Tal como lo esperaba, la llegada fue memorable. Por primera vez las mellizas en vez de correr a abrazarme a mí, corrieron hacia ella, gritando como siempre.

El abuelo y la tía lloraban, hasta Carolina se veía conmovida. Paco, Julián y los demás le dieron la mano y la terminaron abrazando también. Todo era alegría. Finalmente las mellizas la soltaron y se encargaron de mí, saltaban a mi lado, corrían y bailaban algo que estaban aprendiendo en una academia.

Ya el carro estaba allí, Paulina entró a cambiarse. Yo me quedé conversando con Alberto. Caminamos hacia los establos para evitar el patio principal, frente a la casa, donde estaban organizando carpas, asientos y demás parafernalia para la fiesta.

—Bueno, Martínez, ahora sí sea sincero. Ese cuentico de Caperucita Roja y el Lobo que me echó anoche no se lo creo para nada.

Le puse la mano en el hombro y nos miramos fijamente. Los ojos se le encharcaron. Me abrazó.

—Ay, Martínez, si no fuera por usted, ¿qué le hubiera pasado a mi muchachita?

—No, Alberto, es al revés. Si no fuera por mí, eso no le hubiera pasado.

Y empecé mi historia contándole los detalles más importantes. Cuando terminamos, habíamos compartido lágrimas y risas, finalmente me volvió a abrazar.

—Usted es un valiente, Martínez, es un buen hombre. Estoy muy orgulloso de usted. Venga nos tomamos un trago, esto lo tengo que pasar con algo.

Caminamos hacia un bar que habían instalado a un lado del patio. Sirvió dos whiskys sin hielo como los dos lo tomábamos.

—Gracias por darme el mejor regalo de cumpleaños que un abuelo puede tener.

 

Carolina se me acercó.

—Y entonces qué, Andrés, ¿lo de ayer fue muy grave?

—Sí, honestamente me asusté bastante, por unas horas no sabía quién la tenía.

—¿Y quién fue?

—Un mafioso al que le dicen El Tigre, pero ya lo tenemos preso y gracias a Dios todo salió bien.

—Ahí vi que llegó acompañado, ¿Eso va a tener que ser así desde ahora o es temporal?

—Temporal, hay que confirmar que todo sigue en orden.

—¿Y son para usted o para ella?

—Para los dos.

Asintió.

— ¿Y Robert? No lo veo.

— Tenía cirugía esta mañana, llega de tres a cuatro —se quedó mirándome

—¿Usted al fin quiere decirle la verdad a las niñas?

Me tomó por sorpresa.

—Por supuesto. Es lo que más deseo, me parece lo correcto.

Torció la boca.

—¿Y Paulina qué dice?

—Ella está de acuerdo conmigo.

—Mmm, no sé cómo vamos a resolver este asunto.

—¿Carolina, hay algo que deba saber?, sinceramente noto algo extraño en tu manera de preguntarme las cosas y en tus ojos, hay algo que me preocupa.

—Se me olvidaba que usted es vidente.

Seguí insistiendo. La notaba seca y distante.

—No hay que tener habilidades extraordinarias, es solo intuición.

—¿Los hombres también tienen de eso? No sabía—dijo con ironía y caminó hacia la casa.

—Carolina, tenemos que seguir hablando, mi respuesta sigue siendo sí.

Levantó una mano sin siquiera mirarme y siguió caminando.

 

Llamé a Pérez y a Castillo. Todo estaba en orden. Les pedí que dieran una vuelta por el apartamento de Paulina; María Paz llegaría por la noche y quería asegurarme de que no hubiera ningún inconveniente. Llamé a Sandoval. Estaba disfrutando de sus 15 minutos de gloria y muy agradecido. Llamé también al coronel y hablamos sobre el asunto de los escoltas.

—Coronel, gracias por los escoltas, pero ¿será posible que me permita dejar a Paulina con uno de los míos? Yo voy con cuatro de ellos al entrenamiento en Esperanza de martes a jueves y me sentiría más seguro si alguno de los que se queda se hace cargo. Voy a hablar con ellos a ver cuál está dispuesto a ayudarme.

—Todos estarán listos, Martínez, esos hombres darían la vida por usted.

—Estaba pensando en Marco Polo o en Bernal. Ellos están solteros y son muy discretos. Ella tiene clases en la universidad y no quiero incomodarla, además me parece más prudente vigilarla de lejos que con este tipo de escoltas.

—Bueno, Martínez, como le digo siempre, haga lo que considere conveniente.

—Gracias, mi coronel.

Llegaron unos amigos de Alberto y conocidos míos así que me entretuve un buen rato con ellos. Seguía llegando gente. Sirvieron la comida. Luego llegaron unos músicos, ya eran casi la dos de la tarde. Paulina salió y vi que me buscaba. Me despedí y caminé hacia ella.

—Muy bonito, me abandonaste en manos de hombres extraños —le dije.

—Sobre todo lo extraños, todos esos son amigos tuyos.

La abracé y nos sentamos a comer. Al instante aparecieron las mellizas y comieron de nuestros platos.

El abuelo nos miraba de lejos. Hubo un momento en que cruzamos miradas. Levantó el vaso de whisky y sonrió. Le respondí levantando el tenedor, seguí comiendo y riéndome con las ocurrencias de las mellizas y Paulina.

Andrea se veía distraída y noté que refutaba o hacia malacara ante lo que Anie decía. Paulina se levantó un momento a limpiar a Anie que se había ensuciado el vestido. Andrea estaba pintando y me ofrecí a ayudarla.

—Está bien, tú completas esta mitad y yo esta.

Como es zurda, empecé a pintar con la derecha y pudimos hacerlo en la misma hoja sin problema.

—¿Por qué estas de mal humor?

—Me duele la cabeza.

—¿Desde cuándo te duele?

—Ummm, hace días, me duele porque Anie me molesta mucho.

—Yo no me he dado cuenta que te moleste, al contrario cada que dice algo peleas con ella.

—Todos le creen a ella y a mí no, porque ya no sueño con nadie, ni contigo, ni con Pauli.

Y hundió la cabeza en el papel pintando con rapidez. Yo no sabía qué estábamos dibujando, simplemente hacia cualquier figura que se me ocurriera.

—Yo tampoco sueño con nadie.

—¿Nunca?

—A veces he soñado pero no hay que hacerlo todas las noches para ser especial.

—Yo no soy especial. Anie es la que se cree muy especial.

—¿Te acuerdas de las abejas? Eso fue muy especial que lo sintieras porque yo sentía lo mismo.

—Esas tontas abejas me dieron el dolor de cabeza.

— ¿Qué tal si hablamos con tu mamá para que te lleve al médico?

—No. No quiero volver allá.

Le di un beso en la cabeza.

—Si puedo también voy contigo y de todas maneras le digo a Paulina que te acompañe y así sabremos porqué te duele. Pero me prometes que no vas a pelear con Anie. Ella no tiene la culpa y te quiere mucho.

—¿Y tú me quieres?

—Claro yo te quiero mucho.

—¿Y Pauli me quiere?

—Ella también te quiere.

Seguimos pintando hasta que Paulina regresó.

—¿Qué dibujo tan raro es ese?, ¿ya aprendiste a pintar como ellas?

Andrea me quitó los colores.

—Ya está listo.

Nos mostró la hoja. Ella había dibujado una puerta y un perro parado esperando que se abriera. Yo unos escritorios y muebles. Paulina y yo nos miramos con asombro. Era el lugar donde ella había estado retenida.

Robert llegó, saludó y se sentó a comer al lado de Carolina en otra mesa. Las niñas lo saludaron con cariño pero volvieron al ataque encima de nosotros. Nos jalaron para que saliéramos a bailar. Otras personas les hicieron barra y nos tocó aceptar.

—Yo soy pésimo para esto, tú lo sabes.

—Sí, mi amor, ya sé que esta es tu debilidad, tienes una mano derecha y una izquierda que te funcionan de maravilla, pero tienes o dos pies derechos o dos izquierdos, porque no coordinas.

Empezó a sonar una canción con una letra muy bonita pero un ritmo muy difícil. Ella se empeñó en enseñarme a bailar porque podía ser nuestra canción, si es que aprendía.

—¿No podríamos escoger un bolerito? —le dije asustado pues la canción era bonita pero muy difícil de bailar. No era como las de Castillo que solo hay que mover la cabeza para arriba y para abajo o las de Rojas que movía los pies para adelante y para atrás y daba vueltas como trompo. No, que va, se escogió una que ni era bolero ni era rock, “salsa romántica” según explicó volteándome los ojos.

“Amores como el nuestro, quedan ya muy pocos… del cielo caen estrellas sin oír deseos…”

Se reía a carcajadas, viéndome sufrir mientras trataba de imitar sus movimientos. Nos tomaron varias fotos y las mellizas danzaban alrededor o entre nosotros. Estaban a punto de tumbarnos.

A lo lejos Robert y Carolina nos miraban y hablaban. Los noté serios y distantes. Finalmente nos sentamos y las niñas se fueron a jugar a otra parte.

—¿Al fin cuando vas a poder decirles la verdad?

—No sé, ellos no me lo permiten, aunque hace un rato Carolina me preguntó que si seguía con la intención de decirles.

—Eso es un adelanto, ¿no crees? A mí me parece que  tienen miedo.

—¿Miedo? ¿Por qué crees eso?

—Porque cuando esas niñas confirmen que tú eres su padre van a querer estar contigo todo el tiempo. ¿Has pensado en eso?

—Sí, creo que voy a tener que comprar otro apartamento o quizá una casa, ya seremos cuatro.

Se me salió esa afirmación y ella se quedó sin expresión. Se levantó y salió casi corriendo para el cuarto. El corazón me protestó, esta mujer estaba a punto de causarme un infarto. La seguí lo más tranquilo que pude y la encontré sentada al borde de la cama mirando algo. Apenas entré lo escondió.

Las mellizas se reían en alguna parte y ella me señaló con la boca que estaban metidas en el closet. Abrí y tenían puestos los zapatos de Paulina, Anie una camisa y Andrea una chaqueta. Se carcajeaban de verme ahí parado.

—<<Dile a Pauli que te muestre la foto>>.

—¿Cuál foto?

—Silencio, sapas.

Ellas cantaban:

—Sapas —Sapas —<<croa, croa>> —y se reían.

—Uy, ya. Vayan a jugar con las cosas de su mamá que me van a enloquecer.

Salieron corriendo con los zapatos de Paulina puestos y por poco se caen.

—Si me dañan mis cosas me las pagan.

—¿Y con qué plata? nosotras no tenemos —aseguró Andrea.

—Siií, sí tenemos —refutó Anie.

—Nooo—gritaba Andrea y salieron peleando pero por fin se fueron.

Me senté a su lado.

—Mi amor no me asustes por favor, te lo ruego, yo te amo demasiado, mira tócame el corazón.

Dejó que le pusiera su mano en mi corazón. Agachó la cabeza, le besé las manos. Se fue deslizando y quedó sentada en el suelo a mis pies. Se abrazó a mis piernas, me fui resbalando también y me senté junto a ella.

—¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo de que te pase algo más?

Me miró y se le escurrió una lágrima.

—¡Ay, no!—dije.

La abracé y sentí cómo se encogió en mi pecho y se quedó ahí tranquila unos segundos. Mi mente volaba: “Tiene miedo de casarse conmigo por el peligro que implica, tiene miedo de la responsabilidad de ser mi esposa y una mamá para las mellizas; está segura que estamos locos o que somos fenómenos, no quiere dejar su vida cómoda para complicarse con tres personas más”.

Yo era capaz de adivinar y calcular movimientos y estrategias para dirigir once, treinta o más de cien hombres si fuera necesario, pero no era capaz de saber qué le pasaba a mí mujer.

Las mellizas volvieron y entraron sigilosas:

—¿Estás brava, Paulinita? —siguió abrazada a mí —Estás enfermita? —<<¿Estás borrachita?>>

—¿Quéee? —ahí sí levantó la cabeza—. Por buena les dio.

—Muéstrale la foto—. ¿Quieres que te contemos que Pauli se emborrachó un día? —Y se quedó dormida con una foto —Y le daba besos y decía — <<Papacito>>.

Les tiró una almohada y ellas corrieron y se pararon en la puerta. Se asomaron de nuevo y repitieron —<<Papacito>>.

Ella empezó a reírse y yo también. Era inevitable.

—¡Tontas sapas esas! —exclamó y me miró con picardía.

Metió la mano debajo de la almohada y sacó una foto. La miró y le dio un beso. Me la entregó. Estaba medio ajada pero se veía perfectamente. Allí estábamos Paulina y yo bailando el día que ella cumplió los dieciséis años. Suspiré aliviado.

—Uff, pensé que era una foto de algún novio viejo.

—Yo nunca he tenido novios viejos, todos han sido jóvenes, el más viejo eres tú —me dijo graciosamente.

—Esta es la noche que te vi por primera vez como mujer.

—Y yo como hombre.

—Tu abuelo me invitó a tu cumpleaños. Yo había venido a visitar a mi mamá que estaba muy enferma. Entré preciso cuando estabas bailando con él. Se esperaba que todos los hombres de la fiesta bailaran contigo. Alguien me empujó y en ese instante nos tomaron esta foto.

La miramos y nos besamos.

—Me dio escalofrío mirarte a los ojos, creo que me embrujaste —me dijo convencida.

—Yo creo que tú hiciste lo mismo conmigo —nos miramos como cómplices y nos besamos con pasión.

—Cuéntame lo de la borrachera, nunca me has contado nada de eso —le dije, besándole la punta de la nariz.

—Eso fue otro día, también en mi cumpleaños. Mis amigas vinieron, trajeron vino y pusimos música. Me cantaron con una torta de pan que había hecho mi tía. Tú apareciste y te vi de lejos hablando con mi abuelo. Te arrimaste a saludar y luego te volviste a ir, pero antes me diste este regalo.

Miró el nochero. Allí tenía un globo de cuerda que yo le había traído. Al sacudirlo “nevaba” sobre la ciudad de Nueva York. Por supuesto sabía que estaba cumpliendo veintidós años.

—Sin darme cuenta tomé demasiado y cuando ellas se fueron y me levanté, estaba mareada. Las locas estas vinieron a ayudarme y nos caímos casi llegando a la sala. Por fin llegué a mi cama y me acosté. Según dicen, saqué la foto,  le di besos,  le dije papacito varias veces y me quedé dormida.

—¿Dime, por favor, de qué tienes miedo? Los dos llevamos nueve años queriendo estar juntos y ahora que por fin nos amamos con esta locura tan especial, ¿quieres salir corriendo? ¿Es por lo que pasó ayer? o ¿es otra cosa?

—No sé, son tantas cosas a la vez, nunca pensé que fuera tan difícil ser grande.

Nos quedamos abrazados un buen rato.

—¿Quieres que me vaya y te dé tiempo para pensar si me amas lo suficiente para compartir la vida conmigo?

Se demoró en contestarme, pero la sentencia me llegó en un susurro.

—Uhum.

Le di un beso en la frente y me levanté muriéndome.

Salí tragándome el llanto. El abuelo me vio pero entró a la casa. Seguí caminando hacia el carro.

Como una burla a mi “situación presente” la cancioncita empezó a sonar y yo quería taparme los oídos para no oír la estúpida canción esa.

“Como Romeo y Julieta, lo nuestro es algo eterno”

¿”Paulina, si escuchará esa parte?” me pregunté con cinismo.

Ya estaba abriendo la puerta del carro cuando escuché un grito.

—¡Martínez, Martínez!

Era ella. Corría hacia mí. La recibí en mis brazos. Se colgó de mí cuello.

—Perdóname,  perdóname, te amo con toda mi alma, no te vayas por favor.

La abracé con fuerza y la levanté sentándola dentro del carro. Me quedé parado entre sus piernas.

—Por favor, no quieras separarnos, por favor, te amo con toda mi alma —le dije besándola y cogiendo su cara entre mis manos.

La canción decía… “un amor como el nuestro no debe morir jamás”…Mmm, ahora sí me gustó… quizá la pueda aprender a bailar.

Nos quedamos allí abrazados disfrutando de nuestro amor y por un momento nos olvidamos del mundo entero.

Llegó la noche y la hora de despedirme. Yo pasaría a recoger a Paulina al otro día temprano. Uno de los escoltas llevaría el carro de ella. Sarmiento iba a dejar hombres de él patrullando el área durante la noche.

Estaba con Paulina en mi carro despidiéndome cuando Carolina y Robert se nos acercaron.

—Tenemos que hablar —dijo Robert.

—Claro que sí, ¿quiere que nos sentemos en alguna parte? ¿Vamos a mi casa o a otro lugar?

—No. Aquí está bien, ya este tema lo hemos tratado tantas veces que básicamente es muy poco lo que hay que concretar.

—Está bien, entonces, ustedes dirán.

—Pensamos que llegó el momento de decirle la verdad a las mellizas.

Me sorprendí. Paulina me apretó la mano.

—¿En serio? Dios mío, Gracias Robert. Gracias.

Le di un abrazo.

—Será por la salud mental de todos —aseguró Carolina—. Últimamente están más sensibles que nunca. Pelean mucho. Andrea se ha vuelto mandona y desobediente, y Anie débil y llorona.

—Sí, me he dado cuenta —dije con tristeza.

—Están creciendo. Necesitan entender por qué tienen esa conexión tan especial contigo —dijo Robert.

—Escojan el día y la hora, nos avisan y los esperamos —añadió Carolina—. Me imagino que van a estar juntos. Ellas aman a Paulina y puede ser de ayuda que la vean contigo. Además, con la locura que mantienen porque ustedes se casen, se van a sentir contentas. ¡Que sea lo que Dios quiera! Yo estoy agotada de sentirme una extraña para mis propias hijas. Ellas se conectan más con ustedes, que con nosotros que las criamos. No sé por qué.

Se le salieron las lágrimas. Robert le pasó el brazo por los hombros.

—Voy esta semana para Esperanza, regreso el jueves por la noche, ¿qué tal el viernes?

—Está bien, así será —dijo Carolina resignada y caminó hacia a la casa. Robert me miró a los ojos.

—Usted lleva siete años pidiendo que lo dejemos decirles la verdad, ya se le cumplió su deseo —me puso una mano en el hombro, nos sonrió a los dos y se alejó.

— ¿Estás bien? —me preguntó Paulina y me tocó la cara.

—Asustado ¿y tú?

—También. Pero creo que es lo correcto.

—Ahora sí tienes más razones para dejarme.

No sé porqué se me ocurrió decir semejante cosa. De un momento a otro me estaba sintiendo más inseguro que un quinceañero. Me miró directo a los ojos.

—Solamente si las cansonas esas se siguen poniendo mi ropa y mis zapatos…ah… y contándote mis secretos.

Se quedó seria mirándome. Yo no sabía si hablaba en broma o en serio. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la casa. La jalé del brazo y la apreté con tanta fuerza que se quejó.

—Y si me sigues quebrando los huesos, con mayor razón te dejo.

Soltó la risa y me abrazó. Me besó la cara, los ojos, la nariz. Me sentía en sus brazos como si tuviera temblores de muchachita inocente.

—¿Qué dirían los de La Élite si te vieran así temblando como un perrito callejero?

—¿Por qué te gusta burlarte tanto de mí? Te pareces a la detestable de Paulina Reyes, la mocosa esa que me miraba por encima del hombro siempre.

—Uy, qué ofensa tan grande me has hecho, esa muchacha me cae muy mal a mí también, yo ni en la oreja me parezco a ella, yo soy otra completamente diferente.

—Ah sí y ¿cómo se llama usted señorita?

—Mmm, estoy en proceso de cambiarme el nombre.

—¿Y cuál le gustaría tener?

—Quizá Paulina Martínez —y se quedó seria otra vez.

—A mí no me van a matar las balas mujer, me vas a matar tú de un susto o de un infarto. ¿En serio te casarías conmigo?

—Vamos dando un pasito a la vez, mi teniente, un pasito a la vez.

La abracé y me quedé ahí un rato sin dejarla mover. Poco a poco me recuperé.

—Es hora de irme, seguiremos hablando mañana, te recojo a las ocho.

Nos dimos un beso y me fui.

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