—¿Cómo? ¿No será que está de rumba todavía? o ¿Se habrá accidentado? Ese loco en esa moto es un peligro.

—No sé qué pensar. Ya Castillo está indagando si fue un accidente. La moto tiene GPS, así que en minutos sabremos.

—Manténgame informado… Y ya sabe, Martínez, carta blanca. Si me necesita para los interrogatorios me llama que ese es mi fuerte.

—Sí, señor, gracias.

El coronel tenía fama de ser temible; sus métodos eran efectivos pero brutales. No quisiera caer en sus manos.

Llegué al salón de reunión y todos me miraron preocupados.

—No hay accidentes reportados, pero la moto está parada cerca al parque ecológico —anunció Castillo.

—Eso está hacia el lado contrario del comando —intervino Marco—.Veníamos juntos, Jefe, la misma ruta los dos. Yo lo vi en varias oportunidades esquivando carros, como siempre, y haciendo gracias, pero se me adelantó mucho y no lo volví a ver.

—Mariano, Bernal, vayan hasta la moto a ver qué encuentran. Los demás atentos, tenemos problemas graves, ¿por dónde iba Pérez? …

Él, me puso al tanto y yo terminé el relato de los “traidores”.

Se levantó una oleada de murmullos. Todos opinaban.

—Vamos a ponernos de acuerdo en algo: esto es confidencial. Ustedes van a actuar como si no supieran nada. Bajo ninguna circunstancia pueden ellos sospechar algo. No se desilusionen porque un pequeño grupo se ha corrompido; en todas las esferas sociales, políticas y militares sucede. Ustedes son hombres íntegros y su corazón y su mente están en el lugar correcto. Siéntanse orgullosos y vamos a defender nuestra nación, incluso si nos toca enfrentar a los nuestros. Para eso estamos aquí. ¿Entendido?

—Sí, Jefe —decían todos pero el ánimo estaba caído.

—¿Alguna noticia de Rojas, Castillo?

—Nada, ya los muchachos están llegando al sitio… A veces me aparece una señal rara.

—¿Cómo así?

Nos acercamos a la pantalla.

—Puede ser Rojas, Jefe, él tiene un GPS en la chaqueta de esos que usted nos dio para los carros de la familia —dijo Marco.

Vimos en la pantalla aparecer y desaparecer una luz. El radio nos sobresaltó a todos.

—Jefe, la moto está tirada al lado del parque. Dice la gente que una camioneta grande lo atropelló y se dio a la fuga. Que al motociclista lo montaron en otro carro para llevarlo al hospital. Pero una señora dice que él gritaba que estaba bien y se agarró a puños con dos tipos, pero lo dominaron y se lo llevaron obligado  —informó Bernal.

—¿Qué clase de carros?

—Una camioneta negra grande lo atropelló, nos imaginamos que una Chevrolet Suburban. Esta gente por aquí no sabe de marcas de carros. Por la descripción, el otro debió ser un Jeep, también negro y grande —continuó Mariano.

—Cruz, váyase al satélite y esté listo para recibir instrucciones. Recuerde lo que hablamos, y nada de comentarios respecto a Rojas.

—Busque en los semáforos, Castillo.

—Ya estoy buscando, Jefe.

—La moto, ¿se puede mover?, ¿o mando un carro a recogerla?

—Yo la llevo, Jefe —dijo Bernal—. Tiene un golpe pero está funcionando.

A los segundos volvieron a comunicarse.

—Encontramos el celular en la bolsa que lleva en la moto.

Todos estábamos inquietos. No nos gustaba para nada eso de que lo atropellaron y lo metieron al carro en contra de su voluntad. Además, ¿por qué no llamaba si en realidad le había pasado algo?

—Castillo, ¿qué pasa con la luz?

—Hace rato no aparece. Me descuidé buscando en el semáforo al lado del parque —contestó y siguió afanado como si estuviera tocando el piano con su teclado.

Pasaron unos dos minutos.

—Jefe aquí hay un carro, es el único Jeep negro grande que ha pasado. De las camionetas Suburban sí he visto dos.

—¿Pasaron todas justo frente a la moto?

—Sí, con cinco minutos de diferencia.

—¿Hacia dónde se dirigieron? Busque en los siguientes semáforos. Mándele coordenadas a Cruz para que le ayude.

—Jefe, Cruz está escribiendo por el privado: “Aquí esta Mojica, dice que está esperando la confirmación de un asunto y tiene que quedarse un rato más”.

Reflexioné unos segundos.

—Pérez, busque a Ruiz, vaya con Marco Polo, tráiganlo disimuladamente a una sala de interrogación.

—¿Está seguro, Jefe?

—Sí. ¿Qué está haciendo Mojica en el satélite, en lugar de su oficial de comunicaciones?

—Están en verde, Jefe, quizá no lo quiere molestar.

—¿Y si está en verde, qué hace aquí? Ruiz también está. Llegué a las seis y al rato los vi. Si nada estuviera pasando, me parecería normal. Pero esto de Rojas ya pasó a mayores. Vaya hombre, Pérez. Yo confió en sus instintos, confié usted en los míos. No le digan nada, solo que le quiero preguntar algo importante.

Llegué al salón de interrogatorios y me senté a esperar. De ser Mojica el responsable, no entendía por qué se atrevía a actuar contra uno de mis hombres. Me hacía dudar del paso que iba a dar. El celular me sacó de mis pensamientos.

—Jefe, la luz apareció de nuevo y está por la autopista —me informó Castillo.

—Envíele la información a Cruz para que esté pendiente de la luz y las coordenadas. ¿Usted encontró los carros?, ¿ha seguido la ruta?

—Sí, me parece que es la misma y van camino a la autopista, ¿será camino a La Candelaria?

—Si está vinculado a los del monte, puede ser.

Me sentí cansado. Amaba mi trabajo, pero me tocaba ver tanta maldad que a veces me extenuaba. De pronto se me ocurrió algo. Llamé al capitán Sarmiento.

—Buenos días Sarmiento, le habla Martínez.

—Buenos días, me alegra escucharlo, pero, ¿no me diga que está en problemas otra vez?

—Desafortunadamente sí.

—¿Qué puedo hacer por usted?

—¿Podría darse una vuelta por La Candelaria a ver si hay algún movimiento fuera de lo normal? Uno de mis hombres está en problemas y parece que me lo sacaron para allá. Tengo dos camionetas Suburban negras y un Jeep también negro, involucrados.

—Con mucho gusto, Martínez.

Pérez y Marco llegaron con Ruiz.

—Buenos días.

Miré el reloj.

—Las once y treinta, sí… todavía son buenos días. Deme un momento Ruiz que tengo que hacerle un encargo a Pérez. Ya vengo, necesito su ayuda en algo importante.

—Con mucho gusto, Martínez.

Salí con Pérez. Lo puse al tanto de la ruta que posiblemente estaban tomando.

—Hágame un favor, avise para que tengan listo el helicóptero. Salimos en cualquier momento. Llame a Bernal y pregúntele si está por llegar. Si es así, que me espere en el hangar. Ustedes alístense para salir camino a San Juan, no vamos a dejar a Rojas abandonado. Marco me ayuda en esta. Creo que Ruiz le teme más a él que a usted.

—Todos, Jefe, todos le tienen más miedo a Marco que a mí —asentimos con risa.

—Esté pendiente de Mojica. Vamos a proceder con discreción, de tal manera que ni se dé por enterado.

—Muy bien —me dijo Pérez y se fue apurado. Entré de nuevo al salón de interrogaciones.

Ruiz estaba nervioso, se apretaba las manos y se jalaba los dedos.

—Hombre, tranquilo que no lo vamos a morder —le estaba diciendo Marco.

—Ruiz, cuénteme una cosa, ¿Usted qué tan amigo es de Rojas? —me senté frente a él.

—¿Cuál Rojas, el suyo o el de nosotros?

—¿Ustedes tienen un Rojas? —le pregunté y miré a Marco intrigado.

—Sí. Berni. Le decimos así porque ya existía Rojas en su Élite y cada rato había confusión.

—¿Y dónde está Berni?

—Estamos en verde y anda descansando me imagino. ¿Por qué?

—Nada hombre, espéreme un segundo ya vengo.

Salí y llamé a Pérez.

—Berni el de Mojica es de apellido Rojas, ¿Qué tal que lo hayan confundido? —le dije apenas contestó.

—Puede ser, Jefe, pero ¿por qué se lo iban a querer llevar para el monte? y ¿obligado?

—Pídale a Castillo que ubique a Berni, tengo que hablar con él, ya mismo —regresé al salón.

Ruiz se había levantado y Marco muy tranquilo estaba sentado limpiándose las uñas con una navaja. Sonreí para mis adentros.

—Siéntese, Ruiz, siéntese, deje los nervios —le dije, sentándome.

—Lo que pasa Martínez es que yo preferiría que mi Jefe estuviera aquí conmigo.

—Hombre, es que de Mojica es que tenemos que hablar.

—Y a escondidas de él —añadió muy tranquilamente Marco.

Nos miró extrañado.

—Ah no, pero eso sí no creo que sea buena idea, él es mi jefe y yo no hablaría mal de él.

—Pero cómo le parece que él sí habla mal de usted —le dijo Marco.

—Imposible, qué va a decir, yo soy un buen oficial.

—Cuénteme Ruiz, ¿usted conoce a Nikolai, el ruso? —le pregunté.

Se puso pálido y siguió caminando nervioso, Marco y yo sentados muy cómodos.

—¿Y a Mr. Washington, el socio? —continué como si nada.

—Pues claro. Todos sabemos que son los distribuidores de armas más importantes, pero, personalmente, no los conozco ¿por qué?

—Mojica dice que usted le habló de ellos y que le dieron el dato a una gente en Miami para un negocio de armas.

—¿Que qué? No, Martínez, imposible, eso es mentira, yo no los conozco.

—Él dice que usted y Bolívar están haciendo negocios con ellos.

—Será Bolívar. ¿Dónde está mi jefe, por qué no lo tienen aquí?

—Porque él es inocente… hombre, Ruiz, cómo voy a acusar a un jefe de mentiroso o de ir contra el país, sería una locura.

—Bueno, pues si es así, yo consigo un abogado porque a la larga me están acusando de algo que yo no estoy haciendo.

—Está bien hermano, está bien, llame pues a su abogado, ya vengo —le dije levantándome.

—Espere, Martínez, espere. Seriamente, ¿de qué me está acusando?

—¿Qué tal traición a la patria?

Se puso más pálido todavía; ya ni en la boca tenía color. Se sentó y se agarró la cabeza.

—No creo que tenga pruebas de algo así. ¡Es imposible!

—Vamos a escuchar las pruebas, Ruiz, y usted mismo analiza si son válidas o no.

Llamé a Castillo y le pedí que enviara al monitor de interrogatorio los videos y conversaciones que teníamos entre Ruiz y Mojica. El pobre volvió a caminar de un lado a otro mientras se escuchaba. Le di a Marco la señal de desarmarlo. No opuso resistencia. Cuando terminó la grabación se sentó y metió la cabeza entre las piernas. Luego se enderezó y nos miró. De alguna manera parecía aliviado.

—Yo sabía que usted nos iba a descubrir, yo sabía. Usted debe tener un pacto con el diablo.

—Yo no hago pactos de esos, Ruiz. Eso lo hizo usted cuando se puso de ambicioso a vender su honor y su patria por unos malditos dólares. Ahora necesitamos detalles. Si confirma y confiesa todo lo que sabe sobre esa gente y quiénes en el comando están colaborando, le puede ir mejor. Si sigue negándose, será peor.

Casi no podía hablar, me parecía que se iba a quebrar en cualquier momento. Marco se levantó y se le paró al frente.

—Haga su vuelta tranquilo, Jefe, y déjeme un ratico aquí con este traidor.

—La cara no, Marco, que va a salir muy mal en la televisión. Ya vengo, voy a traer al coronel, él quiere oír la confesión.

—¡Nooo! —gritó Ruiz.

A estas alturas a mí ya me daba pesar y risa.

—No, Martínez, no sea canalla, ese hombre es un sanguinario.

—Si me cuenta la historia como es, hasta de pronto lo puedo ayudar, pero mientras todo lo señale a usted, sigue siendo el malo de la película.

Mi celular vibró. Salí sin decir nada.

—¡Martínez! —gritó Ruiz desde la sala.

—Jefe, la señal apareció en la autopista subiendo para Veracruz y en cuanto a Berni, la hermana dice que salió del país anoche, por cuestiones de trabajo —me informó Pérez.

—Dígale a Muriel y a Castillo que me esperen en el helicóptero. Usted, llévese los demás y váyanse preparados. Vamos a rescatar a Rojas. Llame a Cruz, que él sea sus ojos; llame a Sarmiento, le pedí hacer ronda por ahí. Ojo con los carros que deben venir bajando, esos son suyos. Lo mantendré informado.

—¿Cómo va con Ruiz?

—Más fácil de lo que me imaginaba, pero no sé todavía qué relación tiene Berni con ellos. Aunque me inclino a pensar que se les retiró del negocio y por eso lo “detuvieron”. El problema es que se llevaron a otro Rojas. Tenemos que rescatarlo cuanto antes. No creo que le den muchas oportunidades de defenderse o que lo devuelvan por “talla equivocada”.

Llamé al coronel y le avisé que tenía que empezar a grabar la conversación del interrogatorio número uno. Entré con una rabia y una frustración que apenas empezaban a aflorar.

—¿Qué pasó Marco? yo pensé que ya había empezado a darle una paliza a este traidor de mierda.

—Ah, no, jefe, usted dijo que iba por el coronel, que se ensucie él, yo tengo una cita luego.

—No me desilusione, hombre, Marco, no me desilusione —le dije  y cogí a Ruiz, con asiento y todo y lo tiré contra la pared. Marco se levantó.

—Si insiste, pues yo le ayudo.

Le dio una patada.

—¡Nooo! No hay necesidad que me maten a patadas, no sean animales. ¿Qué quieren saber? —y empezó a cantar como un canario.

Salí corriendo y Marco se quedó terminando el interrogatorio.

No podíamos permitir que Mojica se pusiera en alerta. Llamé al coronel y le dije que en algún momento entrara y lo obligara a llamar a Mojica para decirle que tenía un problema familiar y que necesitaba el fin de semana libre.

Muriel y Castillo estaban esperándome en el helicóptero, ya Bernal, mi otro piloto, lo tenía listo para salir.

Llegamos en 20 minutos al camino a Veracruz. Muriel era también francotirador, así que los dos íbamos listos con nuestros rifles. Castillo detectaba el punto y nos avisaba. En un momento divisamos un carro subiendo por una empinada; era una furgoneta parecida a la de comunicaciones del comando, sin ventanas a los lados. La única visibilidad era a través del parabrisas y de una ventanilla atrás. Sin embargo, con los binoculares pude ver que, además del chofer, iban tres hombres más. Uno tendría que ser Rojas, pues estaba tirado en el piso y, según parecía, amarrado  de pies y manos.

—Vaya de frente Bernal, tengo que darle al chofer. Ya Rojas debe estar alerta. Dispárele a una llanta, Muriel, hay que desestabilizarlos. No podemos darles tiempo de matarlo.

Efectivamente le di al chofer y Muriel disparó dos veces. El carro se fue hacia un lado de la carretera, contra unos árboles. Uno de los tipos salió volando por la puerta de atrás, me imaginé que era cortesía de Rojas.

—Dele al tipo que cayó —le grité a Muriel mientras yo seguía pendiente del movimiento del “cuarto” hombre.

Rojas salió brincando. El “cuarto” salió detrás de él y se le tiró encima. Ninguno podía dispararle porque estaban luchando; el tipo trataba de cubrirse con él. Rojas logró desembarazarse por un segundo de él con un cabezazo y yo le disparé. A lo lejos se veían carros subir por la misma carretera.

—Pérez, ya encontramos a Rojas, ¿dónde están ustedes?

—Nos topamos con el Jeep casi llegando a la ciudad, ya los tenemos, los otros no aparecen por ninguna parte.

—Algo es algo, nos vemos en el comando. Castillo, llame a Sarmiento.

— Aquí voy, Martínez, aquí voy, ya veo el helicóptero —dijo Sarmiento por el radio.

—Ahí le dejo un regalito. Mi hombre se va conmigo.

Muriel bajó por una cuerda, desamarró a Rojas y los dos subieron otra vez de la misma manera.

Rojas no paraba de hablar.

—Jefe, muchas gracias, muchas gracias, yo sabía que usted iba a venir por mí, yo sabía. Nunca entendí por qué me agarraron esos desgraciados. Casi me matan y creo que me dañaron la moto —tomó aire—. Me decían Berni y yo qué les iba a poder explicar que yo no era si me amordazaron y luego me cambiaron de carro. Los desgraciados que me tiraron al piso no me creían nada de lo que yo decía… hablaban y hablaban. En medio de todo me acordé del GPS que usted nos regaló y que mi mamá, tan linda, me lo pegó de la chaqueta. Creo que se dañó con el golpe que me di cuando me atropellaron, pero como podía me daba en el hombro cada rato a ver si les mandaba señal. ¡Por eso será que me duele tanto, creo que me lo fregué!… pero eso sí, Jefe, seguro que ese infeliz de Mojica tiene que ver con todo esto porque lo nombraron más de una vez…

Siguió hablando sin parar. Nosotros no podíamos ni interrumpirlo de tanto que nos reíamos.

Por fin terminamos el asunto con Ruiz y lo metimos a un calabozo donde nadie lo pudiera encontrar. Sentí pesar y ordené que le llevaran agua y comida, además una Biblia. Le haría bien una ayuda espiritual. Intuía que había sido utilizado por Mojica y Bolívar. Él era más joven que ellos y un subalterno, alguien fácil de manipular. Mojica no se percató de nada y se tragó el cuento del permiso que le pidió Ruiz.

El coronel declaró el comando en alerta y anunció que a uno de mis hombres lo habían secuestrado por unas horas sin ninguna explicación. Recibieron la versión sin cuestionar y Rojas se convirtió en el héroe del día.

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