Alrededor de las tres de la tarde me desocupé y decidí caminar un rato para despejar mi mente. Recordé mi cita al otro día y lo que me dijo Pérez del anillo. Tenía razón, para el romance soy un novato. Ciertamente le sugería a Paulina de diferentes maneras que nos casáramos, pero no se me había ocurrido lo del anillo.

Entré a una joyería.

—Buenas tardes, caballero, ¿en qué lo puedo ayudar? —me dijo una señora ya madura muy bien arreglada.

—Estoy buscando un anillo para mi novia.

—Llegó al lugar perfecto, ¿es su anillo de bodas o de compromiso?

—¿Hay alguna diferencia?

—Ya veo que como a muchos hombres, este tema del romance lo confunde.

Me explicó el asunto y me mostró varios anillos. Los vi más o menos iguales, unos más grandes que otros. Me gustó uno que tenía un diamante grande y varios pequeños a los lados formando un nudo. Era diferente a los otros, se me pareció a ella, “único, fino y sencillo”. La vendedora sonrió y me dijo:

—Esa es una buena razón para escogerlo. Es realmente precioso.

Mientras lo empacaba, seguí mirando lo que tenían en la vitrina. De pronto vi unos corazones pequeños de diferentes colores y ella me dijo:

—Son “pruebitas de amor”.

—¿Pruebitas de amor?

—Sí. Lo usan los novios o inclusive los padres para sus hijas  —el corazón me dio un brinco.

—¿Me deja ver los verdes?

Venían en dos tonos diferentes, así como los ojos de mis hijas.

—Traen una cadena y se pueden usar como dijes o como pulsera.

—Deme estos tres, dos verde oscuro y uno claro.

—¿Tres? ¿Tiene tres hijas? o ¿cuatro novias?

—¡Por favor! una novia me tiene loco, no creo que sería capaz con cuatro.

—Bueno, qué alivio. Aquí veo cada cosa. Ya nada me aterra, pero usted tiene unos ojos sinceros y cuando escogió este anillo lo hizo con amor. Sería muy triste que mis instintos me empezaran a fallar a estas alturas de la vida.

—Tranquila, sus instintos están funcionando perfectamente. Tengo dos hijas y quiero darle a mi novia otro de estos; el anillo todavía no sé cuándo.

—¡Qué bien! Entonces, esta noche va a tener fiesta o ¿cuándo es la entrega de los premios?

Me reí. No sé si de nervios o por el apunte tan simpático de la señora.

—¡Esta semana, confiando en Dios!

Llegué al aeropuerto cuando estaban a punto de abordar. Me cayeron todos encima.

—Jefe ¿va a rifar los puestos?, ¿o nos vamos otra vez en el gallinero nosotros y ustedes muy campantes? —preguntó Rojas, como siempre con sus apuntes.

Pérez me hizo señas para que los dejara atrás a ellos.

—Vayan ustedes cómodos, nosotros en el gallinero —Pérez arrugó el ceño. Intercambiaron pasabordos. Los otros dos salieron felices.

—¡Ah! —regresó Rojas—. ¿Adivine quiénes están aquí?

— No tengo que adivinar, Rojas. Con esa cara de felicidad que trae seguro que es su amiguita de anoche.

—Y la suya, Jefe, y la suya.

Salieron riéndose y corriendo pues ya estaban llamando para abordar primera clase. Efectivamente al entrar nos saludaron muy amablemente y luego nos ofrecieron todo tipo de bebidas.

—Usted es muy especial, dejar sus amigos en primera y venir acá, es muy generoso de su parte.

—Hay que compartir.

—¡Qué va Jefe!, usted que los mima demasiado.

Ella sonrió.

—Gracias por presentarme a Nikolai, es un hombre encantador, ¿Usted sabe si es casado o soltero?

—Es casado. Si no se ha divorciado en el último año, está casado.

—¡¡Uy!! Ese sinvergüenza me dijo que era soltero, todos son iguales —dijo apretando los labios con fuerza y luego suspiró frustrada.

—Nosotros no —dijo Pérez.

Ella sonrió y asintió.

—Claro que se puede haber divorciado y usted no sabe —dijo como para convencerse a sí misma.

—Es posible.

—Le voy a preguntar, quedamos de vernos otra vez.

—Sí, lo mejor es que él mismo le diga la verdad.

—Mmm, seguro lo niega, voy a investigarlo en el internet. Según entiendo es muy conocido, así que por ahí debe salir alguna cosa.

—Buena idea.

Asintió y siguió caminando por el pasillo con su carro de refrescos. Pérez me miraba con incredulidad.

—¿Qué?

—Usted si es malo, Jefe.

—¿Por qué? El tipo es casado. Si va a meterse con él que sea con los ojos abiertos, no engañada.

— Usted no sabe, quizá sí esté soltero.

—Es casado, hombre, Pérez. Siempre ha sido así. En cada país consigue novias pero en Houston, que es donde vive, tiene esposa y como cincuenta hijos.

—¿Cincuenta?

—Bueno, muchos en todo caso.

—¿Por qué no le dijo eso?

—Tampoco me voy a meter en la vida privada de él, pero ya está advertida.

—¿La está defendiendo?

—Me cae bien, es amable, es trabajadora, merece un hombre que la respete.

—Usted y su moral, Jefe, usted y su moral… bueno y cambiando de tema, llegó muy contento. Tiene un aire diferente.

—¿Cómo qué será?

—Como la alegría que dice Arango pero sin la duda.

—Aquí entre los dos, le voy a mostrar algo y gracias por darme la idea.

Saqué la caja que tenía en el bolsillo de la chaqueta. Pérez se quedó con la boca abierta.

—Cierre esa boca que no es para usted.

—¡Déjeme verlo, déjeme verlo! … ummm, ahora sí se va a cerrar este negocio. Me alegra verlo feliz, Jefe. ¿Sí ve?, le faltaba era acción para espantar las dudas.

—Falta esperar que diga que sí… ¿Qué tal que diga que no?

—Ay, no, Jefe, a usted me lo cambiaron.

El vuelo se nos hizo corto entre la risa y los comentarios graciosos de Pérez.

***

Llegué derecho al apartamento de Paulina. Debía tomar una decisión respecto a los escoltas. Marco y Bernal me informaron que todo estaba bien, pero decidí poner dos regulares a hacer rondas periódicas entre la casa y la universidad. Apenas abrió la puerta se me tiró encima.

—Hola, hola, ¡por fin volviste!

—¡Hola mi amor! —metí mi cabeza entre su cuello—. Mmm, ¡cómo he extrañado olerte y abrazarte!

—Yo también.

La invité a salir a comer y fue a cambiarse de ropa. María Paz llegó en ese momento llena de planos y papeles. Era muy simpática.

—¿Entonces qué, mi teniente? Esta vez sí llegó sano y salvo. Menos mal porque esta muchachita quiere cambiarse de carrera para cuidarlo.

—No lo creo. Además eso fue una excepción; yo siempre regreso sano y salvo.

—Ojalá siga siendo así.

Caminó hacia su cuarto y de pronto me miró otra vez.

—¿Será que usted me puede presentar a su amigo, el que dejó cuidando a Paulina para que no lo traicionara?

Me reí.

—¿A cuál se refiere?, eran dos.

—¿Dos? ¿Así de celoso es usted?

Más risa me dio. Ella también se rio y me habló bajando la voz.

—Mentiras, esa pobre vive extasiada y en las nubes desde que usted apareció.

—Ya somos dos.

—Y de verdad, ¿no me presentaría a uno de sus amigos solteros? Quien quita que yo también termine en las nubes.

—¿Cuándo vio al que le gustó?

—Ayer. Llegamos juntas de la universidad y él la saludó de lejos.

—Ah, ese es Bernal.

—¿Y es soltero?

—Sí, como le parece que sí.

—¿Y tiene novia?

—Tenía. Ahora no sé, le voy a preguntar.

—¿Ellos pueden salir con usted?, ¿o usted es el rey y ellos los plebeyos? —me hizo reír otra vez.

—No, yo no soy el rey, soy solo el que los dirije y sí podemos salir juntos sin problema.

Salió corriendo a contarle a Paulina; podía escuchar su risa en el cuarto. Finalmente salieron. Paulina estaba hermosa y sexy como siempre.

La llevé a comer a un restaurante italiano pequeño y acogedor en una plaza que hacía poco habían inaugurado y era el sitio más novedoso del momento. No me preguntó nada sobre la cita del día siguiente y lo agradecí porque me costaba trabajo hablar sobre el tema. La situación se iría resolviendo paso a paso.

—Te traje un regalo.

Saqué la caja que tenía uno de los corazones verde oscuro. La abrió con fascinación y sonrió cuando vio qué era.

—¡Un corazón del color de tus ojos! … Es el regalo más hermoso que me han dado.

—Mi corazón y mis ojos están puestos en ti.

Me besó. Se lo puse alrededor del cuello y salimos caminando abrazados. Lo apretaba entre sus manos y sonreía.

—Le compré uno igual a las mellizas.

—¡Qué buena idea!, es un regalo hermoso.

La besé y de pronto un flash nos sorprendió. La traje hacia mi pecho y estiré el brazo al tiempo que otro flash nos alumbraba. El tipo estaba casi encima; lo alcancé a agarrar del cuello. Ella seguía pegada de mí.

—No me haga esto hombre que nos pone en peligro.

—Ay, detective, este es mi trabajo. Esta foto vale plata, necesito el dinero.

—Más necesita que yo pueda seguir vivo haciendo mi trabajo —le dije mientras le arrebataba la cámara.

—Le prometo que no le tomo más fotos. Por favor, se lo prometo. Por favor, no me quite mi herramienta de trabajo. Acabo de tomar otras fotos que valen dinero. Tengo una familia que alimentar.

—No se le ocurra tomarnos más fotos porque lo busco y no le va a ir muy bien.

Le devolví la cámara. Él salió corriendo y nosotros caminando hacia el carro. Ya sentada a mi lado, me pasó el brazo izquierdo por la nuca y con la otra mano, me acarició cara.

—Ya se me había olvidado cómo te alumbran los ojos cuando te enojas.

—Esa gente me amarga la vida. Perdóname, mi amor. No puedo ni darte una noche romántica en paz.

—Si publican esas fotos ¿qué pasa?

—Realmente nada. Pero entre más aparezca mi cara en la prensa, más se me complica la vida. Me conviene pasar desapercibido, no volverme una celebridad. Además, con lo que te pasó, no quiero que nadie te asocie conmigo.

—Entiendo. Habías podido sacarle la memoria a la cámara.

—Me dio pesar. El hombre vive de eso; tiene familia que mantener. Lo conozco, sé dónde vive, es de los que más me persigue.

—¿Por eso es que dicen que eres misterioso?

—Sí. Pero es por mi seguridad, y ahora la tuya, todavía estoy preocupado con lo que nos pasó con El Tigre. La verdad sigo pensando que me descuidé.

—No te culpes. Ya deja eso, no eres Dios para estar en todas partes.

—Gracias por recordármelo.

La dejé en su apartamento. Me moría por quedarme a su lado y abrazarla toda la noche, pero tenía demasiado que hacer al otro día y debía terminar temprano para estar a las ocho en casa de las mellizas.

***

Llegué a las seis de la mañana al comando. Hice ejercicio hasta que llegaron Pérez y Castillo. Nos dedicamos a analizar lo que hasta ahora teníamos sobre los “traidores” del comando.

—¿Castillo, al fin pudo ponerle paticas y oídos a Mojica? ¿Qué se ha adelantado?

—Paticas sí, pero es que él deja ese carro casi al frente de la caseta de los guardias y me ha quedado difícil ponerle oídos. Con mi largo alcance, le he grabado algunas cosas. Casi siempre está con Ruiz hablando babosadas, pero escuche esto.

Sacó una tableta electrónica, a lo lejos se veían Mojica y Ruiz y empezamos a escuchar:

—Entonces, será que la semana entrante ya concretamos, ¿o al fin que pasó?

—Todo quedó en veremos, no ve que esos manes hablaron con el sapo de aquí y están como indecisos.

—¿Qué va a pasar entonces?

—Hay que esperar a que se vuelvan a ver en el norte y si los convencen, ahí sí nos podemos ir de vacaciones.

Risas.

—Ah, eso sí me gusta. Si coronamos esta, me largo del todo.

—Mientras no se nos vuelva a atravesar el number one.

—Uy, ¡es que ese man sí tiene una suerte!

Y siguieron hablando idioteces sobre mujeres.

—El norte puede ser Estados Unidos —dijo Pérez—, y el “sapo” y el number one es usted, Jefe.

—Eso mismo creo y me temo que el asunto es bastante grave.

Les conté mis conversaciones con Nikolai y Mr. Washington.

—¿Será que estos son los que le están dando los datos a los del monte? —intuyó Pérez.

—Así parece.

—¿Qué vamos a hacer, Jefe?

—El general me dio el visto bueno para la investigación y el coronel con mayor razón, así que reunámonos en la sala. Ya han llegado casi todos, vayan organizándose. Pérez, póngalos al tanto, tengo que hablar con el coronel.

Entré sin preámbulos hasta su oficina. Últimamente me la pasaba ahí metido, de “sapo”, como me decían Mojica y Ruiz.

—Buenos días, mi coronel.

Me dio la mano con su  acostumbrado medio abrazo.

—¿Cómo le fue por Esperanza, mucha novedad?

—Definitivamente sí. Me dejaron sorprendidos con más de una de esas armas electrónicas, con rayos láser y de gran alcance. Ya ni el blindaje se les escapa.

—¿Qué podemos a hacer con esta gente, Martínez? Inventan artillería para la guerra y para la defensa, pero esa también cae en manos de delincuentes y entonces nos fregamos todos.

—Sí, mi coronel. Justamente le tengo noticias preocupantes al respecto.

Lo puse al tanto del asunto y esta vez fue necesario hablarle sobre mis sospechosos. Terminé mi historia con la última conversación que habíamos escuchado. Se quedó callado y su cara cambio de ansiedad a irritación.

—Esto ya es el colmo, Martínez, ya es el colmo. Estos desgraciados traidores, llevan años vistiendo y haciéndole honor a este uniforme y seguramente nos están vendiendo por la ambición del dinero. Agárremelos a todos de una vez y les hacemos un interrogatorio bien concreto para que dejen de ser tan canallas.

—Paciencia, mi coronel, ya los estamos cercando. Necesitamos pruebas y conectarlos con Bolívar. Además deben haber más involucrados que no hemos identificado aún.

—¿Qué va a hacer, entonces?

Mi teléfono vibró, era Pérez.

—Ya voy, Pérez, deme quince…

—Lo siento, Jefe, tenemos problemas.

Mi cara debió reflejar preocupación porque el coronel levantó las manos con curiosidad. Escuché unos segundos y colgué.

—¿Y ahora qué?

—Rojas se me desapareció.

 

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