Entré a mi oficina, eran las 06:30. Llamé al coronel.

—Buenos días, mi coronel, qué pena molestarlo tan temprano.

—No, hombre, Martínez, qué pena ni qué pena. Estaba por llamarlo para ver si había nuevas noticias.

—Bastantes.

Y lo actualicé.

—Creo que nos toca interrogar a Mojica inmediatamente, porque Ruiz no sabe nada sobre los contactos directos, no era más que un mandadero de Mojica.

—Y otra cosita mi coronel ¿qué le parece si le echamos mano a Gusano de una vez?

—Excelente idea. Llego cuanto antes. Llame usted al general, él nos consigue la autorización para coordinar todo con los americanos y ganarnos el tiempo necesario para rescatar a Nikolai.

Con el visto bueno del coronel, me quedó fácil convencer al general de nuestra capacidad de rescatar a Nikolai mientras los americanos se apoderaban de las armas y las personas implicadas. La operación se haría con absoluta reserva; teníamos el tiempo justo para entrar por él y salir inmediatamente. Un tratado de paz prohibía cualquier operación militar o policial.

Le pedí que activara a Castillo con los americanos para que le dieran acceso a la información de las grabaciones que tenían entre Mr. Washington y los compradores. Además, necesitábamos conexión directa para confirmarles en el momento que tuviéramos a Nikolai o si sucedía algo inesperado. Estuvo de acuerdo. La planeación y conclusión de la operación quedaba en mis manos.

Castillo estaba esperándome en la sala de comunicaciones. Le pedí que buscara lugares para aterrizar en el área, no podíamos usar bases militares ni lugares muy visibles.

—Esté pendiente de una llamada de los americanos; en cualquier momento le envían confirmación para activarlo como oficial de comunicaciones y le envían las grabaciones que tienen hasta ahora de Mr. Washington con los compradores. Tan pronto las tenga me avisa. Necesitamos analizarlas para ver si encontramos algo sin tener que detener a Mojica.

Me senté en mi escritorio y del cajón saqué el anillo de compromiso, lo mantenía de paseo: donde estuviera yo, estaba él. Lo miraba varias veces al día y buscaba en mi mente el momento ideal para entregárselo. Mejor dicho, para “cerrar el negocio” como decía Pérez. Quería que fuera una ocasión romántica, pero con estos horarios intensos de trabajo no imaginaba cuándo sería el momento. Pensé en llamar al abuelo y hablar con él primero; sería lo más indicado, pero quería hacerlo personalmente. Castillo gritó y me sacó de mis pensamientos. Miré el reloj: 07:36. Terminaron mis minutos de romántico empedernido.

Mi oficina tenía tres salones, al entrar estaba Milena, mi secretaria, hacia la izquierda mi oficina privada y a la derecha el salón donde nos reuníamos y donde había instalado un lugar permanente para Castillo.

—Jefe —volvió a llamarme.

Caminé hacia él.

—Más le vale que sea importante porque me robó varios minutos de descanso.

—Ya los gringos me mandaron autorización, ya lo autentiqué todo y ahí están llegando las grabaciones.

—¿Eso fue rápido, no?

— ¡Ni tan rápido!: tres minutos y cuarenta y cinco segundos.

Lo miré con incredulidad. Volví a mi oficina y llamé a Pérez. Lo actualicé.

—Vamos a pasar la próxima hora escuchando grabaciones a ver si logramos ubicar a Nikolai. Si no, tendremos que detener a Mojica y obligarlo a llamar a Bolívar con mentiras para que se comunique con Gusano, estén pendientes. Comuníquense con Ramírez, él ya sabe que ustedes están ahí.

A las 08:25 estaban todos en la sala. Hasta ahora, Castillo había encontrado solo un lugar para aterrizar. Cruz se sentó a ayudar. Les conté todo lo que había pasado.

—¿Cuántas grabaciones han llegado, Castillo?

—Van seis.

—Empiece a enviarlas a los celulares de cada uno para que puedan escucharlas. Los que ya tienen tareas específicas, dejen de último las grabaciones; Bernal, usted sí definitivamente a los helicópteros; tienen que estar listos sí o sí.

—Listo, Jefe.

—Rey, detrás de Mojica.

Los demás se enfrascaron en escuchar las grabaciones. Salí a encontrarme con el coronel, entré a su oficina y muy amablemente me ofreció algo de desayunar.

—Estoy seguro que no ha comido nada, Martínez.

Le agradecí y mezclamos el desayuno con los planes del día. A las 09:15 regresé a mi oficina.

—Nada, Jefe, mucha información, pero nada sobre la localización exacta, lo que sí es que está en estos lados. Siempre hablan del oriente —me anunció Muriel.

—Bueno, entonces es hora de detener a Mojica, ¿dónde está?

—En la sala de satélite —me confirmó Castillo.

—Marco, Rojas, conmigo; los demás a revisar y alistar los equipos. Castillo, avísele a Pérez que estamos deteniendo a Mojica y que le avise a Ramírez. Salimos y en el camino nos pusimos de acuerdo en una estrategia para lograr que hablara antes de tener que someterlo a un encuentro persona a persona con el coronel. Rey nos vio y se acercó.

—Jefe, ¿qué está pasando?

—Llegó la hora, Rey, esté alerta, lo vamos a detener.

Entramos los tres al cuarto del satélite. Mojica se quedó petrificado.

—Buenos días, ¿en qué los puedo ayudar? —se ofreció inocentemente Villareal que estaba de turno.

—Buenos días, Villa, ¿puede darnos unos minutos a solas con Mojica?

—Claro, Martínez, claro.

Salió presuroso.

Mojica se levantó.

—¿Qué puedo hacer por usted?

—Puede decirme dónde encontrar a Nikolai.

Se puso pálido, pero conservó la calma.

—Hombre, Martínez, si se refiere al ruso, amigo suyo, no tengo cómo ayudarlo, no tengo idea. Si quiere saber, ¿por qué no lo llama y le pregunta directamente?

—Ojalá pudiera, Mojica, pero sus amigos del monte lo secuestraron.

—Yo no tengo amigos en el monte.

—Desafortunadamente, tenemos pruebas que dicen lo contrario.

—¿Qué pruebas?

—Además de la confesión de Ruiz ¿Le sirven videos, conversaciones y fotos?

Se quedó callado y caminó hacia la puerta; Marco y Rojas se le interpusieron. Se rio descaradamente.

—Hombre, no hay necesidad de fuerza. Yo no sé nada de su “Ruso”. Busque otro idiota, que lo ayude o que le crea eso de las tales pruebas.

Caminé hasta la consola.

—Castillo, mándeme al equipo del satélite la última conversación de Mojica.

Se quedó estupefacto. Retrocedió, puso la mano en su pistola. Nosotros también.

La habitación se llenó con la conversación de la madrugada entre él y Bolívar. Se sentó, Marco se le acercó y lo desarmó. No opuso resistencia, pero seguimos alertas. Todos teníamos al menos dos armas y hasta una tercera escondida en el cuerpo. Por el momento no lo presionamos más; la idea era que conservara la confianza en sí mismo.

—Eso solo prueba que sé algo, no que sea responsable —dijo levantando los hombros y medio sonriendo cínicamente.

—Correcto. Lo único que queremos es la localización de Nikolai. Usted sabe perfectamente que esa gente lo va a matar o lo va a usar para seguir consiguiendo armas, y eso es un atentado contra la seguridad nacional.

—Qué seguridad, ni qué seguridad. Nunca estaremos seguros, siempre habrá villanos que nos jodan. ¿Para qué seguir luchando una guerra que perdimos hace tiempo?

—Usted la perdió, Mojica, usted la perdió. Nosotros cada semana ganamos batallas, la guerra no está perdida.

—No sea iluso, Martínez. Usted con lo inteligente que es, podría ser millonario. Este trabajo no sirve: hoy acabamos con diez y mañana aparecen veinte ratas más.

—Así es, Jefe —dijo Rojas—, usted nos dice eso todo el tiempo.

Lo miré con ganas de matarlo, aunque el plan era hacerle creer a Mojica que tenía apoyo de su parte.

—Puede ser. Eso nunca ha sido un secreto; pero yo no nací para ser rata, prefiero seguir del lado de la ley. Nosotros hicimos un juramento de servir a la patria, no a las ratas que se nos crucen en el camino.

Se quedó callado y se agachó un poco más de lo normal. Rojas y Marco le saltaron encima, lo tiraron al piso boca abajo y le encontraron dos armas más, en la espalda y en el tobillo, como era de esperarse.

—Hombre, Mojica, no sea estúpido, deje de proteger una gente que nunca lo va a proteger a usted —le dijo Marco.

Lo obligamos a salir y lo llevamos hasta la sala de interrogación. Villarreal se quedó mirándonos aterrado,

—Gracias, Villa, vuelva a su trabajo —y le hice señas de que no dijera nada de lo que vio.

Lo llevamos al cuarto de interrogatorios y lo dejamos entrar a solas con Rojas. Ellos eran amigos y parte del plan era hacerlo entrar en razón. Aunque desde el “secuestro” Rojas estaba molesto con Mojica, esperaba que esa actitud, pasivo-agresiva que había entre los dos sirviera para algo.

—Deme cinco, Rojas, tengo que hacer algo.

—Sí, Jefe.

Llamé al coronel y lo puse al tanto. Marco y Rey se quedaron pendientes en la puerta. Entré al cuarto contiguo para escuchar la conversación entre Rojas y Mojica.

—¿Entonces qué Rojas, usted es el encargado de ablandarme o qué?

—No, hombre, yo no sirvo para eso, a mí me gusta es disparar y rumbear, este pedacito me molesta.

—¿Qué van a hacer ahora? Yo no sé nada del ruso.

—Mi Jefe tiene que avisarle al coronel. Él está que le pone las manos encima en cualquier momento.

—Ese carnicero… no lo dudo. Tendré que echarme la bendición y morirme porque no sé dónde lo tienen.

—¿Quizá la gente esa con la que se comunica sí sabe?

—Y si así fuera, ¿cree que me lo van a decir? No son amigos míos, Rojas, son ratas inmundas que pagan mejor que este trabajo desagradecido.

—Podría preguntarles —le dio risa.

—Se nota que usted le aprendió a su jefe eso de la inocencia… ¡No sea tonto!, esa gente no suelta prenda. Sé que es en el oriente, nada más.

—¿Qué tal que se ofrezca a ayudar a investigar? Aunque sea se evita la paliza del coronel. Yo no quisiera caer en manos de ese sanguinario.

Pensó por unos segundos.

—¿Qué tal si usted en vez de estar de hipócrita, se desquita de una vez?

—¿Hipócrita?… ¿Yo? —le dijo Rojas con agresividad, señalándose a sí mismo—. Usted fue el desgraciado que casi me hace matar de los brutos esos del monte que no distinguen entre la cabeza y el trasero de ellos mismos.

Mojica, soltó la carcajada, sentí que era inminente una confrontación y llamé a Marco. Ya él y Rey estaban al tanto de lo que estaba pasando.

—Déjelos, Marco, entra, pero los deja que se desquiten, ¿Están seguros que Mojica está desarmado?

—Sí, solo tiene los puños y las piernas.

—Déjelos, si lo ve lastimando a Rojas lo detiene, si no, déjelos.

—¿Y que han pensado hacer, además de mandarme al maldito calabozo y acabarme la vida? —siguió replicando Mojica.

Rojas le sonrió con ironía.

—La vida se la acabó usted mismo, por traidor —y le tiró una patada.

Mojica, saltó y agarró el asiento tirándoselo a Rojas quien ágilmente lo esquivó. De ahí en adelante fue un intercambio de puños, patadas y maldiciones. “Una pelea de perros y gatos”, diría mi mamá. Me dio hasta risa. Marcos y Rey, entraron, pero se quedaron en la puerta, mientras el par de “adolescentes” se desquitaban el uno del otro.

Rojas, nos demostró que sus habilidades en la lucha cuerpo a cuerpo habían mejorado, Rey, me miraba orgulloso, ya que lo vio usar en varias ocasiones las llaves orientales que nos enseñaba y hasta los saltos cuando el otro le tiraba patadas.

Estábamos disfrutando el show, cuando entró el coronel y se sentó a mi lado.

—¿Qué está pasando Martínez? ¿Por qué está permitiendo esto?

Lo miré y no pude contener la risa.

—Perdone, mi coronel, con todo respecto, pero los dos se la merecen. Mojica por traidor y Rojas para desquitarse.

El coronel me miró entre cerrando los ojos y moviendo la cabeza a los lados.

—La próxima vez, traiga palomitas de maíz —dijo, pero lo vi relajarse y suspirar— ¡Cómo envidio a Rojas…!  —exclamó mirando el intercambio de puñetazos que estaba ya casi en el último round, según calculaba por la respiración y actitud cansada de los contrincantes. Yo lo miré primero incrédulo y luego solté otra carcajada. Él se unió.

Finalmente, Rojas le hizo una llave entre la espalda, los brazos y la cabeza, dejándolo inmóvil contra el piso.

—¿Quiere más? —le preguntó con rabia—, ¿quiere más?

Él, medio se movió hacia un lado y Rojas lo soltó. Mojica se levantó y Rojas lo empujó hacia un rincón, donde se deslizo cansado y dobló las rodillas hacia su pecho. Lo escuché renegar y respirar agitado.

—¿Qué se le ocurre, Martínez? —gritó mirando hacia el espejo detrás del cual, él mismo debió estar escuchando muchas veces—. Usted es el number one de las ideas.

Ya vencido, nos dio los datos para comunicarnos con su contacto, un tal “Robin8”. No tenía un número de teléfono sino una clave por el satélite. Era imposible interceptarlo. Llamó también a Bolívar.

—Buenos días hermano ¿qué ha pasado por allá?

—Nada, estoy esperando que me confirmen la transacción y según dice el animalejo de aquí esta misma noche me llama para la entrega del pago y ¿usted?

—Más o menos, le he visto movimientos raros a Martínez, quizá le avisaron algo del ruso, ellos son amigos.

—¿Qué movimientos?

—Andan de arriba abajo en el cuarto de equipos y están bastante reservados en cuanto a la operación.

—Mmm, tenemos que ponernos pilas. Mándele texto a Robín para que los alerte y yo le aviso a Gusano. Es mejor estar preparados.

Terminaron la conversación y nosotros salimos a seguir en la investigación del lugar exacto donde estaba Nikolai.

El coronel se quedó a solas con Mojica. Estaba bajo su responsabilidad arrestar y dar de baja a sus oficiales.

Llegamos a la sala de comunicaciones, los americanos habían enviado tres grabaciones más. Las conversaciones eran todas con gente en Miami. Ya eran las 10:30.

—Castillo, tenemos que enviar un texto.

Le di los datos. Mojica nos había dado algunas claves. Mientras nos comunicaba notó la cara golpeada de Rojas y arrugó el ceño con curiosidad, lo vio ir hasta una nevera en mi oficina y traer hielo envuelto en un pañuelo que empezó a colocarse en la cara y las manos.

—Concéntrese castillo, luego le contamos el chisme —le dije para que se ocupara de la comunicación que necesitábamos.

—¿Porky?

—¿Lobo? —preguntaron un minuto después.

—Sí. Hay preguntas sobre un extranjero.

Silencio por unos segundos.

—¿Sabe el país?

—Muy frío.

—Estaremos atentos. ¿Qué pasa con los pájaros?

Nos imaginamos que se referían a los helicópteros.

—Excursiones de rutina.

Me pareció prudente contestar eso por si nos escuchaban al pasar cerca de ellos no se fueran a alertar. Castillo me llamó la atención sobre dos puntos importantes en el mapa que definían la diferencia entre un área y otra.

—Voy a visitar la punta alta más tarde —le dije que escribiera.

—No los escucharemos.

Nos miramos. Ese comentario nos daba una pista valiosa. Quería decir que estaban en la otra punta, un área bien definida. Sabíamos de dos campamentos importantes en esa zona.

—Sigo pendiente.

—Bien.

Todos empezaron a hablar al tiempo.

—Jefe, están debajo del Pico del Loro. Aquí para ser más exactos —dijo Castillo y todos nos acercamos al mapa.

Eran unos diez kilómetros a la redonda de planicies con vegetación abundante. Se observaban varios caminos rurales, lo que facilitaba el acceso. Se distinguían dos asentamientos grandes ubicados cerca de tres poblaciones diferentes. El problema ahora era saber en cuál de los dos campamentos lo tenían, y cómo llegar silenciosamente y sacar a Nikolai sin alertar a nadie. Los dejé analizando el terreno para el aterrizaje.

—Llamen a Bernal que venga a ayudar. Él tiene que cerciorase de cuáles son las características del terreno, dirección del viento, altura de los árboles, etcétera. Necesito hablar con el general. Hay que agilizar algo con Bolívar. Sin información más precisa, no vamos a encontrar a Nikolai en el tiempo disponible.

Pérez me confirmó que Bolívar había contactado a Gusano, pero no habían acordado ninguna hora para verse. Eran las 11:17. Llamé al general, lo puse al tanto de los últimos acontecimientos y le pedí autorización para interceptar el teléfono de Bolívar, era lo único que no habíamos hecho todavía. Yo no quería detenerlo a él solo, prefería que lo agarraran cuando estaba entrevistándose con Gusano; sería un premio gordo.

—Hombre, Martínez, a estas alturas, eso ni se pregunta. Aunque me intriga cómo es que ese oficial suyo sabe tanto. Nuestros celulares tienen más protección que la Casa Blanca.

—Ni yo mismo sé, mi general. Lo logró anoche con Mojica y no le he preguntado todavía. El mío lo tiene interceptado hace tiempo por razones de seguridad, pero lo de ayer es nuevo.

—Bueno, por lo pronto intentemos esa opción. Si en media hora no lo ha logrado le echamos mano.

—¡Confirmado!

Entré a la sala, habían encontrado dos lugares más cerca al Pico del Loro. Bernal estaba con ellos.

—Ya están listos los helicópteros, Jefe.

—Gracias, Bernal. Castillo, hágale la misma operación del celular a Bolívar, urgente, ¿cuánto cree que se demore?

—Bueno, como ya tengo algo de experiencia, por ahí tres minutos.

Nos reimos.

—Hombre, Castillo, le ruego a Dios que ese corazón suyo siga del lado de los buenos.

—Yo también, Jefe, yo también.

Empezó a teclear y a hacer aparecer y desaparecer imágenes en su computadora. Me dediqué a mirar el mapa y a hablar con Bernal sobre la mejor manera de llegar a esos puntos.

—Estaremos en un extremo cada uno Bernal, así tenemos dos puntos de entrada y de salida. Nunca se sabe qué podemos encontrar en el camino.

—¡Listo, Jefe! —gritó Castillo.

Habían pasado dos minutos.

—Batió record, hombre. Desde ya le prohíbo que se ponga a jugar con ese nuevo talento ¿entendió?

—Ay, Jefe, pero usted sí piensa muy mal de mí.

Le di unas palmadas con cariño en la cabeza.

—Cruz, váyase al satélite y denos visión en vivo. Tenemos que analizar ese terreno. Castillo, éntrele a los contactos de Bolívar, llame a Pérez que le dé la hora exacta en que habló con Gusano y hágale la misma al número ése.

—Uy, esto se puso bueno, Jefe, se puso bueno, ¿por qué no hicimos eso antes?

—Teníamos dormida la inteligencia.

—Pero aquí estoy yo, Jefe, para salvarle el día.

—Este es su día, Castillo, hoy es nuestro héroe.

Todos le daban un pequeño coscorrón en la cabeza y se reían.

—Hey, que me van a desconfigurar la materia gris, me la van a revolver con la rosada y ahí si nos fregamos.

—Sí, de pronto lo dejamos bobo —dijo Moreno.

Mientras Castillo trabajaba en su nueva magia, Cruz activó el satélite y nos dio pantalla en vivo para analizar la actividad en el área que habíamos denominado ‘La Siberia’. Siempre bautizábamos las operaciones y los lugares; nos divertía y nos calmaba. Rojas fue quien se inventó el juego y ya era tradición.

Había un área bastante poblada. Empezamos a separar caseríos, haciendas de cultivo y hatos de animales. Ubicamos dos puntos bien escondidos en la vegetación, sin camino de acceso pero que registraban actividad. Uno estaba al norte y otro al sur, con una distancia de más o menos media hora de caminata entre los dos. Sin localización exacta tendríamos que aterrizar en algún punto intermedio y dividirnos en dos grupos. No me gustaba esa idea.

Estaba corto de hombres, Arango y Pérez me hacían falta. No podíamos pedir ayuda porque era una operación clandestina.

Castillo gritó de nuevo.

—Castillo, ¿podría dejar la gritería, hombre?, me tiene los nervios de punta —le dijo Marco y le mostró las manos haciéndose el que le temblaban.

—Voy a traer un tambor y lo toco la próxima vez.

—Hombre, mejor unos platillos.

—¿Qué encontró, Castillo? —pregunté.

—El celular de Gusano está protegido, pero no tanto como los de nosotros y tiene un pequeño escape por el “exosto” —lo dijo y soltó una carcajada—. No tiene mucha cosa adentro, es desechable. Por eso le entré más o menos fácil. La torre que usa la compañía Telifast está saturada.

—¡Qué interesante, Castillo!, luego le cuento todo sobre mi rifle a ver si le gusta —le dijo Rojas para hacerle ver que no nos interesaban esos datos sino lo que había encontrado.

—Hombre, hay cosas que son de cultura general —empezó a explicar Castillo.

—¿Qué fue lo que encontró? —le exigí para acabar con la discusión.

—Tiene cinco números de llamadas recibidas y varios mensajes de texto. Imprimió tres páginas y Moreno se dedicó a leer.

—El número con el que más se escribe, registra a su vez dos llamadas provenientes del monte porque están usando el satélite del oriente.

—Si lo intercepta ahora mismo, ¿podemos obtener un punto exacto?

—Si está prendido, sí.

—¿Qué espera, hombre?

—Que el satélite se me cuadre, Jefe, en esas estoy hace dos minutos.

Le revolví el pelo.

—Gracias, Castillo, gracias, definitivamente es mi héroe del día.

Pérez llamó, nos actualizamos en todo.

—Nos llama cuando tengan a Nikolai y estén sanos y salvos, a la hora que sea.

—Sí, Pérez, así haremos.

—Vayan con Dios, Jefe, vayan con Dios.

—Lo mismo, Pérez, vayan con Dios.

Castillo empezó a mover las manos y a gesticular. Marco se empezó a reír.

—¡Qué rápido aprende este jovencito!

Abrió una pantalla nueva y me señaló un punto que luego ubicó en el mapa.

—¡Aquí está el Ruso!

Todos gritaron de felicidad. Levantaron a Castillo con asiento y todo y le dieron la “vuelta olímpica” por el salón.

—Ya. Déjenlo quieto, tenemos que analizar esa información para estar ciento por ciento seguros.

—¿Usted por qué es tan aguafiestas, Jefe? —preguntó Rojas

Mariano y Marco, que lo llevaban cargado, hicieron el ademán de tirarlo. Castillo pegó un grito.

—Jefe, estos salvajes me van a matar.

Lo bajaron con cuidado, exagerando los movimientos como si estuvieran en cámara lenta. Me reí. Para qué decir nada.

—¿Cómo llegó a esa conclusión? —le pregunté.

—Ese es el número de los textos.

—Moreno, ¿qué leyó en esos textos?

—Aquí hay una conversación interesante, estoy de acuerdo con Castillo.

—Lea, hombre, que tengo hambre —le dijo Marco.

—¿Y qué? ¿Se va a comer la hoja?

Se rieron. Le hice señas de que leyera:

“¿Qué tal el vodka?”

“Bueno, pero llegó ‘regándose’”.

“¿Ya lo pegaron? Se vuelve a llenar, es la mejor clase”.

“Sí”.

“¿Dónde está?”

“Clima fresco”.

“¿La nevera?”

“No. Se congela”.

“Entiendo. Llego mañana, entrego premio esta noche”.

“Nos vemos”

Nos miramos y aprobamos.

—El vodka seguro es Nikolai y el clima fresco es abajo del Pico del Loro. El otro pico es páramo —concluyó Castillo.

Aplaudieron. Yo seguí preocupado.

—Ay, Jefe, ¿ahora qué? —preguntó Rojas.

—Eso de que llegó regándose puede ser que está herido.

—Puede ser, y ¿¡cómo pesará ese gordo!?

Lo miré molesto, pero me reí.

—¡Ay Rojas!, usted sí es muy ocurrente…Son las doce y veinticinco; vayan a almorzar, nos vemos aquí a las trece treinta. Tenemos que coordinar el rescate.

Salieron corriendo.

 

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