Los judas

LLEGUÉ AL COMANDO muy temprano el lunes. Sabía que esta nueva semana me traería el desagrado de desenmascarar traiciones y traidores. Gracias a Dios había pasado el domingo con Paulina y venía recargado de energía. Ella era mi batería solar. Tenerla al lado me iluminaba la vida.

Pérez y Arango ya estaban en Esperanza, ocupados en el seguimiento de Bolívar. Para los demás, la semana transcurría en su rutina normal. Conscientes de la posibilidad de tener que entrar al monte, empezábamos desde las seis de la mañana a hacer ejercicios de resistencia y fuerza. Diariamente afinábamos puntería en los campos de tiro y hacíamos entrenamiento de guerra para superar todo tipo de obstáculos. Rotaba mis hombres entre el entrenamiento y la vigilancia de Mojica.

Cada uno tiene un área de mayor expertise: Rey es descendiente de orientales y maestro en artes marciales. Sus abuelos llegaron de Japón, se establecieron en Esperanza, pero no dejaron perder su cultura. Él se dedicó a aprender Tai chi, ya que a pesar de ser un arte originado en China, lo cautivó y nos trasmitió su conocimiento. Como parte de la rutina, al final de cada entreno hacemos 20 minutos de meditación. Ha sido de gran ayuda para calmar la ansiedad. La fusión de las técnicas que aprendimos en la academia y el Tai chi hace que mi grupo tenga especial destreza en defensa personal.

La confesión de Ruiz nos confirmó que los compradores de Nikolai eran subversivos. Hablé con él y lo puse al tanto; quedó de grabarlos y enviarnos la información tan pronto salieran de la reunión. Aún no le habían confirmado el día ni la hora.

El martes los de la Unidad Canina me confirmaron que podía venir con Paulina a ver a Baltasar. Sabían el nombre del perro por una placa que llevaba amarrada al cuello. “Y yo pensando que ya estaba como las mellizas… o como yo”.

Su visita fue todo un acontecimiento para mis hombres. Estábamos todos en mi oficina, en la sala de reuniones, cuando entró seguida de uno de los oficiales de seguridad. Salí a recibirla, me sonrió y alzó los ojos. Noté que todos suspendieron lo que hacían para mirarla.

—Sigan trabajando, dejen de ser tan metidos.

—Buenas tardes —le dijeron en coro, ignorando mi orden.

—Buenas tardes —les respondió con una gran sonrisa.

La cogí del brazo y la saqué rápido de la oficina.

—¿Lo acompañamos, Jefe?

—Por allá afuera hay muchos peligros.

—¿Necesita protección?

Escuchaba sus carcajadas detrás de la puerta.

—Son muy simpáticos —me dijo.

—Ajá, ¡demasiado!

La llevé hacia las instalaciones de la Unidad para que saludara a Baltasar como quería. Llegamos y el capitán nos llevó hacia donde estaba el perro.

—Es un animal muy noble pero agresivo, necesita bastante entrenamiento.

—Conmigo fue bueno —le dijo ella con tranquilidad.

—¿No lo vas a tocar verdad? Lo vas a saludar de lejos.

Me miró con sus ojazos y levantó las cejas.

—Vamos a ver.

—Capitán, ese perro es muy peligroso ¿cierto? —le pregunté mientras le hacía señas con la cabeza de que dijera que sí. Sonrió, pero contestó serio.

—Sí, señorita, es mejor que lo mire de lejos y le hable si quiere, pero no lo vaya a tocar.

Nos miró y levantó los hombros. Se aproximó a la jaula y sonrió feliz.

—¡Hola, Baltasar! —le dijo en un tono alegre. El perro la miró y empezó a mover la cola.

—La reconoce —me dijo el capitán.

Yo seguía nervioso e indeciso de dejarla acercársele.

—¿Cómo estás?

Le hablaba como a un gran amigo. El perro se acercó a la puerta y ella estiró la mano. Los dos nos quedamos paralizados. El perro le lamió los dedos por entre los huecos de la malla. Me miró extasiada.

—Déjeme abrazarlo… capitán, por favor, no me va a hacer nada.

Él me miró.

—Lo que diga el detective.

—Andrés… por favor, mi amor… ¿siií?

Me hablaba con su tono tierno y su mirada suplicante, aunque sería mejor decir, manipuladora. El capitán seguía esperando que yo contestara. Lo miré con reproche, pero él solo sonreía.

—Está difícil… —me dijo, entendiendo que a esos ojos era imposible decirles que no—… Le puedo poner un bozal si prefiere y así no hay peligro.

—Con bozal solamente, Paulina —le dije en tono bastante autoritario. A ella no le gustó la idea.

—Ay, pues, cómo serás de mandón con los pobres que tienes metidos en esa oficina.

El capitán no aguantó y soltó una carcajada. Me pasé las manos por el pelo.

—Ay, capitán, esto de negociar con mi mujer es cada vez más difícil.

Siguió riendo y trajo el bozal. Baltasar salió meneando su cola. Ella terminó sentada en el piso abrazándolo. Otros oficiales se acercaron sorprendidos.

—Eso es bastante raro, Martínez, se da cuenta, ¿verdad?

—Sinceramente yo de animales de cuatro patas no sé mucho, los que me toca lidiar siempre andan en dos.

Charlamos un buen rato. Ellos nos ayudaban en las operaciones, cuando se trataba de explosivos o drogas. La dejé tranquila unos quince minutos hasta que le pedí al capitán que dijera que iban para entrenamiento con el perro. Paulina le dio un beso en la frente a Baltasar y luego me abrazó feliz, dándome las gracias.

—Hueles a perro.

—Ummm, eres un odioso, Baltasar es un amor.

—Sí. Seguro.

La acompañé al carro y pude ver que me mandaba besos por el retrovisor. Caminé sonriendo por todo el comando hasta llegar a mi oficina.

***

Mi semana volvió a la normalidad. Nadie se extrañó del entrenamiento tan pesado; estaban acostumbrados a que mi grupo se mantenía en óptimo estado físico. En las noches nos relajábamos y jugábamos cartas o veíamos películas, sobre todo relacionadas con nuestro “safari”, como lo bautizaron. Repasamos todo lo que sabíamos sobre la vegetación que encontraríamos y las plantas venenosas. Alistamos varios antídotos en caso de picaduras de serpientes. Incluimos cuchillos y lazos en el equipo de todos.

—Jefe, y ¿qué tal que esta semana no suceda nada?

—Ya llegará el día Rojas, ya llegará. Y cuando llegue, estaremos listos.

—Jefe, si llega el sábado y estamos en el monte, nos vamos a perder la fiesta. A mi esposa le dará un ataque y si llego vivo, probablemente ella me acabe. Ha dado tanta lora con el vestido, el peinado y demás que me estaba enloqueciendo. Le doy gracias a Dios que usted me tiene aquí encerrado —comentó Muriel con mucha gracia.

Cada uno tenía algo que aportar al tema. Me acordé que Paulina no me había vuelto a decir nada del vestido desde el sábado. Me fui a mi oficina y la llamé.

—Mi amor, ¿no puedes escaparte y hacerme visita unas horas?  Me haces mucha falta.

—Podría… pero no sería justo con los demás.

—Ay, qué aburrido eres, no sé para qué eres el jefe si no abusas de tu poder —dijo muy seria.

—No todos los jefes somos abusadores… Cuéntame algo que no te he preguntado, ¿ya encontraste tu vestido?

—No.

—Paulina hoy es jueves, mi amor, ¿no quieres acompañarme a la fiesta? Dime la verdad.

—Sí, mi amor, no te preocupes. Mañana voy a ir con una amiga de la universidad a una boutique que ella conoce donde hay, según dice, bellezas y supuestamente, son vestidos exclusivos. Si no, tranquilo, que fui a un lugar que me recomendó Carolina. Vi dos que me gustaron, si no consigo nada más bonito, me quedo con uno de esos.

—Vas a ser la más hermosa de la fiesta.

—¿Y tú que te vas a poner?

—Uniforme.

—¿Queeé? —Pegó un grito que me dejó sordo —. ¿Uniforme? Nunca te he visto con uniforme.

—Usamos uniforme en los operativos. Nunca he usado el regular de la policía, recuerda que me especialicé en investigación criminal y luego en narcóticos y combate a grupos subversivos. Casi siempre he estado encubierto.

—Tú eres el más joven de todos los jefes Élite ¿verdad?

—Sí, me sigue Merlín y de ahí ya todos tienen más de cuarenta.

—¿Cuántos tiene Merlín?

—treinta y cinco, creo.

—Y tú treinta y tres ¿verdad?

—Sí, la edad de Cristo.

—Cristo murió, pero tú no. Prométeme que no te vas a morir mientras que yo esté viva, Martínez, prométeme.

—Mi amor, eso es imposible prometértelo, eso solo lo sabe Dios.

—Entonces pídele a Dios que te cuide y que esa gentuza que persigues no te vaya a matar. ¿Bueno?

—Claro que sí. Los tengo a todos acostumbrados a pedir la bendición de Dios antes de salir. Yo creo que es Él quien nos tiene donde estamos.

Mi celular sonó y me sobresalté.

—Mi amor, te tengo que dejar, me está llamando Pérez.

Pérez y Arango estaban emocionados. Bolívar se había encontrado con dos tipos en un lugar refundido de la ciudad y si no es por el GPS que le habían puesto al carro, lo habrían perdido de tanta vuelta que dio.

—Pero, Jefe, malas noticias, ahí le cayó “Gusano”.

—¿Gusano? Ese sí es mucho canalla, uno de los peores enemigos del país y… ¿qué escucharon?

—Nada bueno, Jefe, nada bueno.

—Esta noche debe estar pasando algo, porque estaban nerviosos, dicen que, “el gordo, no quiso colaborar y el otro no se decide”.

—¿Estará relacionado con Nikolai?

—Mmm, pues nada raro porque hablaron por teléfono con alguien y decían también que entonces tenían que usar el plan B. Cuando se despidieron le dijeron a Bolívar que estuviera alerta de lo que pasaba con eme porque iban a estar cerca y no querían sorpresitas de la E.

—Mojica y la Élite me imagino. Aunque también puede ser Martínez.

—Así lo creemos, Jefe. Bolívar regresó al comando, se unió a un entrenamiento y allá se quedó.

—Voy a llamar al general Campo, denme unos minutos a ver qué se nos ocurre. Gracias muchachos.

Llamé a Campo.

—Buenas noches, Martínez, qué gusto oírlo. Aunque últimamente usted me pone nervioso con sus noticias.

—Y desafortunadamente hoy seguiré en las mismas.

Le conté lo que había pasado con Bolívar y quedó de ponerle vigilantes dentro del comando. Me habló de Ramírez y Díaz; estuve de acuerdo, eran excelentes oficiales, confiaba en ellos.

—Llame a Nikolai, Martínez, yo creo que es más que prudente a estas alturas saber cómo esta.

—Sí, ya mismo lo hago.

Llamé, pero no contestó. No dejé mensaje. Le pedí a Castillo que lo estuviera llamando hasta que contestara y me comunicara con él. Entré a la habitación donde estaban todos. A excepción de Rey y Muriel que seguían detrás de Mojica, los demás estaban jugando cartas o hablando por teléfono. Me di un baño. La noche me traía una impresión rara: estaban pasando muchas cosas, pero nada definitivo. Llamé a Castillo que seguía en comunicaciones. Había pasado una hora desde la primera llamada y aún no sabíamos nada de Nikolai.

Poco a poco fueron llegando todos a descansar. Dejamos oídos en Mojica; por alguna razón seguía en el comando. Cruz lo veía entrar y salir de comunicaciones, pero no hablaba nada, parecía comunicarse por texto. Desafortunadamente, así como a nosotros nos servía para protegernos de ojos indiscretos, a él también. No sé cómo, ni me importaba a estas alturas, pero Castillo por fin logró entrarle al celular y dejó señal para detectar si recibía o hacía llamadas.

A las dos de la mañana escuchamos una alarma.

Castillo saltó y alcanzó su equipo portátil, todos nos despertamos y prestamos atención, era Bolívar llamando a Mojica.

—¿Al fin qué pasó con Martínez, sigue ahí o salió en algún operativo?

—Siguen aquí, dicen que están preparándose para la próxima semana.

—¿Será verdad? ese man es muy astuto.

—¿Usted ha visto algo raro por su lado?

—Nada.

—Yo sí. Ruiz no aparece, la familia tampoco sabe nada, ¿será que los animales esos lo agarraron?

—Temprano me entrevisté con la clave y no me comentó nada, están ansiosos porque les tocó hacerle una maldad a los gringos y ahora ya no hay marcha atrás. Estamos esperando que entreguen todo mañana al atardecer.

—Bueno, me avisa qué pasa. Yo me quedé aquí para estar pendiente de Martínez, pero todo lo veo normal. No veo a Pérez ni a Arango. Mejor que esté alerta; si los ve por allá es porque está en peligro. Por ahí le he texteado a los de oriente, porque ellos sí temen que este se entere, le tienen respeto.

—Y a estas alturas, ¿quién no? Mañana hablamos, ojalá termine todo esto pronto.

Nos quedamos en silencio. Me tapé la cara con una mano y pensé “Dios mío ayúdame”. Necesitaba hablar con Nikolai. Eso de “la maldad que le habían hecho a los gringos” me preocupó mucho. Tenía que avisarles a los americanos para que estuvieran pendientes de la entrega de las armas. Todos seguían callados, supongo que esperando algún comentario mío.

—Sigan durmiendo, mañana tenemos un día largo.

—¡Jefe!, ¡¿cómo se le ocurre decirnos eso?!  —exclamó Rojas.

—Pensemos entre todos a ver qué se nos ocurre, o ¿usted ya tiene alguna idea? —me preguntó Marco.

—Tengo que encontrar a Nikolai; es lo único que se me ocurre y llamar a los americanos para dejarles saber lo que supuestamente va a pasar mañana en la tarde. Castillo, necesito llamar a un número extremadamente privado, ¿será que desde su equipo lo puedo hacer? Siempre se hace desde el teléfono privado del coronel o del general.

—En la sala sí, Jefe, aquí lo dudo. Esta mierda es inalámbrica y si el Mojica está alerta, nos puede tener alguna trampa.

—Entonces, tengo que ir hasta la oficina del coronel.

—Yo lo acompaño —se ofreció Marco.

Había unas llaves de emergencia para la oficina del coronel, los cuatro líderes teníamos acceso a ellas las 24 horas. Las encontré y entré, Marco se quedó montando guardia. El teléfono timbró dos veces y un americano me contestó en inglés.

—Teniente Robinson, número de serie US78587.

Miré una lista que tenía el coronel en el escritorio, allí estaba el nombre y el número.

—Capitán Martínez, número de serie JE540529.

Pasaron unos segundos.

—Martínez, habla con Roy, ¿qué le pasa hermano?, son las dos y cuarenta y siete.

—Roy qué alegría, no sabía que estaba en emergencias.

—Hace ya dos años, se me había olvidado contarle que me entrené en programas de asalto, hay más emoción.

—Pues si quiere emoción le tengo una buena dosis.

Lo actualicé en el asunto del ruso y del intercambio que se realizaría en el puerto de Miami, ya hoy al atardecer. Me comunicó directamente con el Director de Operaciones con quien pasé más o menos diez minutos hablando sobre el asunto de las armas y mi preocupación por Nikolai y Mr. Washington.

Le confirmé mi número de celular y quedó de mandar oficiales a vigilar la bodega. Activó el satélite para esa área y puso en alerta la seguridad del puerto. Quedó de llamarme en el instante en que tuviera alguna noticia de ellos.

Regresamos sin complicación a las habitaciones, eran ya las 03:27. Aunque parezca mentira todos pudimos dormir un rato más. A las seis vibró mi celular.

—Capitán Martínez, le habla el teniente Smith, policía de Miami.

—Buenos días, teniente, gracias por llamar.

—Le tengo malas y buenas noticias.

Esa frase me era familiar.

—Cuénteme, teniente.

—Secuestraron a Mr. Nikolai; por lo que hemos escuchado, lo tienen muy cerca de su área. Prometen devolverlo sano y salvo cuando reciban las armas. Cinco hombres están custodiando al señor Washington, mientras hace las diligencias para el embarque de las armas desde el puerto de Miami. Ya identificamos la grúa y el contenedor. La transacción se concreta hoy a las dieciocho horas. El cargamento sale por barco. En alta mar pasarán la mercancía a unos yates. Una vez cargados los yates y rumbo a su destino, Mr. Nikolai será puesto en libertad.

—¿A qué horas se supone que se estén encontrando los yates con el barco?

—Por coordenadas y distancia calculamos que sería alrededor de las diecinueve horas. ¿Tiene algún plan?

—Efectivamente. ¿Qué posibilidades hay de que ustedes permitan el encuentro del barco y los yates? Eso me daría tiempo de penetrar el área y rescatar a Nikolai, tengo información bastante precisa de dónde puede estar.

—¿Está seguro?

—¿Tienen ustedes alguna idea mejor?

—Con relación al señor Nikolai, no. Pensamos interceptarlos en el puerto. Nuestros oficiales irán con ellos a encontrarse con los yates. Queremos atraparlos a todos.

—¿Y Nikolai?

—Intentaremos negociar con los que detengamos, pero no podemos garantizar su seguridad.

—Yo soy amigo personal de Nikolai, teniente Smith, no quiero arriesgar su vida. Él es un servidor de su país y el nuestro, precisamente por esa razón está secuestrado.

—Entiendo, capitán, si usted tiene un plan para rescatarlo, le colaboraremos. Solo necesitamos aprobación de sus superiores y los nuestros. Esperaremos hasta las dieciocho para la confirmación. ¿Le parece suficiente tiempo para localizarlo?

—Suficiente.

—¡Hasta pronto!

Todos me miraron con un signo de interrogación en la cara. Los puse al tanto de los detalles y se desgranó una lluvia de ideas para encontrar a Nikolai.

—Ahora sí vamos a tener que arrestar a Mojica para que nos dé los datos de la gente con quien intercambia mensajes—dijo Marco.

—Le tendremos que hacer confesar la localización exacta —lo apoyó Rojas.

—¡Pongámonos a trabajar! Tengo que coordinar con Campo y el coronel la confirmación para Miami. Castillo a mi oficina y Cruz al satélite, estén atentos. Bernal helicópteros listos para las dieciséis. Vamos en dos, tenemos que tener dos rutas de escape.

—Sí, Jefe.

—Hagan al menos una hora de ejercicio, aprovechen a Rey y hagan algo de relajamiento. Estén atentos, Castillo los llama cuando nos vayamos a reunir para planear los últimos detalles. Si todo sale bien, esta misma noche o en la madrugada ya estaremos de regreso…y podremos asistir a la fiesta.

Rojas y Marco se agarraron de las manos, imitando una pareja bailando y se dirigieron hacia los baños.

Esa capacidad de bromear en los momentos más tensos caracterizaba a mis hombres. Empezamos el día riendo.

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