Llamé primero al coronel; se alegró. Me invitó a almorzar con él en su oficina para seguir hablando, acepté, pero le pedí 20 minutos. Tenía que llamar al general y quería saludar a Paulina. A estas alturas estaba seguro que, si no pasaba algo extraordinario en el rescate, podríamos ir a la fiesta.

El general también se alegró y quedó de avisarles a los americanos. Tendríamos que coordinar con ellos para rescatar a Nikolai mientras interceptaban las armas. Bolívar seria encarcelado junto con Gusano; Ramírez estaba a cargo.

La tarde pasó rápido. Teníamos que salir a las 17:00. Tardaríamos 45 minutos para llegar a cada punto de aterrizaje. Castillo nos envió coordenadas al equipo de los helicópteros. Cruz en el satélite comprobó que estábamos en línea y los radios trasmitiendo perfectamente. Mientras el satélite y el equipo de Castillo funcionaran correctamente seguiríamos conectados aun dentro de la selva.

Castillo y Muriel viajarían con Bernal. Después de aterrizar, Muriel se ubicaría en algún árbol para protegerlos. Esperarían recibir noticias de Nikolai. Si estaba herido y no podía caminar tendrían que elevarse y recogerlo desde el aire, porque arrastrarlo por la selva media hora sería muy peligroso. Los del monte siempre se dividían en pequeños grupos para acampar y podrían darse cuenta del operativo.

No tenía suficientes hombres ni municiones para un enfrentamiento. Íbamos armados con pistolas semiautomáticas y Mini Uzi, todas con silenciador, incluyendo mi rifle, los de Rojas y Muriel. Si teníamos que rescatar a Nikolai por aire, Rey y Moreno, que eran los expertos en explosivos, crearían una distracción.

Mi punto de aterrizaje era más cercano al lugar donde estaba Nikolai. Si todo salía bien, con o sin él, Bernal volaría por el lado contrario para despistar los vigilantes que quedaran. Nosotros regresaríamos sin inconvenientes al helicóptero. Castillo les confirmaría a los americanos que teníamos a Nikolai. ¡En teoría todo saldría perfecto!

Rojas tuvo la idea de dejar una bandera rusa abandonada en el monte para que pensaran que lo habían rescatado amigos de él, nada que ver con nosotros

—Excelente idea, Rojas, excelente.

Le pedí a Milena que me consiguiera una inmediatamente.

A las 17:00 estábamos en el aire rumbo al oriente. Aterrizamos sin problema en los puntos designados y bajamos como habíamos acordado. El ambiente se sentía húmedo, una suave niebla cubría la tierra, la vegetación era muy frondosa y adentro ya estaba oscuro. Todos llevábamos gafas de visión nocturna, algunos con infrarrojo para detectar el calor humano.

Se escuchaba únicamente el ruido de búhos, sapos, murciélagos y grillos. Era la ventaja de la noche. Si no tropezábamos con alguno por accidente, no tendríamos mayor peligro. En la zona había jabalíes que podrían atacarnos si los perturbábamos, pero nos preocupaban más las serpientes. Esas sí eran más astutas y sigilosas que nosotros.

Empezamos a caminar cautelosamente acercándonos al campamento. Nos deteníamos cada cinco minutos. Rojas tenía una mira en su arma también de visión nocturna y se subía a algún árbol a ver si divisaba algo. Yo hacía lo mismo con un monocular y Rey con otro.

Escuchamos el silbido de alarma de Rojas y nos quedamos paralizados. Cinco hombres venían caminando muy tranquilamente. Mariano me hizo señas, preguntando si los atacábamos. Dudé por unos segundos, pero recordé que tendríamos que volver por ese camino; no podíamos dejar cabos sueltos. Di la orden de atacarlos, señalando uno para cada uno. Rey y yo les saltamos desde un árbol, los otros tres fueron confrontados por Mariano, Moreno y Marco. No alcanzaron a ofrecer resistencia. Nos miramos con aprobación y de pronto un sonido ahogado y ronco nos volvió a sorprender.

Rojas usó su silbido de alerta nuevamente. Nos ocultamos, pero vi que Mariano se agarraba una pierna con dolor. Me arrastré hacia él mientras Rey subía como un mico, y Marco y Moreno corrían de un árbol a otro sigilosamente.

Con mi cuchillo le abrí un roto en el pantalón y vi lo que imaginé eran perdigones de algún arma de las que usaban los rebeldes para cazar. Entonces me quedó claro el panorama: Eran cazadores, aprovechaban la oscuridad para coger sus presas por sorpresa. Rojas disparó dos veces más y al minuto usó su silbido de seguridad. Marco y Moreno se acercaron.

—¿Qué pasó, Jefe?

—Estaban de cacería, le dieron con perdigones.

—Uy, Jefe, pica, pica, como si fueran avispas.

Los otros empezaron a reírse.

—Chiss, ¿quién tiene pomada para pólvora?

—En mi mochila, Jefe —me dijo él mismo. Más risa les dio a los otros.

—¿Cuál es la risa?, esto es serio, estén vigilantes. Yo lo curo.

Moreno se retiró, pero Marco se quedó conmigo.

—Déjeme hacerlo, Jefe, ya tengo experiencia, acuérdese que le saqué unos cuantos de su cola.

Todos seguían riendo.

—Nos van a descubrir por esas bobadas de ustedes. Recuerde que yo le saqué unos cuantos de otra parte.

Más risas, ahora ahogadas.

—Jefe, acláreles a estos babosos de dónde.

—No. Hasta que se ponga serio a trabajar.

Salió muy obediente. Aunque no le gustaba subirse a los árboles, parecía un orangután en su entorno. Desde la copa de un árbol me volvió a susurrar por el radio:

—Explíqueles, Jefe.

Todos seguían ahogando la risa y yo con el cuchillo sacando perdigones de la pierna de Mariano. Le unté el medicamento y le vendé la pierna. Quedó como nuevo.

—Gracias, Jefe y aquí entre nos, ¿dónde le dieron a Marco?

—En el estómago.

—Gracias, Jefe —me dijo Marco.

—No entiendo el chiste —dijo Mariano aún adolorido.

Marco y yo nos reímos recordando el susto que pasó, pues la verdad le dieron bien bajito, por poquito lo dejan tío.

Seguimos caminando. A unos 50 metros divisamos algo. Nos detuvimos un momento a planear qué hacíamos, teníamos que saber cuántas personas había y sobre todo asegurarnos que allí tenían a Nikolai. Si no, tendríamos que seguir nuestro camino pasando desapercibidos.

Rojas se quedó arriba con su rifle atento a cualquier movimiento. Rey a medio camino; era muy ágil, parecía otro de los monos que tanto abundaban en esa región.

Un ruido inesperado nos alarmó. Quedamos paralizados por unos segundos. Varias ardillas y tres monos saltaron entre los árboles. Suspiramos. Rojas silbó, me hizo señas que subiera a mirar; Rey subió un poco más y yo hice lo mismo. Algo estaba pasando en el campamento, levantaban el dedo pulgar, mirándose los unos a los otros felices. Teníamos que acercarnos más; bajamos y corrimos otros diez metros, volvimos a subir a los árboles.

Marco se sentó recostado a un árbol con su cuchillo en la mano y se dedicó a jugar con él. Se veía todo más claro ahora, una cabaña pequeña hacia la izquierda, siete hombres y dos mujeres. Cuatro estaban sentados en una mesa jugando cartas y tres caminaban de lado a lado de otra construcción sencilla de madera con techo cubierto de hojas de palma. Las dos mujeres veían jugar los tipos, una abrazada a uno de ellos.

Podría ser el lugar donde estuviera Nikolai. Me sentí aliviado. Quería terminar rápido y largarnos de ahí. La selva no era mi lugar preferido, especialmente de noche.

—Muriel—le susurré por el radio— ¿cómo están?

—Todo tranquilo, no hay nadie por aquí, solo monos que me miran con ganas de jugar conmigo.

—Parece que ya encontramos a Nikolai, estén atentos. Castillo, ¿le han confirmado algo los americanos?

Eran las 18:15.

—Nada, Jefe. Ya les avisé que estamos aquí, solo dijeron “Ok”.

Bajé. Mariano, ya muy recuperado, vigilaba el terreno con sus infrarrojos. Me le acerqué a Marco y me quedé paralizado. Saqué mi cuchillo y le hice señal de que cerrara los ojos. Lo tiré casi en su cara. Se levantó espantado; la cabeza de una serpiente estaba clavada en la corteza del árbol a escasos centímetros de su cara.

—Ay, Jefe, ay, Jefe, ay, Jefe —no paraba de repetir.

—Alerta Marco, aquí hay peligros a cada paso.

—¡Ay, Jefe!

Liberé mi cuchillo y lo limpié en el suelo. Con la mano les indiqué juntarnos. Rojas seguía arriba, le hice señas de analizar las armas que tenían.

—Hay siete hombres y dos mujeres a la vista —les expliqué—. Están vigilando una caseta de madera sobre estacas. Están a cuarenta metros más o menos, tenemos que acercarnos, pero vamos a separarnos. Necesitamos saber qué hay por el otro lado. Moreno, Marco y Rojas vayan por la derecha, yo voy con Rey y con Mariano por la izquierda. Si no hay más gente cerca podemos hacer esto en menos de diez minutos. Cuando estén a diez metros vuelven a observar.

—Jefe —escuché que me llamaba Castillo—, los gringos acaban de confirmar la entrega de las armas, ya las están embarcando.

—Por eso fue la conmoción —comentó Rojas desde su puesto—. Se están abrazando y tomando algo.

—Entonces es seguro que ahí tienen a Nikolai, ¿han entrado a la casa? ¿Se ve más gente?

—No.

—Fíjese bien debajo de la casa, acuérdese que acostumbran tener hamacas y ahí duermen.

—No veo bien, uno de los tipos está escribiendo algo en un tablero, puede ser el tal Robin ocho.

—Baje y sigamos, tenemos que acercarnos más. Cuando empecemos a liquidarlos, se queda arriba; si alguno corre le da.

—Confirmado.

Nos dividimos y al acercarnos por mi lado vi dos bandidos más.

—Aquí hay dos más. En total veo nueve hombres, puede haber alguno con Nikolai o durmiendo —concluyó Marco.

—Hay tres debajo de la casa, no se distingue si son hombres o mujeres, están metidos en las hamacas —dijo Moreno.

—Dejémoslos de últimos, por acá no veo ningún movimiento en los próximos cincuenta metros, ¿qué ve usted?

—Nada, tampoco —confirmó Moreno—. Si hay otro campamento, debe estar lejos.

Nos acercamos a 10 metros. Se escuchaban voces, sonaban alegres, había risas y parecía que estaban cocinando algo en la caseta de al lado. Se veía una estufa con dos ollas grandes encima y dos tanques de gas. Le hice señas a Rey, quería que eventualmente explotara eso. Habíamos acordado que las explosiones se harían cinco minutos después de que saliéramos de ahí.

Necesitaba confirmar si Nikolai estaba en la casa antes de hacer algo. Envié a Rey; él era el más ágil y liviano. Tan pronto se quedó sin vigilancia el lado derecho de la casa, se subió al techo y corrió las hojas que lo cubrían. Yo no le quitaba los ojos, con el monocular lo veía perfectamente. Me hizo señal con el dedo pulgar.

—Está aquí, pero hay un idiota durmiendo en el piso en un rincón.

—Rojas, dele a las dos mujeres, y siga atento por si alguno sale huyendo.

Le asigné dos a cada uno.

—Rey, neutralice el de adentro y yo me encargo de los tres que quedan. Entre y le avisa a Nikolai. Mire si está herido o qué le pasa. Esperen que completen la ronda… Uno, dos… ¡Fuego!

En menos de un minuto estaban todos en el piso. Me tiré debajo de la casa y uno de los que se estaba levantando alcanzó a disparar a lo loco, pero cayó en segundos. El otro corrió gritando y Rojas lo recibió. El último ni se movió, lo tumbé de una patada, ya estaba muerto, seguro Rey le había disparado desde arriba.

—Nikolai está un poco averiado, Jefe. Tiene heridas en los pies. Me está dando besos y hablando en ruso.

Subí corriendo.

—Encárguese de los explosivos. ¡Tenemos que salir de aquí!

Nikolai se me tiró encima.

—Andy, usted es mi ángel, анrел, анrел —repetía en ruso.

—¡Que gusto, Nikolai! Me tenía preocupado, ¿puede caminar?

—No mucho, esos idiotas me metieron como cinco horas por el monte con unas sandalias estúpidas que yo tenía puestas.

—Bernal, venga por Nikolai, no puede caminar. Aquí hay un claro grande. Castillo, consiga las coordenadas, mi celular tiene señal. Confírmeles a los americanos. Muriel, siga pendiente de algún movimiento. No vemos nada a cincuenta metros, pero pueden estar escondidos.

En siete minutos apareció Bernal y Muriel colgando del cable para elevar a Nikolai; tiró la bandera en la copa de un árbol, quedó prácticamente izada.

—Vamos, Nikolai, que esto sí lo puede hacer. Será como en los viejos tiempos.

Me cogió la cara entre sus manos y me dio un beso en cada mejilla.

—No tengo dinero para pagarle, Andy, no tengo.

—Vamos, Nikolai, esto es cortesía de la casa, nos vemos en el comando.

Y sin más, Muriel lo enlazó con otro cable y abrazándolo, lo elevó hacia la libertad. Salimos corriendo y dejamos todo listo para explotar.

Corrimos como si nos estuvieran persiguiendo y en veinte minutos estábamos rumbo al comando. Ni siquiera nos detuvimos cuando escuchamos la explosión, tampoco quisimos sobrevolarla. Ya no queríamos saber nada de la bendita selva. Eran las 19:05 horas.

Cuando estábamos seguros en el aire, llamé a Pérez. Todos gritaban de alegría; se pusieron a cantar. “sube las manos pa’ arriba, dale pa’ abajo, dale pa’ un lado, pa’l otro lado”.  Era la canción de baile de momento, según Rojas que se las sabía todas.

Pérez me confirmó que acababan de detener a Bolívar, con Gusano y tres tipos más. Ellos habían visto todo de lejos y ahora iban camino al comando. Regresaban mañana en el primer vuelo.

—Jefe, gracias por curarme, usted sí es un buen enfermero, no como Marco que es un salvaje —me dijo Mariano.

—Deje de ser desagradecido, yo tengo manos de seda, ¿cierto, Jefe?

—Y piernas también, me consta.

Todos se reían. Rojas, sobre todo. El otro le dio una patada.

—Hey, loco, que va a dañar la bailada.

Siguieron cantando y compartiendo historias, tan entretenidos que llegamos sin darnos cuenta.

Llamé a Paulina para que estuviera tranquila, estaba feliz de saber que ya había llegado, me hizo jurar que estaba entero, pero me sintió vacilante.

—¿Pasó algo, verdad?

—Bueno…  a Mariano lo picaron las avispas.

Llegamos a la enfermería, Mariano tenía que hacerse revisar la herida y recibir una vacuna antitetánica. Yo quería saludar a Nikolai. El coronel estaba con él. Me abrazó.

—Felicidades, Martínez, todo salió prefecto.

Nikolai seguía dándome las gracias. Ya había hablado con Mr. Washington, quien le aseguró que había aprendido la lección. Los americanos habían recuperado las armas y tenían quince personas detenidas.

—El coronel me invitó a la fiesta de mañana y así sea en silla de ruedas pienso ir.

—Me alegra mucho, Nikolai, eso le va a ayudar a superar este incidente.

—Esos animales, les pedí que me pusieran unas botas y no les dio la gana. ¿Sabe qué me dijeron? Que como yo era el rebelde que no quería colaborar con ellos que me aguantara. Que, si quería que me trataran bien, de ahí en adelante tenía que cambiar de actitud. No les volví a hablar y me vine cantando y maldiciéndolos en ruso. A propósito, excelente la idea de la bandera, excelente, que aprendan esos degenerados a no meterse con un camarada —y se carcajeaba como de costumbre.

El coronel se despidió y unos minutos después nos trajeron comida a los dos. Me imaginé que había sido idea del coronel; últimamente estaba pendiente de mi alimentación. Una enfermera entró y le inyectó algo en la bolsa de suero con que lo estaban hidratando.

—Con esto va a descansar mejor, señor Nikolai.

—Gracias, mi querida, gracias, usted es muy dulce, ¿me va a cuidar toda la noche?, ¿no se va a ir?

—Sí, señor, aquí estoy de turno y lo voy a estar cuidando.

Comimos y me despedí. Algunos se fueron, otros nos dormimos casi de inmediato.

La mañana transcurrió entre papeles, preguntas, historias, explicaciones, llamadas a Esperanza, llamadas a los americanos y en fin burocracia, pero todos estaban satisfechos con el éxito de la operación.

Pérez y Arango llegaron y, una vez terminaron sus informes, se fueron a descansar. No se habían reportado incidentes con la gente del monte y Gusano estaba incomunicado. Bolívar y Mojica habían confesado para evitar la corte marcial y el escándalo público.

Fui a visitar a Nikolai antes del mediodía. En uno de los trípodes de colocar el suero tenía colgada una bolsa con cierre. Me pidió que la abriera y le diera mi opinión del vestido que había comprado.

—Está muy elegante, Nikolai, ¿quién se lo consiguió?

—Llamé a un almacén donde he comprado antes y también me trajeron otro conjunto para viajar mañana.

—En la fiesta tendré oportunidad de presentarle a mi novia.

—¡Qué bien, Andy! Me encanta que tenga quien lo quiera, ¿y es algo serio o temporal?

—Es serio, Nikolai, le voy a pedir que nos casemos.

—¡Felicidades! va a decir que sí, ¿cierto?

—Eso espero —le dije sonriendo. El asintió con alegría.

—Ya que estamos hablando de amor, quería pedirle un favor. ¿Será que usted me puede ayudar a conseguir el número de nuestra amiga, la azafata? Quiero invitarla.

Sonreí y le conté que ella me había preguntado por él.

—¿En serio?, ¿qué le preguntó?

Me acordé de Pérez.

—Que si usted era casado.

—Le dijo que no, verdad, Andy, le dijo que no.

—Le dije que no estaba seguro, que hasta donde yo sabía hace un año estaba casado, pero que le preguntara a usted.

—Ay, Andy, ¿por qué tiene que ser tan correcto en esta vida? ¿Por qué? —se rio—. Espero que esa novia suya valga oro, diamantes y vodka del mejor del mundo porque se está llevando un tesoro, pero tranquilo que yo arreglo ese asunto rapidito —me miró pensativo—. Mmm, Andy, ¿no será que en pago por su indiscreción me la localiza? Usted debe tener algún método policiaco —me reí.

—Quizá no haya necesidad, uno de mis hombres es amigo de la compañera de ella. No se haga ilusiones, pero trataré.

—Gracias, Andy, gracias.

Me abrazó, me besó otra vez las mejillas y me las apretó con fuerza, al tiempo que me decía:

—Usted vale petróleo puro, Andy, petróleo puro.

Me despedí y salí.

Quería ver a Paulina y tener un tiempo a solas con ella antes de la fiesta.

Camino a la oficina, llamé a Rojas. Efectivamente él iba a ir a la fiesta con la azafata. Le pedí que invitara a la amiga de Nikolai; quedó de confirmarme si era posible. Llegué a mi oficina y me tenían malas noticias.

—Jefe, dice el coronel que vaya urgente a su oficina, entró como loco a buscarlo.

—Si no la llamo en la próxima media hora, se puede ir a descansar. Me imagino que debe tener mucho que hacer antes de la fiesta.

—Gracias, Jefe, usted es el mejor.

—Uhum —respondí y salí apurado, ¿qué se habría atravesado ahora?

El coronel necesitaba que trajera al general y a su esposa en el helicóptero desde el aeropuerto. El piloto encargado se había enfermado y los demás estaban ocupados en diferentes operaciones. Bernal ya se había ido.

Llamé a Paulina, no alcanzaría a ir hasta el apartamento por la tarde.

—¡Ay, no! Entonces cuando me recojas y yo te vea tan hermoso y espectacular con tu uniforme ¿me tendré que aguantar las ganas de amarte y amarte y amarte?… Acuérdate que las mujeres tenemos obsesión por los hombres en uniforme.

—¿Tú también?

—¡Claro! Yo soy mujer.

—Yo pensé que eso era un mito.

—Mito o no mito, me voy a morir de emoción cuando te vea tan elegante.

—Y ¿tú has pensado que yo también te voy a ver preciosa con tu vestido y que también tendré que aguantarme las ganas de amarte y amarte y amarte quien sabe hasta qué horas?

—¡Nos vamos a morir!

Nos reímos y seguimos diciéndonos bobadas un buen rato.

 

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