentí una gran felicidad al saber que ella me deseaba también. Era un adelanto. Además se había atrevido a confesármelo, a pesar de su timidez en esos asuntos.

El lugar era elegante y tenía vista al centro de la ciudad. A lo lejos se distinguía el Hotel Mirador. Me senté al lado contrario para no verlo. Además tenía que sentarme de frente hacia la puerta, no me convenía para nada estar de espaldas. Me había acostumbrado a vigilar mi espacio como una manera de protegerme y a quienes estaban conmigo. Era algo ya impregnado en mi ADN. Pedí una copa de vino blanco para ella y agua mineral para mí. Tenía que estar sobrio para la tarea que me esperaba. Pedimos la comida sin ninguna interrupción y pasamos casi media hora tranquilos.

Sentí vibrar mi pecho, pero no de emoción. Ella notó mi cambio en la cara y el zumbido del teléfono.

—No te amargues, mi amor, contesta tranquilo.

 

Salí a una terraza y desde allí la veía. Me molestó dejarla sola pero tenía que contestar la bendita llamada. Era González nuevamente.

—Martínez, la situación se está complicando. Tengo tres carros con dos cabezas cada uno afuera del hotel. Pero me parece raro, esa gente anda siempre con más compañía, además son hombres del Grillo, no le veo ninguno a Veneno, ¿qué me aconseja?

—¿Dónde está Veneno y con quién?

—Jugando a la ruleta. Tiene dos mujeres  con él, un tipo al lado y otro por ahí rondándolo. Ya Villareal los identificó.

—¿Ya hizo ronda? Hay dos edificios más alrededor. Mande gente a revisar todos los parqueaderos y tres manzanas a la redonda. Marque los carros identificados y mire cómo les pone “paticas” para poder rastrearlos. Dígale a Cortez que le pida huellas a Violeta y a Valerio. Hay que identificar todos los que están en las mesas con ellos y entre los empleados. ¿Hay nuevos? Violeta puede revisar con el gerente. Él nos está colaborando. ¿Qué está haciendo Red?

—Está con Grisales en la mesa del Grillo, están conversando animadamente. Los invitaron a una fiesta mañana, no les han dicho dónde.

Miré la hora: las 20:45

—Ubique a Pérez dentro del hotel. Hay que estar pendientes del movimiento y que Castillo revise la lista de huéspedes. Pídale también las direcciones de las tres casas que usan. Mande algunos a confirmar si hay movimiento.

—Buena idea.

—¿Le alcanza la gente, o tendré que llamar a los míos de una vez?

—Por ahora estamos bien.

Me senté e inmediatamente nos sirvieron, me imaginé que estaban esperando que volviera.

—Mi amor, perdóname, me siento muy mal, la noche tan linda que teníamos planeada y estos canallas me la fastidiaron.

—Yo sé cómo puedes vengarte —y sin más pasó de izquierda a derecha su dedo índice por el cuello.

Me dio risa. Traté de comer despacio, pero tenía la mente a millón.

 

A las 21:25 ya íbamos en camino hacia el apartamento de Paulina. Prendí el radio.

—Castillo, ya estoy aquí, ¿alguna novedad?

—Le identificamos dos más a Veneno, están por ahí jugando en las máquinas, pero no hay ningún otro cabezón, solo esos tres.

—¿Están tomando fuerte?

—Nada. Solo El Oso, los otros dos, cocteles sin licor.

—Esa es buena señal, algo va a pasar. Y en el hotel ¿qué ha encontrado?

—En esas estoy. No veo ningún nombre conocido. Dice Pérez que todo está en calma, anda de camarero por ahí de piso en piso.

—Ábrame la banda, necesitamos estar todos conectados.

El equipo de radio era de doble comunicación, cerrada y abierta. Todos podíamos escucharnos en el mismo número y cada uno tenía un dispositivo para el oído. En estos casos era muy útil porque ganábamos tiempo poniéndonos al tanto de todo.

—Listo Jefe —me dijo Castillo.

—González, ¿ha encontrado algo más?

—Nada, apenas están llegando a las casas.

—Castillo, termine lo del hotel cuanto antes, y González, no se olvide, hombres, mujeres y niños.

—Y animales —dijo Paulina en voz baja.

—¿Qué?

—Animales —me dijo al oído. Castillo alcanzo a oír.

—Jefe, Jefe.

—Ay, mi amor, tú eres mi ángel.

—Lo dicho —dijo Castillo—, Paulinita debería trabajar para nosotros.

—Uy no, Castillo, gracias —respondió ella.

—Ay, pero ¿cómo así?, si nosotros somos lo mejor de lo mejor.

—Sí, pero nunca duermen, a mí me gusta dormir.

Las risas se escuchaban por todo el sistema. Se tapó la boca y me hizo señas preguntando si todo el mundo escuchaba. Asentí.

—González, hay un hotel campestre saliendo para La Villa. Castillo le da la dirección exacta. Villafañe se mete allí porque tiene dos perros grandes y siempre viaja con ellos. Mande dos para allá y me confirma qué encuentran.

—Perfecto  —abracé a Paulina y le besé la frente, luego la boca. Se apartó y aspiró fuerte.

—¡Hey, brusco!, me vas a ahogar.

—Mi amor, tú eres muy inteligente, ya te lo he dicho. Tienes una mente brillante.

—Mmm, esa bobada.

—Pues cómo te parece que esa ‘bobada’ no se me había ocurrido. Me había olvidado por completo de los perros esos.

—¿Qué me vas a dar si lo encuentras ahí?

—¿Qué tal lo que tanto queremos los dos?

—Ah no, eso es gratis.

Me dio risa.

—Ni tan gratis por que ya llevo dos meses pagando esta pena y quién sabe qué tanto más me falta.

Ella se rio con picardía.

―¿Quién te manda a estar haciéndole promesas tontas a mi abuelo? Es culpa tuya.

—No lo puedo creer, ¿o sea que si no le hago la promesa esa a tu abuelo ya habíamos podido amarnos y amarnos y amarnos?

—Bueno, no exageremos.

Y se reía tanto que me dejó sin saber si era verdad o solo por burlarse. Llegamos y subí a dejarla en el apartamento.

—Si quieres yo subo sola, sé que tienes mucho afán.

—No. ¿Cómo se te ocurre? Yo te llevo hasta la puerta y te dejo adentro, quien quita que de aquí a allá me digan que los cuatro tipos se desmayaron y despiertan mañana al medio día.

Se rio con mucha gracia y me miró con sus grandes ojos llenos de picardía. Subimos besándonos en el ascensor. Salimos y caminamos sin despegarnos hacia su apartamento. Abrió la puerta casi de lado porque yo no la soltaba y ella tampoco. Entramos y cerré la puerta con un pie. Seguimos besándonos, pero el teléfono vibró en mi chaqueta.

—Este aparato de los mil demonios —dije, más bien pensando en voz alta—. Aquí estoy hombre, aquí estoy.

—Martínez, los encontramos —Era González—. Villafañe y Domínguez están juntos en El Faro. Hay cinco carros con quince cabezas a la vista, se están alistando para algún viaje.

—¡Claro, Los Girasoles! ¡Llegó la hora, González! En unos veinte  estoy allá.

Llamé a Castillo.

—Encontraron a Villafañe y a Domínguez en El Faro. Mándeme a Pérez y a todo el grupo para el comando. Estamos todos en rojo. Usted quédese ahí hasta que se muevan esos locos y esté atento, ojos y oídos atentos y grabando.

—Sí, Jefe. Llegó la hora, llegó la hora.

Lo sentí nervioso.

—Nada de nervios compañero, estamos preparados para esto y todos necesitamos 72 urgentemente. Nos vemos más tarde, usted va a estar conmigo.

—Sí, Jefe.

Paulina estaba mirándome seria, sus ojos habían pasado de risa y picardía a preocupación, me abrazó y sentí que temblaba.

—Hey, ¿qué pasó? No se me asuste, que así es mi vida diaria.

—Mentiroso.

Le levanté la cara y vi sus ojos tristes. Una lágrima le rodó por la mejilla, se aferró a mí.

—No mi amor, por favor no se me asuste que todo va a salir bien. Nosotros hacemos esto todos los días. ¿No has visto el montón de gente que tengo conmigo? Y todos son más valientes que yo.

Se le escapó la risa.

—Eso. Así sí me gusta. Piensa que cuando termine tendré 72 horas libres, y entonces vamos a San Juan y le “desprometo” al abuelo lo que le dije antes.

Ahí sí se rio de verdad.

—Tan bobo, no serías capaz. Y además ¡qué pena! Ni se te ocurra hacer una cosa de esas.

La besé con todo mi amor. Sentir que yo era importante para ella me dio un ánimo especial. Me abrazó fuerte.

—¿Me prometes que cuando termine todo me llamas inmediatamente o vienes a verme así sea a la madrugada o a la hora que sea? —Me miró seria—. Prométame que no le va a pasar nada, Martínez, prométame.

El corazón me dio un brinco. Hacía tiempo no me decía así, pero volver a escuchar mi apellido en su boca fue un llamado de atención. Tenía que terminar este caso con excelencia.

—Sí. Te lo prometo, aquí llegaré lleno de mugre para que me bañes.

Le dio risa alegre otra vez. El teléfono volvió a vibrar.

—Ya estoy saliendo —contesté con frustración.

—Jefe, la gente se está movilizando.

Caminé hacia la puerta. Paulina me despidió —Dios te bendiga y a tus hombres también.

Le di un último beso y le prometí volver sano y salvo.

El Encuentro #6

Cuando abrí los ojos me dio alegría. No se oían gritos, ni había tenido pesadillas y estaba relajada. Además tenía una cita romántica al medio día. Hacía bastante no tenía una de esas y menos con alguien que me gustara tanto como él y desde hacía tanto. No sé por qué esperamos todo este tiempo. Quizá tenía que pasar todo lo del pobre Simón para que nos uniéramos, incluso lo de las mellizas pudo haber sido necesario. Por fin me volvió la esperanza.

Me bañé y organicé todo antes de salir. Me puse un pantalón azul rey y una camisa de seda en tonos azules y blancos. Usé mis sandalias plateadas altas, no quería verme como enana al lado de Martínez. Él medía más de  uno noventa, me llevaba por lo menos una cabeza.

Salí y los encontré a todos desayunando debajo del almendro. Las mellizas lucían contentas. Mi abuelo ya sin ojeras y mi tía afanada metiendo cosas al carro.

―Buenos días ―saludé.

―<<Buenos diiíasss>>―gritaron las mellizas y me abrazaron. Luego prosiguieron

― Qué linda estás Pauli ―Con razón no salías ―Estabas acomodándote…

Y luego las dos en coro:

―<<¿Vas a ver a Andrés?>>

Ni me tomé el trabajo de contestarles.

―Mija, ¿al fin se me va usted también?

―Sí, abue, no quiero quedarme aquí sola. Regresaré otro fin de semana y seguro volveré a ser normal.

Las mellizas no se quedaron tranquilas sin mi respuesta.

―Sí vas a ver a Andrés ―, Sí vas a ver a Andrés ―repetían cantando.

―¿Y si así fuera, qué?

Soltaron la risa y vinieron a abrazarme.

―<<¿Te vas a casar con él?>>―me preguntaron.

―Ay no, muchachitas locas, terminen de desayunar y no empiecen con esa imaginación estrambótica que tienen.

Todos se reían y así la pasamos casi toda la mañana, entre bromas y risas. Ellas se pusieron a dibujar, esta vez con sus crayolas. Escondían lo que hacían pero noté que eran colores alegres y se reían de todo. Algo muy normal en ellas.

Escuché mi celular a lo lejos. Me imaginé que era Martínez así que me metí a mi cuarto. Me dijo que pasaría por mí a la una. Salí pensando en las palabras con que les iba a decir que me iba con él.

―Tía, ¿a qué horas se va? ―pregunté.

―¿Me voy? ¿O nos vamos? ―me preguntó muy maliciosamente. El abuelo estaba leyendo el periódico y me miró por encima de sus gafas. Las mellizas, tiradas en el piso, pararon de pintar. Sentí cien ojos encima, a pesar de ser solo ocho.

―Está bien, Martínez me invitó a almorzar, él me recoge y me lleva a Santana.

Escuché risitas y las mellizas se pegaron en las palmas de las manos.

―<<Se los dijimos>>―. Andrés la quiere―, se van a casar―, <<y nosotras vamos a vivir con ellos, lalala, lalala>>―cantaban.

Parecía que el tiempo se hubiera detenido nuevamente.

―Tú nos vas a recibir en tu casa ¿cierto? ―preguntó Anie.

―Claro, como siempre lo he hecho.

―En tu casa nueva, donde vas a vivir con Andrés ―aclaró Andrea.

―Dejen de inventar ―les dijo mi tía―. Lávense las manos y nos vamos. El circo es a las tres de la tarde y estamos apenas a tiempo de llegar.

Entusiasmadas con la idea obedecieron. Cuando ya estaban montadas en el carro, me entregaron dos  papeles  doblados.

―Este es para Andrés y este para ti—, pero no los abras hasta que estén juntos—; y dile a Andrés que no se le olvide ir esta semana a visitarnos.

―Está bien. Gracias.

Les tiré besos y por fin se fueron. Yo creo que mi tía se apuró para evitar que vieran a Martínez. Pensé en lo irónico que era que ellas le decían Andrés y yo ni en mis pensamientos.

Mi abuelo me miró sonriendo y me abrazó.

―Mija, es hora de que empiece a pensar en serio en este asunto de Martínez. A usted le gusta hace tiempo.

―Sí, abuelo, pero nunca había pensado que pudiera suceder algo entre los dos. Todo lo que ha pasado desde el viernes es nuevo para mí, quiero tomar las cosas con calma y hacer de cuenta que lo acabo de conocer. Ya veremos qué pasa.

―Me parece la mejor idea del mundo. Eso le iba a decir pero me alegra que usted misma lo analice así. Hace años sé que ustedes se gustan, pero no se han dado la oportunidad. Él siempre está preguntándome por usted y sabe todo sobre su vida… bueno al menos lo que yo sé―me dijo sonriendo―. Nunca ha tenido novia oficial. Aquí en el pueblo no se le ve con mujeres. No está de más darle mi aprobación, mija. Martínez es un hombre íntegro y un gran profesional. Sé que quedará en buenas manos.

Lo miré como miraba a las mellizas cuando aseguraban algo respecto a mi futuro con él. Se rio.

―En caso de que las cosas sigan por ese camino, mija, en caso de que, ya sabe, tengamos que comprarle vestido de novia y todo eso…

Nos dio risa a los dos y no pudo terminar su frase porque Martínez apareció en ese momento.

Fui a buscar mis cosas y ellos se quedaron conversando muy animadamente como siempre. Antes de salir, el abuelo nos dio una bendición muy graciosa.

―Que Dios los bendiga y los lleve con bien y sin problemas a todas partes. Tengan paciencia para conocerse en todos los sentidos, no se apresuren a nada.

Nos miramos. Me quedé un poco desconcertada, pero Martínez le sonrió.

―Es una promesa ―le dijo y nos fuimos.

Finalmente comprendí.

―Él se refería a sexo ¿cierto?

―Creo que sí.

―Uy, ¡qué pena! Entre mi abuelo y las mellizas me van a provocar un patatús.

Se rio mirándome con alegría.

―Es muy normal, no tienes que apenarte de nada, al contrario, tienes quien te proteja y eso debe alegrarte.

―Yo en ese sentido me protejo sola, no soy una loca.

―Ni yo un violador, así que no tendremos problemas en ese departamento.

Me dio risa a mí también.

―Mejor cambiemos de tema, podrías contarme ¿cómo fue que encontraste a Quiceno?

―Sí, pero tienes que acercarte más porque yo no puedo hablar en voz muy alta.

―¿Qué?

―Estas allá pegada de la puerta y me le vas a hacer un roto. Si te corres para acá, me vas a evitar una laringitis y un gasto.

―Tan bobo…

Me corrí un poco hacia el centro.

―Otro poquito, hasta que me sienta acompañado.

La camioneta era moderna y de doble cabina, pero el asiento de adelante era entero. Me llamó la atención, ahora casi todos los carros tienen algo en el medio. Miré hacia atrás. Algo faltaba. Me miraba de reojo esperando que me corriera. Sabía que podía ver mi curiosidad pero no me decía nada.

―Aquí falta algo, ¿dónde está?

―Aquí falta que te corras  para que sigamos hablando.

―Ummm, ya sé.

Metí la mano en un pequeño espacio que había en el espaldar de donde bajó una consola completa con espacio para vasos y quién sabe qué más tendría allí adentro. Me reí.

―Ajá, muy pillo, ¿no? Así la mantienes para sentar a tus pasajeras femeninas cerca.

―Esta camioneta no ha tenido ninguna pasajera femenina —dijo riéndose—, y esa consola siempre ha estado ahí. La acabo de quitar para tenerte cerca ―y diciendo eso, la escondió de nuevo y, ni sé cómo, pasó la mano por mi espalda y me corrió hasta que quedamos pegados―. Así está mejor.

―Nos va a dar mucho calor.

―Entonces pongo el aire bien frío para que tengas que calentarte con mi cuerpo.

―Mejor cuéntame, aquí me quedo —sonrió muy satisfecho consigo mismo.

—En la noche, cuando las señoras me confirmaron lo de la agenda, la lista y la letra Q que había dibujado Simón, envié mi equipo a buscar al tipo y a indagar sobre las otras dos pistas. Quiceno no estaba en su casa, pero la vecina, lo había visto salir a las once de la mañana con su maleta larga y grande, según la describió, con la cual salía cada semana. Volvió como a las cinco y salió casi de inmediato con una maleta normal. Cuando se saludaron le dijo que por favor le cuidara la casa pues iba a salir de vacaciones por una semana. Le dio el número del celular para que lo llamara si había algún problema.

―¿En serio?, el tipo ese es un descarado. Seguro creía que nadie iba a sospechar de él.

―Claro, se confió porque ya pasaron tres años del asunto de la recicladora. El tipo es aficionado a la cacería y usó su propio rifle para matar a Simón. Si hubiera usado otra arma, habría sido más difícil probarle los cargos, pero cometió todos los errores y cayó más fácil que un cojo y ciego a la vez. Gracias a las cámaras en el aeropuerto de Esperanza, vimos que lo recogió una mujer, revisamos las placas y encontramos el lugar de residencia. Mandamos hombres a vigilar la casa pero no aparecían. Mientras tanto logramos encontrar huellas en la bicicleta de Simón y aunque eran parciales, conseguimos una orden de cateo de la casa por suficientes vínculos con un asesinato en primer grado. Allí encontramos el rifle y, gracias a la identificación de las balas, conseguimos autorización para buscarlo como primer sospechoso. Lo tratamos de localizar por el celular. Inicialmente lo tenía apagado, pero alrededor de las nueve de la mañana lo prendió y ahí se le complicó el día. La tecnología moderna nos facilita mucho el trabajo. Ya no hay cómo escondérsele a nadie. Lo encontramos de romance en un hotel. La pobre mujer estaba aterrada. Hacía un año que lo conocía y le estaba proponiendo matrimonio.

—Estoy admirada. Se resolvió el caso muy rápido, tienes muy buen equipo. Pero con todas esas pruebas, ¿no era mejor acusarlo de una vez y pedir cadena perpetua?

―Se consiguió un abogado inmediatamente y este propuso la confesión para rebaja de pena.

Eran casi las dos de la tarde y de pronto mi estómago empezó a sonar. Nos dio  risa.

―¡Qué malo soy!, no te he dado nada de comer y ya tu estómago está protestando, tenemos que llenarlo. No quiero que ninguno de los órganos de tu cuerpo se moleste conmigo.

Más risa me dio.

―Ay, Martínez, que inventos los tuyos.

―¿Quién es ése?

―¿Ése cuál?

―Martínez, no lo conozco, aquí por lo menos no está.

―¿Ah, no? Entonces, ¿quién está manejando?

Me miró de reojo, se hizo a un lado de la carretera y giró hacia mí. Me estiró la mano e instintivamente le di la mía.

―Mucho gusto, Andrés.

Nos miramos y, a pesar de estar tan cerca, esta vez me sentí cómoda. La risa desapareció; se acercó un poco más y me acarició la cara. Sentí que los pulmones y el corazón me dejaron de funcionar. Creo que por “instinto de conservación” recordé el dibujo que me habían dado las mellizas.

―Aquí tengo un regalito que te mandaron tus hijas.

Y sin darle tiempo de protestar, saqué las dos hojas dobladas que me había metido al bolsillo. Le entregué la de él. Las abrimos y el corazón me volvió a funcionar, aunque esta vez latía demasiado rápido. En la hoja de él habían dibujado mi cara. Tenía mi nombre arriba y en la mía estaba la cara de él. Nos miramos y juntamos los dibujos: las curvas a lado y lado formaban un corazón. Los ojos se me llenaron de lágrimas y cuando lo miré los de él estaban igual.

Sin palabras, sonrió y me besó. Sentí sus labios tibios y suaves. Cerré los ojos. Al igual que él, yo llevaba nueve años esperando este momento.

El Encuentro #5

La mañana estaba bastante fresca, era la época de los vientos fríos que bajaban de la cordillera occidental. El nevado de Santana estaba cerca y en los días despejados se podía ver coronado por su hermoso pico blanco. Era el mejor clima del año. El cielo estaba absolutamente azul, sin una sola nube y el sol radiante. Miré hacia arriba y le pedí a Dios que fuera verdad que Simón estaba en el cielo jugando feliz con Jesús y los ángeles.

Llegué a la casa, me estaban esperando. En la funeraria recibirían hoy el cadáver y el entierro sería al otro día a las tres de la tarde. No alcancé a decirles nada sobre la idea de hacerle una despedida en la iglesia del pueblo porque llegamos al hospital y me puse otra vez nerviosa.

No entré a ver a Simón. Ellas salieron llorando muy tristes. Teníamos que ir a la funeraria para concretar el traslado a la ciudad. Al llegar, por fin saqué valor.

―¿Ustedes estarían de acuerdo en llevar a Simón a la iglesia antes de irse para la ciudad? —se miraron entre ellas y luego a mí, pero no dijeron nada―. El padre Ignacio, mi familia y otras personas del pueblo que lo conocían quisiéramos hacerle una  ceremonia de despedida.

La madre soltó el llanto otra vez. Esta vez habló la hermana.

―Sería un honor. Anoche, las profesoras nos pidieron lo mismo.

―¿Lo ven? Todo el pueblo está de acuerdo. Podríamos pasar por la casa cural y hablar con el Padre, estoy segura que él organiza algo en minutos.

Llegamos a la iglesia y otra vez se me alborotó el corazón. El Padre les habló sobre su relación con Simón; cómo le ayudaba en la iglesia, limpiaba el altar y hasta se tomaba el vino. Claro que él creía que era vino, porque ya hacía varios años lo había cambiado por jugo de uva pues los monaguillos también se lo tomaban. Nos reímos y gocé con las historias; por lo visto mi conciencia y yo estábamos haciendo las paces.

 

A las tres estábamos todos en la Iglesia. El anuncio por alta voz surtió el efecto de un trueno. Todo el que estuviera cerca lo oyó y los que no, fueron avisados por alguien. Parecía que el pueblo entero estaba allí. Me pareció extraño no ver a Martínez.

Las mellizas estaban vestidas de blanco con moños morados y querían recitar un poema para Simón. Paco, su esposa y Julián, así como otros empleados de mi abuelo, también estaban presentes. Lo más lindo era que todos traían flores silvestres de las que le gustaban a Simón y las iban poniendo sobre su ataúd. Madre y hermana no paraban de llorar. Llegué a pensar que era peor para ellas, pero la vida es esto exactamente: momentos de amor y dolor que hay que agradecer por poderlos compartir con otras personas.

El padre Ignacio contó algunas de sus anécdotas y dijo palabras muy lindas sobre Simón y sobre lo hermoso que es para Dios que todos seamos como niños. La profesora Josefina y el señor Palacios, dueño del supermercado, también compartieron sus historias. Otra de las profesoras intervino, pero no pude escuchar lo que dijo porque en ese momento tuve que llamarle la atención a las mellizas.

Recordando lo que Martínez me había contado, me imaginé que estaban inquietas porque él no llegaba. Les hablé con el mayor disimulo posible.

―Martínez está investigando quién mato a Simón. ¿Se acuerdan que ese es su trabajo? Si no viene, seguro llega a la casa más tarde.

―<<Él ya sabe>>―me dijeron.

Sin darle más vuelta al asunto, me alegré, pues a estas alturas dudar de sus palabras hubiera sido ridículo.

―Entonces debe estar ocupado terminando sus informes de la investigación.

―Él ya viene, diles que lo esperen―me dijo Andrea.

―¡Ay Dios mío! eso sí está difícil. ¿Saben cuánto le falta? ―me aventuré a preguntarles.

―Apenas está aterrizando―dijo Anie.

―¿Aterrizando?

―<<En el “helicótero”>>―dijeron.

―¿El helicóptero? ―dije en voz alta―.”¿Martínez viene en helicóptero?” ―pensé, y guardé silencio pues mi tía y mi abuelo me miraron que me mataban. Me acordé del helipuerto camino a Santana. Sabía que él tenía derecho a usarlo, es más, recordé que era piloto.

Mi abuelo también habló. La hermana se levantó y dio las gracias, compartió detalles de la verdadera niñez de Simón, la cual no se diferenciaba mucho de la obligada. Las mellizas se levantaron de pronto y salieron corriendo hacia la puerta. Todo el mundo se quedó a la expectativa. Martínez llegó en compañía de otros hombres que se quedaron parados en la puerta. Entró abrazado por las niñas. Mi abuelo y mi tía se limitaron a mirarme con ojos llorosos. Por el momento, yo estaba sin habla y sin emociones.

Él dejó las mellizas conmigo y se acercó a la señora Angélica. Ella se levantó, la hermana y el Padre bajaron y todos se hicieron a un lado del altar. En la iglesia todos estábamos intrigados y emocionados. Ellos asintieron y Martínez subió al altar.

―Buenas tardes a todos, queremos informarles que ya hemos detenido al hombre que asesinó a Simón.

Se escuchó una ola de exclamaciones en toda la iglesia. Parecía que se unieran las voces en un suspiro de alivio.

Mi corazón se volvió a sobresaltar, faltaba que dejara de latir “el pobre”. En la banca detrás de mí alcancé a ver a Julián llorando, pero me sonrió. Mi abuelo guardó mis manos en las suyas, me acarició la cabeza y pude descansar en su hombro.

Martínez nos miró y empezó a hablar.

―Simón fue un periodista exitoso. Tenía un gran corazón y quería construir un mundo mejor. Gracias a él y a una de sus investigaciones, se descubrió que una compañía recicladora arrojaba material tóxico al río Oriental. Su operación clandestina fue cancelada. El hombre responsable, gerente de operaciones de la compañía, señor Arturo Quiceno, pasó tres meses en la cárcel, pero fue absuelto por falta de pruebas legales. Sin embargo, la compañía fue obligada a pagar multas e indemnizaciones millonarias a muchas personas afectadas, y hacer cambios en todos sus sistemas para seguir operando. La semana pasada, este señor encontró a Simón aquí en el pueblo y decidió matarlo por venganza. Anoche localizamos su residencia y se encontró allí el arma con que le disparó. En la bicicleta de Simón también se encontraron sus huellas. Hoy al medio día fue detenido en Esperanza, donde había huido a esconderse. Doy gracias a Dios por mostrarnos el camino para encontrar a este asesino y a la familia de Simón por habernos permitido despedirlo con el amor y el honor que se merece.

La gente aplaudía y se escuchaban murmullos. El padre Ignacio con sus manos trataba de calmarlos. Por fin lo logró y Martínez continuó, haciéndole señas a las mellizas para que fueran al altar.

―Los dejo en compañía de las mellizas quienes tienen unas palabras para despedir a su amigo Simón.

Caminó hacia donde estábamos y se sentó al lado de mi abuelo. Esperé que las mellizas sacaran algún papel, pero no tenían nada en las manos.

―Mi amigo Simón era muy grande…

Empezó Andrea empinándose y levantando las manos lo más alto que podía; de ahí en adelante se turnaron para hablar.

―Mi amigo Simón era valiente―. Mi amigo Simón no tenía miedo a los gusanos―, los escondía en una cuevita para que no nos asustaran―.También escondía los ratoncitos recién nacidos―, y los hormigueros—.Él amaba todos los animalitos y decía que nunca nos harían daño―, sino los molestábamos―. Simón amaba los caballos―, y ellos a él―. Amarillo le movía la patica cuando lo veía―, y Ricitos lo miraba con amor―, y le encantaba que él montara sobre ella―. Simón amaba al  abuelo―, y piensa que es el más lindo―, <<de todos los señores del mundo>>.

Dijeron esto en coro sonriéndole al abuelo con ternura y continuaron.

—. Simón dice que Julián era su mejor amigo―, y quiere regalarle su colección de figuritas―. Y a Paulinita, la más linda y dulce de todas las niñas de la tierra―, le desea que cuando se case―<<sea con su héroe preferido>>―dijeron mirándome también con una gran sonrisa.

Yo sentía otra vez alfileres clavados en el corazón. No creo que hubiera ojo alguno sin lágrimas. A veces se oía un murmullo y risas. Las mellizas se lucieron. Sus palabras daban fe de su amor e inocencia. Mejor dicho, se presentaron ante el pueblo en todo su esplendor.

—A Simón le gustaban las flores dulcecitas―, y quería que todas fueran para sus mejores y más lindas amiguitas―. Nos dijo que Margarita era la más elegante―, y la profe Josefina la más inteligente―. También dice que el señor Palacios debería vender helados de palito―, y quiere que el padre Ignacio no regañe tanto las personas―, y compre otro vino porque el que tiene sabe a jugo de uva―. Ah, y Simón dice que la señora Matilde cocina muy rico―, pero le falta echarle un poquito de sal a la sopita―. Simón mi amigo era inocente―, y con sus ojos grandes veía solo lo bonito ―, y ahora está en el cielo―; y da gracias al teniente Martínez porque por fin agarró al pillo de Quiceno―, <<¡que era malo y olía muy maluco!>> ―otra vez exclamaron al tiempo, con un gesto muy gracioso y arrugando la nariz—. Simón quiere darle las gracias y que sepa que es su teniente preferido―, y él sabe que es― <<un súper héroe>>.

Dijeron con orgullo, levantando las manos, haciendo un corazón y continuaron.

―Simón ama a su mamá y quiere darle las gracias por abrazarlo tanto, tanto desde niño―, y la va a esperar al lado de Jesús y los angelitos―, y a su hermana también y que juegue más con su hijo Nicolás―, y que a él le regala todos sus carritos―. Mi amigo Simón ama a San Juan y les da gracias a todos―, y les dice buenos días, buenas tardes, buenas noches, porque no se sabe cuándo volveremos a vernos―. Por eso no les dice adiós sino hasta luego―, Pórtense bien― <<Y seguro todos nos vemos en el cielo>>.

Agacharon la cabeza, haciendo una venia y caminaron hacia Martínez y el abuelo. Se sentaron en medio de los dos.

A estas alturas la gente estaba como loca. Aplaudían, se reían, lloraban. La madre de Simón se paró y las abrazó. Volvió a abrazar a Martínez. Yo lloraba y lloraba. El Padre terminó la ceremonia con algunas oraciones y todo llegó a su fin casi enseguida. Simón salió de la iglesia “cargado” por varios de los hombres que estaban allí, de hecho, sobraron manos. Nosotros fuimos los últimos en salir y nos despedimos de la familia.

 

Martínez se me acercó.

―Tengo que ir a Santana para cerrar la investigación, ¿podríamos vernos mañana cuando regrese?, ¿podría llamarte por teléfono esta noche?

―Sí, está bien.

―Deja la tristeza, por favor, ya tenemos el asesino. Solo faltan detalles legales.

―Sí, me imagino. No sé por qué no estoy más feliz. Quizá sea porque él seguirá muerto aunque todo se resuelva.

―Ya es hora de que dejes descansar tu conciencia. Simón era un niño, te quería con un amor infantil.

―Eso es lo que más me entristece, que no fui capaz de verlo así.

―¿Tú has regañado alguna vez a las mellizas?

―Ummm, montones de veces.

―Y ellas han querido jugar y tú no, ¿y se han disgustado?

―Sí, ¿y qué tiene que ver eso?

―Ellas en otro momento te buscan ¿y te invitan a jugar, otra vez?

Lo miré y sonreí.

―Son niñas, olvidan fácil, no se ofenden de verdad ―me dijo, me acarició la cara, me guiñó el ojo y se fue.

―Entiendo―dije en voz alta y me fui a buscar a mi abuelo que estaba rodeado de gente que seguía hablando de Simón y abrazaban a mi tía y a las mellizas. Por fin nos fuimos. Yo no quería escuchar más sobre el asunto.

 

Mi abuelo tuvo la brillante idea de llevarnos a comer al río. Acepté, para no quedarme sola en la casa. Las mellizas disfrutaron mucho y, en últimas, yo también. O por lo menos hice el esfuerzo. Allí había un restaurante y juegos para todas las edades. Las acompañé a todo lo que se antojaron. Llegamos casi a las nueve de la noche a la casa y cansados nos acostamos a dormir.

En el momento en que sonó mi celular, recordé que Martínez no había llamado.

― Buenas noches, ¿ya estabas dormida?

―No.

―Finalmente Quiceno confesó y con eso se agilizan las cosas. Mañana al medio día estaré allá, ¿podría llevarte a almorzar?

―Creo que no puedo porque yo vine en el carro de mi tía y ella quiere que  regresemos mañana para llevar las mellizas a un circo que hay, a ver si siguen tranquilas. Yo creo que es buena idea. Hoy pasamos una tarde agradable después de la iglesia. Mejor me voy y aprovecho para estudiar, todavía me queda el lunes de descanso.

―Está muy bien, ¿qué tal si de todas maneras te recojo al medio día y te traigo para Santana?

―Uy, eso no es necesario, aunque me halaga, ¿vas a manejar dos horas de venida y luego otras dos de regreso solo por mí?

Escuché una risita.

―Bueno, no tanto. Yo vine en el helicóptero y así mismo regreso, pero quiero que sepas que si tuviera que manejar también lo haría.

―Claro, se me olvidaba el helicóptero.

Conversamos otro rato y quedamos en que al medio día me recogía.

El Encuentro #4

 

niebla2 (1)

 

Al llegar no tuve que buscar al abuelo, estaba sentado en la sala viendo televisión.

―¿Cómo quedó la familia de Simón?

―La señora Matilde y dos profesoras están con ellas. La mamá contó varias anécdotas de su hijo, pero la hermana estuvo más bien callada. Están muy tristes. Si analizamos, ya lo perdieron dos veces, cuando el rayo y ahora.

―Es cierto. ¡Qué pesar! Vamos a ver si Martínez descubre el misterio. Y a propósito, mija, vi que la estaba esperando en el camino, ¿hablaron lo de las mellizas?

―Sí, abuelo, eso mismo. Me parece increíble no haberme dado cuenta antes. La verdad muy pocas veces los he visto juntos y menos en esa intimidad que compartieron esta noche.

Conversamos un rato más y por fin me fui a dormir. Mejor dicho, a acostar, porque el sueño se me escapó.

Sonaron las doce de la noche en el reloj de la sala y me di cuenta que era la primera vez que tomaba conciencia de la hora desde que encontramos a Simón. El tiempo había perdido su importancia.

Escuché un ruido  en el patio justo frente a la casa. Caminé hacia allá y reconocí la risa de las mellizas; todavía no había amanecido así que me extrañó verlas allí a esas horas. Susurraban y se reían, parecían conversando con alguien y a su vez escuchaba como si estuvieran caminando o saltando. Había un eco extraño, los oídos se me taparon y sentí la necesidad de toser, pero ningún sonido me salió. Caminé hacia ellas y vi a Simón. El corazón me dio un salto; una niebla les tapaba los pies y ellas agarradas de las manos daban vueltas a su alrededor, los tres se reían y cantaban: “A la rueda, rueda de pan y canela…”; Simón me miró de frente. Su cara dulce y sus ojos grandes, alegres y limpios. Las mellizas se tiraron al suelo al momento de decir “Acuéstate a dormir”. Vi que recogieron algo del piso; traté de hablar pero no me salía la voz, la lengua se me quedó pegada al paladar. No podía moverme, estaba clavada al piso. Anie y Simón me sonrieron y salieron corriendo hacia los establos. Andrea caminó hacia mí y me entregó algo. Traté de asirlo, pero se me cayó. Ella también salió corriendo. Entre la niebla veía la libreta de Simón, abierta en la letra Q. Por fin pude gritar: “¡Andrea! ¡Anie!”.Y entonces la luz se encendió y mi tía entró al cuarto.

―Paulina, Paulina, ¿qué te pasa? Despierta, tienes una pesadilla.

Las mellizas llegaron corriendo y se me tiraron encima, estaban heladas y me abrazaron. Las dos me preguntaron:

―<<¿Lo viste? ¿Lo viste?>>.

Yo seguía sin poder hablar y miré a mi tía horrorizada.

―¿Estás bien, mija? ¿A quién viste? ¿A qué se refieren las niñas?

Mi abuelo entró y las mellizas saltaron de mi cama y lo abrazaron.

―Simón vino, abuelo —y jugamos con él —Pauli también lo vio  —¿Cierto que sí?—<<¿Cierto que lo viste?>>.

Por fin pude moverme y me tapé la cara con las manos. Era lo más raro que me había pasado con las mellizas hasta ahora. Tener el mismo sueño era demasiado para mí. Salí corriendo al baño y vomité. Solo me salía agua y recordé que no había comido nada anoche. Mi tía muy conmovida, me sostuvo el pelo.

―Mamita, por favor tranquilízate, fue una pesadilla, te voy a traer un té de tilo para que te calmes.

Asentí con la cabeza; no tenía alientos. Salí del baño y me senté al borde de la cama. Las mellizas me volvieron a saltar encima y no paraban de hablar. El abuelo les pidió que se callaran y dejaran que yo contara mi sueño para ver si por fin lograba comprender lo que estaba pasando. Mi tía entró con él té y tomé un poco. El silencio se volvió incómodo y solo se escuchaba el ruido que las niñas hacían al pasar sus manos por mi pelo.

―No tengas miedo Paulinita ―dijo Andrea―. Simón es muy bueno ―dijo Anie―. <<Y te quiere mucho>> ―concluyeron asintiendo con la cabeza.

Miré a mi abuelo y pude por fin hablar. Empecé a contarles el sueño pero lo peor era que las mellizas terminaban mis frases.

―Ay Dios mío, tengan misericordia de mí por favor, ¡yo no soy su trilliza!―Y esas niñas soltaron una carcajada que por un instante me olvidé de todo lo que estaba pasando. Pero solo por un instante, porque no habían empezado a calmarse cuando escuchamos un carro entrando por la portada. Lo primero que pensé fue “Martínez” y esas niñas volaron de mi cuarto hacia la puerta gritando no sé qué. Mi abuelo me miró resignado, tenía grandes ojeras.

―Es Martínez ¿verdad abuelo? ―asintió con la cabeza―. ¿Usted lo llamó? ―Movió resignado su cabeza hacia los lados y caminó hacia la puerta. Mi tía María Inés se quedó sentada a mi lado.

―Ay, Paulina ¿será que esta pesadilla se acaba pronto?

La miré y nos abrazamos. En realidad esa misma pregunta me la estaba haciendo yo.

Escuché voces, pero me metí al baño. Iban a ser las siete de la mañana, no quería dormir para soñar lo mismo de las mellizas y mucho menos estar metida en la cama con la cabeza dándome vueltas. Mi tía salió a dirigir el desayuno. Yo me quedé en la ducha, primero lo más caliente que resistiera y fría al final. Salí más animada a empezar el nuevo día. Me vestí pensando en Simón. Pantalón blanco y por ahora camiseta gris.

Me dejé el pelo suelto. Agradecí que fuera fácil de manejar, me caía en los hombros en ondas sueltas. No quería maquillarme, ya me imaginaba llorando todo el día y con ojos de apache. Me acordé que Martínez estaba en la sala y a la carrera me delineé el borde de las pestañas con un lápiz negro. Los ojos al menos me cambiaron, los tenía castaño claro, eran grandes y alegres pero con este asunto de Simón se me veían tristes. Me pasé un poco de rubor por las mejillas. Mi piel era de un tono claro pero me bronceaba fácil y preciso la semana pasada había estado dos días en la piscina con María Paz… “Jum, que va, no tengo tiempo para hablar de eso”

Quería ir a ver la familia de Simón y ofrecerme a ayudarlas con las vueltas necesarias.

Entré al comedor. Martínez y mi abuelo estaban sentados tomando café.

―Buenos días, señorita Reyes ―dijo muy graciosamente.

―Buenos días, detective, ¿cómo amaneció?

―Muy bien, muchas gracias y ¿usted?

El abuelo nos miró a los dos y movió la cabeza de lado a lado. Se paró y salió hacia los establos.

―Hasta luego, tengo que ver a Paco y hacer varias vueltas de la finca. Los dejo en buena compañía y deje la bobada, Andrés Martínez, que yo sé que usted y esta señorita están enamorados hace tiempo.

―¡Abuelo!¿Cómo dice eso? ¡Qué vergüenza!

―Hummm, el mal de las mellizas ronda en esta familia.

Salió riéndose. Los dos nos quedamos pasmados. Sonreímos, pero me sentí incomoda.

―Tu abuelo tiene razón, ya es hora de que lo aceptemos y hagamos algo al respecto.

―Ay, Martínez, ayer y hoy han sido tan raros que ya ni sé qué es lo que siento.

―¿Podrías decirme Andrés?

―Seguro, Andrés ―sonreí y le dije casi susurrando― ¿Ya sabes la última de tus hijas?

―¿Quieres saber por qué cada vez que tienen algún problema yo aparezco como por arte de magia?, como dice tu tía.

Sus palabras me intranquilizaron, me esperaba alguna razón extraña y no me defraudé.

―Siento que me llaman, escucho que dicen “papá, papá”; se callan y vuelven a empezar: “papá, papá”, y así hasta que aparezco. Cuando no estoy cerca, las llamo por teléfono y ellas gritan y hablan al tiempo. Nunca me han dicho papá en la cara, pero algo en mí sabe que cuando llaman al papá, soy yo el que tiene que aparecer.

Sinceramente no esperaba menos. Conversamos otro rato sobre la pesadilla y me dijo algo interesante.

―Anoche cuando llegó Matilde, le pregunté sobre la lista de la nevera. Me dijo que lo único que recordaba era que Simón había escrito la letra Q y al lado había puesto una carita triste. Después de hablar contigo al final de la noche volví a la casa y la madre me contó que en la libreta café, en la página de la Q, tenía tres nombres: Quiceno, un señor con el que había tenido problemas debido a un reportaje que él hizo sobre una compañía recicladora; un café-bar llamado Quimeras, el cual frecuentaba con sus amigos; y Qué pasa hoy, que era el nombre de la columna que escribía.

Me quedé con la boca abierta.

―Por ahora estamos investigando las tres posibilidades, cuando tengamos algo concreto les avisaré. Ah, encontramos la bicicleta de Simón escondida en unos matorrales cerca de la casa, estamos buscando huellas. Por lo pronto tu amigo Rincón las espera en el hospital. Ya di la orden de entregarles el cuerpo, no hay razón para mantenerlo más tiempo. Se le hizo la autopsia, se encontró la bala aún en su cabeza. Es una pieza clave en la investigación. Tengo varios detectives sobre la pista de Quiceno y en cualquier momento tendré noticias.

―¿Tú crees que ese sea el asesino?

―No tengo confirmación aún. Pero, por favor, olvida el asunto y acompáñalas a la parroquia, el padre Ignacio quiere verlas.

―Está bien. Quiero convencerlas de que le permitan al Padre decir unas palabras de despedida en la iglesia antes de llevárselo. Todo el pueblo quería a Simón.

―Eso es justo lo que el Padre quiere, así que ve con ellas a visitarlo. Yo voy a pasar por su casa y les digo que te esperen, ¿te parece? Quiero darles la noticia sobre la entrega del cuerpo de Simón. Por favor no les digas nada de Quiceno. Tenemos que encontrarlo primero.

―Está bien.

Cuando nos levantamos recordé lo alto que era. Yo estaba aún sin zapatos y me sentía muy pequeña a su lado.

―¿Me puedes regalar un abrazo?

Lo miré confusa, sinceramente esta nueva intimidad me ponía nerviosa. Me abrazó pero yo dejé mis brazos a los lados. Él los tomó y los puso alrededor de su cintura. Escuché su corazón latiendo fuerte y me agradó su aroma fresco. Me fue apretando y de pronto sentí que me desmadejaba, las piernas me temblaron un poco. Lo solté, pero él me alcanzó a coger la cara y se acercó a darme un beso. Le puse mis dedos en la boca.

―Lentamente, detective, lentamente, apenas me estoy acostumbrando a tu nueva personalidad.

―De acuerdo, pero es importante que sepas que hace como nueve años me muero por besarte.

Salió y yo me apresuré a mi cuarto para que nadie me viera, sentía la cara caliente.

 

 

El encuentro #3

mellizas

Mi abuelo entró y yo salí.

―Hola abuelo lo espero en el carro…el Martínez ése, está en el cuarto.

Salí y me senté en el carro. Miré hacia la puerta y vi el jardín; una lluvia de tristeza me empapó el corazón. No podía negar que por razones ridículas yo había sido muy seca con Simón. No era más que un niño grande que me regalaba flores y me escribía poemas. Y yo lo había despreciado como si fuera un hombre que me cayera mal, como Martínez.

Recordé la vez que me llevó flores, las que él mismo sembró frente a la casa. Eran flores de esas que uno chupa y les sale agua dulce. Regresó al otro día y no las vio en el jarrón donde las había puesto mi tía. Al ver su desilusión, le dije: “Las mellizas se las tomaron,” y empecé a reírme. “Eran para usted porque son dulces como su sonrisa”, me contestó. Volteé los ojos y di media vuelta. Las mellizas salieron corriendo y gritando pues iban a montar a caballo y él salió con ellas olvidándose del asunto, creo.

Era un niño, pero tenía sus momentos de hombre en los cuales yo lo había herido. Claro que tampoco fui buena amiga en sus momentos de niño cuando llegaba con carritos en los bolsillos y me pedía que jugara con él. “Yo estoy muy vieja para eso Simón, yo juego con carritos de verdad, cómprate uno y yo te lo manejo, o ¿tú sabes manejar?”, le dije un día. Mi abuelo que me escuchó lo llamó y se lo llevó a los establos a mostrarle dos potros que habían nacido la noche anterior. Cuando volvió a la casa me regañó y me pidió no ser grosera con él.

 

Julián  estaba sentado atrás, taciturno.

―Julián, ¿estás bien?

Contestó con voz triste. La conmoción de encontrar un muerto ya le había pasado y ahora lo entristecía el hecho de haberlo conocido y jugado con él.

―Me ha dado pesar de Simón, me parece verlo con su bicicleta y sus carritos. Ayer nomás llegó a la casa como a las tres de la tarde con un juego de monopolio que le regaló la profe Josefina. Nos pusimos a jugar y quería esperarla a usted para ver si eso le gustaba. Yo le expliqué que estaba estudiando y llegaba hoy. Como a las cinco mi mamá me mandó a hacer tareas y él se fue a ayudar a mi papá a encerrar los caballos. Mi mamá le dio café con leche y galletas. Se despidió y se vino para la casa.

Mi abuelo llegó al carro, se veía triste. Me olvidé de Martínez.

―Abuelo, ¿estás bien?

―Ay mija, ¡qué pesar del pobre muchacho! ¿A quién se le puede ocurrir hacerle daño? Ya le avisé a la mamá, ni sabe uno qué decirle o cómo explicarle este absurdo. Las mellizas tienen ataque de tristeza. No paran de pintar y no hablan desde que vieron a Simón. Fue un error dejarlas ver el cadáver. Pero, ¿quién las alcanzaba o quién se iba a imaginar que era un muerto y, lo peor, que fuera Simón? María Inés está pegada del rosario y no les hemos avisado a los padres para no dañarles su viaje. No sé qué será lo correcto.

Se quedó en silencio. Yo me pellizqué las orejas disimuladamente, otra de mis ayudas en momentos de crisis emocional.

Fuimos a la panadería del pueblo y mi abuelo compró unos pasteles que les encantaban a las mellizas. Regresamos a la casa y Julián saltó del carro como si algo lo estuviera picando. Salió corriendo para su casa. Estoy segura que iba llorando. Él jugaba mucho con Simón. “¿Qué será lo que hay mal en mí?”, pensé. Caminé detrás de él, pero el abuelo me pegó tremendo grito.

―Paulina, deje tranquilo ese pobre muchacho. Simón era su amigo, déjelo que llore en paz.

Me detuve y corrí hacia el abuelo, mientras una descarga de tristeza me atravesaba el alma.

―Ay, abuelo, ¿por qué será que yo no tengo sentimientos bonitos?

Me abracé a él como una garrapata y empecé a llorar. Me apretó fuerte y sollozamos juntos. Estuvimos así unos segundos hasta que sentimos que se nos habían unido al abrazo. Eran las mellizas que, pegadas de las piernas de los dos, lloraban por primera vez en mucho tiempo, si mal no recuerdo, desde que tenían dos años.

Una luz iluminó el cuadro –ese nudo de lágrimas– que representábamos los cuatro. El abuelo me soltó y me agaché para “arrancar” las mellizas de sus piernas. Una señora se acercó, era la mamá de Simón. Mi abuelo la abrazó y entonces ya éramos cinco llorando en mitad del patio. La hermana también se unió al racimo de llorones. Otra luz nos iluminó y sentí que alguien me tomaba del brazo. Las mellizas se pegaron de mí como antes yo del abuelo. Unos brazos fuertes me dirigieron hacia la casa y escuché clara la voz de Martínez.

―Vamos para la casa, Paulina.

Obedecí y las niñas me soltaron. Él las cargó y entró con ellas. Yo lo seguí, mi tía quiso recibir una, pero ellas se aferraron más a él. Fuimos hasta la sala de televisión y ahí vi lo que el abuelo había contado: papeles y papeles por todas partes, todos dibujos de acuarela que era lo que más les gustaba. Sobresalían, el rojo, el gris y el morado. No distinguía nada porque todavía estaba medio cegada por las lágrimas. Martínez las dejó en el sofá. Yo me senté entre las dos y las abracé. Mi tía y él se desaparecieron.

Después de unos minutos, las niñas se sentaron en el suelo y empezaron a acomodar las hojas en un orden que solo entendían ellas. Cuando terminaron, me quedé con la boca abierta. Allí, en el piso, estaba la cara de Simón tal cual yo lo había visto. Era como si hubiera una niebla sobre él. Los ojos, ¡Dios mío!, eran los mismos ojos que me miraron cuando lo vi levantarse. Igualmente la boca, entre rosada y pálida, y el hueco entre rojo y morado.

―¡Tía, abuelo!―grité y me paré a contemplar lo que realmente no tenía cómo nombrar.

Sin lugar a dudas estas mellizas eran un fenómeno de la naturaleza.

Mi tía entró corriendo, ahogó un grito en la garganta y empezó a darse bendiciones.

―Dios todo poderoso, Jesucristo bendito, ¿qué es esto? ¡Alberto! ¡Alberto!

Entraron mi abuelo y Martínez, quienes se quedaron tan sorprendidos como nosotras. Las niñas, sentadas a lado y lado del dibujo, nos miraban con ojos llorosos y tristes.

―Es mejor llamar a los padres―resolvió mi tía―.Es necesario llevarlas al sicólogo. Yo las noto muy raras, todo esto las está afectando demasiado, ellas son muy sensibles y especiales.

Sin pronunciar palabra, Martínez se sentó al lado de una de ellas. Andrea, creo. A estas horas las veía tan exactas que se me confundían los nombres. Las dos tenían los ojos verdes pero a Andrea se le oscurecían o aclaraban según su estado emocional, mientras que Anie los tenía más claros y se le veían amarillosos si estaba enojada o triste. Andrea, la zurda, tenía un lunar en la mano derecha y Anie en la mano izquierda. El pelo era exacto en las dos, rubio algo ondulado, cortado a la altura de los hombros. Muy parecido al mío, pero el mío era más oscuro. La una se hacía cola de caballo y la otra una cola a cada lado, pero cuando se les antojaba confundir a la gente, se intercambiaban el peinado. Gozaban con sus maldades.

Terminaron sentándose entre las piernas de Martínez, él las abrazó y ellas se acurrucaron cómodamente entre sus brazos. Me pareció rarísimo, pero mi abuelo y mi tía ya se habían ido a llamar por teléfono. Contemplando este cuadro me dio un brinco el corazón.

Los ojos de las mellizas eran iguales a los de Martínez. Él era ambidiestro y tenía un lunar en la mano derecha. Me atropellaron muchos pensamientos. La respiración me faltaba, mejor dicho, ya no podía respirar. Mi instinto me decía que saliera y me escondiera para que nadie pudiera adivinar lo que estaba pensando. Di unos pasos y sentí la mirada de Martínez clavada en mi espalda, pero no lo miré.

―Paulinita, dile a mi abuela que nosotras estamos muy bien —No nos queremos ir ―dijo cada una —<<Aquí estamos muy bien>>―repitieron al unísono.

Instintivamente las miré, y por supuesto también a Martínez, quien me confirmó todo con sus ojos.

¡Dios todopoderoso! ¡Jesucristo bendito!, como exclamaría mi tía, ¡Martínez es el papá de las mellizas!

Escuché sollozos y aproveché para salir a la carrera. Mi tía María Inés con su melodrama le contaba a Carolina todo el asunto de la muerte de Simón. Me paré en la puerta evitando mirarlos porque no sabía qué hacer ni para dónde pegar. Mi abuelo tomó el teléfono y habló con más cordura. Llegó un punto en el que dijo: “En este momento están con Martínez, gracias a Dios se tranquilizan cuando están con él”.

La conversación se concentró en el asunto del transporte. En la isla donde estaban había un bote que salía cada dos días; de todas maneras tendrían que esperar hasta el domingo como habían planeado. La isla tenía aeropuerto, pero solo para avionetas privadas; sin embargo tratarían de conseguir alguien que les hiciera el favor. Mi abuelo consideró exagerada la medida y los convenció que no era necesario. Trataría de mantener las mellizas entretenidas. Los animó a terminar su paseo como lo tenían planeado.

Yo seguía rumiando mis pensamientos. Recordé que las mellizas nacieron el mismo año en que Carolina había regresado al país antes de casarse. Fueron prematuras y estuvieron casi dos meses en el hospital. A cada una le fallaba un riñón, a la zurda el derecho y a la otra el izquierdo. Cuando lloraban, bastaba levantar una; la otra se callada como si también la estuvieran cargando o alimentando. Los médicos cada día descubrían algo que los sorprendía. Eran una sola persona dividida en dos. Eran especiales desde que nacieron. Ahora, para mí, aún más. Vivían con el padre equivocado y estaban emocional –y quizá hasta telepáticamente– ligadas a su padre verdadero.

La madre de Simón entró a la sala donde estábamos.

―Quería despedirme, nos vamos para la casa. Por esta noche no sabremos nada más de lo que pasó. Han sido muy amables con nosotras, pero es hora de enfrentar la realidad.

Mi abuelo estaba parado a su lado y me acordé que lo más importante ese día era ¡Simón! ¿Quién lo había matado y por qué?

―Señora Angélica  ―recordé milagrosamente su nombre―, yo las acompaño ―ella me sonrió y mi abuelo aún más.

―Gracias, mija, tengo varias cosas que resolver y estar pendiente de las mellizas. Me tienen muy preocupado y tenemos que estar atentos. Ya llamé al doctor Guzmán, en cualquier momento llega. Está oscuro; llévese el carro de María Inés y hablamos cuando regrese, mija. No se me vaya a acostar sin antes hablar conmigo, ¿está bien?

―Sí, abuelo, no me demoro.

 

Cuando llegamos a la casa de Simón, la señora Matilde estaba esperándolas. Tenía unos pasteles de carne y estaba preparando café. Los ojos se le veían llorosos; me imagino que estaba bastante afectada, ella lo había cuidado durante dos años. También estaban allí dos profesoras que seguro habían llevado algo porque había unos platos tapados con papel aluminio en el mesón. Intercambiaron los acostumbrados pésames y se ofrecieron a acompañarlas.

La noticia había corrido de boca en boca.

―El teléfono no para de sonar, señora Angélica, pero yo lo desconecté, la verdad no sé qué decir. Cuando llegué, el teniente Martínez aún estaba aquí y me lo aconsejó. Además me pidió no dejar entrar a nadie; gracias a Dios ellas llegaron casi al tiempo conmigo y les permitió quedarse. Las vimos pasar para La Casa Grande y por eso las esperamos. Espero que no le moleste, queríamos acompañarlas.

La señora Angélica la abrazó.

―Al contrario, no tengo palabras para agradecer su amabilidad. Esta noche no se ha adelantado mucho en cuanto a la muerte de Simón, ni siquiera hemos podido verlo. Mañana temprano vamos al hospital donde todavía lo tienen y de ahí el teniente nos va a permitir llevárnoslo para Santana. Claro que primero hay que esperar los resultados forenses.

La conversación siguió con historias de Simón y mi corazón estaba que se reventaba. Con cada anécdota sentía que me enterraban alfileres. Hubo un momento en que pensé que me iba a desmayar. Me puse tan pálida, que ellas mismas me aconsejaron irme para la casa a descansar. Salí a la carrera, arranqué el carro y empecé a llorar, invadida por la frustración y la culpa.

 

Pero el día no tenía esperanzas de terminar. No había llegado aún a La Casa Grande cuando alguien empezó a hacer cambio de luces detrás de mí. En el espejo del lado pude ver la cara de Martínez, me imagino que se estacionó por ahí a esperar que saliera de la casa de Simón. El estómago me dio un vuelco, paré a un lado de la carretera. Él se bajó y vino por el lado del pasajero, le abrí la puerta y se sentó.

―Tenemos muchas cosas de que hablar. Supongo que debes estar confundida y quizá disgustada. No sé, tú eres un misterio para mí.

―Tendré que decir lo mismo porque todo se me podría haber ocurrido en esta vida, menos que tú eras el padre de las mellizas. Porque así es ¿cierto?

―Sí.

―Quizá soy más idiota de lo que creo, pero nunca se me ocurrió que mi prima pudiera hacer algo así y menos que tú lo permitieras e incluso con mi abuelo de cómplice. Por las palabras que intercambiamos cuando yo salí para donde Simón, creo que él sabe o sospecha algo.

―Él sabe. Le conté apenas tuve la primera oportunidad. Él ha sido como un padre, un protector para mí, nunca lo engañaría. Además necesitaba su consejo y apoyo en esta situación.

―Vaya, la cosa se pone mejor, así que mi abuelo sabe ¿y Robert? ―Asintió―. ¿También? ―pregunté con tono de incredulidad―. No entiendo. ¿No hubieras preferido que ellas te reconocieran y te amaran como lo que eres, no simplemente como alguien que las hace sentir seguras y tranquilas?

―Yo quise hacerlo desde que nacieron pero fui un cobarde y me dejé convencer. En ese momento no pensamos en el futuro ni en la conexión tan especial que tendríamos. Todo se decidió en un momento en el que yo no tenía capacidad económica para responder por ellas. Ni siquiera podía estar físicamente cerca.

Nos quedamos en silencio. Él escondió la cara, pero lo vi limpiarse las lágrimas. Apagué el carro, sentí que quería explicarme la situación.

Suspiró.

―¿Recuerdas que Carolina vino antes de casarse? Yo vivía en Esperanza y ella fue a buscarme, quería comprobar que ya todo había terminado entre los dos. Según me dijo, estaba enamorada de Robert pero seguía pensando en mí. Salimos varias veces, pasó lo que pasó y fue la prueba de que ya entre los dos no había nada más que el bonito recuerdo de un romance de juventud. Cuando se fue para casarse con Robert, ya estaba embarazada, pero no lo sabíamos… cuando nacieron las niñas con sus problemas de salud, se necesitó sangre pues estaban anémicas por incompatibilidad sanguínea con Carolina. Así se enteraron que él tampoco era compatible y ella le confesó que había tenido relaciones conmigo y que entonces yo era el padre… Él es un hombre noble y decente, enamorado de su esposa y su familia. No tengo ninguna duda de ello. Él fue quien me llamó y me explicó lo que estaba pasando. Yo ya había hecho varios viajes a entrenamientos en Estados Unidos, así que pude salir al otro día. Le informé a mi coronel cuáles eran las verdaderas razones de mi viaje… Te confieso que soy el peor mentiroso del mundo. Esta situación me ha causado grandes tristezas y frustraciones… Llegué a tiempo y pudieron obtener de mí lo necesario para ellas. Estuve dos semanas y compartí todo ese tiempo con Robert. Él era ya un médico y estaba a punto de especializarse como cirujano plástico; además venía de una familia próspera. ¿En ese entonces yo quién era? Un policía con unos cursitos de entrenamiento, un sueldo miserable y nada qué ofrecerles. Carolina definitivamente amaba a su esposo y las niñas necesitaban atención especial las veinticuatro horas. Inicialmente yo quería ser reconocido legalmente como el padre, pero eso complicaba todo. Las niñas seguirían viviendo con ellos definitivamente; yo no tenía realmente mucho que ofrecerles. Ha sido la decisión más difícil de mi vida, me he arrepentido millones de veces diarias…

Miró hacia afuera del carro y bajó la ventanilla. Escuchaba su respiración agitada, cerró los ojos, y se aclaró la garganta. Me miró y apretó los labios. Segundos después suspiró y continuó.

—Afortunadamente, ellos han sido generosos conmigo y me han dejado ser parte de sus vidas. Las mellizas ven en mí alguien que las ama y las protege. Sin embargo, entre más crecen, es más evidente la necesidad de decirles la verdad. A veces siento que en su alma ya lo saben. Han heredado la mitad de mí y cuando las abrazo, sé que ellas lo sienten. Hoy por ejemplo cuando se sentaron en mis piernas, sentía sus corazones a millón. Poco a poco se fueron calmando y relajando, luego hablaron y hasta tomaron un poco de sopa. Siempre me dan besos en la cara y susurran cosas que no entiendo. Pero al menos hoy se acostaron tranquilas… Y a propósito, me contaron que Simón vino después de que lo dibujaron, les dio un beso y les dijo que ya no estaba triste, que Jesús y los ángeles del cielo lo estaban llamando, y se iba a ir con ellos.

Sonrió y me miró directo a los ojos como siempre lo hacía. Guardó silencio, supongo que esperando mis palabras, pero yo seguía muda sin saber qué decir.

―¿No les dijo quién lo mató? ―fue lo más original que se me ocurrió. Él siguió serio, mirándome. Pero su boca empezó a relajarse y de pronto se le dibujó una gran sonrisa. Los dos nos reímos como bobos.

Nos calmamos, él estiró la mano y me tocó el pelo. Me acarició la cara y sonrió. Se bajó del carro, cerró la puerta y se inclinó con la cabeza un poco adentro de la ventanilla.

―Me encanta tu mente, aunque sé que lo he disimulado muy bien. Tienes que descansar. Gracias por escucharme y por no juzgarme, al menos hasta ahora. Agradezco tu amor por las mellizas; sé que las amas al igual que ellas a ti, aunque también sé qué crees que son un fenómeno. Me lo has dicho varias veces.

―Bueno, es que lo son y ahora comprendo por qué.

―¿Vamos a seguir tirándonos piedras o podremos hacer las paces de esta guerra que ya ni sé cuándo empezó?

―Cuando yo tenía diecisiete y te dio por salir con la hija del notario, la peli teñida esa tan detestable que era.

―Te equivocas, fue desde que tenías dieciséis  y te dio por salir con el hijo de mi capitán, el cretino de Fernández que nos veía a todos como sus esclavos.

La risa volvió a inundar el carro.

―Ah, y para completar, hace tres años cuando regresé orgulloso de mis triunfos, te encontré muy acaramelada con el engreído de Rincón. Ahí sí que derramaste el vaso.

―¡Qué bobada!, Mario es amigo mío desde el colegio y, para que sepas, jamás ni me ha gustado ni yo a él, somos amigos y nos llevamos bien. Es una excelente persona.

Hizo un gesto de incredulidad.

―Tú sabes que yo soy detective ¿verdad?

―Sí, pero para esas cosas del romance no te ha servido el título. No sabes juzgar a la gente.

Sonrió.

—Podríamos seguir hablando mañana. Tú sabes que me gustas y que quisiera compartir más tiempo contigo, no como la nieta de Alberto ni yo como el “teniente Martínez”, sino como Andrés y Paulina.

―La verdad sea dicha, no estoy segura. Siempre me ha confundido tu altanería conmigo.

―¿Me perdonas? ¿Me das la oportunidad de ser tu amigo y quizá algo más en su debido momento?

―Hay un mar muy grande entre los dos. ¿Lo ves?

―Sí, pero de algo puedes estar segura, mis sentimientos por Carolina murieron hace años. Aún antes de que ella regresara, antes de casarse. Lo que pasó no tiene excusa, pero puedes estar segura que no fue amor eterno. Fue una locura. Ahora, con todo lo que ha pasado después que nacieron las mellizas, solo tenemos amistad y cariño, nada romántico.

―Es bueno saberlo. Quizá podamos seguir hablando sin la barrera de tu temperamento odioso. Ya veremos qué pasa.

―Está bien, te prometo que seré normal contigo de ahora en adelante.

―¿Normal? No, por favor. ¡Esmérate un poquito más!

La risa volvió al lugar. Ahora sí noté un brillo diferente en sus ojos.

―¿Sabías que las mellizas un día me dijeron que tú me tenías un “cariñito escondido”? —hice las comillas con mis dedos.

No sé por qué se lo dije.

―¿En serio?, esas niñas son un cuento. A mí me dijeron lo mismo.

Seguimos riendo. Estiró la mano. Le di la mía.

―¿Amigos? ―me preguntó sonriendo.

―Amigos ―le contesté.

―¡Por ahora!―concluyó, soltándome la mano suavemente hasta sostener solo la punta de los dedos. Sentí una corriente por todo el cuerpo.

―Oye, tienes una electricidad rara.

―Tú también ―le dije, sorprendida de que los dos hubiéramos sentido lo mismo. Hizo un gesto muy simpático levantando las cejas y los ojos, y se fue a su carro.mellizas