El ruso

 

PÉREZ, ROJAS, ARANGO y yo salimos para la capital a participar en un entrenamiento de armas y municiones. Antes de partir había dejado a Marco Polo encargado de la seguridad de Paulina. “Yo soy el hombre invisible” le dijo cuándo los presenté. Ella lo aceptó resignada.

Siempre me daban uno o dos tiquetes en primera clase así que los rifé. Pérez y yo quedamos juntos disfrutando de más comodidad. De todas maneras siempre nos dividíamos, era el protocolo por seguridad.

—Jefe, lo noto distraído, ¿está preocupado? Muriel y Rey se quedaron encargados de Mojica, y Marco-Polo y Bernal se van a turnar para cuidarle a Paulina, no se angustie tanto.

—No, Pérez, eso me tiene tranquilo, es otro asunto, ¿se acuerda lo que le conté sobre mis hijas? … Este viernes les vamos a decir la verdad.

Yo le había confiado el secreto a Pérez hacía como dos años, una tarde que estábamos en San Juan y pasé a saludar a Alberto.

—¡Por fin, Jefe! Por fin. Ahora va a tener quién le diga papá.

—Es verdad, no había pensado en eso.

—Pero hay otra cosa por ahí escondida. Entiendo que lo que le pasó a Paulina lo tiene preocupado, pero veo inquietud en su mirada y usted es el hombre más valiente y seguro que conozco.

—Creo que Paulina tiene dudas sobre los dos y no la quiero perder.

—Es que usted para eso del romance es más bien novato.

Lo miré intrigado.

—¿Ya le dio el anillo?

—¿Cuál anillo?

—No, Jefe, tiene que ver más televisión o leerse alguna revista  de esas de amor.

—Ay hombre, Pérez, ¡qué pesar!, se me olvidó pagar la suscripción de la revista Cosmopolitan.

La carcajada fue tan sonora que nos voltearon a mirar los pasajeros del lado.

Igual que en Santana, aquí teníamos un lugar dónde dormir. Dejamos nuestras cosas y salimos directo al salón de la conferencia para la parte teórica. La práctica la haríamos en un campo de tiro, en las afueras de la ciudad. Además de recibir la capacitación, el general quería nuestra opinión con respecto a la utilidad de las armas que le estaban ofreciendo. Rojas y yo éramos los mejores francotiradores de la Élite, Arango era el mejor con pistolas y armas de corto alcance, y Pérez era mi mano derecha para dirigir y determinar el uso de cada hombre y cada arma.

Alguien me tocó el hombro por detrás.

Good morning Andy, it´s a pleasure seeing you again.

The pleasure´s mine, Nikolai, it’s been a long time.[1]

[1]—Buenos días Andy, es un placer volverlo a ver.

—El placer es mío Nikolai, ha pasado mucho tiempo.

Nos abrazamos cariñosamente y conversamos un rato. Luego me senté con mis hombres. Nikolai era uno de los distribuidores más importantes de armas y nos habíamos conocido cuando fui a un entrenamiento a California. Me había tomado cariño y cada vez que nos encontrábamos sacábamos tiempo para  estar juntos.

Era un hombre de unos 55 a 60 años, bajito, algo barrigón y siempre iba elegantemente vestido. De origen ruso, retirado del ejército, llevaba más de 20 años en Estados Unidos dedicado al negocio de las armas. Tenía un socio, Mr. Washington, un moreno fornido con varias cicatrices y tatuajes en los brazos. Eran contemporáneos. También militar, pero expulsado del ejército por su comportamiento irreverente. Una cicatriz profunda le atravesaba la frente. Cuando contaba cómo la recibió se reía a carcajadas. “Una mujer en un bar, ¡ah! una maldita mujer, ni siquiera un hombre. El recuerdo más profundo de mi carrera y me lo dejó una mujerzuela”. Eran una pareja bien particular, pero conseguían el mejor y más moderno armamento del mundo.

La mañana transcurrió entre videos, fotos y explicaciones de cada arma que íbamos a usar y a analizar. En la tarde íbamos a ir al campo de tiro a probar una nueva munición y unos explosivos que estaban usando los grupos rebeldes y necesitábamos conocer. Ya estábamos de salida a almorzar, cuando Nikolai me alcanzó y nos invitó a todos a su hotel.

El Ruso hablaba un español salpicado de errores, pero se hacía entender, si no con palabras, con ojos y manos. Conversar con él siempre era muy divertido. Terminado el almuerzo, mis hombres se fueron al comando. Le pedí a Pérez que le diera una llamada a Marco. Quedamos de encontrarnos en el campo de tiro a las dos de la tarde. Nikolai y yo a solas siempre hablábamos en inglés.

—Me agrada que nos quedemos solos Andy, sus hombres me caen muy bien pero quería hablarle en privado.

Mientras hablaba sacó un tabaco y me ofreció uno.

—No, Nikolai, gracias, yo no fumo.

—Hombre,  usted sí es muy sano, según recuerdo tampoco bebe.

—Unos tragos de vez en cuando.

—¿Pero las mujeres si le gustan, verdad?

—Sí, pero también en una cantidad manejable —soltó la carcajada.

Solo la tos pudo pararle la risa. Por fin se calmó y me habló con formalidad.

—Necesito un consejo de esos de blanco y negro, o gris. Y creo que usted es el indicado.

—Con mucho gusto, si está en mis conocimientos o en mis instintos.

—Hace menos de un mes, mi socio conoció una gente de aquí, compatriotas suyos, que quieren comprar unas armas que nos devolvió el ejército americano porque ya no las necesitan. No sé cómo supieron, fue mi primer problema, pero lo que menos me gusta es que quieren que se las entreguemos sin recibo y sin impuestos en la bodega de Miami.

—¡Contrabando! —exclamé.

—Exacto, hombre. Yo no voy a decirle que de todo lo que he comprado tengo el recibo, pero una cantidad tan grande, en armas y en dinero,  me pone nervioso.

A estas alturas a mí también.

—¿Qué institución, o razón social le dieron para necesitar esas armas? —le pregunté. Me miró con picardía.

—Ese es otro problema —agregó—. Dicen pertenecer a una entidad sin ánimo de lucro que está abriendo una institución de entrenamiento y capacitación para soldados en áreas rurales.

—¡Guerrilla! —afirmé.

Esta vez se quedó serio.

Tuvimos que interrumpir la conversación porque ya eran casi las dos de la tarde. Quedamos de vernos por la noche, a las ocho, en el casino del hotel. Acepté porque me preocupaba bastante lo que me había contado.

Cuando llegamos al campo, ya todos estaban allí. El general me hizo señas para que me acercara.

—Buenas tardes, Martínez, veo que el Ruso le tiene confianza, ustedes se conocieron hace años, ¿cierto?

—Sí, señor, en California

—¿Algo interesante que compartir?

—Desafortunadamente creo que sí, mi general. Esta noche lo veo otra vez, así que mañana si Dios quiere le tengo algo definitivo. Quiere mi opinión en un asunto delicado y me dejó preocupado.

—Muy bien, Martínez, muy bien, usted es un hombre inteligente y con integridad, seguramente sabrá orientarlo. A propósito, en dos semanas es la reunión anual del comando, cuento con usted y sus hombres.

—Por supuesto, mi general, aunque le confieso que se me había olvidado. Se lo recordaré a los demás. Si no le han dicho a sus mujeres, van a tener problemas… y yo también.

—Sí, hay que avisarles con anticipación, ellas se demoran semanas para escoger un vestido.

Pensé en Paulina.

La tarde transcurrió entre pólvora y explosiones. En mi memoria el ambiente olía a muerte y maldad. Casi a las seis regresamos al comando y tuvimos unas horas de descanso.

Llamé a Paulina.

—Mi amor, buenas noches, ¿cómo te fue hoy? —le pregunté con algo de inquietud ya que era su segundo día con Marco.

—Muy bien, tu amigo realmente es invisible.

Pérez me había puesto al tanto de todo lo que él le había dicho. La había estado vigilando sin que ella se percatara. Me inquieté un poco, estar alerta en estos momentos era crucial para su seguridad personal. Seguimos conversando pero la noté desanimada.

—¿Estás aburrida o preocupada por algo más?

—Lo que pasa es que leí una cosa tuya.

—¿Qué, dónde?

—En una de las revistas que publicó artículos sobre el día que te hirieron.

—¿Qué dicen?

—Que eres misterioso y que no tienen fotos tuyas recientes. Que te escondes y que te disfrazas y que tienes un romance con una de las oficiales con la que trabajas.

Me quedé paralizado.

—Lo del romance es falso, lo demás es verdad.

—¿Me lo aseguras?

—Te lo juro.

Nos quedamos callados unos segundos.

—Está bien, pero si algo pasa, por favor me lo cuentas antes de que tenga que leerlo en algún lado. Por si no te has dado cuenta, la prensa tiene una fascinación con La Élite, pero más contigo.

—Desafortunadamente se ponen peor cada día. Los casos que manejamos y resolvemos son de interés nacional; es comprensible. Pero te aseguro, mi amor precioso, que yo romance no tengo sino contigo. Llevaba nueve años esperandote y en estos seis meses que llevamos juntos he aprendido a amarte aún más.

—Yo también te amo.

—¡Cómo quisiera tenerte aquí para abrazarte, besarte y cerrarte esa boca para que no digas tonterías! … y tampoco las pienses.

Nos despedimos de muy buen humor y sentí que quedó tranquila.

 

Nikolai estaba ya sentado en una mesa de Black Jack y me hizo señas para que me sentara a su lado.

— Buenas noches, mi amigo, ¿qué va a tomar?

—Un whisky sin hielo por favor —le dije a la mesera.

—¿Juega cartas?

—Sí, me gusta este juego.

Ganamos y perdimos, pero nos divertimos un buen rato. Salimos del casino y entramos a un restaurante que tenía el hotel. Descansé; la bulla y el olor a cigarrillo del casino ya me tenían fastidiado. Entre la comida y sus historias logré por fin entender el asunto que me planteaba.

—Sinceramente, Nikolai, yo creo que no debe hacer negocios con esa gente.

—¿Será que nos vemos mañana aquí mismo  y hablamos con mi socio? Quiero que Washington escuche su opinión.

—Con mucho gusto, Nikolai.

El día fue bastante interesante. Tuvimos que disparar, analizar cada una de las armas, y determinar cuáles nos eran de utilidad, una decisión difícil con armas tan novedosas y que podían caer en manos enemigas.

—Nosotros pensamos una cosa y los criminales otra. Por un momento pensemos como ellos y así decidimos —le dije a Pérez cuando el general nos exigió una decisión.

Le entregué una lista y la razón detrás de cada elección. La opinión de Arango fue muy útil; este tipo de armas era su especialidad. El general quedó satisfecho con nuestra elección y me invitó a comer en la noche. Quería hablarme sobre un asunto privado; me imaginé que estaría relacionado con lo que le dije al coronel sobre los “traidores” que teníamos en el comando. Le comenté sobre el asunto de la invitación de Nikolai y quedamos entonces de almorzar juntos al otro día tan pronto termináramos el ejercicio pendiente.

Llegué al hotel a las ocho. Hablé con Marco; Bernal lo iba a reemplazar al medio día. Llamé a Paulina y me contó que las mellizas la habían llamado emocionadas porque su madre les dijo que íbamos a la casa de ellas el viernes. Ya se sabían todos los pasos del baile que estaban aprendiendo y nos iban a hacer una presentación.

Pérez y Rojas estaban viendo un partido de fútbol, Arango iba a salir con una amiga con la que se había reencontrado la noche anterior. Estaba entusiasmado, hacía varios años no sabía nada de ella.

—Tenga cuidado, Arango —le dijo Pérez—. Le puede pasar lo mismo que al jefe y le roban el corazón.

—Ojala así sea. Aunque veo que el jefe sufre por su mujer, también lo veo feliz y con los ojos alegres; antes solo se le iluminaban cuando se enojaba.

Se rieron.

—Estoy escuchando —les grité desde el baño.

Ellos sabían cuándo estaba furioso; según decían, me salía candela por los ojos.

Nikolai estaba esperándome con Mr. Washington en el restaurante. En el comando nos habían dado una buena cena así que solo pedí un whisky.

—Entonces, ¿Usted cree que la gente que está interesada en nuestras armas, son subversivos? —me preguntó Mr. Washington.

—Sí, señor, ni nosotros ni los militares compramos armas sin exigir un certificado legal, pagamos los impuestos correspondientes y las ingresamos al país con la debida documentación y aprobación de aduanas. Así hemos procedido en cada uno de los negocios con ustedes. Además pagamos con trasferencias bancarias legalmente tramitadas.

—No todos los gobiernos son iguales, algunos proceden diferente, incluyendo la policía y los militares.

—Según entiendo esas personas son de nuestro país.

—Así es.

—En este país existen leyes específicas respecto a la importación de armas y son las que nosotros seguimos. Si alguien pretende hacer algo diferente está yendo en contra de ellas. Además nosotros no tenemos a nadie contratado en este momento para entrenar ni al ejército ni a la policía en la zona rural.

—¿Está seguro?

—Sí, Mr. Washington, estoy seguro, y si fueran oficiales de alguna de nuestras fuerzas armadas, estarían haciendo algo ilegal. Como le dije, tenemos leyes específicas sobre el tema, y cualquier persona que vaya contra ellas tiene algo que ocultar.

Me miraron preocupados.

—Además, iría contra la seguridad y la estabilidad nacional —terminé de decirles pues me parecía importante enfatizar ese punto.

Se miraron. Nikolai parecía satisfecho, pero el otro no se veía muy convencido.

—Tenemos una reunión con ellos la próxima semana, insistiré en que todo sea según los trámites legales; si no aceptan, le prometo que no haremos negocio con ellos —afirmó Mr. Washington y se despidió; lo vi salir con dos mujeres y con Bolívar, jefe de un grupo Élite aquí en Esperanza. Me hizo el saludo militar y se fueron riendo muy alegres.

—¿Ese es amigo suyo, Andy?

—Realmente no, Nikolai, trabajamos juntos hace años pero nunca logramos ponernos de acuerdo en nuestros métodos. Él es acción y yo estrategia.

Se rio y me invitó a jugar otra vez. Acepté pues me parecía importante tenerlo de mi lado. Cada minuto me preocupaba más la situación y ahora ya tenía una alarma sonándome en el cerebro. Bolívar y Mojica eran buenos amigos.

Pérez y Rojas se veían felices, habían venido conmigo pero seguian viendo fútbol y tomando cerveza.

Estaba entretenido cuando alguien se acercó.

—Buenas noches, detective Martínez, ¿puedo hacerle compañía un rato?

Levanté la cabeza y vi una mujer sonriéndome, la miré intrigado sin reconocerla.

—Abroche su cinturón de seguridad, estamos a punto de aterrizar —dijo en tono de “auxiliar de vuelo”.

—Ah, buenas noches. No la reconocí sin el uniforme.

—Yo en cambio sí lo reconocería a usted en cualquier lugar.

Nikolai se interesó.

—Buenas noches, señorita, bienvenida a sentarse. Mi amigo Andy solo habla de negocios y a las diez de la noche es mejor tener otro tema.

—Claro que sí, sobre todo en un casino y jugando veintiuna—dijo.

La amiga también se acercó.

—Qué sorpresa encontrarlo por aquí. Y sus amigos ¿dónde están?

Miré hacia el lugar donde estaban sentados y de lejos los vi riéndose.

—Voy a saludarlos, el juego no es mi fuerte.

La primera se sentó y Nikolai le ofreció un trago. Yo quería salir corriendo, ya me imaginaba a Pérez y a Rojas, divirtiéndose a “costillas” mías.

Nikolai empezó a hablarle pero debido a la bulla y su escaso español tenía que repetir varias veces o recurrir a mí para que repitiera o tradujera.

—Qué le parece si mejor cambiamos de asiento y así pueden entenderse mejor.

—Excelente idea Andy, esta señorita me hace una feliz noche.

Le agradecí a Dios pues en minutos encontré la oportunidad de despedirme.

—Nikolai, lo dejo en buena compañía, yo me voy a descansar. Ha sido un placer, espero que se diviertan.

Le regalé las fichas que me quedaban.

—Gracias, qué generoso es usted, que pase una buena noche— me dijo ella y siguió sonriendo encantada con Nikolai.

Al llegar al comando, me di un baño y me acosté. Unos 15 minutos después sentí que llegaron Pérez y Rojas. Arango no estaba. Me hice el dormido porque sabía que me iban a caer a preguntas.

—Jefe, Jefe, ¿está dormido? —preguntó Pérez.

No contesté.

—Nooo. Nooo —decía Rojas con voz de ultratumba y se reían.

Yo sabía que estaban haciéndolo a propósito para molestarme, hacer que los regañara y ahí caerme con sus cuentos.

—Pérez consiguió novia.

—No, qué va, fue Rojas.

— No, Jefe, fue usted.

Cogí la almohada y se las tiré encima, sus carcajadas se debían escuchar por todo el comando.

—Silencio que debe haber gente durmiendo por aquí cerca.

—Jefe, ¿qué le dijo la rubia?

—Nada que tenga importancia.

—¿Y le va a contar a Paulina que la azafata se le apareció a coquetearle?

—Ella le coqueteo al ruso.

—Uff, seguro  —no paraban de reírse—. Como si fuera boba, preferir ese gordo que a usted.

—Ese gordo es millonario.

—Ah, bueno, ahí sí de pronto le gana por unos pesitos—dijo Pérez.

—Sí, pesitos de los verdes, no de los que tiene en la barriga —concluyó Rojas.

Me estaban contagiando la risa.

—¡Eh!, dejen de hablar bobadas y duerman que mañana hay que madrugar.

—Todos los días hay que madrugar—dijo Rojas con desilusión, y siguieron riendo.

***

Toda la mañana la pasamos en un lugar privado que tenía el comando casi a una hora de distancia. Viajamos en cuatro helicópteros. Las armas resultaron ser rifles de asalto modernos con control inalámbrico, canal de comunicación y dispositivos de puntería láser; también rifles semiautomáticos para disparos de precisión usados por los francotiradores. Nos hicieron también demostraciones de bazucas usadas para la penetración de blindaje y que, a pesar de su potencia, las puede transportar un solo hombre. Rojas estaba encantado; este era su pasatiempo preferido.

—Usted ayuda en la toma de decisiones hoy, Rojas, así que deje de creer que esos son juguetes y póngale seriedad al asunto.

Me hizo el saludo militar y salió como un niño en una dulcería.

Terminamos casi a la una de la tarde y el general me invitó a almorzar. Quedé de encontrarme con los otros en el aeropuerto. Lo puse al tanto de la conversación con los dos hombres y él, igual que yo, quedó preocupado. Una vez terminamos ese tema, me preguntó sobre lo que yo intuía era su interés inicial.

—Usted sabe, Martínez, que yo le tengo gran aprecio, no solo porque lo conozco desde niño sino porque se ha convertido en mi oficial número uno tanto por su desempeño profesional como por su valor e integridad. El coronel Patiño me hizo un comentario que me ha dejado bastante preocupado. Otros de mis oficiales me han puesto al tanto de ciertas irregularidades que han notado en varios de sus compañeros; ahora, viniendo de usted, me confirma que hay algo de verdad en el asunto.

—Desafortunadamente sí. He estado haciendo averiguaciones muy discretamente con Pérez y con Castillo

—¿Tienen nombres específicos?

—Sí, mi general, pero le ruego que no me pida por ahora una identificación. Sería prematuro pues no lo tengo confirmado al ciento por ciento.

—¿Qué le hace falta?

—Un poco más de tiempo. Quiero que sea una investigación oficial en la que participen todos mis hombres.

—Haga lo que tenga que hacer, Martínez, confío en usted.

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