Navidad

 

EL VIERNES 21 de diciembre nos entregaron la casa.

Llegamos en la tarde. El vendedor nos encontró allí, ya mi abogado había hecho todo el papeleo. Yo tenía las llaves de la puerta principal y un control del garaje que habían sido reforzadas con especificaciones de seguridad diferentes a las de ellos.

Nos entregó dos controles electrónicos que abrían la entrada principal del conjunto y dos tarjetas para el club y el gimnasio.

Las ventanas y puertas de vidrio que dan al frente y al patio las habían instalado unos contratistas que trabajaban para el comando. Eran blindadas.

Teníamos una seguridad especial y un sistema de alarma privado. Castillo había dejado cámaras escondidas en diferentes puntos, para monitorear la casa. Quedé satisfecho con la seguridad. Así fuera algo efímero, era mejor que nada.

Paulina quiso que hiciéramos la cena de año nuevo para inaugurar la casa. La navidad la pasaríamos en San Juan.

María Paz y Bernal se fueron el 24 de diciembre para la costa.

 

Bernal

María Paz y yo llegamos en el primer vuelo a la costa. Yo regresaba el 27 y ella el 30.

Esteban nos recogió con el chofer y los tres nos fuimos atrás conversando. Ella luciendo su anillo, aunque tal y como me lo había imaginado, para ir a la Universidad no se lo ponía.

María Paz recordó que le había comprado al chofer unos dulces y los sacó del bolso.

—Hey, Ruiseñor, te compré tus dulces.

Él volteó hacia ella a recibirlos. Una camioneta se nos atravesó y dos tipos que iban en el platón empezaron a disparar. El carro es blindado pero el parabrisas se resquebrajó. Disparaban ráfagas de metralleta que enfocaron en el conductor. En cuestión de segundos las balas penetraron el cristal.  Reaccioné instantáneamente jalando a María Paz y a Esteban metiéndolos debajo de mí. El carro se fue de un lado a otro.

María Paz, gritó.

El carro se detuvo y empecé a disparar al primer segundo que pude. Gracias a Dios esta vez traía mi pistola. Ruiseñor también reaccionó disparando. La camioneta siguió a toda velocidad. Nadie más llegó hacia nosotros.

—¿Están bien?, ¿están bien? —pregunté.

Ella trató de levantarse. Estaba llorando. La mantuve fuerte debajo de mí. Esteban no decía nada.

—¿Esteban, está bien?

—Sí, estoy bien. ¿Y ustedes… mija, cómo está?

—Bien, papá.

—Quédense ahí. No levanten la cabeza —les dije lo más serenamente posible.

Bajé el cojín del asiento y conseguí acceso al maletero. Cogí mi maletín y saqué tres cargadores llenos de munición, 7 balas por cartucho, 21 balas en total. Reemplacé el que ya había usado. Mientras hacía eso, le hablé a Ruiseñor.

—Ruiseñor, ¿está bien? ¿Está herido?

—Me dieron en el hombro, pero estoy bien.

Métase dentro del espacio del asiento del pasajero y hágase presión en la herida, póngase algo mientras yo miro qué pasa afuera.

—¡Nooo! —gritó María Paz—. ¡No salgas!

—Tranquila, mi amor, quédense ahí, este carro es blindado, ahí están protegidos pero tengo que asegurarme que no hay nadie más listo a disparar.

Mientras les hablaba cogí el celular y llamé a Salcedo con quien me había comunicado al llegar al aeropuerto. Abrí la puerta y por debajo del carro vi que nadie estaba cerca. No había más carros pasando.

Acabábamos de empezar a pasar un puente, casi llegando a la mitad. Analicé la situación. Tres carros estaban deteniendo el tráfico. Estaban como a unos treinta metros de distancia. Alcanzaba a distinguir dos personas en cada uno. Tres carros muy parecidos al nuestro. Un tipo encapuchado se asomaba por el sunroof de uno.

—Hey, Bernal —me contestó Salcedo. Hablé sin ningún preámbulo.

—Estamos en problemas, nos emboscaron subiendo a un puente.

—El puente viejo —dijo Ruiseñor.

—El puente viejo.

—¿Cómo están?

—El chofer está herido, Esteban y María Paz, bien.

—¿Y usted?

—Bien. Una camioneta Ford azul oscura se nos adelantó y dos tipos que iban en el platón armaron la balacera. El parabrisas cedió, deben ser metralletas con munición calibre 50,  las llantas de adelante estallaron. Lo raro es que estamos aquí parqueados y tres carros siguen como a treinta metros deteniendo la entrada al puente. Estamos aislados.

—Mierda, Bernal, eso no suena nada bien, ahí vamos.

—Voy a llamar a mi Jefe, a ver que se le ocurre para ayudarnos.

—Hágale, hermano. Ya nosotros salimos para allá.

—Gracias —colgué y miré a Esteban—. Ya viene Salcedo, quédense ahí tranquilos —le acaricié la cabeza a María Paz—. Estamos vivos y así nos vamos a quedar.

—Gracias, David, al menos tenerlo aquí me da algo de seguridad.

—¿Usted tiene enemigos muy malos, Esteban? —le pregunté al tiempo que marcaba el celular de mi Jefe.

—No sé qué tan malos, no creo que hagan algo así.

—¡Jefe! —grité apenas me contestó, ni lo dejé preguntarme nada más—. ¡Nos emboscaron, Jefe, estamos en problemas!

—¿Qué? ¿Ya llamó al comando?

—Sí, ya Salcedo viene para acá pero esto está muy raro, Jefe —a la carrera le expliqué todo lo que había pasado—. Lo tengo en alta voz, Jefe, estoy revisando la herida del chofer.

—Tranquilo, Bernal, tranquilo. Aquí estamos todos. Siga tranquilo.

—¿Cuánta munición tiene? —me preguntó Pérez.

—Tengo veintiún balas —Ruiseñor tenía la pistola en el asiento y dos cargadores—. Corrijo, tengo dos armas y treinta y cinco balas. Estoy como Rambo en la selva, ni me preocupo.

Escuchaba órdenes y gritos.

—Castillo ya lo tiene, Bernal, tranquilo, vamos a saber que hay dentro de esos carros en segundos. ¿Supongo que el de ustedes es blindado?

—Sí, pero estamos sin parabrisas y aislados, Jefe, no entiendo. La gente esa simplemente nos mira, están a unos treinta metros.

Escuché a mi Jefe hablando con Salcedo.

 

Martínez

—Espere a ver, Salcedo, que por lo regular esa gente dispara, hace lo que tiene que hacer y se larga, ¿qué hacen esos ahí parados?

—Me intriga también, Martínez, pero ¿qué hacemos? Yo voy a bajar los míos para que lleguen con corazas por ellos. Ya veo el puente, hay tres carros adelante que se ve son los que están deteniendo el tráfico y al final del puente hay otros tres evitando que los carros que están en el medio puedan retroceder.

—Espere unos segundos. ¿Qué lógica le ve usted a eso? Castillo ya tiene sus cámaras.

Le hice señas a Castillo que cortara la comunicación con Bernal unos segundos; lo que vimos no se lo quería decir, solo lograría asustarlos a todos. Castillo asintió.

—Mierda, Salcedo, esos desgraciados tienen dos bazucas RPG 7 ahí adentro. Apártese, aléjese de ahí, eso es una trampa para bajarlo.

—¿Bernal? —volví a hablarle pero solo permitíamos que escuchara mi conversación con él.

—Sí, Jefe.

—Vamos a esperar unos segundos, siga tranquilo.

—Esteban, ¿usted ha tenido problemas graves con alguien recientemente? —le pregunté.

Unos segundos después contestó.

—Pablo tuvo un encontrón fuerte con uno de los contratistas y le cancelamos una obra grande.

—Pídale que me llame, por favor. Salcedo hable con el coronel, pregúntele lo mismo.

—Ahora que lo dice, Martínez, el mes pasado Merlín y el coronel cambiaron de contratista en unas instalaciones nuevas que se están haciendo en el comando. Merlín se disgustó con él y ya es la segunda vez que pelean.

—¿Cómo se llama?

—Le dicen Armadillo.

—Esteban, ¿usted conoce un tal Armadillo?

—Sí, es el del problema.

—¿Usted está en rojo, Salcedo?

—No. Merlín, pero yo respondí porque él tiene un problema con una muela y estaba preciso en odontología cuando Bernal me llamó.

—Esa gente estaba esperando que él respondiera y planean acabar con los dos al mismo tiempo. En la confusión piensan escaparse y la misma gente que tienen ahí estancada les sirve de protección —le dije a Salcedo.

En un puente solo se pueden meter tiradores en los helicópteros. Deben ser profesionales —concluyó él estando de acuerdo con mi teoría.

—Por ahora revise el otro lado del puente. ¿Cuántos hombres hay con usted?

—Ocho y atrás con Correa vienen ocho más. Voy a bajar cuatro por el lado contrario. No veo la camioneta azul ni a nadie más.

—¿Qué posibilidades hay de que lleguen escondidos debajo del puente?

—Ninguna.

—Bernal, alerten la seguridad en la casa y en las de Pablo y Sergio.

—Yo llamo a la caseta de la casa —dijo el chofer.

 

Bernal

María Paz volvió a llorar.

—No te preocupes, mi amor, todo va a salir bien. Quédense los dos ahí tranquilos. Esteban, llame a Pablo desde su teléfono, tenemos que tener a mi Jefe en el mío.

Esteban llamó a Pablo.

—Mijo, le voy a pasar a David.

—Buenos días, Pablo. Tenemos una situación. ¿Usted está en su oficina?

—Sí.

—Quédese ahí, cancele todas sus citas y ponga su seguridad en alerta roja, nos emboscaron en el puente viejo, todos estamos bien y la Élite ya está ayudándonos. Llame a mi Jefe, por favor —le di el numero—… el necesita la información de uno de sus contratistas.

—Ya mismo, David, pero ¿están bien, de verdad están bien? —preguntó con angustia.

—Le aseguro que estamos bien, Ruiseñor está herido pero no es grave, Esteban y María Paz están perfectos y así vamos a llegar a la casa.

—Dios todo poderoso los siga protegiendo —dijo.

 

Martínez

Pablo me llamó.

—Buenos días. Andrés, no sé qué decirle. Ayúdenos, por favor, ni sé qué está pasando.

—Tranquilo, lo vamos a resolver. Los emboscaron y están en un puente, estamos buscando como sacarlos de ahí, están vivos y así van a seguir;  tranquilo. Ahora necesito el nombre completo de un tal Armadillo y ¿ha tenido usted o alguien de su familia problemas graves con alguien, además de él? Esto es una venganza.

—Armadillo es el único últimamente y sería alguien de temer, es un animal en todos los sentidos.

—Castillo va a recibir de usted la información y por favor siga ahí en el teléfono, lo puedo necesitar para otras preguntas.

—Aquí estaré.

Pablo le dio la información a Castillo y yo finalmente hablé con el coronel Reynoso y con Merlín. Mi coronel también apareció.

Todos llegamos a la misma conclusión. Querían que la Élite respondiera, en especial Merlín que estaba en rojo para bajarlo en el aire y al tiempo dispararle al carro. Ellos estaban seguros iniciando el puente. Volarían el carro sin exponer su propia seguridad. Probablemente no sabían que alguien, además del chofer, iba armado, menos un Élite que iba a responder con tanta rapidez. Eso los desubicó. Aunque el tener dos RPG-7 indicaba que tenían un plan de contingencia o querían asegurarse que los dos helicópteros Élite cayeran. Ahora la pregunta era: ¿cómo sacarlos del carro sin helicópteros, sin tiradores con un solo hombre armado con 35 balas y a segundos de ser alcanzados por una o dos bazucas?

El helicóptero de un noticiero sobrevoló el lugar.

Escuchamos varios tiros. Uno de los hombres, desde el carro había disparado hacia una cámara que había en la mitad del puente.

Salcedo hizo que los periodistas se alejaran. Alcanzaron a tomar varias imágenes.

—Castillo, métase ahí y déjeme ver esas imágenes.

Examinamos lo que veíamos. Intercambiamos ideas.

—A los de atrás pueden caerle sus tiradores y sus hombres tierra. Creen alguna distracción con la prensa —le sugerí a Salcedo.

—Buena idea, Martínez. Tenemos que aislarlos y quitarles la protección esa de los carros particulares.

—Deje los particulares ahí, por ahora cáigale solo a los tres que están al final obstruyendo la entrada del puente. No sabemos quiénes ni cuántos más están implicados. ¿Qué se le ocurre, mi coronel?, tenemos que sacarlos vivos de ahí —le dije preocupado.

—Tranquilo, Martínez, esto es como cuando le secuestraron a su novia, no se desespere.

—Jefe —escuché a Bernal—. ¿Alguna idea nueva?

—Estamos pensando, usted proteja a su familia, tiene treinta y cinco balas y siete hampones en contra suya. Todo saldrá bien.

—Sí, Jefe, en últimas les descargo estas dos armas.

—Así es, Bernal.

Él no sabía nada de las bazucas. Todos mis hombres hablaban como siempre y Merlín, tres de él y dos de Salcedo estábamos generando ideas. Castillo seguía bloqueando nuestras conversaciones para que Bernal no escuchara pero sí podíamos escucharlo cuando nos hablaba.

—Bernal puede usar ese carro de protección, pues es blindado. Puede moverlo e ir avanzando por el puente —dijo Pérez

—¿Y las bazucas? —le recordé.

—Nos tienen en jaque con esa mierda.

—Cáiganle ustedes con lo mismo —dijo Muriel hablándole a los de la costa.

—¿Y los civiles? —preguntó el coronel—.Tenemos treinta y cinco civiles incluyendo varios niños.

Habían alcanzado a revisar las cámaras del puente y los tenían contados. Armadillo estaba en uno de los carros, ya lo habían identificado.

—¿Habrá algo que este degenerado respete? —preguntó mi coronel con rabia.

—Será la madre —dijo Rojas como siempre con sus apuntes.

El coronel me miró.

—¡Merlín! —grité—. Ese canalla tiene familia… ubíquela, monte al helicóptero una parte y la otra la mete al puente.

Todos se quedaron en silencio por unos segundos.

—¿Está seguro? —preguntó Salcedo.

—¿Tienen una idea mejor?

—No —dijeron varias voces al tiempo.

Pablo nos dio los datos que conocía y Merlín sabía un poco más.

—A ese degenerado yo le conozco hasta a la amante.

—Agarre esa también, Merlín, no se sabe si hasta un favor le hacemos tirándole la mujer del helicóptero —dijo Rojas.

Todos nos reímos.

Salcedo y Correa volvieron a hacerse los que iban para allá, el helicóptero del noticiero también. Necesitábamos ganar tiempo. Todos a una distancia prudente para reaccionar ante el lanzamiento de los cohetes. El noticiero resultó favorecido pues el coronel les ofreció la primicia y una entrevista exclusiva con La Élite. Hasta preguntaron por mí.

—Ah, no, ese es de otro mundo, nada que ver con nosotros.

Les dijo que era un político importante al que habían intentado secuestrar pero el nombre no lo iban a divulgar por su protección. Pablo mismo pidió que por favor no anunciaran que era su familia la que estaba en problemas. La especulación se acabó pues mucha gente reconocía el carro, sobre todo empleados, familia y amigos. A estas alturas las imágenes estaban siendo trasmitidas en directo como un boletín especial,  ya que estaba afectando el tráfico de la ciudad.

Quince minutos después teníamos a la madre, la esposa y sus tres hijos que estaban en la casa preparando la cena de navidad. La amante la trajeron por otro lado. Le pidieron a la madre que le dijera unas palabras de amor para que reaccionara ante la atrocidad que iba a cometer. Él había desayunado con ella y había actuado bastante raro, le contó a dos oficiales que le explicaron lo que estaba pasando.

La señora sufría del corazón, la llevaron a la enfermería y allí la atendieron como a una reina. Una de las oficiales se vistió con la ropa de ella, se engordó un poco con un traje especial y se subió al helicóptero. Una vez que todos estaban en sus posiciones lo llamaron desde el celular de la mamá, el de la esposa, el hijo mayor y la amante. Por fin, llamó a la mamá. Salcedo lo amenazó con bajarla por las cuerdas para que le hablara personalmente.

—Mijo, por favor, no haga bobadas, ya mismo voy y me cuenta cuál es el problema, le aseguro que todo se va a resolver.

El hijo de 15 años entendiendo todo, grabó lo que le dijeron y un cadete y otra oficial caminaron por el puente protegidos por los Élite y sus escudos. Con un megáfono le dejaron oír la grabación.

—Papá, no vaya a disparar por favor, que mi mamá y yo estamos aquí.

La amante la tenían supuestamente en el otro helicóptero y ella también le habló.

—Mi amor, por favor, te amo, no hagas locuras —le decía la amante.

—Papá, gracias, siempre hemos querido montar en helicóptero —le dijeron los pequeños a quienes tenían entretenidos en los helicópteros del comando.

La verdad, toda la familia del tipo estaba a salvo, por más angustiados que estábamos salvando uno de los nuestros y su familia, éramos oficiales de la ley. Ellos eran inocentes; si el degenerado ese hubiera estado suficientemente loco para disparar sus bazucas, nos había hecho mucho daño. Todos dentro de los helicópteros eran oficiales haciendo su trabajo. Gracias a Dios como yo les enseñaba a mis hombres “éramos predecibles”. El tipo amaba a su familia.

Segundos después de que su familia y su amante le hablaron se escuchó un disparo. Movimiento de carros pero ¿ya para qué? La Élite estaba encima de ellos. El tipo se pegó un tiro.

—Gracias, Merlín, gracias Salcedo, ustedes de verdad son lo mejor.

—Hombre, Martínez, no mejor que usted, al menos no todavía.

—¿Ya saben que Rojas fue el de la idea?

—Verdad, Rojas, ¿se quiere venir para acá?

—Ni loco, si mi Jefe no me hecha aquí estaré.

Solo se oían risas.

—Solo probando, Martínez, solo probando.

La risa seguía y esa sí dejamos que Bernal la escuchara.

—¡Jefe! —gritó—. ¡Jefe!

—Ya están libres, Bernal, ya están a salvo. Quédense ahí que en segundos los recogen.

 

Una vez pasado el susto, cada quien salió a celebrar la navidad con su familia.

Paulina y yo llegamos a la Casa Grande. Las niñas corrieron a saludarnos. Un cachorro corría ladrando detrás de ellas. Paulina se agachó a tocarlo.

—Qué hermoso. ¿De dónde lo sacaron?

—Es de nosotras —Luisa nos lo regaló.

El abuelo y Luisa salieron también.

—¡Feliz Navidad! —dijo Paulina muy alegre—. Este perrito está muy bello.

Lo acariciaba y él muy confianzudo, se acostó para que ella le sobara la barriga. Las tres se dedicaron a acariciar el perro. A mí me agarraron las piernas dos segundos, y más bien me soplaron un beso y ya. El resto para el perro ese. Alberto me miró sonriendo.

—¿Qué tal le parece, Martínez?, el chandoso éste es más importante que usted —dijo riéndose.

Carolina salió.

—Desde ya les pido que si están de acuerdo con el perro, sean equitativos. Si ustedes las tienen a ellas lo tienen también a él.

Nos miramos. Paulina ya estaba comprada. Yo a estas alturas ni sabía qué decir del animalito.

—¿Cómo se llama? —pregunté, como si el nombre tuviera alguna importancia.

—<<Pimpón>> —contestaron al tiempo y siguieron explicándome.

—Se llama Tobías —Pero le vamos a decir Pimpón.

—¿Y será que se da cuenta de ese detalle? —pregunté con ironía bajando del carro los maletines y otras cosas de comer que traía Paulina. Rosita y Julián llegaron a recibir todo—. Hey, Julián ¿ya se anotó para el programa de deportes de Sarmiento?

—Sí, teniente. Mañana a las dos es el primer partido.

—Allá lo veo y cuatro de mis hombres también vienen. ¿Si les ha gustado? ¿Usted qué oye por ahí?

—Casi todos contentos pero hay como seis o siete que todavía están indecisos, yo creo que hay que empezar, seguro se entusiasman al ver los amigos participando. Acuérdese que algunos tienen problemas de droga.

—¿Usted nos va a ayudar, cierto?

—Sí, señor, todos los de mi equipo estamos ayudando.

—Gracias, Julián. Ayúdenos a identificarlos y nosotros hacemos el resto.

Pimpón definitivamente acaparó la atención de todo el mundo. Les habíamos dado cámaras fotográficas de cumpleaños y claro el modelo principal era el chandoso ese. El abuelo se dedicó a molestarme. Robert también estaba algo celoso, aunque Carolina le prestaba menos atención que Paulina.

—Nos fregamos, Martínez, nos fregamos.

Los tres terminamos riendo y tomando whisky con dos amigos de Alberto.

Paulina y las niñas se entretuvieron un rato en la cocina horneando una torta. Salieron algo sucias. Tenían harina hasta en la cabeza.

—Ay, Paulina, ¿por qué las dejó ensuciarse tanto? —le reclamó Carolina.

Yo me reía de verles las caras sucias y el pelo revuelto.

—Son unas ordinarias, qué culpa tengo.

Robert trataba de limpiarles el pelo.

—No son capaces de dejar esas manos quietas, parecen con piquiña —explicó Paulina defendiéndose.

—Seguro que el tal Pimpón tiene pulgas —dije.

Robert soltó la carcajada.

—Puede ser, hay que meterlo en cloro —logró decir.

—<<¡Nooo! ¡Nooo!>> —gritaban ellas.

—Ay, ya, nos les presten atención a estos infantiles —dijo Carolina—. Paulina, usted las limpia y las organiza, yo ya estoy de vacaciones.

Paulina cargó a Pimpón y caminó con ellas sobándole las orejas y mirándome con ojos que me parecía que me decía, “ni te sueñes que te vas a deshacer de Pimpón, malvado”.

Comimos y nos reímos viendo a las mellizas aprender a bailar con Paulina que les había ofrecido clases gratis si la dejaban cargar a Pimpón.

Rojas y Marco aparecieron. Repartimos los regalos ya que las mellizas estaban impacientes y realmente era su día. Luisa, con las intenciones que tenía que nos quedáramos con Pimpón les dio cama, huesos y juguetes. Nosotros les regalamos una computadora  y un Iphone. Los papás aprobaron la idea, pues al fin y al cabo eran regalos que las dos usarían y a estas alturas,  era mejor que tuvieran un teléfono, “así sea para que bajen a comer, en vez de estar llamándolas a gritos”, dijo Carolina.

Rojas y Marco aparecieron con Natalia y Jimena. Me sorprendieron regalándonos una heladera portátil para el patio. La llenaron de hielo, cerveza, salchichas y mazorcas de maíz. Nos dio mucha risa, primero porque no esperaba regalo de ellos y, segundo, porque según les dijo el abuelo ya nos habían comprometido a invitarlos a almorzar al otro día.

Muy detallistas, también al abuelo le dieron un rejo muy fino para amansar caballos y a Robert y Carolina una revista de farándula para que Robert consiguiera clientes.

—Muy astutos —les dijo Robert.

Los miré avergonzado hasta que las niñas pronunciaron sus nombres en la entrega de regalos y les dieron dos a cada uno. Ellos me miraron felices.

—Gracias, Jefe, usted no se acuerda de nosotros, pero su familia sí.

Andrea le regaló a Marco una foto enmarcada de ellos dos bailando en la boda y Anie, de parte de todos, una camiseta muy fina. A Rojas le regalaron una camiseta y un libro titulado “10 cosas que los hombres deben saber sobre las mujeres”, lo cual despertó los mejores comentarios y risas de la noche.

Miré a Paulina con amor, me levanté, la abracé y la besé delante de todos.

—Hey, siéntese, hombre, que sus regalos no han llegado —me dijo Robert.

—Mmm, los míos ya los tengo —le dije y seguí abrazándola mientras las niñas seguían repartiendo regalos.

En minutos recibí siete.

Yo les di a Paulina y a las niñas los aretes que hacían juego con el corazón ya que seguía muy de moda. Le di también a Paulina un certificado lleno de besos y promesas. Ella lo podía usar cuando quisiera, tenía doce promesas diferentes. Me miró y me besó sin ninguna vergüenza delante de todos que nos hacían bulla.

Ella misma me había dado la idea hacía tiempo pero creía que me había olvidado.

“Nunca sé qué regalarte, mi amor, además de joyas o la ropa que te gusta” —le dije aquella vez.

“Regálame promesas de amor” —me había dicho.

Y me explicó. Así mismo hice. Pasé casi una hora en la oficina haciéndole el regalo. Me sentí de verdad especial, pues era la primera vez en mi vida que ocupaba una hora de mi tiempo, pensando, analizando, planeando y haciendo algo que nada tenía que ver con mi trabajo.

Pasamos el resto de la noche muy contentos. Bailamos y contamos historias. Me llamó la atención que Marco se veía genuinamente interesado en Natalia. Ella era una muchacha calmada y seria. Tenía su simpatía y su chispa pero muy al estilo de Paulina, era respetuosa y detallista con él. Le cambiaba el trago, le ofrecía comida, a veces le jalaba la cola y se quedaba  sobándole la cabeza y él tranquilo dejándose dar cariño, se veía que tenían su propio lenguaje de entenderse con los ojos.

A las dos de la mañana nos despedimos.

—Como dice Mickey Mouse, “cada uno pa´su house” —dijo Rojas despidiéndose y muerto de risa viéndonos a todos borrachos.

Paulina y yo llegamos a nuestra habitación. Era la de Paulina pero el regalo de navidad del abuelo había sido cambiar los muebles por unos de “gente madura”, según nos explicó.

Esa noche Paulina y yo, nos amamos como si nadie más existiera en este mundo. Menos mal éramos prudentes porque solo queríamos amarnos, besarnos, acariciarnos y jurarnos amor eterno; y de verdad que nos amábamos así: eternamente.

 

Me levanté temprano y fui a saludar a Sarmiento. El partido de las dos de la tarde era la inauguración oficial del programa deportivo. Tenía ya inscritos 15 muchachos, 7 de los cuales no querían asistir al colegio y se escapaban para vagar por las calles. Los había convencido, perdonándoles días de cárcel por travesuras y peleas que armaban en todas partes. Ese era realmente el propósito del programa. Incluso habían firmado un compromiso de ser disciplinados y dejarse guiar por el entrenador del comando. También asistirían a unas clases antidrogas que empezarían la segunda semana de enero.

Mariano venía con Elisa al medio día. Sus hijos se habían ido a pasar la navidad con la familia de la mamá a otra ciudad y regresaban el 31 a estar con él toda la semana. Pérez venía con su esposa. Yo pensaba que llegaran a almorzar a mi casa, pero como siempre, Alberto tan detallista dijo que ni de riesgos y armó un almuerzo especial para todos. Matilde llegó a ayudar a Rosita y entre las dos nos cocinaron uno de los platos típicos de la región.

Todos iríamos al partido. El alcalde iba a inaugurar el programa y el campo, así que era un acontecimiento. Se enfrentaban el equipo de Julián, “Los Juanitos”, contra “Las Águilas”, como habían bautizado su equipo.

Se habían hecho también cuatro canchas de básquetbol. Durante el medio tiempo del partido tendríamos 15 minutos de tiros para inaugurarlas.

Los muchachos que se inscribieran y asistieran a las clases antidrogas podrían usar el parque. Tenían la responsabilidad de cuidarlo y darle mantenimiento al campo. Era su tarea semanal. Había una tarima en el campo de futbol y otra frente a una de las canchas de básquetbol.

Regresé a la finca montamos a caballo y almorzamos apenas llegaron mis hombres.

Llegamos al parque y nos dio mucho gusto ver la respuesta de la gente del pueblo. Las tarimas estaban llenas de familiares y amigos de los muchachos y los comentarios eran de apreciación y agradecimiento por el programa.

En el medio tiempo del partido de futbol fuimos hasta las canchas de básquetbol. Cada uno tenía un tiro y repetía el que encestaba, al final quedamos Rojas y dos de los muchachos.

Había un muchacho de los del pueblo bastante bueno, pero se veía algo desubicado. Solo se concentraba cuando iba a encestar. El otro muchacho falló, Rojas también. Quedamos los dos y fallé la canasta. Él ganó. Todos lo aplaudían y yo lo felicite y lo abracé.

—Usted puede ser el mejor en este juego, como también puede ser el mejor en otras circunstancias de la vida. Escoja el equipo de los buenos y nunca perderá.

—Gracias, Capitán —me dijo. Lo miré intrigado—. Yo sé que usted es capitán, es más, usted es detective y gracias, la próxima vez no va a tener que fallar a propósito, yo voy a hacer lo posible por mejorar mi vida.

Sonreí.

—Así lo espero y cuente con nosotros —le di mi tarjeta  y escribí mi número de celular—. Aquí estoy para ayudarlo en lo que necesite. Esfuércese y sea un “águila” de verdad. ¿Usted sabe la historia, cierto?

—Sí señor, por eso escogimos ese nombre.

El muchacho se llamaba Sebastián.

 

Ya en la tarde Paulina y yo recogimos a Matilde en su casa. Se iba a quedar con nosotros dos semanas. Primero ayudando a Paulina en la casa y luego acompañándome, ya que la primera semana de enero la tenía libre y las niñas la iban a pasar con nosotros.

La dejamos en mi apartamento para que recogiera lo que me quedaba. Al otro día una compañía de mudanzas recogería los muebles.

Me cercioré que tenía todo lo necesario y nos fuimos tranquilos a nuestra casa.

Desde que llegamos a la portería nos sentimos raros. Nos miramos felices. Abrí el garaje con el control. Allí estaba su carro pues lo habíamos dejado desde el 24. Había otra puerta para entrar a la casa, la teníamos que abrir con una clave.

—Ay, mi amor, espero no tener afán de llegar nunca porque esto es engorroso.

—Es por tu seguridad.

—Ajá.

—Hey, un momentico —le dije apenas abrimos la puerta. Enseguida la cargué—. Así entran los esposos a su nuevo hogar en las películas.

Se dejó llevar feliz. Atravesamos el patio interior, llegamos a la cocina.

—No. No. Aquí no me bajes que yo no soy la cocinera —seguimos hasta la sala principal—. No, no, tampoco.

—Tú eres la dueña de la casa.

—No. ¡Yo soy tu amante! —me dijo mirándome con sus hermosos ojos llenos de amor y picardía.

Seguí con ella hasta nuestra alcoba. Estaba organizada. Había puesto las sábanas y el cubre lecho nuevo. La deposité en la cama. Me jaló de la camisa y nos besamos un rato.

—Te amo, mi amor, te amo. ¿Ya te lo había dicho? —le pregunté.

—No, casi no.

Y, de pronto, saltó como recordando algo.

—Tenemos que brindar.

Salió corriendo y regresó con una de las botellas de champaña que teníamos para la noche del 31. Ni me pidió ayuda. Ella sola hizo todo. Tomamos de la botella.

—No podemos ensuciar vasos, mi amor, los necesitamos limpios. Vamos a estrenar el jacuzzi, ¿sí?

Aprobé todas sus ideas. Verla tan feliz me complacía enormemente. Pasamos como media hora riéndonos y relajándonos en el agua tibia y las diferentes velocidades de los chorros del jacuzzi. Nos acariciamos y nos besamos tranquilos sin ninguna presión de nadie.

Llegamos a la cama de nuevo y poco a poco empezamos a acariciarnos y a desearnos con una pasión que aumentaba con cada suspiro y cada caricia. No teníamos que preocuparnos de nada ni de nadie por primera vez en muchas semanas. Me encantaba su manera de acariciarme la cabeza y besarme la cara con un amor que me penetra el alma. Su piel suave y hermosa me provoca quedarme pegado a ella para siempre.

Nos amamos con una locura inevitable. Una locura que no teníamos que callar ni disimular. Nos amamos como si fuera la primera o la última vez. Como si fuéramos los únicos seres humanos sobre la tierra y de nosotros dependiera la continuidad del universo. Lo único que nos decíamos era “te amo”, “te amo”, como si fueran las palabras más poderosas del mundo.

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