Cuando llegué al comando todos estaban esperándome en nuestra sala de reunión. Me miraban, consultando el reloj. Fingían cara de intrigados

—¡Buenos días!

—¡Buenos días! —contestaron todos en coro infantil. Noté que se les dibujaba una sonrisa. Miré para los lados para ver si había algún extraño. Soltaron la carcajada.

—¿Cuál es el chiste?

Rojas se paró y empezó a caminar con una sonrisa congelada en su cara. Todos se reían.

—Jefe, así está usted. Y ya sabemos por qué.

Temí que me hubieran grabado bailando con Paulina, eran muy capaces.

—Yo sé que saben.

Marco Polo se levantó y se soltó su cola de caballo. Movió el pelo imitando una mujer. Rojas le dio el brazo y caminaron de gancho. La escena era realmente graciosa. Rojas y yo tenemos una apariencia muy semejante, pero Marco es más bajito y musculoso, a veces le decíamos Popeye. Todos, incluyéndome, soltamos una carcajada.

—Bueno ya. Se acabó el recreo, vamos a trabajar.

Mis imitadores se tiraron un beso y se sentaron juiciosos. A las tres de la tarde ya teníamos un plan y cada uno una tarea para completar la investigación de “Los Judas”, como los bautizamos. Pérez y Arango volverían a Esperanza pues necesitábamos ojos y oídos en Bolívar. Los dos tenían buenos instintos y eran cautelosos, además Arango podría visitar a su amiga.

Acordamos detalles y recogieron sus equipos para el viaje.

—Vayan con Dios —les dije.

Nos abrazamos y cada uno salió a cumplir con sus tareas.

 

Recogí a Paulina a las cinco. Tenía un blue jean ajustado, una blusa de tela muy suave, color azul clara, y unas botas altas.

—Estás preciosa, como siempre, mi amor.

—Gracias —me dijo sonriendo y pestañeando con coquetería exagerada—. Tus hijas ya han llamado dos veces, ¿las llamaste?

—Sí, apenas salí del comando, ya nos están esperando.

— Ya saben la película que quieren y hay que apurarnos porque es a las seis y media, ah y antes de que se me olvide, acuérdate que esta semana me vas a llevar a saludar a Baltasar.

—¿Estás segura mi amor? Ese perro es peligroso. Los de La Unidad ya me dijeron que lo están entrenando a ver si lo pueden usar ellos, pero es definitivamente un perro de ataque.

—Conmigo fue bueno y noble. Me gustaría al menos verlo y darle las gracias.

—Está bien, voy a preguntarles cuándo lo podemos ver —le dije aunque prefería que se olvidara del asunto.

Cuando las mellizas subieron al carro, querían ir adelante en la mitad de nosotros.

—No se puede, tienen que ir atrás con sus cinturones de seguridad puestos.

—¿Por qué Pauli sí puede ir a tu lado y sin cinturón?

—Era solo  mientras ustedes salían, ya me corro y me pongo mi cinturón.

Nos miramos y nos despedimos con los ojos.

—Tenemos un álbum nuevo para ponerle fotos —anuncio Andrea.

—¿Sí, y qué fotos nuevas tienen? —preguntó Paulina.

—No son nuevas, son viejas —Pero las vamos a organizar diferente.

—Me encantaría ver ese álbum nuevo de fotos viejas, ¿cuándo lo puedo ver? —les pregunté.

—No lo hemos terminado —Faltan unas que están en La Casa Grande —Cuando vayamos —Las vamos a poner.

Cuando nos bajamos en el parqueadero, cada una me cogió una mano. Paulina se quedó mirándolas muy seria.

—¿Y yo? Ya me desbancaron, ¿Qué tal si ustedes se cogen de una sola mano y me dejan la otra a mí?

—<<No se puede>>—contestaron al tiempo.

—¿Por qué no?

—Porque somos dos —Y él apenas tiene una mano en cada lado.

—Ah no, pero una mano es mía, a ustedes les toca repartirse la otra.

—Ah no, porque tú eres grande —Tú puedes caminar sola.

—Ah no, pero él es mi novio y los novios caminan cogidos de la mano.

—<<Y las hijas también>> — dijeron en coro, con mucha seguridad.

A estas alturas yo no sabía si reírme o llorar. Paulina nos miró sonriendo con ternura pero volteando la boca.

—Estoy encantado de tener tres mujeres peleándose por mis manos, vamos a pensar en una solución a este inconveniente tan grande de que solo tengo dos.

No quería ni imaginarme cuál sería la situación cuando llegáramos al teatro.

—Hagamos un trato: por esta vez, cada una tiene derecho a una mano. Pero más les vale que ideen un plan, porque para los próximos paseos, yo tengo una mano y ustedes dos la otra. ¿Entendido?

—<<Está bien>> —dijeron de mala gana.

La miré con cara de agradecimiento.

Efectivamente, al entrar al teatro Paulina logró sentarse a mi lado. Andrea corrió a sentarse al otro lado y Anie se quedó parada a punto de llorar. Traía un paquete de palomitas de maíz en la mano y le vi la intención de tirarlo al piso.

—No, Anie, al piso no, ven.

La senté en mis piernas, teníamos que negociar este asunto. Andrea por supuesto protestó:

—¿Por qué ella cargada y yo aquí sola?

—Tenemos que pensar en una solución, yo las quisiera tener a las tres cerca pero es físicamente imposible. ¿Qué tal si en la mitad de la película cambian de puesto y por ahora Anie se sienta al lado de Paulina?

Se miraron analizando la propuesta.

—Está bien, pero —¿Cómo sabes que es la mitad?

Acomodé el timer de mi reloj; lo programé para una hora.

—Listo. El reloj me avisa que ya es la mitad y entonces cambian.

—Está bien —dijo Anie y se sentó al lado de Paulina.

La película empezó y alguien nos chitó. Paulina y yo ahogamos la risa y nos miramos, nos dimos un beso rapidito y yo pensé: “Gracias, Dios mío, soy el hombre más feliz del mundo”.

Todo salió bien con el cambio de puestos y a pesar de ser una película infantil, la disfruté. Ya habíamos ido con ellas al cine pero nunca se había presentado este problema, supongo que ahora que sabían que era el papá se sentían con más derechos.

Después del cine caminamos un poco por el centro comercial. Las niñas caminaron solas y Paulina colgada de mi brazo. Pasamos por un almacén y vimos en la vitrina un vestido de fiesta.

—Mira, Pauli, cómprate este vestido —Para que vayas a una fiesta con Andrés.

Me acordé de la fiesta del comando.

—Mmm, gracias por recordarme… mi amor, tenemos una fiesta el sábado en el comando.

—¿Una fiesta?

—Sí, la fiesta anual y es elegante, vas a necesitar un vestido así.

—¡Ay, Andrés Martínez! ¿Me lo dices una semana antes? Yo no tengo nada que ponerme.

—¿Una semana no es suficiente para encontrar un vestido?

—Nooo. ¿Qué tal que ninguno me guste? Yo soy muy mala para escoger ese tipo de ropa y hay que peinarse, maquillarse y…mejor dicho, estoy enojada.

Las mellizas se unieron a ella, la cogieron de la mano y me dejaron tirado.

—¡Oigan! Primero se peleaban por mis manos ¿y ahora me dejan solo?

—¡¡¡<<Síii>>!! —me contestaron las tres y siguieron caminando.

“Ay Dios mío” —pensé—. “¿Quién entiende a las mujeres?”

Camino al apartamento, después de dejar las mellizas, seguía seria y sentada lejos de mí.

—¿Vas a seguir enojada?, por favor ven a mi lado.

—¿Qué fiesta es?

Presentí que la cosa se iba a empeorar.

—Cada año hay una fiesta de gala y dan unos premios.

Me miró y entrecerró los ojos.

—¿Unos premios?

—Sí. A diferentes oficiales.

—Dime bien cómo es, o me voy a enojar más.

Esta vez, no se estaba haciendo la brava.

—Así es, cada año nos dan premios y hacen una fiesta y es este sábado.

—No sé si te estás haciendo el bobo con la importancia de la fiesta para que se me quite el enojo o es que de verdad lo ves así de simple.

—Mi amor, yo entiendo que para las mujeres ese asunto de los vestidos es importante, perdóname de verdad, se me olvidó por completo.

—¿A quién has llevado antes?

—A nadie.

—Tú tenías una novia en Esperanza. Yo sé que sí.

—Pero nunca fue nada serio y tú también tenías un novio en Francia.

Sonrió con picardía.

—Nada serio tampoco. ¿Algún día me contarás tu pasado de hombre coqueto?

—Si me prometes que nunca me contarás de tu francés.

—¿No quieres saber de mon copain français?

Se rio tanto que me molesté.

—No seas odiosa y acércate por favor que tenemos que despedirnos, ya estamos llegando.

—Nos podemos despedir desde aquí.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque quiero ahorcarte y de cerca me queda más fácil.

Su risa me contagió. Llegamos al apartamento y la acompañé aunque seguía haciéndose la enojada. Me quedé triste parado en la puerta y de pronto sonrió y me abrazó.

—Si quieres que me contente y consiga vestido para la fiesta donde reparten premios y tú te los vas a ganar todos, me tienes que dar muchos besos.

—Está bien.

—Eres un chico difícil, por eso fue que Carolina abusó de ti.

—¡Paulina! —le llamé la atención.

Me miró seria.

—No quiero hablar de ese tema, me molesta y prefiero hacerte bromas que tener que recordar que te acostaste con ella. Me molesta mucho. No quisiera tener que conocer a nadie que hayas amado. Yo entiendo que teníamos una vida en la que éramos dos seres independientes así tuviéramos ese ‘cariñito escondido’ que decían las mellizas. Yo sé que no teníamos esperanzas ninguno de los dos, pero igual me dan celos. No me gusta sentir celos, es triste y raro, nunca he sentido nada así.

Me miró con sus ojazos y me partió el corazón. Le tomé la cara entre mis manos.

—Mi mujer hermosa, te amo. Yo tampoco quisiera que existiera un pasado en el que no estuviéramos juntos. Como te lo dije, no quiero saber nada de tu romance con el francés o ningún otro. Lo que importa es que estamos juntos. Lo demás ya pasó y no podemos hacer nada para cambiarlo. Somos dueños del presente y del futuro y los disfrutaremos juntos.

La besé.

—¿Nunca me vas a engañar, verdad?

—Nunca, mi amor, tú sabes la clase de hombre que soy. No soy un muchacho loco. Soy un hombre hecho y derecho. Te amo con todo mi corazón. Nunca, a ninguna edad ni a nadie, he amado tanto como te amo a ti.

—Yo tampoco.

Y allí por fin volvimos a ser los dos en uno. Llegamos besándonos a su habitación. Entre promesas, besos y suspiros nos entregamos a disfrutar del amor tan profundo que sentíamos el uno por el otro.

 

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