Llegué temprano a recoger a Paulina. Había tenido un día tan intenso que necesitaba abrazarla y besarla.

Abrí la puerta, pero me pidió que esperara un momento antes de entrar. Sentí sus pasos a la carrera por el apartamento. Entré. Estaba oscuro, las cortinas cerradas. Había varias velas encendidas. Llegué a su cuarto y estaba metida entre las cobijas, tapada hasta el cuello.

—Dios mío, no lo puedo creer, ¿estás esperándome desnuda?

Se rio y me acerqué. Ella era muy tímida, esto era bastante atrevido. Me senté al lado de la cama; pero su mirada pícara me decía que algo escondía. Le jalé las cobijas; tenía puesta una pijama muy sugestiva. Se veía preciosa. El corazón verde relucía en su pecho.

—Tramposa, ya me imaginaba que no eras capaz de hacer algo tan atrevido.

La risa hacía que los ojos le brillaran más. Se arrodilló en la cama a mi lado y yo la levanté y la paré frente a mí.

—Está muy temprano para estar en pijama —comenté mientras recorría su cuerpo con mis besos. Y ahí, entre abrazos, besos y susurros, olvidé mis angustias y mis investigaciones.

Seguimos abrazados un buen rato. Me percaté que había puesto una música francesa de fondo.

—Me gusta esa música. ¿Será por eso que te amé con tanta intensidad?

—Yo sí creo, porque es inspiradora. Son baladas románticas en el idioma del amor. Seguimos consintiéndonos en la cama y hablándonos en francés: je t’aime —nos repetíamos besándonos.

—¿Ya sabes qué hora es?

—Las siete y cinco, tenemos treinta minutos.

—¡No mi amor, no es tiempo suficiente! —se levantó de un brinco—. Vamos a bañarnos y a vestirnos, nos va a coger la tarde. Tengo que arreglarme un poco, no puedo aparecerme con esta cara.

—Esa carita de enamorada francesa te luce mucho.

No me creyó para nada y no me quedó otra que seguirla. Aunque obtuve un premio… ella me bañó.

—Estás muy tenso, ¿estás nervioso?

—Ni sé; he pensado lo menos posible, no he tenido tiempo tampoco.

—¿Has tenido un día difícil?

Sonreí, acordándome de Rojas.

—Yo diría que fue bastante normal —le dije levantando los hombros. Suspiré y la abracé—. Gracias.

—¿Por qué? —me preguntó con inocencia.

—Por dejarme amarte tanto.

 

Cuando llegamos, las mellizas estaban ansiosas esperándonos. Cuando las vi me inquieté. Paulina me notó el cambio y me apretó la mano. Todos salieron a saludar y nos sentamos un rato en la sala. Robert me ofreció un whisky y lo acepté con gusto, lo necesitaba.

—Vamos a presentarte —un baile que aprendimos.

—¿Ah, sí?, ¿Cómo se llama?

—No tiene nombre —se reían —Tú no sabes de bailes —<<¡Oh ¿Sí sabes?!>>

—No, qué va, yo no sé bailar, ¿no se acuerdan?

—¡¡¡<<Síii!!!>> —dijeron riéndose.

—Bailas así con Pauli —dijo Anie y empezaron a imitarnos lo más gracioso.

—Vamos a comer primero y luego bailan —dijo Carolina —. ¿Tienen hambre?

—¡¡¡<<Nooo>>!!! —gritaron.

—Yo sí —dijo Paulina—, y Andrés también, ¿cierto?

—Sí, la verdad que sí —y me acordé que no había almorzado.

Se sentaron a comer a regañadientes. Yo también al principio comí por educación pues, a pesar de tener hambre, tenía un nudo en el estómago, pero me fui relajando, escuchando a Paulina preguntarles detalles del baile y a ellas dando explicaciones y mostrándonos  los pasos.

Me relajé tanto que repetí.

—Te vas a poner gordo, gordo —Así mira, así.

Se inflaban los cachetes, se estiraban las camisetas y se reían.

Una vez terminamos nos sentamos otra vez en la sala. Paulina pegada de mí, me miraba y sonreía. Me fue poniendo nervioso otra vez. Le hice señas de que no me mirara tanto. Las niñas salieron corriendo a cambiarse para el baile.

—Bueno, Martínez, ya le llegó la hora, empiece a hablar que nosotros también estamos nerviosos y usted es más valiente. ¿O no? —dijo Robert con una sonrisa cínica y me sirvió otro whisky. A Paulina y Carolina les llenó la copa de vino.

Como una película recordé toda mi vida: el comando, mis hombres, las redadas, los rescates, las persecuciones y mis nervios de acero que me acompañaban siempre. Pero hoy, aquí sentado, esperando un momento que dejé pasar hace siete años, me sentí indefenso. Paulina me dio un beso en la mejilla, me apretó la mano y sonrió.

Llegaron vestidas como bailarinas de ballet. Andrea cambió la música y empezaron a bailar, riéndose cuando se equivocaban. La presentación duró unos diez minutos. El corazón me latía de manera irregular. Cuando dieron por terminado el baile, las aplaudimos y salieron otra vez corriendo.

—¿A dónde van? —les preguntó Carolina.

—Ya terminamos —Nos vamos a cambiar  —<<Ya venimos>>.

Y sin más salieron corriendo otra vez.

—¡Qué tortura! —confesé y todos nos reímos.

—En un mes hay un fin de semana largo, si quieren hagan algún plan y se las dejamos. Vamos a la finca de unos amigos y sería una oportunidad para que las tengas varios días —me dijo Carolina muy tranquila.

—Excelente idea. Mi amor, ¿te gustaría? Puedes sacar libre esos días. Nos podemos ir para donde el abuelo y salir de paseo todos los días, o vamos a otro lugar, lo que quieras —dijo Paulina mirándome con entusiasmo.

—Sí, sería algo especial, sí. Así haremos. Esta semana vamos pensando dónde ir.

Llegaron y se sentaron al lado de Paulina. Robert y Carolina me miraban, ella se paró y se sirvió otro vino. Le sirvió a Paulina también, pero yo no quise más whisky. Me acordé de los corazones.

—Les tengo un regalo.

—¡¡¡<<Síii>>!!! —gritaron emocionadas. Saqué las cajas y se las entregué. Las abrieron a la carrera. Las dos se quedaron con la boca abierta y sonrieron.

—Un corazón, del color de mis ojos —aseguró Anie.

—Y los tuyos —me dijo Andrea, mirándome seria.

—Y los tuyos —le dije y ella me abrazó.

—Tus ojos son iguales a los míos ¿verdad? —preguntó Andrea.

Me pareció que el tiempo se había detenido. Anie me miró.

—¿Qué te pasa, estas triste? —me preguntó.

—No, al contrario estoy feliz.

—¿Me pones mi corazón?

Se acercó mientras Andrea me miraba seria.

—¿Por qué tus ojos son iguales a los de nosotras?

— No. No. Los míos son claros.

—Es lo mismo, boba, él también los tiene claros a veces.

—¿Verdad, Andrés, verdad?

—Sí, las dos tienen mis ojos.

—<<¿Por qué?>> —preguntaron al tiempo.

Les terminé de abrochar las cadenas y me miraron a los ojos las dos.

Había enfrentado hombres armados y peligrosos, situaciones de vida o muerte, pero este momento era el más aterrador que había vivido hasta ahora. Las alejé un poco de mí y las miré de frente.

—Hace años, antes de que ustedes nacieran, su mamá y yo fuimos novios.

Abrieron la boca asombradas.

—<<¿Y Pauli?>> —preguntaron las dos.

—Ella era una niña, casi como ustedes.

—¿Y por qué no te casaste con mi mamá? —preguntó Andrea.

—Ella vivía en Estados Unidos y estaba enamorada de Robert y él de ella. Por eso se casaron. Pero su mamá no sabía que había quedado en embarazo cuando vino a despedirse de mí.

—Y entonces ¿nosotras quiénes somos? —preguntó Anie y empezó a llorar.

Andrea seguía seria y respiraba agitada. Las abracé.

—Ustedes son mis hijas.

Nos abrazamos con fuerza. A esas alturas, todos llorábamos.

—¿De verdad? —preguntó Anie y se me aferró al cuello.

Andrea corrió hacia Robert.

—¿Ya no nos vas a querer?

Él la abrazó, Anie seguía pegada de mí.

—¡Cómo se te ocurre! Claro que te amaré siempre, a ti y a Anie. Las dos son mis hijas.

Ella también corrió hacia él y lo abrazaron.

—¿Por qué no nos dijiste antes?

—No sabíamos qué era lo mejor para ustedes  —les contestó él.

Andrea se despegó y se paró desafiante frente a Carolina.

—¿Por qué nunca nos dijiste?, ¿por qué decías que él era nuestro amigo y nada más?

—Mi amor, es difícil explicarles todo hoy, pero es importante que sepan la verdad. Poco a poco van a ir entendiendo, todos queremos lo mejor para ustedes.

Andrea caminó hacia mí otra vez pero Anie me miraba con inseguridad. Extendí mi mano y vino hacia mí. Las abracé y las volví a parar al frente mío.

—Cuando nacieron estaban muy delicadas  y necesitaban muchos cuidados. Yo no tenía el dinero para ayudarlas y sus papás sí; ellos se aman y las aman mucho. Ellos siguen siendo sus padres, ahora van a tener tres padres.

—¿Tres?, ¿Tú también nos vas a regañar? —me preguntó Andrea muy seriamente.

—No. Vamos a seguir siendo amigos como siempre, vamos a seguir saliendo de paseo, hasta más veces ahora si ustedes quieren. Yo solo les pido que me perdonen por no contarles antes. Quiero que sepan que las amo desde que nacieron, desde el primer día que las abracé y eran unos frijolitos arrugados.

Empezaron a reírse. De pronto Andrea salió corriendo, Paulina salió detrás de ella. Robert y Carolina estaban abrazados, sus ojos inundados de lágrimas, pero se veían tranquilos.

Anie seguía abrazándome.

— Ahora seremos tres padres cuidándolas —le dijo Robert.

Escuchamos la voz de Andrea que venía caminando con Paulina. Traía un libro grande en la mano.

—Y si te casas con Pauli, van a ser cuatro. Dos mamás y dos papás —aseguró mirándola.

—¿Verdad Pauli, vas a ser también una mamá? —Anie corrió a abrazarla.

—Uy, eso ni sé por qué lo preguntan, hace rato que estoy de mamá de ustedes. O ¿se les olvida quién las ha cuidado y se las ha aguantado tanto? —la abrazaron entre risas. Casi no la dejaban caminar—. Muéstrenle ese álbum a su papá, y a mí no me agarren tanto que me van a desbaratar.

Sus palabras me retumbaron en el corazón, era la primera vez que alguien me llamaba “papá” frente a mis hijas. Paulina me miró y leí algo hermoso en sus ojos: aprobación, amor, ternura, orgullo.

Empezamos a ver un álbum de fotos de cuando nacieron. Se me sentaron cada una en una pierna. Yo sostenía el álbum mientras alguna de ellas volteaba la página. Paulina se sentó en un borde.

—Mira, aquí estamos en las cajas que nos metieron —cuando nacimos.

—Son incubadoras —las corrigió Carolina.

—¿Pero parecen cajas de vidrio, cierto?

—Sí, la verdad que sí —le dije a Andrea.

Seguían pasando hojas y comentando cada foto. Llegaron a una que yo nunca había visto. Allí estaba yo, sentado en una mecedora, con las dos sobre mi pecho. Tenía la cara agachada y no se distinguían mis facciones, pero yo sí recordaba los momentos que pasé en esa misma posición mientras les hacían tratamientos y les ponían mi sangre.

—Este eres tú, ¿verdad? —me preguntó Anie.

Suspiré y sonreí.

—Sí.

Paulina  me besó la cabeza y dijo:

—¡Qué hermosura!

Miré hacia arriba y una de sus lágrimas me cayó en la cara, levanté mi brazo y la apreté.

Estuvimos una hora más. Descubrieron que Paulina también tenía corazón

—¿Pauli también tiene tu corazón?

—Sí, las tres tienen mi corazón, ya quedé con tres mujeres.

Todos nos reímos y hasta Robert y Carolina hicieron bromas.

 

Finalmente pudimos despedirnos. Quedamos de recogerlas al otro día para salir al cine por la tarde. Yo sabía que tenía un día complicado como siempre, pero también sabía que lo que estábamos investigando requería tiempo. Así que, por el momento, podía dejar a los muchachos encargados de la vigilancia. Salí optimista y feliz de haber terminado este martirio que llevaba en el alma hacía siete años. Sentí el corazón latiéndome tan fuerte que temí que lo escuchara todo el vecindario.

Ya en el carro con Paulina a mi lado, me relajé un poco.

—Te amo, estoy muy orgullosa de ti, todo salió mejor de lo que yo me imaginaba.

—Quédate conmigo. ¿Sí?

—Pero me traes temprano, tengo que estudiar.

—¿A qué hora es temprano?

—A las nueve de la madrugada.

Me reí.

—Es sábado, tú te levantas muy temprano y yo quiero dormir y luego terminar mi trabajo. Ya me falta poco.

—Te prometo que te dejo dormir hasta las ocho y a las nueve ya estás en tu apartamento.

—Lo haré solamente porque tienes tu corazoncito con tanta actividad, pero me tendrás que devolver el favor algún día.

Abrí los ojos temprano como siempre y me levanté despacio para no despertarla. No tenía nada que hacer realmente. Eran las 05:45. Mi rutina normal era salir a esas horas al comando y encontrarme con mis hombres para hacer ejercicio.

Revisé si tenía ingredientes para prepararle el desayuno. Últimamente tenía mejor surtida la nevera porque antes de estar juntos, solo mantenía agua, cerveza, jugo de naranja y manzanas.

Estaba “metido” en la nevera cuando sentí que me dieron una palmada en las nalgas. Me incorporé. La vi ahí parada sonriendo.

—Ummm, ¿salió el sol tan temprano?  —se rio y me abrazó— ¡Qué lindo recibir el amanecer, siendo abusado físicamente por una mujer tan hermosa!

—El abusador eres tú, te lo dije, aquí no puedo dormir.

—Presento excusas a mi bella durmiente, ¿te hice ruido?

—No. Me hiciste falta, me dio frío sin ti.

La senté en el mesón de la cocina, se veía hermosa con su short y su camiseta.

—Son las cinco de la “madrugada” –dijo, subrayando la palabra—. Martínez, ¿por qué tienes que despertarte tan temprano?

—Yo salí como un ratón sin hacer ruido, y son casi las seis, no es mi culpa que te hayas despertado, esa debe ser tu conciencia.

—No. Esa duerme muy tranquila. Es mi espalda, mi estómago, mis manos, mi cabeza, etcétera, etcétera —a medida que hablaba me tocaba esas partes—. No pueden ya dormir sin ti.

Me acordé del anillo pero no me pareció el momento correcto.

—Esas palabras son música para mis oídos.

—Ah, qué buena idea, ya que estamos despiertos y sin nada más que hacer… ¡bailemos! —y salió corriendo a encender el computador.

—¿Cómo?, ¿bailar?, ¿estás loca, a estas horas? No sé bailar por la noche, menos por la mañana.

Vino por mí riendo y me llevó hasta la sala.

—Corre ese sillón y abres espacio, vamos a bailar.

Yo seguía anclado. Realmente la idea no me llamaba la atención.

—Mi amor, tú siempre haces ejercicio a estas horas ¿sí o no?

—Sí, pero no de baile.

—Claro mi amor, yo sé, ejercicios de machos. Pero el baile también es un ejercicio, es como trotar.

—¿Qué? No se parecen ni en el movimiento de las manos.

Corría por el teclado con la habilidad de una gacela en el monte.

—Mueve el sofá, mi amor por favor, ya verás que te va a encantar.

Me miró con sus ojazos y me puso una cara que no pude negarme. Le abrí el espacio que quería para el tal baile.

—Vamos a bailar zuuummbaaa —dijo en un tono que me hizo pensar en la música electrónica que escuchaba Castillo.

—No, mi amor, prefiero algún bolerito.

Se reía feliz  y me hizo parar con ella frente al computador. Apareció un tipo hablando y luego varias mujeres y hombres. Empezaron a enseñar los pasos.

— Ves, hay hombres.

—Mmm, ¿no serán maricones?

Empezó a moverse como ellos indicaban.

—No, mi amor, los hombres también bailan y esto es tremendo ejercicio. Este es para principiantes. Facilito vas a aprender los pasos, ensaya, ¿sí? Ensaya —me dijo entornando los ojos.

Entre la risa por mis errores y la celebración de mis triunfos pasamos un buen rato. Tuve que reconocer que ella tenía razón, la tal zumba sí era ejercicio y me había entretenido.

—¿Viste lo fácil?

—Sí. No fue tan complicado.

—Si quieres, podemos bailar dos veces a la semana. Matamos dos pájaros de un tiro: hacemos ejercicio y aprendes a bailar.

—Mi amor, usa otras expresiones, por favor, eso de matar me trae malos presentimientos.

Se carcajeó, pero me dio una idea. Entre mis CD encontré uno de Tai chi; lo compré por recomendación de Rey para practicar defensa personal y relajación. Lo ponía cuando tenía pereza de ir hasta el comando o estaba solo sin nada más que hacer.

—Vamos a practicar estos movimientos, son de defensa personal y también son ejercicios, ¿síii? —y la miré con los ojos que ella me miró para convencerme de que bailara.

—Tramposo, es mala educación imitar a la gente.

—Bueno alístate que vas a aprender a dar patadas bien dadas.

Yes, yes.

Me esforcé para que aprendiera bien lo básico y quedamos de hacer las dos cosas por lo menos dos veces a la semana. Claro que ella exigió cambiar el horario para no someter su cuerpo a “semejante tortura”.

—Madrugar es pecado —aseguró.

Intenté abrazarla pero estábamos bastante sudados y salió corriendo. La perseguí pero se me escondía entre los sofás.

—Nooo, nooo —gritaba.

Cuando la alcancé, la levanté. Enrolló sus piernas en mi cintura, pero se fue resbalando por poquitos. De pronto hizo un movimiento de los que había aprendido y me hizo tambalear.

—Qué pícara, ah, qué pícara. La tumbé al piso protegiéndola con mi cuerpo para que no se lastimara —¿Vamos a terminar de amarnos?, ya tenemos bastante adelantado.

—¿Quéee? ¿Cuándo? ¿Cómo?

—Ya estamos sudando —le dije levantando los hombros y los ojos.

Me miró, arrugó la nariz y soltó una carcajada… pero no se resistió a la propuesta. Besándome suspiró y allí mismo nos amamos.

 

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