Navidad al estilo Corazones Élite

Martínez sus hombres y sus familias nos muestran como divertirse en Navidad. Incluyendo un atentado que le salió muy mal al maleante.

Source: Navidad al estilo Corazones Élite

Anuncios

El Encuentro #21

Llamé primero al coronel; se alegró. Me invitó a almorzar con él en su oficina para seguir hablando, acepté, pero le pedí 20 minutos. Tenía que llamar al general y quería saludar a Paulina. A estas alturas estaba seguro que, si no pasaba algo extraordinario en el rescate, podríamos ir a la fiesta.

El general también se alegró y quedó de avisarles a los americanos. Tendríamos que coordinar con ellos para rescatar a Nikolai mientras interceptaban las armas. Bolívar seria encarcelado junto con Gusano; Ramírez estaba a cargo.

La tarde pasó rápido. Teníamos que salir a las 17:00. Tardaríamos 45 minutos para llegar a cada punto de aterrizaje. Castillo nos envió coordenadas al equipo de los helicópteros. Cruz en el satélite comprobó que estábamos en línea y los radios trasmitiendo perfectamente. Mientras el satélite y el equipo de Castillo funcionaran correctamente seguiríamos conectados aun dentro de la selva.

Castillo y Muriel viajarían con Bernal. Después de aterrizar, Muriel se ubicaría en algún árbol para protegerlos. Esperarían recibir noticias de Nikolai. Si estaba herido y no podía caminar tendrían que elevarse y recogerlo desde el aire, porque arrastrarlo por la selva media hora sería muy peligroso. Los del monte siempre se dividían en pequeños grupos para acampar y podrían darse cuenta del operativo.

No tenía suficientes hombres ni municiones para un enfrentamiento. Íbamos armados con pistolas semiautomáticas y Mini Uzi, todas con silenciador, incluyendo mi rifle, los de Rojas y Muriel. Si teníamos que rescatar a Nikolai por aire, Rey y Moreno, que eran los expertos en explosivos, crearían una distracción.

Mi punto de aterrizaje era más cercano al lugar donde estaba Nikolai. Si todo salía bien, con o sin él, Bernal volaría por el lado contrario para despistar los vigilantes que quedaran. Nosotros regresaríamos sin inconvenientes al helicóptero. Castillo les confirmaría a los americanos que teníamos a Nikolai. ¡En teoría todo saldría perfecto!

Rojas tuvo la idea de dejar una bandera rusa abandonada en el monte para que pensaran que lo habían rescatado amigos de él, nada que ver con nosotros

—Excelente idea, Rojas, excelente.

Le pedí a Milena que me consiguiera una inmediatamente.

A las 17:00 estábamos en el aire rumbo al oriente. Aterrizamos sin problema en los puntos designados y bajamos como habíamos acordado. El ambiente se sentía húmedo, una suave niebla cubría la tierra, la vegetación era muy frondosa y adentro ya estaba oscuro. Todos llevábamos gafas de visión nocturna, algunos con infrarrojo para detectar el calor humano.

Se escuchaba únicamente el ruido de búhos, sapos, murciélagos y grillos. Era la ventaja de la noche. Si no tropezábamos con alguno por accidente, no tendríamos mayor peligro. En la zona había jabalíes que podrían atacarnos si los perturbábamos, pero nos preocupaban más las serpientes. Esas sí eran más astutas y sigilosas que nosotros.

Empezamos a caminar cautelosamente acercándonos al campamento. Nos deteníamos cada cinco minutos. Rojas tenía una mira en su arma también de visión nocturna y se subía a algún árbol a ver si divisaba algo. Yo hacía lo mismo con un monocular y Rey con otro.

Escuchamos el silbido de alarma de Rojas y nos quedamos paralizados. Cinco hombres venían caminando muy tranquilamente. Mariano me hizo señas, preguntando si los atacábamos. Dudé por unos segundos, pero recordé que tendríamos que volver por ese camino; no podíamos dejar cabos sueltos. Di la orden de atacarlos, señalando uno para cada uno. Rey y yo les saltamos desde un árbol, los otros tres fueron confrontados por Mariano, Moreno y Marco. No alcanzaron a ofrecer resistencia. Nos miramos con aprobación y de pronto un sonido ahogado y ronco nos volvió a sorprender.

Rojas usó su silbido de alerta nuevamente. Nos ocultamos, pero vi que Mariano se agarraba una pierna con dolor. Me arrastré hacia él mientras Rey subía como un mico, y Marco y Moreno corrían de un árbol a otro sigilosamente.

Con mi cuchillo le abrí un roto en el pantalón y vi lo que imaginé eran perdigones de algún arma de las que usaban los rebeldes para cazar. Entonces me quedó claro el panorama: Eran cazadores, aprovechaban la oscuridad para coger sus presas por sorpresa. Rojas disparó dos veces más y al minuto usó su silbido de seguridad. Marco y Moreno se acercaron.

—¿Qué pasó, Jefe?

—Estaban de cacería, le dieron con perdigones.

—Uy, Jefe, pica, pica, como si fueran avispas.

Los otros empezaron a reírse.

—Chiss, ¿quién tiene pomada para pólvora?

—En mi mochila, Jefe —me dijo él mismo. Más risa les dio a los otros.

—¿Cuál es la risa?, esto es serio, estén vigilantes. Yo lo curo.

Moreno se retiró, pero Marco se quedó conmigo.

—Déjeme hacerlo, Jefe, ya tengo experiencia, acuérdese que le saqué unos cuantos de su cola.

Todos seguían riendo.

—Nos van a descubrir por esas bobadas de ustedes. Recuerde que yo le saqué unos cuantos de otra parte.

Más risas, ahora ahogadas.

—Jefe, acláreles a estos babosos de dónde.

—No. Hasta que se ponga serio a trabajar.

Salió muy obediente. Aunque no le gustaba subirse a los árboles, parecía un orangután en su entorno. Desde la copa de un árbol me volvió a susurrar por el radio:

—Explíqueles, Jefe.

Todos seguían ahogando la risa y yo con el cuchillo sacando perdigones de la pierna de Mariano. Le unté el medicamento y le vendé la pierna. Quedó como nuevo.

—Gracias, Jefe y aquí entre nos, ¿dónde le dieron a Marco?

—En el estómago.

—Gracias, Jefe —me dijo Marco.

—No entiendo el chiste —dijo Mariano aún adolorido.

Marco y yo nos reímos recordando el susto que pasó, pues la verdad le dieron bien bajito, por poquito lo dejan tío.

Seguimos caminando. A unos 50 metros divisamos algo. Nos detuvimos un momento a planear qué hacíamos, teníamos que saber cuántas personas había y sobre todo asegurarnos que allí tenían a Nikolai. Si no, tendríamos que seguir nuestro camino pasando desapercibidos.

Rojas se quedó arriba con su rifle atento a cualquier movimiento. Rey a medio camino; era muy ágil, parecía otro de los monos que tanto abundaban en esa región.

Un ruido inesperado nos alarmó. Quedamos paralizados por unos segundos. Varias ardillas y tres monos saltaron entre los árboles. Suspiramos. Rojas silbó, me hizo señas que subiera a mirar; Rey subió un poco más y yo hice lo mismo. Algo estaba pasando en el campamento, levantaban el dedo pulgar, mirándose los unos a los otros felices. Teníamos que acercarnos más; bajamos y corrimos otros diez metros, volvimos a subir a los árboles.

Marco se sentó recostado a un árbol con su cuchillo en la mano y se dedicó a jugar con él. Se veía todo más claro ahora, una cabaña pequeña hacia la izquierda, siete hombres y dos mujeres. Cuatro estaban sentados en una mesa jugando cartas y tres caminaban de lado a lado de otra construcción sencilla de madera con techo cubierto de hojas de palma. Las dos mujeres veían jugar los tipos, una abrazada a uno de ellos.

Podría ser el lugar donde estuviera Nikolai. Me sentí aliviado. Quería terminar rápido y largarnos de ahí. La selva no era mi lugar preferido, especialmente de noche.

—Muriel—le susurré por el radio— ¿cómo están?

—Todo tranquilo, no hay nadie por aquí, solo monos que me miran con ganas de jugar conmigo.

—Parece que ya encontramos a Nikolai, estén atentos. Castillo, ¿le han confirmado algo los americanos?

Eran las 18:15.

—Nada, Jefe. Ya les avisé que estamos aquí, solo dijeron “Ok”.

Bajé. Mariano, ya muy recuperado, vigilaba el terreno con sus infrarrojos. Me le acerqué a Marco y me quedé paralizado. Saqué mi cuchillo y le hice señal de que cerrara los ojos. Lo tiré casi en su cara. Se levantó espantado; la cabeza de una serpiente estaba clavada en la corteza del árbol a escasos centímetros de su cara.

—Ay, Jefe, ay, Jefe, ay, Jefe —no paraba de repetir.

—Alerta Marco, aquí hay peligros a cada paso.

—¡Ay, Jefe!

Liberé mi cuchillo y lo limpié en el suelo. Con la mano les indiqué juntarnos. Rojas seguía arriba, le hice señas de analizar las armas que tenían.

—Hay siete hombres y dos mujeres a la vista —les expliqué—. Están vigilando una caseta de madera sobre estacas. Están a cuarenta metros más o menos, tenemos que acercarnos, pero vamos a separarnos. Necesitamos saber qué hay por el otro lado. Moreno, Marco y Rojas vayan por la derecha, yo voy con Rey y con Mariano por la izquierda. Si no hay más gente cerca podemos hacer esto en menos de diez minutos. Cuando estén a diez metros vuelven a observar.

—Jefe —escuché que me llamaba Castillo—, los gringos acaban de confirmar la entrega de las armas, ya las están embarcando.

—Por eso fue la conmoción —comentó Rojas desde su puesto—. Se están abrazando y tomando algo.

—Entonces es seguro que ahí tienen a Nikolai, ¿han entrado a la casa? ¿Se ve más gente?

—No.

—Fíjese bien debajo de la casa, acuérdese que acostumbran tener hamacas y ahí duermen.

—No veo bien, uno de los tipos está escribiendo algo en un tablero, puede ser el tal Robin ocho.

—Baje y sigamos, tenemos que acercarnos más. Cuando empecemos a liquidarlos, se queda arriba; si alguno corre le da.

—Confirmado.

Nos dividimos y al acercarnos por mi lado vi dos bandidos más.

—Aquí hay dos más. En total veo nueve hombres, puede haber alguno con Nikolai o durmiendo —concluyó Marco.

—Hay tres debajo de la casa, no se distingue si son hombres o mujeres, están metidos en las hamacas —dijo Moreno.

—Dejémoslos de últimos, por acá no veo ningún movimiento en los próximos cincuenta metros, ¿qué ve usted?

—Nada, tampoco —confirmó Moreno—. Si hay otro campamento, debe estar lejos.

Nos acercamos a 10 metros. Se escuchaban voces, sonaban alegres, había risas y parecía que estaban cocinando algo en la caseta de al lado. Se veía una estufa con dos ollas grandes encima y dos tanques de gas. Le hice señas a Rey, quería que eventualmente explotara eso. Habíamos acordado que las explosiones se harían cinco minutos después de que saliéramos de ahí.

Necesitaba confirmar si Nikolai estaba en la casa antes de hacer algo. Envié a Rey; él era el más ágil y liviano. Tan pronto se quedó sin vigilancia el lado derecho de la casa, se subió al techo y corrió las hojas que lo cubrían. Yo no le quitaba los ojos, con el monocular lo veía perfectamente. Me hizo señal con el dedo pulgar.

—Está aquí, pero hay un idiota durmiendo en el piso en un rincón.

—Rojas, dele a las dos mujeres, y siga atento por si alguno sale huyendo.

Le asigné dos a cada uno.

—Rey, neutralice el de adentro y yo me encargo de los tres que quedan. Entre y le avisa a Nikolai. Mire si está herido o qué le pasa. Esperen que completen la ronda… Uno, dos… ¡Fuego!

En menos de un minuto estaban todos en el piso. Me tiré debajo de la casa y uno de los que se estaba levantando alcanzó a disparar a lo loco, pero cayó en segundos. El otro corrió gritando y Rojas lo recibió. El último ni se movió, lo tumbé de una patada, ya estaba muerto, seguro Rey le había disparado desde arriba.

—Nikolai está un poco averiado, Jefe. Tiene heridas en los pies. Me está dando besos y hablando en ruso.

Subí corriendo.

—Encárguese de los explosivos. ¡Tenemos que salir de aquí!

Nikolai se me tiró encima.

—Andy, usted es mi ángel, анrел, анrел —repetía en ruso.

—¡Que gusto, Nikolai! Me tenía preocupado, ¿puede caminar?

—No mucho, esos idiotas me metieron como cinco horas por el monte con unas sandalias estúpidas que yo tenía puestas.

—Bernal, venga por Nikolai, no puede caminar. Aquí hay un claro grande. Castillo, consiga las coordenadas, mi celular tiene señal. Confírmeles a los americanos. Muriel, siga pendiente de algún movimiento. No vemos nada a cincuenta metros, pero pueden estar escondidos.

En siete minutos apareció Bernal y Muriel colgando del cable para elevar a Nikolai; tiró la bandera en la copa de un árbol, quedó prácticamente izada.

—Vamos, Nikolai, que esto sí lo puede hacer. Será como en los viejos tiempos.

Me cogió la cara entre sus manos y me dio un beso en cada mejilla.

—No tengo dinero para pagarle, Andy, no tengo.

—Vamos, Nikolai, esto es cortesía de la casa, nos vemos en el comando.

Y sin más, Muriel lo enlazó con otro cable y abrazándolo, lo elevó hacia la libertad. Salimos corriendo y dejamos todo listo para explotar.

Corrimos como si nos estuvieran persiguiendo y en veinte minutos estábamos rumbo al comando. Ni siquiera nos detuvimos cuando escuchamos la explosión, tampoco quisimos sobrevolarla. Ya no queríamos saber nada de la bendita selva. Eran las 19:05 horas.

Cuando estábamos seguros en el aire, llamé a Pérez. Todos gritaban de alegría; se pusieron a cantar. “sube las manos pa’ arriba, dale pa’ abajo, dale pa’ un lado, pa’l otro lado”.  Era la canción de baile de momento, según Rojas que se las sabía todas.

Pérez me confirmó que acababan de detener a Bolívar, con Gusano y tres tipos más. Ellos habían visto todo de lejos y ahora iban camino al comando. Regresaban mañana en el primer vuelo.

—Jefe, gracias por curarme, usted sí es un buen enfermero, no como Marco que es un salvaje —me dijo Mariano.

—Deje de ser desagradecido, yo tengo manos de seda, ¿cierto, Jefe?

—Y piernas también, me consta.

Todos se reían. Rojas, sobre todo. El otro le dio una patada.

—Hey, loco, que va a dañar la bailada.

Siguieron cantando y compartiendo historias, tan entretenidos que llegamos sin darnos cuenta.

Llamé a Paulina para que estuviera tranquila, estaba feliz de saber que ya había llegado, me hizo jurar que estaba entero, pero me sintió vacilante.

—¿Pasó algo, verdad?

—Bueno…  a Mariano lo picaron las avispas.

Llegamos a la enfermería, Mariano tenía que hacerse revisar la herida y recibir una vacuna antitetánica. Yo quería saludar a Nikolai. El coronel estaba con él. Me abrazó.

—Felicidades, Martínez, todo salió prefecto.

Nikolai seguía dándome las gracias. Ya había hablado con Mr. Washington, quien le aseguró que había aprendido la lección. Los americanos habían recuperado las armas y tenían quince personas detenidas.

—El coronel me invitó a la fiesta de mañana y así sea en silla de ruedas pienso ir.

—Me alegra mucho, Nikolai, eso le va a ayudar a superar este incidente.

—Esos animales, les pedí que me pusieran unas botas y no les dio la gana. ¿Sabe qué me dijeron? Que como yo era el rebelde que no quería colaborar con ellos que me aguantara. Que, si quería que me trataran bien, de ahí en adelante tenía que cambiar de actitud. No les volví a hablar y me vine cantando y maldiciéndolos en ruso. A propósito, excelente la idea de la bandera, excelente, que aprendan esos degenerados a no meterse con un camarada —y se carcajeaba como de costumbre.

El coronel se despidió y unos minutos después nos trajeron comida a los dos. Me imaginé que había sido idea del coronel; últimamente estaba pendiente de mi alimentación. Una enfermera entró y le inyectó algo en la bolsa de suero con que lo estaban hidratando.

—Con esto va a descansar mejor, señor Nikolai.

—Gracias, mi querida, gracias, usted es muy dulce, ¿me va a cuidar toda la noche?, ¿no se va a ir?

—Sí, señor, aquí estoy de turno y lo voy a estar cuidando.

Comimos y me despedí. Algunos se fueron, otros nos dormimos casi de inmediato.

La mañana transcurrió entre papeles, preguntas, historias, explicaciones, llamadas a Esperanza, llamadas a los americanos y en fin burocracia, pero todos estaban satisfechos con el éxito de la operación.

Pérez y Arango llegaron y, una vez terminaron sus informes, se fueron a descansar. No se habían reportado incidentes con la gente del monte y Gusano estaba incomunicado. Bolívar y Mojica habían confesado para evitar la corte marcial y el escándalo público.

Fui a visitar a Nikolai antes del mediodía. En uno de los trípodes de colocar el suero tenía colgada una bolsa con cierre. Me pidió que la abriera y le diera mi opinión del vestido que había comprado.

—Está muy elegante, Nikolai, ¿quién se lo consiguió?

—Llamé a un almacén donde he comprado antes y también me trajeron otro conjunto para viajar mañana.

—En la fiesta tendré oportunidad de presentarle a mi novia.

—¡Qué bien, Andy! Me encanta que tenga quien lo quiera, ¿y es algo serio o temporal?

—Es serio, Nikolai, le voy a pedir que nos casemos.

—¡Felicidades! va a decir que sí, ¿cierto?

—Eso espero —le dije sonriendo. El asintió con alegría.

—Ya que estamos hablando de amor, quería pedirle un favor. ¿Será que usted me puede ayudar a conseguir el número de nuestra amiga, la azafata? Quiero invitarla.

Sonreí y le conté que ella me había preguntado por él.

—¿En serio?, ¿qué le preguntó?

Me acordé de Pérez.

—Que si usted era casado.

—Le dijo que no, verdad, Andy, le dijo que no.

—Le dije que no estaba seguro, que hasta donde yo sabía hace un año estaba casado, pero que le preguntara a usted.

—Ay, Andy, ¿por qué tiene que ser tan correcto en esta vida? ¿Por qué? —se rio—. Espero que esa novia suya valga oro, diamantes y vodka del mejor del mundo porque se está llevando un tesoro, pero tranquilo que yo arreglo ese asunto rapidito —me miró pensativo—. Mmm, Andy, ¿no será que en pago por su indiscreción me la localiza? Usted debe tener algún método policiaco —me reí.

—Quizá no haya necesidad, uno de mis hombres es amigo de la compañera de ella. No se haga ilusiones, pero trataré.

—Gracias, Andy, gracias.

Me abrazó, me besó otra vez las mejillas y me las apretó con fuerza, al tiempo que me decía:

—Usted vale petróleo puro, Andy, petróleo puro.

Me despedí y salí.

Quería ver a Paulina y tener un tiempo a solas con ella antes de la fiesta.

Camino a la oficina, llamé a Rojas. Efectivamente él iba a ir a la fiesta con la azafata. Le pedí que invitara a la amiga de Nikolai; quedó de confirmarme si era posible. Llegué a mi oficina y me tenían malas noticias.

—Jefe, dice el coronel que vaya urgente a su oficina, entró como loco a buscarlo.

—Si no la llamo en la próxima media hora, se puede ir a descansar. Me imagino que debe tener mucho que hacer antes de la fiesta.

—Gracias, Jefe, usted es el mejor.

—Uhum —respondí y salí apurado, ¿qué se habría atravesado ahora?

El coronel necesitaba que trajera al general y a su esposa en el helicóptero desde el aeropuerto. El piloto encargado se había enfermado y los demás estaban ocupados en diferentes operaciones. Bernal ya se había ido.

Llamé a Paulina, no alcanzaría a ir hasta el apartamento por la tarde.

—¡Ay, no! Entonces cuando me recojas y yo te vea tan hermoso y espectacular con tu uniforme ¿me tendré que aguantar las ganas de amarte y amarte y amarte?… Acuérdate que las mujeres tenemos obsesión por los hombres en uniforme.

—¿Tú también?

—¡Claro! Yo soy mujer.

—Yo pensé que eso era un mito.

—Mito o no mito, me voy a morir de emoción cuando te vea tan elegante.

—Y ¿tú has pensado que yo también te voy a ver preciosa con tu vestido y que también tendré que aguantarme las ganas de amarte y amarte y amarte quien sabe hasta qué horas?

—¡Nos vamos a morir!

Nos reímos y seguimos diciéndonos bobadas un buen rato.

 

El Encuentro #20

Entré a mi oficina, eran las 06:30. Llamé al coronel.

—Buenos días, mi coronel, qué pena molestarlo tan temprano.

—No, hombre, Martínez, qué pena ni qué pena. Estaba por llamarlo para ver si había nuevas noticias.

—Bastantes.

Y lo actualicé.

—Creo que nos toca interrogar a Mojica inmediatamente, porque Ruiz no sabe nada sobre los contactos directos, no era más que un mandadero de Mojica.

—Y otra cosita mi coronel ¿qué le parece si le echamos mano a Gusano de una vez?

—Excelente idea. Llego cuanto antes. Llame usted al general, él nos consigue la autorización para coordinar todo con los americanos y ganarnos el tiempo necesario para rescatar a Nikolai.

Con el visto bueno del coronel, me quedó fácil convencer al general de nuestra capacidad de rescatar a Nikolai mientras los americanos se apoderaban de las armas y las personas implicadas. La operación se haría con absoluta reserva; teníamos el tiempo justo para entrar por él y salir inmediatamente. Un tratado de paz prohibía cualquier operación militar o policial.

Le pedí que activara a Castillo con los americanos para que le dieran acceso a la información de las grabaciones que tenían entre Mr. Washington y los compradores. Además, necesitábamos conexión directa para confirmarles en el momento que tuviéramos a Nikolai o si sucedía algo inesperado. Estuvo de acuerdo. La planeación y conclusión de la operación quedaba en mis manos.

Castillo estaba esperándome en la sala de comunicaciones. Le pedí que buscara lugares para aterrizar en el área, no podíamos usar bases militares ni lugares muy visibles.

—Esté pendiente de una llamada de los americanos; en cualquier momento le envían confirmación para activarlo como oficial de comunicaciones y le envían las grabaciones que tienen hasta ahora de Mr. Washington con los compradores. Tan pronto las tenga me avisa. Necesitamos analizarlas para ver si encontramos algo sin tener que detener a Mojica.

Me senté en mi escritorio y del cajón saqué el anillo de compromiso, lo mantenía de paseo: donde estuviera yo, estaba él. Lo miraba varias veces al día y buscaba en mi mente el momento ideal para entregárselo. Mejor dicho, para “cerrar el negocio” como decía Pérez. Quería que fuera una ocasión romántica, pero con estos horarios intensos de trabajo no imaginaba cuándo sería el momento. Pensé en llamar al abuelo y hablar con él primero; sería lo más indicado, pero quería hacerlo personalmente. Castillo gritó y me sacó de mis pensamientos. Miré el reloj: 07:36. Terminaron mis minutos de romántico empedernido.

Mi oficina tenía tres salones, al entrar estaba Milena, mi secretaria, hacia la izquierda mi oficina privada y a la derecha el salón donde nos reuníamos y donde había instalado un lugar permanente para Castillo.

—Jefe —volvió a llamarme.

Caminé hacia él.

—Más le vale que sea importante porque me robó varios minutos de descanso.

—Ya los gringos me mandaron autorización, ya lo autentiqué todo y ahí están llegando las grabaciones.

—¿Eso fue rápido, no?

— ¡Ni tan rápido!: tres minutos y cuarenta y cinco segundos.

Lo miré con incredulidad. Volví a mi oficina y llamé a Pérez. Lo actualicé.

—Vamos a pasar la próxima hora escuchando grabaciones a ver si logramos ubicar a Nikolai. Si no, tendremos que detener a Mojica y obligarlo a llamar a Bolívar con mentiras para que se comunique con Gusano, estén pendientes. Comuníquense con Ramírez, él ya sabe que ustedes están ahí.

A las 08:25 estaban todos en la sala. Hasta ahora, Castillo había encontrado solo un lugar para aterrizar. Cruz se sentó a ayudar. Les conté todo lo que había pasado.

—¿Cuántas grabaciones han llegado, Castillo?

—Van seis.

—Empiece a enviarlas a los celulares de cada uno para que puedan escucharlas. Los que ya tienen tareas específicas, dejen de último las grabaciones; Bernal, usted sí definitivamente a los helicópteros; tienen que estar listos sí o sí.

—Listo, Jefe.

—Rey, detrás de Mojica.

Los demás se enfrascaron en escuchar las grabaciones. Salí a encontrarme con el coronel, entré a su oficina y muy amablemente me ofreció algo de desayunar.

—Estoy seguro que no ha comido nada, Martínez.

Le agradecí y mezclamos el desayuno con los planes del día. A las 09:15 regresé a mi oficina.

—Nada, Jefe, mucha información, pero nada sobre la localización exacta, lo que sí es que está en estos lados. Siempre hablan del oriente —me anunció Muriel.

—Bueno, entonces es hora de detener a Mojica, ¿dónde está?

—En la sala de satélite —me confirmó Castillo.

—Marco, Rojas, conmigo; los demás a revisar y alistar los equipos. Castillo, avísele a Pérez que estamos deteniendo a Mojica y que le avise a Ramírez. Salimos y en el camino nos pusimos de acuerdo en una estrategia para lograr que hablara antes de tener que someterlo a un encuentro persona a persona con el coronel. Rey nos vio y se acercó.

—Jefe, ¿qué está pasando?

—Llegó la hora, Rey, esté alerta, lo vamos a detener.

Entramos los tres al cuarto del satélite. Mojica se quedó petrificado.

—Buenos días, ¿en qué los puedo ayudar? —se ofreció inocentemente Villareal que estaba de turno.

—Buenos días, Villa, ¿puede darnos unos minutos a solas con Mojica?

—Claro, Martínez, claro.

Salió presuroso.

Mojica se levantó.

—¿Qué puedo hacer por usted?

—Puede decirme dónde encontrar a Nikolai.

Se puso pálido, pero conservó la calma.

—Hombre, Martínez, si se refiere al ruso, amigo suyo, no tengo cómo ayudarlo, no tengo idea. Si quiere saber, ¿por qué no lo llama y le pregunta directamente?

—Ojalá pudiera, Mojica, pero sus amigos del monte lo secuestraron.

—Yo no tengo amigos en el monte.

—Desafortunadamente, tenemos pruebas que dicen lo contrario.

—¿Qué pruebas?

—Además de la confesión de Ruiz ¿Le sirven videos, conversaciones y fotos?

Se quedó callado y caminó hacia la puerta; Marco y Rojas se le interpusieron. Se rio descaradamente.

—Hombre, no hay necesidad de fuerza. Yo no sé nada de su “Ruso”. Busque otro idiota, que lo ayude o que le crea eso de las tales pruebas.

Caminé hasta la consola.

—Castillo, mándeme al equipo del satélite la última conversación de Mojica.

Se quedó estupefacto. Retrocedió, puso la mano en su pistola. Nosotros también.

La habitación se llenó con la conversación de la madrugada entre él y Bolívar. Se sentó, Marco se le acercó y lo desarmó. No opuso resistencia, pero seguimos alertas. Todos teníamos al menos dos armas y hasta una tercera escondida en el cuerpo. Por el momento no lo presionamos más; la idea era que conservara la confianza en sí mismo.

—Eso solo prueba que sé algo, no que sea responsable —dijo levantando los hombros y medio sonriendo cínicamente.

—Correcto. Lo único que queremos es la localización de Nikolai. Usted sabe perfectamente que esa gente lo va a matar o lo va a usar para seguir consiguiendo armas, y eso es un atentado contra la seguridad nacional.

—Qué seguridad, ni qué seguridad. Nunca estaremos seguros, siempre habrá villanos que nos jodan. ¿Para qué seguir luchando una guerra que perdimos hace tiempo?

—Usted la perdió, Mojica, usted la perdió. Nosotros cada semana ganamos batallas, la guerra no está perdida.

—No sea iluso, Martínez. Usted con lo inteligente que es, podría ser millonario. Este trabajo no sirve: hoy acabamos con diez y mañana aparecen veinte ratas más.

—Así es, Jefe —dijo Rojas—, usted nos dice eso todo el tiempo.

Lo miré con ganas de matarlo, aunque el plan era hacerle creer a Mojica que tenía apoyo de su parte.

—Puede ser. Eso nunca ha sido un secreto; pero yo no nací para ser rata, prefiero seguir del lado de la ley. Nosotros hicimos un juramento de servir a la patria, no a las ratas que se nos crucen en el camino.

Se quedó callado y se agachó un poco más de lo normal. Rojas y Marco le saltaron encima, lo tiraron al piso boca abajo y le encontraron dos armas más, en la espalda y en el tobillo, como era de esperarse.

—Hombre, Mojica, no sea estúpido, deje de proteger una gente que nunca lo va a proteger a usted —le dijo Marco.

Lo obligamos a salir y lo llevamos hasta la sala de interrogación. Villarreal se quedó mirándonos aterrado,

—Gracias, Villa, vuelva a su trabajo —y le hice señas de que no dijera nada de lo que vio.

Lo llevamos al cuarto de interrogatorios y lo dejamos entrar a solas con Rojas. Ellos eran amigos y parte del plan era hacerlo entrar en razón. Aunque desde el “secuestro” Rojas estaba molesto con Mojica, esperaba que esa actitud, pasivo-agresiva que había entre los dos sirviera para algo.

—Deme cinco, Rojas, tengo que hacer algo.

—Sí, Jefe.

Llamé al coronel y lo puse al tanto. Marco y Rey se quedaron pendientes en la puerta. Entré al cuarto contiguo para escuchar la conversación entre Rojas y Mojica.

—¿Entonces qué Rojas, usted es el encargado de ablandarme o qué?

—No, hombre, yo no sirvo para eso, a mí me gusta es disparar y rumbear, este pedacito me molesta.

—¿Qué van a hacer ahora? Yo no sé nada del ruso.

—Mi Jefe tiene que avisarle al coronel. Él está que le pone las manos encima en cualquier momento.

—Ese carnicero… no lo dudo. Tendré que echarme la bendición y morirme porque no sé dónde lo tienen.

—¿Quizá la gente esa con la que se comunica sí sabe?

—Y si así fuera, ¿cree que me lo van a decir? No son amigos míos, Rojas, son ratas inmundas que pagan mejor que este trabajo desagradecido.

—Podría preguntarles —le dio risa.

—Se nota que usted le aprendió a su jefe eso de la inocencia… ¡No sea tonto!, esa gente no suelta prenda. Sé que es en el oriente, nada más.

—¿Qué tal que se ofrezca a ayudar a investigar? Aunque sea se evita la paliza del coronel. Yo no quisiera caer en manos de ese sanguinario.

Pensó por unos segundos.

—¿Qué tal si usted en vez de estar de hipócrita, se desquita de una vez?

—¿Hipócrita?… ¿Yo? —le dijo Rojas con agresividad, señalándose a sí mismo—. Usted fue el desgraciado que casi me hace matar de los brutos esos del monte que no distinguen entre la cabeza y el trasero de ellos mismos.

Mojica, soltó la carcajada, sentí que era inminente una confrontación y llamé a Marco. Ya él y Rey estaban al tanto de lo que estaba pasando.

—Déjelos, Marco, entra, pero los deja que se desquiten, ¿Están seguros que Mojica está desarmado?

—Sí, solo tiene los puños y las piernas.

—Déjelos, si lo ve lastimando a Rojas lo detiene, si no, déjelos.

—¿Y que han pensado hacer, además de mandarme al maldito calabozo y acabarme la vida? —siguió replicando Mojica.

Rojas le sonrió con ironía.

—La vida se la acabó usted mismo, por traidor —y le tiró una patada.

Mojica, saltó y agarró el asiento tirándoselo a Rojas quien ágilmente lo esquivó. De ahí en adelante fue un intercambio de puños, patadas y maldiciones. “Una pelea de perros y gatos”, diría mi mamá. Me dio hasta risa. Marcos y Rey, entraron, pero se quedaron en la puerta, mientras el par de “adolescentes” se desquitaban el uno del otro.

Rojas, nos demostró que sus habilidades en la lucha cuerpo a cuerpo habían mejorado, Rey, me miraba orgulloso, ya que lo vio usar en varias ocasiones las llaves orientales que nos enseñaba y hasta los saltos cuando el otro le tiraba patadas.

Estábamos disfrutando el show, cuando entró el coronel y se sentó a mi lado.

—¿Qué está pasando Martínez? ¿Por qué está permitiendo esto?

Lo miré y no pude contener la risa.

—Perdone, mi coronel, con todo respecto, pero los dos se la merecen. Mojica por traidor y Rojas para desquitarse.

El coronel me miró entre cerrando los ojos y moviendo la cabeza a los lados.

—La próxima vez, traiga palomitas de maíz —dijo, pero lo vi relajarse y suspirar— ¡Cómo envidio a Rojas…!  —exclamó mirando el intercambio de puñetazos que estaba ya casi en el último round, según calculaba por la respiración y actitud cansada de los contrincantes. Yo lo miré primero incrédulo y luego solté otra carcajada. Él se unió.

Finalmente, Rojas le hizo una llave entre la espalda, los brazos y la cabeza, dejándolo inmóvil contra el piso.

—¿Quiere más? —le preguntó con rabia—, ¿quiere más?

Él, medio se movió hacia un lado y Rojas lo soltó. Mojica se levantó y Rojas lo empujó hacia un rincón, donde se deslizo cansado y dobló las rodillas hacia su pecho. Lo escuché renegar y respirar agitado.

—¿Qué se le ocurre, Martínez? —gritó mirando hacia el espejo detrás del cual, él mismo debió estar escuchando muchas veces—. Usted es el number one de las ideas.

Ya vencido, nos dio los datos para comunicarnos con su contacto, un tal “Robin8”. No tenía un número de teléfono sino una clave por el satélite. Era imposible interceptarlo. Llamó también a Bolívar.

—Buenos días hermano ¿qué ha pasado por allá?

—Nada, estoy esperando que me confirmen la transacción y según dice el animalejo de aquí esta misma noche me llama para la entrega del pago y ¿usted?

—Más o menos, le he visto movimientos raros a Martínez, quizá le avisaron algo del ruso, ellos son amigos.

—¿Qué movimientos?

—Andan de arriba abajo en el cuarto de equipos y están bastante reservados en cuanto a la operación.

—Mmm, tenemos que ponernos pilas. Mándele texto a Robín para que los alerte y yo le aviso a Gusano. Es mejor estar preparados.

Terminaron la conversación y nosotros salimos a seguir en la investigación del lugar exacto donde estaba Nikolai.

El coronel se quedó a solas con Mojica. Estaba bajo su responsabilidad arrestar y dar de baja a sus oficiales.

Llegamos a la sala de comunicaciones, los americanos habían enviado tres grabaciones más. Las conversaciones eran todas con gente en Miami. Ya eran las 10:30.

—Castillo, tenemos que enviar un texto.

Le di los datos. Mojica nos había dado algunas claves. Mientras nos comunicaba notó la cara golpeada de Rojas y arrugó el ceño con curiosidad, lo vio ir hasta una nevera en mi oficina y traer hielo envuelto en un pañuelo que empezó a colocarse en la cara y las manos.

—Concéntrese castillo, luego le contamos el chisme —le dije para que se ocupara de la comunicación que necesitábamos.

—¿Porky?

—¿Lobo? —preguntaron un minuto después.

—Sí. Hay preguntas sobre un extranjero.

Silencio por unos segundos.

—¿Sabe el país?

—Muy frío.

—Estaremos atentos. ¿Qué pasa con los pájaros?

Nos imaginamos que se referían a los helicópteros.

—Excursiones de rutina.

Me pareció prudente contestar eso por si nos escuchaban al pasar cerca de ellos no se fueran a alertar. Castillo me llamó la atención sobre dos puntos importantes en el mapa que definían la diferencia entre un área y otra.

—Voy a visitar la punta alta más tarde —le dije que escribiera.

—No los escucharemos.

Nos miramos. Ese comentario nos daba una pista valiosa. Quería decir que estaban en la otra punta, un área bien definida. Sabíamos de dos campamentos importantes en esa zona.

—Sigo pendiente.

—Bien.

Todos empezaron a hablar al tiempo.

—Jefe, están debajo del Pico del Loro. Aquí para ser más exactos —dijo Castillo y todos nos acercamos al mapa.

Eran unos diez kilómetros a la redonda de planicies con vegetación abundante. Se observaban varios caminos rurales, lo que facilitaba el acceso. Se distinguían dos asentamientos grandes ubicados cerca de tres poblaciones diferentes. El problema ahora era saber en cuál de los dos campamentos lo tenían, y cómo llegar silenciosamente y sacar a Nikolai sin alertar a nadie. Los dejé analizando el terreno para el aterrizaje.

—Llamen a Bernal que venga a ayudar. Él tiene que cerciorase de cuáles son las características del terreno, dirección del viento, altura de los árboles, etcétera. Necesito hablar con el general. Hay que agilizar algo con Bolívar. Sin información más precisa, no vamos a encontrar a Nikolai en el tiempo disponible.

Pérez me confirmó que Bolívar había contactado a Gusano, pero no habían acordado ninguna hora para verse. Eran las 11:17. Llamé al general, lo puse al tanto de los últimos acontecimientos y le pedí autorización para interceptar el teléfono de Bolívar, era lo único que no habíamos hecho todavía. Yo no quería detenerlo a él solo, prefería que lo agarraran cuando estaba entrevistándose con Gusano; sería un premio gordo.

—Hombre, Martínez, a estas alturas, eso ni se pregunta. Aunque me intriga cómo es que ese oficial suyo sabe tanto. Nuestros celulares tienen más protección que la Casa Blanca.

—Ni yo mismo sé, mi general. Lo logró anoche con Mojica y no le he preguntado todavía. El mío lo tiene interceptado hace tiempo por razones de seguridad, pero lo de ayer es nuevo.

—Bueno, por lo pronto intentemos esa opción. Si en media hora no lo ha logrado le echamos mano.

—¡Confirmado!

Entré a la sala, habían encontrado dos lugares más cerca al Pico del Loro. Bernal estaba con ellos.

—Ya están listos los helicópteros, Jefe.

—Gracias, Bernal. Castillo, hágale la misma operación del celular a Bolívar, urgente, ¿cuánto cree que se demore?

—Bueno, como ya tengo algo de experiencia, por ahí tres minutos.

Nos reimos.

—Hombre, Castillo, le ruego a Dios que ese corazón suyo siga del lado de los buenos.

—Yo también, Jefe, yo también.

Empezó a teclear y a hacer aparecer y desaparecer imágenes en su computadora. Me dediqué a mirar el mapa y a hablar con Bernal sobre la mejor manera de llegar a esos puntos.

—Estaremos en un extremo cada uno Bernal, así tenemos dos puntos de entrada y de salida. Nunca se sabe qué podemos encontrar en el camino.

—¡Listo, Jefe! —gritó Castillo.

Habían pasado dos minutos.

—Batió record, hombre. Desde ya le prohíbo que se ponga a jugar con ese nuevo talento ¿entendió?

—Ay, Jefe, pero usted sí piensa muy mal de mí.

Le di unas palmadas con cariño en la cabeza.

—Cruz, váyase al satélite y denos visión en vivo. Tenemos que analizar ese terreno. Castillo, éntrele a los contactos de Bolívar, llame a Pérez que le dé la hora exacta en que habló con Gusano y hágale la misma al número ése.

—Uy, esto se puso bueno, Jefe, se puso bueno, ¿por qué no hicimos eso antes?

—Teníamos dormida la inteligencia.

—Pero aquí estoy yo, Jefe, para salvarle el día.

—Este es su día, Castillo, hoy es nuestro héroe.

Todos le daban un pequeño coscorrón en la cabeza y se reían.

—Hey, que me van a desconfigurar la materia gris, me la van a revolver con la rosada y ahí si nos fregamos.

—Sí, de pronto lo dejamos bobo —dijo Moreno.

Mientras Castillo trabajaba en su nueva magia, Cruz activó el satélite y nos dio pantalla en vivo para analizar la actividad en el área que habíamos denominado ‘La Siberia’. Siempre bautizábamos las operaciones y los lugares; nos divertía y nos calmaba. Rojas fue quien se inventó el juego y ya era tradición.

Había un área bastante poblada. Empezamos a separar caseríos, haciendas de cultivo y hatos de animales. Ubicamos dos puntos bien escondidos en la vegetación, sin camino de acceso pero que registraban actividad. Uno estaba al norte y otro al sur, con una distancia de más o menos media hora de caminata entre los dos. Sin localización exacta tendríamos que aterrizar en algún punto intermedio y dividirnos en dos grupos. No me gustaba esa idea.

Estaba corto de hombres, Arango y Pérez me hacían falta. No podíamos pedir ayuda porque era una operación clandestina.

Castillo gritó de nuevo.

—Castillo, ¿podría dejar la gritería, hombre?, me tiene los nervios de punta —le dijo Marco y le mostró las manos haciéndose el que le temblaban.

—Voy a traer un tambor y lo toco la próxima vez.

—Hombre, mejor unos platillos.

—¿Qué encontró, Castillo? —pregunté.

—El celular de Gusano está protegido, pero no tanto como los de nosotros y tiene un pequeño escape por el “exosto” —lo dijo y soltó una carcajada—. No tiene mucha cosa adentro, es desechable. Por eso le entré más o menos fácil. La torre que usa la compañía Telifast está saturada.

—¡Qué interesante, Castillo!, luego le cuento todo sobre mi rifle a ver si le gusta —le dijo Rojas para hacerle ver que no nos interesaban esos datos sino lo que había encontrado.

—Hombre, hay cosas que son de cultura general —empezó a explicar Castillo.

—¿Qué fue lo que encontró? —le exigí para acabar con la discusión.

—Tiene cinco números de llamadas recibidas y varios mensajes de texto. Imprimió tres páginas y Moreno se dedicó a leer.

—El número con el que más se escribe, registra a su vez dos llamadas provenientes del monte porque están usando el satélite del oriente.

—Si lo intercepta ahora mismo, ¿podemos obtener un punto exacto?

—Si está prendido, sí.

—¿Qué espera, hombre?

—Que el satélite se me cuadre, Jefe, en esas estoy hace dos minutos.

Le revolví el pelo.

—Gracias, Castillo, gracias, definitivamente es mi héroe del día.

Pérez llamó, nos actualizamos en todo.

—Nos llama cuando tengan a Nikolai y estén sanos y salvos, a la hora que sea.

—Sí, Pérez, así haremos.

—Vayan con Dios, Jefe, vayan con Dios.

—Lo mismo, Pérez, vayan con Dios.

Castillo empezó a mover las manos y a gesticular. Marco se empezó a reír.

—¡Qué rápido aprende este jovencito!

Abrió una pantalla nueva y me señaló un punto que luego ubicó en el mapa.

—¡Aquí está el Ruso!

Todos gritaron de felicidad. Levantaron a Castillo con asiento y todo y le dieron la “vuelta olímpica” por el salón.

—Ya. Déjenlo quieto, tenemos que analizar esa información para estar ciento por ciento seguros.

—¿Usted por qué es tan aguafiestas, Jefe? —preguntó Rojas

Mariano y Marco, que lo llevaban cargado, hicieron el ademán de tirarlo. Castillo pegó un grito.

—Jefe, estos salvajes me van a matar.

Lo bajaron con cuidado, exagerando los movimientos como si estuvieran en cámara lenta. Me reí. Para qué decir nada.

—¿Cómo llegó a esa conclusión? —le pregunté.

—Ese es el número de los textos.

—Moreno, ¿qué leyó en esos textos?

—Aquí hay una conversación interesante, estoy de acuerdo con Castillo.

—Lea, hombre, que tengo hambre —le dijo Marco.

—¿Y qué? ¿Se va a comer la hoja?

Se rieron. Le hice señas de que leyera:

“¿Qué tal el vodka?”

“Bueno, pero llegó ‘regándose’”.

“¿Ya lo pegaron? Se vuelve a llenar, es la mejor clase”.

“Sí”.

“¿Dónde está?”

“Clima fresco”.

“¿La nevera?”

“No. Se congela”.

“Entiendo. Llego mañana, entrego premio esta noche”.

“Nos vemos”

Nos miramos y aprobamos.

—El vodka seguro es Nikolai y el clima fresco es abajo del Pico del Loro. El otro pico es páramo —concluyó Castillo.

Aplaudieron. Yo seguí preocupado.

—Ay, Jefe, ¿ahora qué? —preguntó Rojas.

—Eso de que llegó regándose puede ser que está herido.

—Puede ser, y ¿¡cómo pesará ese gordo!?

Lo miré molesto, pero me reí.

—¡Ay Rojas!, usted sí es muy ocurrente…Son las doce y veinticinco; vayan a almorzar, nos vemos aquí a las trece treinta. Tenemos que coordinar el rescate.

Salieron corriendo.

 

El Encuentro #19

 

Los judas

LLEGUÉ AL COMANDO muy temprano el lunes. Sabía que esta nueva semana me traería el desagrado de desenmascarar traiciones y traidores. Gracias a Dios había pasado el domingo con Paulina y venía recargado de energía. Ella era mi batería solar. Tenerla al lado me iluminaba la vida.

Pérez y Arango ya estaban en Esperanza, ocupados en el seguimiento de Bolívar. Para los demás, la semana transcurría en su rutina normal. Conscientes de la posibilidad de tener que entrar al monte, empezábamos desde las seis de la mañana a hacer ejercicios de resistencia y fuerza. Diariamente afinábamos puntería en los campos de tiro y hacíamos entrenamiento de guerra para superar todo tipo de obstáculos. Rotaba mis hombres entre el entrenamiento y la vigilancia de Mojica.

Cada uno tiene un área de mayor expertise: Rey es descendiente de orientales y maestro en artes marciales. Sus abuelos llegaron de Japón, se establecieron en Esperanza, pero no dejaron perder su cultura. Él se dedicó a aprender Tai chi, ya que a pesar de ser un arte originado en China, lo cautivó y nos trasmitió su conocimiento. Como parte de la rutina, al final de cada entreno hacemos 20 minutos de meditación. Ha sido de gran ayuda para calmar la ansiedad. La fusión de las técnicas que aprendimos en la academia y el Tai chi hace que mi grupo tenga especial destreza en defensa personal.

La confesión de Ruiz nos confirmó que los compradores de Nikolai eran subversivos. Hablé con él y lo puse al tanto; quedó de grabarlos y enviarnos la información tan pronto salieran de la reunión. Aún no le habían confirmado el día ni la hora.

El martes los de la Unidad Canina me confirmaron que podía venir con Paulina a ver a Baltasar. Sabían el nombre del perro por una placa que llevaba amarrada al cuello. “Y yo pensando que ya estaba como las mellizas… o como yo”.

Su visita fue todo un acontecimiento para mis hombres. Estábamos todos en mi oficina, en la sala de reuniones, cuando entró seguida de uno de los oficiales de seguridad. Salí a recibirla, me sonrió y alzó los ojos. Noté que todos suspendieron lo que hacían para mirarla.

—Sigan trabajando, dejen de ser tan metidos.

—Buenas tardes —le dijeron en coro, ignorando mi orden.

—Buenas tardes —les respondió con una gran sonrisa.

La cogí del brazo y la saqué rápido de la oficina.

—¿Lo acompañamos, Jefe?

—Por allá afuera hay muchos peligros.

—¿Necesita protección?

Escuchaba sus carcajadas detrás de la puerta.

—Son muy simpáticos —me dijo.

—Ajá, ¡demasiado!

La llevé hacia las instalaciones de la Unidad para que saludara a Baltasar como quería. Llegamos y el capitán nos llevó hacia donde estaba el perro.

—Es un animal muy noble pero agresivo, necesita bastante entrenamiento.

—Conmigo fue bueno —le dijo ella con tranquilidad.

—¿No lo vas a tocar verdad? Lo vas a saludar de lejos.

Me miró con sus ojazos y levantó las cejas.

—Vamos a ver.

—Capitán, ese perro es muy peligroso ¿cierto? —le pregunté mientras le hacía señas con la cabeza de que dijera que sí. Sonrió, pero contestó serio.

—Sí, señorita, es mejor que lo mire de lejos y le hable si quiere, pero no lo vaya a tocar.

Nos miró y levantó los hombros. Se aproximó a la jaula y sonrió feliz.

—¡Hola, Baltasar! —le dijo en un tono alegre. El perro la miró y empezó a mover la cola.

—La reconoce —me dijo el capitán.

Yo seguía nervioso e indeciso de dejarla acercársele.

—¿Cómo estás?

Le hablaba como a un gran amigo. El perro se acercó a la puerta y ella estiró la mano. Los dos nos quedamos paralizados. El perro le lamió los dedos por entre los huecos de la malla. Me miró extasiada.

—Déjeme abrazarlo… capitán, por favor, no me va a hacer nada.

Él me miró.

—Lo que diga el detective.

—Andrés… por favor, mi amor… ¿siií?

Me hablaba con su tono tierno y su mirada suplicante, aunque sería mejor decir, manipuladora. El capitán seguía esperando que yo contestara. Lo miré con reproche, pero él solo sonreía.

—Está difícil… —me dijo, entendiendo que a esos ojos era imposible decirles que no—… Le puedo poner un bozal si prefiere y así no hay peligro.

—Con bozal solamente, Paulina —le dije en tono bastante autoritario. A ella no le gustó la idea.

—Ay, pues, cómo serás de mandón con los pobres que tienes metidos en esa oficina.

El capitán no aguantó y soltó una carcajada. Me pasé las manos por el pelo.

—Ay, capitán, esto de negociar con mi mujer es cada vez más difícil.

Siguió riendo y trajo el bozal. Baltasar salió meneando su cola. Ella terminó sentada en el piso abrazándolo. Otros oficiales se acercaron sorprendidos.

—Eso es bastante raro, Martínez, se da cuenta, ¿verdad?

—Sinceramente yo de animales de cuatro patas no sé mucho, los que me toca lidiar siempre andan en dos.

Charlamos un buen rato. Ellos nos ayudaban en las operaciones, cuando se trataba de explosivos o drogas. La dejé tranquila unos quince minutos hasta que le pedí al capitán que dijera que iban para entrenamiento con el perro. Paulina le dio un beso en la frente a Baltasar y luego me abrazó feliz, dándome las gracias.

—Hueles a perro.

—Ummm, eres un odioso, Baltasar es un amor.

—Sí. Seguro.

La acompañé al carro y pude ver que me mandaba besos por el retrovisor. Caminé sonriendo por todo el comando hasta llegar a mi oficina.

***

Mi semana volvió a la normalidad. Nadie se extrañó del entrenamiento tan pesado; estaban acostumbrados a que mi grupo se mantenía en óptimo estado físico. En las noches nos relajábamos y jugábamos cartas o veíamos películas, sobre todo relacionadas con nuestro “safari”, como lo bautizaron. Repasamos todo lo que sabíamos sobre la vegetación que encontraríamos y las plantas venenosas. Alistamos varios antídotos en caso de picaduras de serpientes. Incluimos cuchillos y lazos en el equipo de todos.

—Jefe, y ¿qué tal que esta semana no suceda nada?

—Ya llegará el día Rojas, ya llegará. Y cuando llegue, estaremos listos.

—Jefe, si llega el sábado y estamos en el monte, nos vamos a perder la fiesta. A mi esposa le dará un ataque y si llego vivo, probablemente ella me acabe. Ha dado tanta lora con el vestido, el peinado y demás que me estaba enloqueciendo. Le doy gracias a Dios que usted me tiene aquí encerrado —comentó Muriel con mucha gracia.

Cada uno tenía algo que aportar al tema. Me acordé que Paulina no me había vuelto a decir nada del vestido desde el sábado. Me fui a mi oficina y la llamé.

—Mi amor, ¿no puedes escaparte y hacerme visita unas horas?  Me haces mucha falta.

—Podría… pero no sería justo con los demás.

—Ay, qué aburrido eres, no sé para qué eres el jefe si no abusas de tu poder —dijo muy seria.

—No todos los jefes somos abusadores… Cuéntame algo que no te he preguntado, ¿ya encontraste tu vestido?

—No.

—Paulina hoy es jueves, mi amor, ¿no quieres acompañarme a la fiesta? Dime la verdad.

—Sí, mi amor, no te preocupes. Mañana voy a ir con una amiga de la universidad a una boutique que ella conoce donde hay, según dice, bellezas y supuestamente, son vestidos exclusivos. Si no, tranquilo, que fui a un lugar que me recomendó Carolina. Vi dos que me gustaron, si no consigo nada más bonito, me quedo con uno de esos.

—Vas a ser la más hermosa de la fiesta.

—¿Y tú que te vas a poner?

—Uniforme.

—¿Queeé? —Pegó un grito que me dejó sordo —. ¿Uniforme? Nunca te he visto con uniforme.

—Usamos uniforme en los operativos. Nunca he usado el regular de la policía, recuerda que me especialicé en investigación criminal y luego en narcóticos y combate a grupos subversivos. Casi siempre he estado encubierto.

—Tú eres el más joven de todos los jefes Élite ¿verdad?

—Sí, me sigue Merlín y de ahí ya todos tienen más de cuarenta.

—¿Cuántos tiene Merlín?

—treinta y cinco, creo.

—Y tú treinta y tres ¿verdad?

—Sí, la edad de Cristo.

—Cristo murió, pero tú no. Prométeme que no te vas a morir mientras que yo esté viva, Martínez, prométeme.

—Mi amor, eso es imposible prometértelo, eso solo lo sabe Dios.

—Entonces pídele a Dios que te cuide y que esa gentuza que persigues no te vaya a matar. ¿Bueno?

—Claro que sí. Los tengo a todos acostumbrados a pedir la bendición de Dios antes de salir. Yo creo que es Él quien nos tiene donde estamos.

Mi celular sonó y me sobresalté.

—Mi amor, te tengo que dejar, me está llamando Pérez.

Pérez y Arango estaban emocionados. Bolívar se había encontrado con dos tipos en un lugar refundido de la ciudad y si no es por el GPS que le habían puesto al carro, lo habrían perdido de tanta vuelta que dio.

—Pero, Jefe, malas noticias, ahí le cayó “Gusano”.

—¿Gusano? Ese sí es mucho canalla, uno de los peores enemigos del país y… ¿qué escucharon?

—Nada bueno, Jefe, nada bueno.

—Esta noche debe estar pasando algo, porque estaban nerviosos, dicen que, “el gordo, no quiso colaborar y el otro no se decide”.

—¿Estará relacionado con Nikolai?

—Mmm, pues nada raro porque hablaron por teléfono con alguien y decían también que entonces tenían que usar el plan B. Cuando se despidieron le dijeron a Bolívar que estuviera alerta de lo que pasaba con eme porque iban a estar cerca y no querían sorpresitas de la E.

—Mojica y la Élite me imagino. Aunque también puede ser Martínez.

—Así lo creemos, Jefe. Bolívar regresó al comando, se unió a un entrenamiento y allá se quedó.

—Voy a llamar al general Campo, denme unos minutos a ver qué se nos ocurre. Gracias muchachos.

Llamé a Campo.

—Buenas noches, Martínez, qué gusto oírlo. Aunque últimamente usted me pone nervioso con sus noticias.

—Y desafortunadamente hoy seguiré en las mismas.

Le conté lo que había pasado con Bolívar y quedó de ponerle vigilantes dentro del comando. Me habló de Ramírez y Díaz; estuve de acuerdo, eran excelentes oficiales, confiaba en ellos.

—Llame a Nikolai, Martínez, yo creo que es más que prudente a estas alturas saber cómo esta.

—Sí, ya mismo lo hago.

Llamé, pero no contestó. No dejé mensaje. Le pedí a Castillo que lo estuviera llamando hasta que contestara y me comunicara con él. Entré a la habitación donde estaban todos. A excepción de Rey y Muriel que seguían detrás de Mojica, los demás estaban jugando cartas o hablando por teléfono. Me di un baño. La noche me traía una impresión rara: estaban pasando muchas cosas, pero nada definitivo. Llamé a Castillo que seguía en comunicaciones. Había pasado una hora desde la primera llamada y aún no sabíamos nada de Nikolai.

Poco a poco fueron llegando todos a descansar. Dejamos oídos en Mojica; por alguna razón seguía en el comando. Cruz lo veía entrar y salir de comunicaciones, pero no hablaba nada, parecía comunicarse por texto. Desafortunadamente, así como a nosotros nos servía para protegernos de ojos indiscretos, a él también. No sé cómo, ni me importaba a estas alturas, pero Castillo por fin logró entrarle al celular y dejó señal para detectar si recibía o hacía llamadas.

A las dos de la mañana escuchamos una alarma.

Castillo saltó y alcanzó su equipo portátil, todos nos despertamos y prestamos atención, era Bolívar llamando a Mojica.

—¿Al fin qué pasó con Martínez, sigue ahí o salió en algún operativo?

—Siguen aquí, dicen que están preparándose para la próxima semana.

—¿Será verdad? ese man es muy astuto.

—¿Usted ha visto algo raro por su lado?

—Nada.

—Yo sí. Ruiz no aparece, la familia tampoco sabe nada, ¿será que los animales esos lo agarraron?

—Temprano me entrevisté con la clave y no me comentó nada, están ansiosos porque les tocó hacerle una maldad a los gringos y ahora ya no hay marcha atrás. Estamos esperando que entreguen todo mañana al atardecer.

—Bueno, me avisa qué pasa. Yo me quedé aquí para estar pendiente de Martínez, pero todo lo veo normal. No veo a Pérez ni a Arango. Mejor que esté alerta; si los ve por allá es porque está en peligro. Por ahí le he texteado a los de oriente, porque ellos sí temen que este se entere, le tienen respeto.

—Y a estas alturas, ¿quién no? Mañana hablamos, ojalá termine todo esto pronto.

Nos quedamos en silencio. Me tapé la cara con una mano y pensé “Dios mío ayúdame”. Necesitaba hablar con Nikolai. Eso de “la maldad que le habían hecho a los gringos” me preocupó mucho. Tenía que avisarles a los americanos para que estuvieran pendientes de la entrega de las armas. Todos seguían callados, supongo que esperando algún comentario mío.

—Sigan durmiendo, mañana tenemos un día largo.

—¡Jefe!, ¡¿cómo se le ocurre decirnos eso?!  —exclamó Rojas.

—Pensemos entre todos a ver qué se nos ocurre, o ¿usted ya tiene alguna idea? —me preguntó Marco.

—Tengo que encontrar a Nikolai; es lo único que se me ocurre y llamar a los americanos para dejarles saber lo que supuestamente va a pasar mañana en la tarde. Castillo, necesito llamar a un número extremadamente privado, ¿será que desde su equipo lo puedo hacer? Siempre se hace desde el teléfono privado del coronel o del general.

—En la sala sí, Jefe, aquí lo dudo. Esta mierda es inalámbrica y si el Mojica está alerta, nos puede tener alguna trampa.

—Entonces, tengo que ir hasta la oficina del coronel.

—Yo lo acompaño —se ofreció Marco.

Había unas llaves de emergencia para la oficina del coronel, los cuatro líderes teníamos acceso a ellas las 24 horas. Las encontré y entré, Marco se quedó montando guardia. El teléfono timbró dos veces y un americano me contestó en inglés.

—Teniente Robinson, número de serie US78587.

Miré una lista que tenía el coronel en el escritorio, allí estaba el nombre y el número.

—Capitán Martínez, número de serie JE540529.

Pasaron unos segundos.

—Martínez, habla con Roy, ¿qué le pasa hermano?, son las dos y cuarenta y siete.

—Roy qué alegría, no sabía que estaba en emergencias.

—Hace ya dos años, se me había olvidado contarle que me entrené en programas de asalto, hay más emoción.

—Pues si quiere emoción le tengo una buena dosis.

Lo actualicé en el asunto del ruso y del intercambio que se realizaría en el puerto de Miami, ya hoy al atardecer. Me comunicó directamente con el Director de Operaciones con quien pasé más o menos diez minutos hablando sobre el asunto de las armas y mi preocupación por Nikolai y Mr. Washington.

Le confirmé mi número de celular y quedó de mandar oficiales a vigilar la bodega. Activó el satélite para esa área y puso en alerta la seguridad del puerto. Quedó de llamarme en el instante en que tuviera alguna noticia de ellos.

Regresamos sin complicación a las habitaciones, eran ya las 03:27. Aunque parezca mentira todos pudimos dormir un rato más. A las seis vibró mi celular.

—Capitán Martínez, le habla el teniente Smith, policía de Miami.

—Buenos días, teniente, gracias por llamar.

—Le tengo malas y buenas noticias.

Esa frase me era familiar.

—Cuénteme, teniente.

—Secuestraron a Mr. Nikolai; por lo que hemos escuchado, lo tienen muy cerca de su área. Prometen devolverlo sano y salvo cuando reciban las armas. Cinco hombres están custodiando al señor Washington, mientras hace las diligencias para el embarque de las armas desde el puerto de Miami. Ya identificamos la grúa y el contenedor. La transacción se concreta hoy a las dieciocho horas. El cargamento sale por barco. En alta mar pasarán la mercancía a unos yates. Una vez cargados los yates y rumbo a su destino, Mr. Nikolai será puesto en libertad.

—¿A qué horas se supone que se estén encontrando los yates con el barco?

—Por coordenadas y distancia calculamos que sería alrededor de las diecinueve horas. ¿Tiene algún plan?

—Efectivamente. ¿Qué posibilidades hay de que ustedes permitan el encuentro del barco y los yates? Eso me daría tiempo de penetrar el área y rescatar a Nikolai, tengo información bastante precisa de dónde puede estar.

—¿Está seguro?

—¿Tienen ustedes alguna idea mejor?

—Con relación al señor Nikolai, no. Pensamos interceptarlos en el puerto. Nuestros oficiales irán con ellos a encontrarse con los yates. Queremos atraparlos a todos.

—¿Y Nikolai?

—Intentaremos negociar con los que detengamos, pero no podemos garantizar su seguridad.

—Yo soy amigo personal de Nikolai, teniente Smith, no quiero arriesgar su vida. Él es un servidor de su país y el nuestro, precisamente por esa razón está secuestrado.

—Entiendo, capitán, si usted tiene un plan para rescatarlo, le colaboraremos. Solo necesitamos aprobación de sus superiores y los nuestros. Esperaremos hasta las dieciocho para la confirmación. ¿Le parece suficiente tiempo para localizarlo?

—Suficiente.

—¡Hasta pronto!

Todos me miraron con un signo de interrogación en la cara. Los puse al tanto de los detalles y se desgranó una lluvia de ideas para encontrar a Nikolai.

—Ahora sí vamos a tener que arrestar a Mojica para que nos dé los datos de la gente con quien intercambia mensajes—dijo Marco.

—Le tendremos que hacer confesar la localización exacta —lo apoyó Rojas.

—¡Pongámonos a trabajar! Tengo que coordinar con Campo y el coronel la confirmación para Miami. Castillo a mi oficina y Cruz al satélite, estén atentos. Bernal helicópteros listos para las dieciséis. Vamos en dos, tenemos que tener dos rutas de escape.

—Sí, Jefe.

—Hagan al menos una hora de ejercicio, aprovechen a Rey y hagan algo de relajamiento. Estén atentos, Castillo los llama cuando nos vayamos a reunir para planear los últimos detalles. Si todo sale bien, esta misma noche o en la madrugada ya estaremos de regreso…y podremos asistir a la fiesta.

Rojas y Marco se agarraron de las manos, imitando una pareja bailando y se dirigieron hacia los baños.

Esa capacidad de bromear en los momentos más tensos caracterizaba a mis hombres. Empezamos el día riendo.

El Encuentro #18

Cuando llegué al comando todos estaban esperándome en nuestra sala de reunión. Me miraban, consultando el reloj. Fingían cara de intrigados

—¡Buenos días!

—¡Buenos días! —contestaron todos en coro infantil. Noté que se les dibujaba una sonrisa. Miré para los lados para ver si había algún extraño. Soltaron la carcajada.

—¿Cuál es el chiste?

Rojas se paró y empezó a caminar con una sonrisa congelada en su cara. Todos se reían.

—Jefe, así está usted. Y ya sabemos por qué.

Temí que me hubieran grabado bailando con Paulina, eran muy capaces.

—Yo sé que saben.

Marco Polo se levantó y se soltó su cola de caballo. Movió el pelo imitando una mujer. Rojas le dio el brazo y caminaron de gancho. La escena era realmente graciosa. Rojas y yo tenemos una apariencia muy semejante, pero Marco es más bajito y musculoso, a veces le decíamos Popeye. Todos, incluyéndome, soltamos una carcajada.

—Bueno ya. Se acabó el recreo, vamos a trabajar.

Mis imitadores se tiraron un beso y se sentaron juiciosos. A las tres de la tarde ya teníamos un plan y cada uno una tarea para completar la investigación de “Los Judas”, como los bautizamos. Pérez y Arango volverían a Esperanza pues necesitábamos ojos y oídos en Bolívar. Los dos tenían buenos instintos y eran cautelosos, además Arango podría visitar a su amiga.

Acordamos detalles y recogieron sus equipos para el viaje.

—Vayan con Dios —les dije.

Nos abrazamos y cada uno salió a cumplir con sus tareas.

 

Recogí a Paulina a las cinco. Tenía un blue jean ajustado, una blusa de tela muy suave, color azul clara, y unas botas altas.

—Estás preciosa, como siempre, mi amor.

—Gracias —me dijo sonriendo y pestañeando con coquetería exagerada—. Tus hijas ya han llamado dos veces, ¿las llamaste?

—Sí, apenas salí del comando, ya nos están esperando.

— Ya saben la película que quieren y hay que apurarnos porque es a las seis y media, ah y antes de que se me olvide, acuérdate que esta semana me vas a llevar a saludar a Baltasar.

—¿Estás segura mi amor? Ese perro es peligroso. Los de La Unidad ya me dijeron que lo están entrenando a ver si lo pueden usar ellos, pero es definitivamente un perro de ataque.

—Conmigo fue bueno y noble. Me gustaría al menos verlo y darle las gracias.

—Está bien, voy a preguntarles cuándo lo podemos ver —le dije aunque prefería que se olvidara del asunto.

Cuando las mellizas subieron al carro, querían ir adelante en la mitad de nosotros.

—No se puede, tienen que ir atrás con sus cinturones de seguridad puestos.

—¿Por qué Pauli sí puede ir a tu lado y sin cinturón?

—Era solo  mientras ustedes salían, ya me corro y me pongo mi cinturón.

Nos miramos y nos despedimos con los ojos.

—Tenemos un álbum nuevo para ponerle fotos —anuncio Andrea.

—¿Sí, y qué fotos nuevas tienen? —preguntó Paulina.

—No son nuevas, son viejas —Pero las vamos a organizar diferente.

—Me encantaría ver ese álbum nuevo de fotos viejas, ¿cuándo lo puedo ver? —les pregunté.

—No lo hemos terminado —Faltan unas que están en La Casa Grande —Cuando vayamos —Las vamos a poner.

Cuando nos bajamos en el parqueadero, cada una me cogió una mano. Paulina se quedó mirándolas muy seria.

—¿Y yo? Ya me desbancaron, ¿Qué tal si ustedes se cogen de una sola mano y me dejan la otra a mí?

—<<No se puede>>—contestaron al tiempo.

—¿Por qué no?

—Porque somos dos —Y él apenas tiene una mano en cada lado.

—Ah no, pero una mano es mía, a ustedes les toca repartirse la otra.

—Ah no, porque tú eres grande —Tú puedes caminar sola.

—Ah no, pero él es mi novio y los novios caminan cogidos de la mano.

—<<Y las hijas también>> — dijeron en coro, con mucha seguridad.

A estas alturas yo no sabía si reírme o llorar. Paulina nos miró sonriendo con ternura pero volteando la boca.

—Estoy encantado de tener tres mujeres peleándose por mis manos, vamos a pensar en una solución a este inconveniente tan grande de que solo tengo dos.

No quería ni imaginarme cuál sería la situación cuando llegáramos al teatro.

—Hagamos un trato: por esta vez, cada una tiene derecho a una mano. Pero más les vale que ideen un plan, porque para los próximos paseos, yo tengo una mano y ustedes dos la otra. ¿Entendido?

—<<Está bien>> —dijeron de mala gana.

La miré con cara de agradecimiento.

Efectivamente, al entrar al teatro Paulina logró sentarse a mi lado. Andrea corrió a sentarse al otro lado y Anie se quedó parada a punto de llorar. Traía un paquete de palomitas de maíz en la mano y le vi la intención de tirarlo al piso.

—No, Anie, al piso no, ven.

La senté en mis piernas, teníamos que negociar este asunto. Andrea por supuesto protestó:

—¿Por qué ella cargada y yo aquí sola?

—Tenemos que pensar en una solución, yo las quisiera tener a las tres cerca pero es físicamente imposible. ¿Qué tal si en la mitad de la película cambian de puesto y por ahora Anie se sienta al lado de Paulina?

Se miraron analizando la propuesta.

—Está bien, pero —¿Cómo sabes que es la mitad?

Acomodé el timer de mi reloj; lo programé para una hora.

—Listo. El reloj me avisa que ya es la mitad y entonces cambian.

—Está bien —dijo Anie y se sentó al lado de Paulina.

La película empezó y alguien nos chitó. Paulina y yo ahogamos la risa y nos miramos, nos dimos un beso rapidito y yo pensé: “Gracias, Dios mío, soy el hombre más feliz del mundo”.

Todo salió bien con el cambio de puestos y a pesar de ser una película infantil, la disfruté. Ya habíamos ido con ellas al cine pero nunca se había presentado este problema, supongo que ahora que sabían que era el papá se sentían con más derechos.

Después del cine caminamos un poco por el centro comercial. Las niñas caminaron solas y Paulina colgada de mi brazo. Pasamos por un almacén y vimos en la vitrina un vestido de fiesta.

—Mira, Pauli, cómprate este vestido —Para que vayas a una fiesta con Andrés.

Me acordé de la fiesta del comando.

—Mmm, gracias por recordarme… mi amor, tenemos una fiesta el sábado en el comando.

—¿Una fiesta?

—Sí, la fiesta anual y es elegante, vas a necesitar un vestido así.

—¡Ay, Andrés Martínez! ¿Me lo dices una semana antes? Yo no tengo nada que ponerme.

—¿Una semana no es suficiente para encontrar un vestido?

—Nooo. ¿Qué tal que ninguno me guste? Yo soy muy mala para escoger ese tipo de ropa y hay que peinarse, maquillarse y…mejor dicho, estoy enojada.

Las mellizas se unieron a ella, la cogieron de la mano y me dejaron tirado.

—¡Oigan! Primero se peleaban por mis manos ¿y ahora me dejan solo?

—¡¡¡<<Síii>>!! —me contestaron las tres y siguieron caminando.

“Ay Dios mío” —pensé—. “¿Quién entiende a las mujeres?”

Camino al apartamento, después de dejar las mellizas, seguía seria y sentada lejos de mí.

—¿Vas a seguir enojada?, por favor ven a mi lado.

—¿Qué fiesta es?

Presentí que la cosa se iba a empeorar.

—Cada año hay una fiesta de gala y dan unos premios.

Me miró y entrecerró los ojos.

—¿Unos premios?

—Sí. A diferentes oficiales.

—Dime bien cómo es, o me voy a enojar más.

Esta vez, no se estaba haciendo la brava.

—Así es, cada año nos dan premios y hacen una fiesta y es este sábado.

—No sé si te estás haciendo el bobo con la importancia de la fiesta para que se me quite el enojo o es que de verdad lo ves así de simple.

—Mi amor, yo entiendo que para las mujeres ese asunto de los vestidos es importante, perdóname de verdad, se me olvidó por completo.

—¿A quién has llevado antes?

—A nadie.

—Tú tenías una novia en Esperanza. Yo sé que sí.

—Pero nunca fue nada serio y tú también tenías un novio en Francia.

Sonrió con picardía.

—Nada serio tampoco. ¿Algún día me contarás tu pasado de hombre coqueto?

—Si me prometes que nunca me contarás de tu francés.

—¿No quieres saber de mon copain français?

Se rio tanto que me molesté.

—No seas odiosa y acércate por favor que tenemos que despedirnos, ya estamos llegando.

—Nos podemos despedir desde aquí.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque quiero ahorcarte y de cerca me queda más fácil.

Su risa me contagió. Llegamos al apartamento y la acompañé aunque seguía haciéndose la enojada. Me quedé triste parado en la puerta y de pronto sonrió y me abrazó.

—Si quieres que me contente y consiga vestido para la fiesta donde reparten premios y tú te los vas a ganar todos, me tienes que dar muchos besos.

—Está bien.

—Eres un chico difícil, por eso fue que Carolina abusó de ti.

—¡Paulina! —le llamé la atención.

Me miró seria.

—No quiero hablar de ese tema, me molesta y prefiero hacerte bromas que tener que recordar que te acostaste con ella. Me molesta mucho. No quisiera tener que conocer a nadie que hayas amado. Yo entiendo que teníamos una vida en la que éramos dos seres independientes así tuviéramos ese ‘cariñito escondido’ que decían las mellizas. Yo sé que no teníamos esperanzas ninguno de los dos, pero igual me dan celos. No me gusta sentir celos, es triste y raro, nunca he sentido nada así.

Me miró con sus ojazos y me partió el corazón. Le tomé la cara entre mis manos.

—Mi mujer hermosa, te amo. Yo tampoco quisiera que existiera un pasado en el que no estuviéramos juntos. Como te lo dije, no quiero saber nada de tu romance con el francés o ningún otro. Lo que importa es que estamos juntos. Lo demás ya pasó y no podemos hacer nada para cambiarlo. Somos dueños del presente y del futuro y los disfrutaremos juntos.

La besé.

—¿Nunca me vas a engañar, verdad?

—Nunca, mi amor, tú sabes la clase de hombre que soy. No soy un muchacho loco. Soy un hombre hecho y derecho. Te amo con todo mi corazón. Nunca, a ninguna edad ni a nadie, he amado tanto como te amo a ti.

—Yo tampoco.

Y allí por fin volvimos a ser los dos en uno. Llegamos besándonos a su habitación. Entre promesas, besos y suspiros nos entregamos a disfrutar del amor tan profundo que sentíamos el uno por el otro.

 

El Encuentro #17

Llegué temprano a recoger a Paulina. Había tenido un día tan intenso que necesitaba abrazarla y besarla.

Abrí la puerta, pero me pidió que esperara un momento antes de entrar. Sentí sus pasos a la carrera por el apartamento. Entré. Estaba oscuro, las cortinas cerradas. Había varias velas encendidas. Llegué a su cuarto y estaba metida entre las cobijas, tapada hasta el cuello.

—Dios mío, no lo puedo creer, ¿estás esperándome desnuda?

Se rio y me acerqué. Ella era muy tímida, esto era bastante atrevido. Me senté al lado de la cama; pero su mirada pícara me decía que algo escondía. Le jalé las cobijas; tenía puesta una pijama muy sugestiva. Se veía preciosa. El corazón verde relucía en su pecho.

—Tramposa, ya me imaginaba que no eras capaz de hacer algo tan atrevido.

La risa hacía que los ojos le brillaran más. Se arrodilló en la cama a mi lado y yo la levanté y la paré frente a mí.

—Está muy temprano para estar en pijama —comenté mientras recorría su cuerpo con mis besos. Y ahí, entre abrazos, besos y susurros, olvidé mis angustias y mis investigaciones.

Seguimos abrazados un buen rato. Me percaté que había puesto una música francesa de fondo.

—Me gusta esa música. ¿Será por eso que te amé con tanta intensidad?

—Yo sí creo, porque es inspiradora. Son baladas románticas en el idioma del amor. Seguimos consintiéndonos en la cama y hablándonos en francés: je t’aime —nos repetíamos besándonos.

—¿Ya sabes qué hora es?

—Las siete y cinco, tenemos treinta minutos.

—¡No mi amor, no es tiempo suficiente! —se levantó de un brinco—. Vamos a bañarnos y a vestirnos, nos va a coger la tarde. Tengo que arreglarme un poco, no puedo aparecerme con esta cara.

—Esa carita de enamorada francesa te luce mucho.

No me creyó para nada y no me quedó otra que seguirla. Aunque obtuve un premio… ella me bañó.

—Estás muy tenso, ¿estás nervioso?

—Ni sé; he pensado lo menos posible, no he tenido tiempo tampoco.

—¿Has tenido un día difícil?

Sonreí, acordándome de Rojas.

—Yo diría que fue bastante normal —le dije levantando los hombros. Suspiré y la abracé—. Gracias.

—¿Por qué? —me preguntó con inocencia.

—Por dejarme amarte tanto.

 

Cuando llegamos, las mellizas estaban ansiosas esperándonos. Cuando las vi me inquieté. Paulina me notó el cambio y me apretó la mano. Todos salieron a saludar y nos sentamos un rato en la sala. Robert me ofreció un whisky y lo acepté con gusto, lo necesitaba.

—Vamos a presentarte —un baile que aprendimos.

—¿Ah, sí?, ¿Cómo se llama?

—No tiene nombre —se reían —Tú no sabes de bailes —<<¡Oh ¿Sí sabes?!>>

—No, qué va, yo no sé bailar, ¿no se acuerdan?

—¡¡¡<<Síii!!!>> —dijeron riéndose.

—Bailas así con Pauli —dijo Anie y empezaron a imitarnos lo más gracioso.

—Vamos a comer primero y luego bailan —dijo Carolina —. ¿Tienen hambre?

—¡¡¡<<Nooo>>!!! —gritaron.

—Yo sí —dijo Paulina—, y Andrés también, ¿cierto?

—Sí, la verdad que sí —y me acordé que no había almorzado.

Se sentaron a comer a regañadientes. Yo también al principio comí por educación pues, a pesar de tener hambre, tenía un nudo en el estómago, pero me fui relajando, escuchando a Paulina preguntarles detalles del baile y a ellas dando explicaciones y mostrándonos  los pasos.

Me relajé tanto que repetí.

—Te vas a poner gordo, gordo —Así mira, así.

Se inflaban los cachetes, se estiraban las camisetas y se reían.

Una vez terminamos nos sentamos otra vez en la sala. Paulina pegada de mí, me miraba y sonreía. Me fue poniendo nervioso otra vez. Le hice señas de que no me mirara tanto. Las niñas salieron corriendo a cambiarse para el baile.

—Bueno, Martínez, ya le llegó la hora, empiece a hablar que nosotros también estamos nerviosos y usted es más valiente. ¿O no? —dijo Robert con una sonrisa cínica y me sirvió otro whisky. A Paulina y Carolina les llenó la copa de vino.

Como una película recordé toda mi vida: el comando, mis hombres, las redadas, los rescates, las persecuciones y mis nervios de acero que me acompañaban siempre. Pero hoy, aquí sentado, esperando un momento que dejé pasar hace siete años, me sentí indefenso. Paulina me dio un beso en la mejilla, me apretó la mano y sonrió.

Llegaron vestidas como bailarinas de ballet. Andrea cambió la música y empezaron a bailar, riéndose cuando se equivocaban. La presentación duró unos diez minutos. El corazón me latía de manera irregular. Cuando dieron por terminado el baile, las aplaudimos y salieron otra vez corriendo.

—¿A dónde van? —les preguntó Carolina.

—Ya terminamos —Nos vamos a cambiar  —<<Ya venimos>>.

Y sin más salieron corriendo otra vez.

—¡Qué tortura! —confesé y todos nos reímos.

—En un mes hay un fin de semana largo, si quieren hagan algún plan y se las dejamos. Vamos a la finca de unos amigos y sería una oportunidad para que las tengas varios días —me dijo Carolina muy tranquila.

—Excelente idea. Mi amor, ¿te gustaría? Puedes sacar libre esos días. Nos podemos ir para donde el abuelo y salir de paseo todos los días, o vamos a otro lugar, lo que quieras —dijo Paulina mirándome con entusiasmo.

—Sí, sería algo especial, sí. Así haremos. Esta semana vamos pensando dónde ir.

Llegaron y se sentaron al lado de Paulina. Robert y Carolina me miraban, ella se paró y se sirvió otro vino. Le sirvió a Paulina también, pero yo no quise más whisky. Me acordé de los corazones.

—Les tengo un regalo.

—¡¡¡<<Síii>>!!! —gritaron emocionadas. Saqué las cajas y se las entregué. Las abrieron a la carrera. Las dos se quedaron con la boca abierta y sonrieron.

—Un corazón, del color de mis ojos —aseguró Anie.

—Y los tuyos —me dijo Andrea, mirándome seria.

—Y los tuyos —le dije y ella me abrazó.

—Tus ojos son iguales a los míos ¿verdad? —preguntó Andrea.

Me pareció que el tiempo se había detenido. Anie me miró.

—¿Qué te pasa, estas triste? —me preguntó.

—No, al contrario estoy feliz.

—¿Me pones mi corazón?

Se acercó mientras Andrea me miraba seria.

—¿Por qué tus ojos son iguales a los de nosotras?

— No. No. Los míos son claros.

—Es lo mismo, boba, él también los tiene claros a veces.

—¿Verdad, Andrés, verdad?

—Sí, las dos tienen mis ojos.

—<<¿Por qué?>> —preguntaron al tiempo.

Les terminé de abrochar las cadenas y me miraron a los ojos las dos.

Había enfrentado hombres armados y peligrosos, situaciones de vida o muerte, pero este momento era el más aterrador que había vivido hasta ahora. Las alejé un poco de mí y las miré de frente.

—Hace años, antes de que ustedes nacieran, su mamá y yo fuimos novios.

Abrieron la boca asombradas.

—<<¿Y Pauli?>> —preguntaron las dos.

—Ella era una niña, casi como ustedes.

—¿Y por qué no te casaste con mi mamá? —preguntó Andrea.

—Ella vivía en Estados Unidos y estaba enamorada de Robert y él de ella. Por eso se casaron. Pero su mamá no sabía que había quedado en embarazo cuando vino a despedirse de mí.

—Y entonces ¿nosotras quiénes somos? —preguntó Anie y empezó a llorar.

Andrea seguía seria y respiraba agitada. Las abracé.

—Ustedes son mis hijas.

Nos abrazamos con fuerza. A esas alturas, todos llorábamos.

—¿De verdad? —preguntó Anie y se me aferró al cuello.

Andrea corrió hacia Robert.

—¿Ya no nos vas a querer?

Él la abrazó, Anie seguía pegada de mí.

—¡Cómo se te ocurre! Claro que te amaré siempre, a ti y a Anie. Las dos son mis hijas.

Ella también corrió hacia él y lo abrazaron.

—¿Por qué no nos dijiste antes?

—No sabíamos qué era lo mejor para ustedes  —les contestó él.

Andrea se despegó y se paró desafiante frente a Carolina.

—¿Por qué nunca nos dijiste?, ¿por qué decías que él era nuestro amigo y nada más?

—Mi amor, es difícil explicarles todo hoy, pero es importante que sepan la verdad. Poco a poco van a ir entendiendo, todos queremos lo mejor para ustedes.

Andrea caminó hacia mí otra vez pero Anie me miraba con inseguridad. Extendí mi mano y vino hacia mí. Las abracé y las volví a parar al frente mío.

—Cuando nacieron estaban muy delicadas  y necesitaban muchos cuidados. Yo no tenía el dinero para ayudarlas y sus papás sí; ellos se aman y las aman mucho. Ellos siguen siendo sus padres, ahora van a tener tres padres.

—¿Tres?, ¿Tú también nos vas a regañar? —me preguntó Andrea muy seriamente.

—No. Vamos a seguir siendo amigos como siempre, vamos a seguir saliendo de paseo, hasta más veces ahora si ustedes quieren. Yo solo les pido que me perdonen por no contarles antes. Quiero que sepan que las amo desde que nacieron, desde el primer día que las abracé y eran unos frijolitos arrugados.

Empezaron a reírse. De pronto Andrea salió corriendo, Paulina salió detrás de ella. Robert y Carolina estaban abrazados, sus ojos inundados de lágrimas, pero se veían tranquilos.

Anie seguía abrazándome.

— Ahora seremos tres padres cuidándolas —le dijo Robert.

Escuchamos la voz de Andrea que venía caminando con Paulina. Traía un libro grande en la mano.

—Y si te casas con Pauli, van a ser cuatro. Dos mamás y dos papás —aseguró mirándola.

—¿Verdad Pauli, vas a ser también una mamá? —Anie corrió a abrazarla.

—Uy, eso ni sé por qué lo preguntan, hace rato que estoy de mamá de ustedes. O ¿se les olvida quién las ha cuidado y se las ha aguantado tanto? —la abrazaron entre risas. Casi no la dejaban caminar—. Muéstrenle ese álbum a su papá, y a mí no me agarren tanto que me van a desbaratar.

Sus palabras me retumbaron en el corazón, era la primera vez que alguien me llamaba “papá” frente a mis hijas. Paulina me miró y leí algo hermoso en sus ojos: aprobación, amor, ternura, orgullo.

Empezamos a ver un álbum de fotos de cuando nacieron. Se me sentaron cada una en una pierna. Yo sostenía el álbum mientras alguna de ellas volteaba la página. Paulina se sentó en un borde.

—Mira, aquí estamos en las cajas que nos metieron —cuando nacimos.

—Son incubadoras —las corrigió Carolina.

—¿Pero parecen cajas de vidrio, cierto?

—Sí, la verdad que sí —le dije a Andrea.

Seguían pasando hojas y comentando cada foto. Llegaron a una que yo nunca había visto. Allí estaba yo, sentado en una mecedora, con las dos sobre mi pecho. Tenía la cara agachada y no se distinguían mis facciones, pero yo sí recordaba los momentos que pasé en esa misma posición mientras les hacían tratamientos y les ponían mi sangre.

—Este eres tú, ¿verdad? —me preguntó Anie.

Suspiré y sonreí.

—Sí.

Paulina  me besó la cabeza y dijo:

—¡Qué hermosura!

Miré hacia arriba y una de sus lágrimas me cayó en la cara, levanté mi brazo y la apreté.

Estuvimos una hora más. Descubrieron que Paulina también tenía corazón

—¿Pauli también tiene tu corazón?

—Sí, las tres tienen mi corazón, ya quedé con tres mujeres.

Todos nos reímos y hasta Robert y Carolina hicieron bromas.

 

Finalmente pudimos despedirnos. Quedamos de recogerlas al otro día para salir al cine por la tarde. Yo sabía que tenía un día complicado como siempre, pero también sabía que lo que estábamos investigando requería tiempo. Así que, por el momento, podía dejar a los muchachos encargados de la vigilancia. Salí optimista y feliz de haber terminado este martirio que llevaba en el alma hacía siete años. Sentí el corazón latiéndome tan fuerte que temí que lo escuchara todo el vecindario.

Ya en el carro con Paulina a mi lado, me relajé un poco.

—Te amo, estoy muy orgullosa de ti, todo salió mejor de lo que yo me imaginaba.

—Quédate conmigo. ¿Sí?

—Pero me traes temprano, tengo que estudiar.

—¿A qué hora es temprano?

—A las nueve de la madrugada.

Me reí.

—Es sábado, tú te levantas muy temprano y yo quiero dormir y luego terminar mi trabajo. Ya me falta poco.

—Te prometo que te dejo dormir hasta las ocho y a las nueve ya estás en tu apartamento.

—Lo haré solamente porque tienes tu corazoncito con tanta actividad, pero me tendrás que devolver el favor algún día.

Abrí los ojos temprano como siempre y me levanté despacio para no despertarla. No tenía nada que hacer realmente. Eran las 05:45. Mi rutina normal era salir a esas horas al comando y encontrarme con mis hombres para hacer ejercicio.

Revisé si tenía ingredientes para prepararle el desayuno. Últimamente tenía mejor surtida la nevera porque antes de estar juntos, solo mantenía agua, cerveza, jugo de naranja y manzanas.

Estaba “metido” en la nevera cuando sentí que me dieron una palmada en las nalgas. Me incorporé. La vi ahí parada sonriendo.

—Ummm, ¿salió el sol tan temprano?  —se rio y me abrazó— ¡Qué lindo recibir el amanecer, siendo abusado físicamente por una mujer tan hermosa!

—El abusador eres tú, te lo dije, aquí no puedo dormir.

—Presento excusas a mi bella durmiente, ¿te hice ruido?

—No. Me hiciste falta, me dio frío sin ti.

La senté en el mesón de la cocina, se veía hermosa con su short y su camiseta.

—Son las cinco de la “madrugada” –dijo, subrayando la palabra—. Martínez, ¿por qué tienes que despertarte tan temprano?

—Yo salí como un ratón sin hacer ruido, y son casi las seis, no es mi culpa que te hayas despertado, esa debe ser tu conciencia.

—No. Esa duerme muy tranquila. Es mi espalda, mi estómago, mis manos, mi cabeza, etcétera, etcétera —a medida que hablaba me tocaba esas partes—. No pueden ya dormir sin ti.

Me acordé del anillo pero no me pareció el momento correcto.

—Esas palabras son música para mis oídos.

—Ah, qué buena idea, ya que estamos despiertos y sin nada más que hacer… ¡bailemos! —y salió corriendo a encender el computador.

—¿Cómo?, ¿bailar?, ¿estás loca, a estas horas? No sé bailar por la noche, menos por la mañana.

Vino por mí riendo y me llevó hasta la sala.

—Corre ese sillón y abres espacio, vamos a bailar.

Yo seguía anclado. Realmente la idea no me llamaba la atención.

—Mi amor, tú siempre haces ejercicio a estas horas ¿sí o no?

—Sí, pero no de baile.

—Claro mi amor, yo sé, ejercicios de machos. Pero el baile también es un ejercicio, es como trotar.

—¿Qué? No se parecen ni en el movimiento de las manos.

Corría por el teclado con la habilidad de una gacela en el monte.

—Mueve el sofá, mi amor por favor, ya verás que te va a encantar.

Me miró con sus ojazos y me puso una cara que no pude negarme. Le abrí el espacio que quería para el tal baile.

—Vamos a bailar zuuummbaaa —dijo en un tono que me hizo pensar en la música electrónica que escuchaba Castillo.

—No, mi amor, prefiero algún bolerito.

Se reía feliz  y me hizo parar con ella frente al computador. Apareció un tipo hablando y luego varias mujeres y hombres. Empezaron a enseñar los pasos.

— Ves, hay hombres.

—Mmm, ¿no serán maricones?

Empezó a moverse como ellos indicaban.

—No, mi amor, los hombres también bailan y esto es tremendo ejercicio. Este es para principiantes. Facilito vas a aprender los pasos, ensaya, ¿sí? Ensaya —me dijo entornando los ojos.

Entre la risa por mis errores y la celebración de mis triunfos pasamos un buen rato. Tuve que reconocer que ella tenía razón, la tal zumba sí era ejercicio y me había entretenido.

—¿Viste lo fácil?

—Sí. No fue tan complicado.

—Si quieres, podemos bailar dos veces a la semana. Matamos dos pájaros de un tiro: hacemos ejercicio y aprendes a bailar.

—Mi amor, usa otras expresiones, por favor, eso de matar me trae malos presentimientos.

Se carcajeó, pero me dio una idea. Entre mis CD encontré uno de Tai chi; lo compré por recomendación de Rey para practicar defensa personal y relajación. Lo ponía cuando tenía pereza de ir hasta el comando o estaba solo sin nada más que hacer.

—Vamos a practicar estos movimientos, son de defensa personal y también son ejercicios, ¿síii? —y la miré con los ojos que ella me miró para convencerme de que bailara.

—Tramposo, es mala educación imitar a la gente.

—Bueno alístate que vas a aprender a dar patadas bien dadas.

Yes, yes.

Me esforcé para que aprendiera bien lo básico y quedamos de hacer las dos cosas por lo menos dos veces a la semana. Claro que ella exigió cambiar el horario para no someter su cuerpo a “semejante tortura”.

—Madrugar es pecado —aseguró.

Intenté abrazarla pero estábamos bastante sudados y salió corriendo. La perseguí pero se me escondía entre los sofás.

—Nooo, nooo —gritaba.

Cuando la alcancé, la levanté. Enrolló sus piernas en mi cintura, pero se fue resbalando por poquitos. De pronto hizo un movimiento de los que había aprendido y me hizo tambalear.

—Qué pícara, ah, qué pícara. La tumbé al piso protegiéndola con mi cuerpo para que no se lastimara —¿Vamos a terminar de amarnos?, ya tenemos bastante adelantado.

—¿Quéee? ¿Cuándo? ¿Cómo?

—Ya estamos sudando —le dije levantando los hombros y los ojos.

Me miró, arrugó la nariz y soltó una carcajada… pero no se resistió a la propuesta. Besándome suspiró y allí mismo nos amamos.

 

El Encuentro #16

—¿Cómo? ¿No será que está de rumba todavía? o ¿Se habrá accidentado? Ese loco en esa moto es un peligro.

—No sé qué pensar. Ya Castillo está indagando si fue un accidente. La moto tiene GPS, así que en minutos sabremos.

—Manténgame informado… Y ya sabe, Martínez, carta blanca. Si me necesita para los interrogatorios me llama que ese es mi fuerte.

—Sí, señor, gracias.

El coronel tenía fama de ser temible; sus métodos eran efectivos pero brutales. No quisiera caer en sus manos.

Llegué al salón de reunión y todos me miraron preocupados.

—No hay accidentes reportados, pero la moto está parada cerca al parque ecológico —anunció Castillo.

—Eso está hacia el lado contrario del comando —intervino Marco—.Veníamos juntos, Jefe, la misma ruta los dos. Yo lo vi en varias oportunidades esquivando carros, como siempre, y haciendo gracias, pero se me adelantó mucho y no lo volví a ver.

—Mariano, Bernal, vayan hasta la moto a ver qué encuentran. Los demás atentos, tenemos problemas graves, ¿por dónde iba Pérez? …

Él, me puso al tanto y yo terminé el relato de los “traidores”.

Se levantó una oleada de murmullos. Todos opinaban.

—Vamos a ponernos de acuerdo en algo: esto es confidencial. Ustedes van a actuar como si no supieran nada. Bajo ninguna circunstancia pueden ellos sospechar algo. No se desilusionen porque un pequeño grupo se ha corrompido; en todas las esferas sociales, políticas y militares sucede. Ustedes son hombres íntegros y su corazón y su mente están en el lugar correcto. Siéntanse orgullosos y vamos a defender nuestra nación, incluso si nos toca enfrentar a los nuestros. Para eso estamos aquí. ¿Entendido?

—Sí, Jefe —decían todos pero el ánimo estaba caído.

—¿Alguna noticia de Rojas, Castillo?

—Nada, ya los muchachos están llegando al sitio… A veces me aparece una señal rara.

—¿Cómo así?

Nos acercamos a la pantalla.

—Puede ser Rojas, Jefe, él tiene un GPS en la chaqueta de esos que usted nos dio para los carros de la familia —dijo Marco.

Vimos en la pantalla aparecer y desaparecer una luz. El radio nos sobresaltó a todos.

—Jefe, la moto está tirada al lado del parque. Dice la gente que una camioneta grande lo atropelló y se dio a la fuga. Que al motociclista lo montaron en otro carro para llevarlo al hospital. Pero una señora dice que él gritaba que estaba bien y se agarró a puños con dos tipos, pero lo dominaron y se lo llevaron obligado  —informó Bernal.

—¿Qué clase de carros?

—Una camioneta negra grande lo atropelló, nos imaginamos que una Chevrolet Suburban. Esta gente por aquí no sabe de marcas de carros. Por la descripción, el otro debió ser un Jeep, también negro y grande —continuó Mariano.

—Cruz, váyase al satélite y esté listo para recibir instrucciones. Recuerde lo que hablamos, y nada de comentarios respecto a Rojas.

—Busque en los semáforos, Castillo.

—Ya estoy buscando, Jefe.

—La moto, ¿se puede mover?, ¿o mando un carro a recogerla?

—Yo la llevo, Jefe —dijo Bernal—. Tiene un golpe pero está funcionando.

A los segundos volvieron a comunicarse.

—Encontramos el celular en la bolsa que lleva en la moto.

Todos estábamos inquietos. No nos gustaba para nada eso de que lo atropellaron y lo metieron al carro en contra de su voluntad. Además, ¿por qué no llamaba si en realidad le había pasado algo?

—Castillo, ¿qué pasa con la luz?

—Hace rato no aparece. Me descuidé buscando en el semáforo al lado del parque —contestó y siguió afanado como si estuviera tocando el piano con su teclado.

Pasaron unos dos minutos.

—Jefe aquí hay un carro, es el único Jeep negro grande que ha pasado. De las camionetas Suburban sí he visto dos.

—¿Pasaron todas justo frente a la moto?

—Sí, con cinco minutos de diferencia.

—¿Hacia dónde se dirigieron? Busque en los siguientes semáforos. Mándele coordenadas a Cruz para que le ayude.

—Jefe, Cruz está escribiendo por el privado: “Aquí esta Mojica, dice que está esperando la confirmación de un asunto y tiene que quedarse un rato más”.

Reflexioné unos segundos.

—Pérez, busque a Ruiz, vaya con Marco Polo, tráiganlo disimuladamente a una sala de interrogación.

—¿Está seguro, Jefe?

—Sí. ¿Qué está haciendo Mojica en el satélite, en lugar de su oficial de comunicaciones?

—Están en verde, Jefe, quizá no lo quiere molestar.

—¿Y si está en verde, qué hace aquí? Ruiz también está. Llegué a las seis y al rato los vi. Si nada estuviera pasando, me parecería normal. Pero esto de Rojas ya pasó a mayores. Vaya hombre, Pérez. Yo confió en sus instintos, confié usted en los míos. No le digan nada, solo que le quiero preguntar algo importante.

Llegué al salón de interrogatorios y me senté a esperar. De ser Mojica el responsable, no entendía por qué se atrevía a actuar contra uno de mis hombres. Me hacía dudar del paso que iba a dar. El celular me sacó de mis pensamientos.

—Jefe, la luz apareció de nuevo y está por la autopista —me informó Castillo.

—Envíele la información a Cruz para que esté pendiente de la luz y las coordenadas. ¿Usted encontró los carros?, ¿ha seguido la ruta?

—Sí, me parece que es la misma y van camino a la autopista, ¿será camino a La Candelaria?

—Si está vinculado a los del monte, puede ser.

Me sentí cansado. Amaba mi trabajo, pero me tocaba ver tanta maldad que a veces me extenuaba. De pronto se me ocurrió algo. Llamé al capitán Sarmiento.

—Buenos días Sarmiento, le habla Martínez.

—Buenos días, me alegra escucharlo, pero, ¿no me diga que está en problemas otra vez?

—Desafortunadamente sí.

—¿Qué puedo hacer por usted?

—¿Podría darse una vuelta por La Candelaria a ver si hay algún movimiento fuera de lo normal? Uno de mis hombres está en problemas y parece que me lo sacaron para allá. Tengo dos camionetas Suburban negras y un Jeep también negro, involucrados.

—Con mucho gusto, Martínez.

Pérez y Marco llegaron con Ruiz.

—Buenos días.

Miré el reloj.

—Las once y treinta, sí… todavía son buenos días. Deme un momento Ruiz que tengo que hacerle un encargo a Pérez. Ya vengo, necesito su ayuda en algo importante.

—Con mucho gusto, Martínez.

Salí con Pérez. Lo puse al tanto de la ruta que posiblemente estaban tomando.

—Hágame un favor, avise para que tengan listo el helicóptero. Salimos en cualquier momento. Llame a Bernal y pregúntele si está por llegar. Si es así, que me espere en el hangar. Ustedes alístense para salir camino a San Juan, no vamos a dejar a Rojas abandonado. Marco me ayuda en esta. Creo que Ruiz le teme más a él que a usted.

—Todos, Jefe, todos le tienen más miedo a Marco que a mí —asentimos con risa.

—Esté pendiente de Mojica. Vamos a proceder con discreción, de tal manera que ni se dé por enterado.

—Muy bien —me dijo Pérez y se fue apurado. Entré de nuevo al salón de interrogaciones.

Ruiz estaba nervioso, se apretaba las manos y se jalaba los dedos.

—Hombre, tranquilo que no lo vamos a morder —le estaba diciendo Marco.

—Ruiz, cuénteme una cosa, ¿Usted qué tan amigo es de Rojas? —me senté frente a él.

—¿Cuál Rojas, el suyo o el de nosotros?

—¿Ustedes tienen un Rojas? —le pregunté y miré a Marco intrigado.

—Sí. Berni. Le decimos así porque ya existía Rojas en su Élite y cada rato había confusión.

—¿Y dónde está Berni?

—Estamos en verde y anda descansando me imagino. ¿Por qué?

—Nada hombre, espéreme un segundo ya vengo.

Salí y llamé a Pérez.

—Berni el de Mojica es de apellido Rojas, ¿Qué tal que lo hayan confundido? —le dije apenas contestó.

—Puede ser, Jefe, pero ¿por qué se lo iban a querer llevar para el monte? y ¿obligado?

—Pídale a Castillo que ubique a Berni, tengo que hablar con él, ya mismo —regresé al salón.

Ruiz se había levantado y Marco muy tranquilo estaba sentado limpiándose las uñas con una navaja. Sonreí para mis adentros.

—Siéntese, Ruiz, siéntese, deje los nervios —le dije, sentándome.

—Lo que pasa Martínez es que yo preferiría que mi Jefe estuviera aquí conmigo.

—Hombre, es que de Mojica es que tenemos que hablar.

—Y a escondidas de él —añadió muy tranquilamente Marco.

Nos miró extrañado.

—Ah no, pero eso sí no creo que sea buena idea, él es mi jefe y yo no hablaría mal de él.

—Pero cómo le parece que él sí habla mal de usted —le dijo Marco.

—Imposible, qué va a decir, yo soy un buen oficial.

—Cuénteme Ruiz, ¿usted conoce a Nikolai, el ruso? —le pregunté.

Se puso pálido y siguió caminando nervioso, Marco y yo sentados muy cómodos.

—¿Y a Mr. Washington, el socio? —continué como si nada.

—Pues claro. Todos sabemos que son los distribuidores de armas más importantes, pero, personalmente, no los conozco ¿por qué?

—Mojica dice que usted le habló de ellos y que le dieron el dato a una gente en Miami para un negocio de armas.

—¿Que qué? No, Martínez, imposible, eso es mentira, yo no los conozco.

—Él dice que usted y Bolívar están haciendo negocios con ellos.

—Será Bolívar. ¿Dónde está mi jefe, por qué no lo tienen aquí?

—Porque él es inocente… hombre, Ruiz, cómo voy a acusar a un jefe de mentiroso o de ir contra el país, sería una locura.

—Bueno, pues si es así, yo consigo un abogado porque a la larga me están acusando de algo que yo no estoy haciendo.

—Está bien hermano, está bien, llame pues a su abogado, ya vengo —le dije levantándome.

—Espere, Martínez, espere. Seriamente, ¿de qué me está acusando?

—¿Qué tal traición a la patria?

Se puso más pálido todavía; ya ni en la boca tenía color. Se sentó y se agarró la cabeza.

—No creo que tenga pruebas de algo así. ¡Es imposible!

—Vamos a escuchar las pruebas, Ruiz, y usted mismo analiza si son válidas o no.

Llamé a Castillo y le pedí que enviara al monitor de interrogatorio los videos y conversaciones que teníamos entre Ruiz y Mojica. El pobre volvió a caminar de un lado a otro mientras se escuchaba. Le di a Marco la señal de desarmarlo. No opuso resistencia. Cuando terminó la grabación se sentó y metió la cabeza entre las piernas. Luego se enderezó y nos miró. De alguna manera parecía aliviado.

—Yo sabía que usted nos iba a descubrir, yo sabía. Usted debe tener un pacto con el diablo.

—Yo no hago pactos de esos, Ruiz. Eso lo hizo usted cuando se puso de ambicioso a vender su honor y su patria por unos malditos dólares. Ahora necesitamos detalles. Si confirma y confiesa todo lo que sabe sobre esa gente y quiénes en el comando están colaborando, le puede ir mejor. Si sigue negándose, será peor.

Casi no podía hablar, me parecía que se iba a quebrar en cualquier momento. Marco se levantó y se le paró al frente.

—Haga su vuelta tranquilo, Jefe, y déjeme un ratico aquí con este traidor.

—La cara no, Marco, que va a salir muy mal en la televisión. Ya vengo, voy a traer al coronel, él quiere oír la confesión.

—¡Nooo! —gritó Ruiz.

A estas alturas a mí ya me daba pesar y risa.

—No, Martínez, no sea canalla, ese hombre es un sanguinario.

—Si me cuenta la historia como es, hasta de pronto lo puedo ayudar, pero mientras todo lo señale a usted, sigue siendo el malo de la película.

Mi celular vibró. Salí sin decir nada.

—¡Martínez! —gritó Ruiz desde la sala.

—Jefe, la señal apareció en la autopista subiendo para Veracruz y en cuanto a Berni, la hermana dice que salió del país anoche, por cuestiones de trabajo —me informó Pérez.

—Dígale a Muriel y a Castillo que me esperen en el helicóptero. Usted, llévese los demás y váyanse preparados. Vamos a rescatar a Rojas. Llame a Cruz, que él sea sus ojos; llame a Sarmiento, le pedí hacer ronda por ahí. Ojo con los carros que deben venir bajando, esos son suyos. Lo mantendré informado.

—¿Cómo va con Ruiz?

—Más fácil de lo que me imaginaba, pero no sé todavía qué relación tiene Berni con ellos. Aunque me inclino a pensar que se les retiró del negocio y por eso lo “detuvieron”. El problema es que se llevaron a otro Rojas. Tenemos que rescatarlo cuanto antes. No creo que le den muchas oportunidades de defenderse o que lo devuelvan por “talla equivocada”.

Llamé al coronel y le avisé que tenía que empezar a grabar la conversación del interrogatorio número uno. Entré con una rabia y una frustración que apenas empezaban a aflorar.

—¿Qué pasó Marco? yo pensé que ya había empezado a darle una paliza a este traidor de mierda.

—Ah, no, jefe, usted dijo que iba por el coronel, que se ensucie él, yo tengo una cita luego.

—No me desilusione, hombre, Marco, no me desilusione —le dije  y cogí a Ruiz, con asiento y todo y lo tiré contra la pared. Marco se levantó.

—Si insiste, pues yo le ayudo.

Le dio una patada.

—¡Nooo! No hay necesidad que me maten a patadas, no sean animales. ¿Qué quieren saber? —y empezó a cantar como un canario.

Salí corriendo y Marco se quedó terminando el interrogatorio.

No podíamos permitir que Mojica se pusiera en alerta. Llamé al coronel y le dije que en algún momento entrara y lo obligara a llamar a Mojica para decirle que tenía un problema familiar y que necesitaba el fin de semana libre.

Muriel y Castillo estaban esperándome en el helicóptero, ya Bernal, mi otro piloto, lo tenía listo para salir.

Llegamos en 20 minutos al camino a Veracruz. Muriel era también francotirador, así que los dos íbamos listos con nuestros rifles. Castillo detectaba el punto y nos avisaba. En un momento divisamos un carro subiendo por una empinada; era una furgoneta parecida a la de comunicaciones del comando, sin ventanas a los lados. La única visibilidad era a través del parabrisas y de una ventanilla atrás. Sin embargo, con los binoculares pude ver que, además del chofer, iban tres hombres más. Uno tendría que ser Rojas, pues estaba tirado en el piso y, según parecía, amarrado  de pies y manos.

—Vaya de frente Bernal, tengo que darle al chofer. Ya Rojas debe estar alerta. Dispárele a una llanta, Muriel, hay que desestabilizarlos. No podemos darles tiempo de matarlo.

Efectivamente le di al chofer y Muriel disparó dos veces. El carro se fue hacia un lado de la carretera, contra unos árboles. Uno de los tipos salió volando por la puerta de atrás, me imaginé que era cortesía de Rojas.

—Dele al tipo que cayó —le grité a Muriel mientras yo seguía pendiente del movimiento del “cuarto” hombre.

Rojas salió brincando. El “cuarto” salió detrás de él y se le tiró encima. Ninguno podía dispararle porque estaban luchando; el tipo trataba de cubrirse con él. Rojas logró desembarazarse por un segundo de él con un cabezazo y yo le disparé. A lo lejos se veían carros subir por la misma carretera.

—Pérez, ya encontramos a Rojas, ¿dónde están ustedes?

—Nos topamos con el Jeep casi llegando a la ciudad, ya los tenemos, los otros no aparecen por ninguna parte.

—Algo es algo, nos vemos en el comando. Castillo, llame a Sarmiento.

— Aquí voy, Martínez, aquí voy, ya veo el helicóptero —dijo Sarmiento por el radio.

—Ahí le dejo un regalito. Mi hombre se va conmigo.

Muriel bajó por una cuerda, desamarró a Rojas y los dos subieron otra vez de la misma manera.

Rojas no paraba de hablar.

—Jefe, muchas gracias, muchas gracias, yo sabía que usted iba a venir por mí, yo sabía. Nunca entendí por qué me agarraron esos desgraciados. Casi me matan y creo que me dañaron la moto —tomó aire—. Me decían Berni y yo qué les iba a poder explicar que yo no era si me amordazaron y luego me cambiaron de carro. Los desgraciados que me tiraron al piso no me creían nada de lo que yo decía… hablaban y hablaban. En medio de todo me acordé del GPS que usted nos regaló y que mi mamá, tan linda, me lo pegó de la chaqueta. Creo que se dañó con el golpe que me di cuando me atropellaron, pero como podía me daba en el hombro cada rato a ver si les mandaba señal. ¡Por eso será que me duele tanto, creo que me lo fregué!… pero eso sí, Jefe, seguro que ese infeliz de Mojica tiene que ver con todo esto porque lo nombraron más de una vez…

Siguió hablando sin parar. Nosotros no podíamos ni interrumpirlo de tanto que nos reíamos.

Por fin terminamos el asunto con Ruiz y lo metimos a un calabozo donde nadie lo pudiera encontrar. Sentí pesar y ordené que le llevaran agua y comida, además una Biblia. Le haría bien una ayuda espiritual. Intuía que había sido utilizado por Mojica y Bolívar. Él era más joven que ellos y un subalterno, alguien fácil de manipular. Mojica no se percató de nada y se tragó el cuento del permiso que le pidió Ruiz.

El coronel declaró el comando en alerta y anunció que a uno de mis hombres lo habían secuestrado por unas horas sin ninguna explicación. Recibieron la versión sin cuestionar y Rojas se convirtió en el héroe del día.

El Encuentro #15

Alrededor de las tres de la tarde me desocupé y decidí caminar un rato para despejar mi mente. Recordé mi cita al otro día y lo que me dijo Pérez del anillo. Tenía razón, para el romance soy un novato. Ciertamente le sugería a Paulina de diferentes maneras que nos casáramos, pero no se me había ocurrido lo del anillo.

Entré a una joyería.

—Buenas tardes, caballero, ¿en qué lo puedo ayudar? —me dijo una señora ya madura muy bien arreglada.

—Estoy buscando un anillo para mi novia.

—Llegó al lugar perfecto, ¿es su anillo de bodas o de compromiso?

—¿Hay alguna diferencia?

—Ya veo que como a muchos hombres, este tema del romance lo confunde.

Me explicó el asunto y me mostró varios anillos. Los vi más o menos iguales, unos más grandes que otros. Me gustó uno que tenía un diamante grande y varios pequeños a los lados formando un nudo. Era diferente a los otros, se me pareció a ella, “único, fino y sencillo”. La vendedora sonrió y me dijo:

—Esa es una buena razón para escogerlo. Es realmente precioso.

Mientras lo empacaba, seguí mirando lo que tenían en la vitrina. De pronto vi unos corazones pequeños de diferentes colores y ella me dijo:

—Son “pruebitas de amor”.

—¿Pruebitas de amor?

—Sí. Lo usan los novios o inclusive los padres para sus hijas  —el corazón me dio un brinco.

—¿Me deja ver los verdes?

Venían en dos tonos diferentes, así como los ojos de mis hijas.

—Traen una cadena y se pueden usar como dijes o como pulsera.

—Deme estos tres, dos verde oscuro y uno claro.

—¿Tres? ¿Tiene tres hijas? o ¿cuatro novias?

—¡Por favor! una novia me tiene loco, no creo que sería capaz con cuatro.

—Bueno, qué alivio. Aquí veo cada cosa. Ya nada me aterra, pero usted tiene unos ojos sinceros y cuando escogió este anillo lo hizo con amor. Sería muy triste que mis instintos me empezaran a fallar a estas alturas de la vida.

—Tranquila, sus instintos están funcionando perfectamente. Tengo dos hijas y quiero darle a mi novia otro de estos; el anillo todavía no sé cuándo.

—¡Qué bien! Entonces, esta noche va a tener fiesta o ¿cuándo es la entrega de los premios?

Me reí. No sé si de nervios o por el apunte tan simpático de la señora.

—¡Esta semana, confiando en Dios!

Llegué al aeropuerto cuando estaban a punto de abordar. Me cayeron todos encima.

—Jefe ¿va a rifar los puestos?, ¿o nos vamos otra vez en el gallinero nosotros y ustedes muy campantes? —preguntó Rojas, como siempre con sus apuntes.

Pérez me hizo señas para que los dejara atrás a ellos.

—Vayan ustedes cómodos, nosotros en el gallinero —Pérez arrugó el ceño. Intercambiaron pasabordos. Los otros dos salieron felices.

—¡Ah! —regresó Rojas—. ¿Adivine quiénes están aquí?

— No tengo que adivinar, Rojas. Con esa cara de felicidad que trae seguro que es su amiguita de anoche.

—Y la suya, Jefe, y la suya.

Salieron riéndose y corriendo pues ya estaban llamando para abordar primera clase. Efectivamente al entrar nos saludaron muy amablemente y luego nos ofrecieron todo tipo de bebidas.

—Usted es muy especial, dejar sus amigos en primera y venir acá, es muy generoso de su parte.

—Hay que compartir.

—¡Qué va Jefe!, usted que los mima demasiado.

Ella sonrió.

—Gracias por presentarme a Nikolai, es un hombre encantador, ¿Usted sabe si es casado o soltero?

—Es casado. Si no se ha divorciado en el último año, está casado.

—¡¡Uy!! Ese sinvergüenza me dijo que era soltero, todos son iguales —dijo apretando los labios con fuerza y luego suspiró frustrada.

—Nosotros no —dijo Pérez.

Ella sonrió y asintió.

—Claro que se puede haber divorciado y usted no sabe —dijo como para convencerse a sí misma.

—Es posible.

—Le voy a preguntar, quedamos de vernos otra vez.

—Sí, lo mejor es que él mismo le diga la verdad.

—Mmm, seguro lo niega, voy a investigarlo en el internet. Según entiendo es muy conocido, así que por ahí debe salir alguna cosa.

—Buena idea.

Asintió y siguió caminando por el pasillo con su carro de refrescos. Pérez me miraba con incredulidad.

—¿Qué?

—Usted si es malo, Jefe.

—¿Por qué? El tipo es casado. Si va a meterse con él que sea con los ojos abiertos, no engañada.

— Usted no sabe, quizá sí esté soltero.

—Es casado, hombre, Pérez. Siempre ha sido así. En cada país consigue novias pero en Houston, que es donde vive, tiene esposa y como cincuenta hijos.

—¿Cincuenta?

—Bueno, muchos en todo caso.

—¿Por qué no le dijo eso?

—Tampoco me voy a meter en la vida privada de él, pero ya está advertida.

—¿La está defendiendo?

—Me cae bien, es amable, es trabajadora, merece un hombre que la respete.

—Usted y su moral, Jefe, usted y su moral… bueno y cambiando de tema, llegó muy contento. Tiene un aire diferente.

—¿Cómo qué será?

—Como la alegría que dice Arango pero sin la duda.

—Aquí entre los dos, le voy a mostrar algo y gracias por darme la idea.

Saqué la caja que tenía en el bolsillo de la chaqueta. Pérez se quedó con la boca abierta.

—Cierre esa boca que no es para usted.

—¡Déjeme verlo, déjeme verlo! … ummm, ahora sí se va a cerrar este negocio. Me alegra verlo feliz, Jefe. ¿Sí ve?, le faltaba era acción para espantar las dudas.

—Falta esperar que diga que sí… ¿Qué tal que diga que no?

—Ay, no, Jefe, a usted me lo cambiaron.

El vuelo se nos hizo corto entre la risa y los comentarios graciosos de Pérez.

***

Llegué derecho al apartamento de Paulina. Debía tomar una decisión respecto a los escoltas. Marco y Bernal me informaron que todo estaba bien, pero decidí poner dos regulares a hacer rondas periódicas entre la casa y la universidad. Apenas abrió la puerta se me tiró encima.

—Hola, hola, ¡por fin volviste!

—¡Hola mi amor! —metí mi cabeza entre su cuello—. Mmm, ¡cómo he extrañado olerte y abrazarte!

—Yo también.

La invité a salir a comer y fue a cambiarse de ropa. María Paz llegó en ese momento llena de planos y papeles. Era muy simpática.

—¿Entonces qué, mi teniente? Esta vez sí llegó sano y salvo. Menos mal porque esta muchachita quiere cambiarse de carrera para cuidarlo.

—No lo creo. Además eso fue una excepción; yo siempre regreso sano y salvo.

—Ojalá siga siendo así.

Caminó hacia su cuarto y de pronto me miró otra vez.

—¿Será que usted me puede presentar a su amigo, el que dejó cuidando a Paulina para que no lo traicionara?

Me reí.

—¿A cuál se refiere?, eran dos.

—¿Dos? ¿Así de celoso es usted?

Más risa me dio. Ella también se rio y me habló bajando la voz.

—Mentiras, esa pobre vive extasiada y en las nubes desde que usted apareció.

—Ya somos dos.

—Y de verdad, ¿no me presentaría a uno de sus amigos solteros? Quien quita que yo también termine en las nubes.

—¿Cuándo vio al que le gustó?

—Ayer. Llegamos juntas de la universidad y él la saludó de lejos.

—Ah, ese es Bernal.

—¿Y es soltero?

—Sí, como le parece que sí.

—¿Y tiene novia?

—Tenía. Ahora no sé, le voy a preguntar.

—¿Ellos pueden salir con usted?, ¿o usted es el rey y ellos los plebeyos? —me hizo reír otra vez.

—No, yo no soy el rey, soy solo el que los dirije y sí podemos salir juntos sin problema.

Salió corriendo a contarle a Paulina; podía escuchar su risa en el cuarto. Finalmente salieron. Paulina estaba hermosa y sexy como siempre.

La llevé a comer a un restaurante italiano pequeño y acogedor en una plaza que hacía poco habían inaugurado y era el sitio más novedoso del momento. No me preguntó nada sobre la cita del día siguiente y lo agradecí porque me costaba trabajo hablar sobre el tema. La situación se iría resolviendo paso a paso.

—Te traje un regalo.

Saqué la caja que tenía uno de los corazones verde oscuro. La abrió con fascinación y sonrió cuando vio qué era.

—¡Un corazón del color de tus ojos! … Es el regalo más hermoso que me han dado.

—Mi corazón y mis ojos están puestos en ti.

Me besó. Se lo puse alrededor del cuello y salimos caminando abrazados. Lo apretaba entre sus manos y sonreía.

—Le compré uno igual a las mellizas.

—¡Qué buena idea!, es un regalo hermoso.

La besé y de pronto un flash nos sorprendió. La traje hacia mi pecho y estiré el brazo al tiempo que otro flash nos alumbraba. El tipo estaba casi encima; lo alcancé a agarrar del cuello. Ella seguía pegada de mí.

—No me haga esto hombre que nos pone en peligro.

—Ay, detective, este es mi trabajo. Esta foto vale plata, necesito el dinero.

—Más necesita que yo pueda seguir vivo haciendo mi trabajo —le dije mientras le arrebataba la cámara.

—Le prometo que no le tomo más fotos. Por favor, se lo prometo. Por favor, no me quite mi herramienta de trabajo. Acabo de tomar otras fotos que valen dinero. Tengo una familia que alimentar.

—No se le ocurra tomarnos más fotos porque lo busco y no le va a ir muy bien.

Le devolví la cámara. Él salió corriendo y nosotros caminando hacia el carro. Ya sentada a mi lado, me pasó el brazo izquierdo por la nuca y con la otra mano, me acarició cara.

—Ya se me había olvidado cómo te alumbran los ojos cuando te enojas.

—Esa gente me amarga la vida. Perdóname, mi amor. No puedo ni darte una noche romántica en paz.

—Si publican esas fotos ¿qué pasa?

—Realmente nada. Pero entre más aparezca mi cara en la prensa, más se me complica la vida. Me conviene pasar desapercibido, no volverme una celebridad. Además, con lo que te pasó, no quiero que nadie te asocie conmigo.

—Entiendo. Habías podido sacarle la memoria a la cámara.

—Me dio pesar. El hombre vive de eso; tiene familia que mantener. Lo conozco, sé dónde vive, es de los que más me persigue.

—¿Por eso es que dicen que eres misterioso?

—Sí. Pero es por mi seguridad, y ahora la tuya, todavía estoy preocupado con lo que nos pasó con El Tigre. La verdad sigo pensando que me descuidé.

—No te culpes. Ya deja eso, no eres Dios para estar en todas partes.

—Gracias por recordármelo.

La dejé en su apartamento. Me moría por quedarme a su lado y abrazarla toda la noche, pero tenía demasiado que hacer al otro día y debía terminar temprano para estar a las ocho en casa de las mellizas.

***

Llegué a las seis de la mañana al comando. Hice ejercicio hasta que llegaron Pérez y Castillo. Nos dedicamos a analizar lo que hasta ahora teníamos sobre los “traidores” del comando.

—¿Castillo, al fin pudo ponerle paticas y oídos a Mojica? ¿Qué se ha adelantado?

—Paticas sí, pero es que él deja ese carro casi al frente de la caseta de los guardias y me ha quedado difícil ponerle oídos. Con mi largo alcance, le he grabado algunas cosas. Casi siempre está con Ruiz hablando babosadas, pero escuche esto.

Sacó una tableta electrónica, a lo lejos se veían Mojica y Ruiz y empezamos a escuchar:

—Entonces, será que la semana entrante ya concretamos, ¿o al fin que pasó?

—Todo quedó en veremos, no ve que esos manes hablaron con el sapo de aquí y están como indecisos.

—¿Qué va a pasar entonces?

—Hay que esperar a que se vuelvan a ver en el norte y si los convencen, ahí sí nos podemos ir de vacaciones.

Risas.

—Ah, eso sí me gusta. Si coronamos esta, me largo del todo.

—Mientras no se nos vuelva a atravesar el number one.

—Uy, ¡es que ese man sí tiene una suerte!

Y siguieron hablando idioteces sobre mujeres.

—El norte puede ser Estados Unidos —dijo Pérez—, y el “sapo” y el number one es usted, Jefe.

—Eso mismo creo y me temo que el asunto es bastante grave.

Les conté mis conversaciones con Nikolai y Mr. Washington.

—¿Será que estos son los que le están dando los datos a los del monte? —intuyó Pérez.

—Así parece.

—¿Qué vamos a hacer, Jefe?

—El general me dio el visto bueno para la investigación y el coronel con mayor razón, así que reunámonos en la sala. Ya han llegado casi todos, vayan organizándose. Pérez, póngalos al tanto, tengo que hablar con el coronel.

Entré sin preámbulos hasta su oficina. Últimamente me la pasaba ahí metido, de “sapo”, como me decían Mojica y Ruiz.

—Buenos días, mi coronel.

Me dio la mano con su  acostumbrado medio abrazo.

—¿Cómo le fue por Esperanza, mucha novedad?

—Definitivamente sí. Me dejaron sorprendidos con más de una de esas armas electrónicas, con rayos láser y de gran alcance. Ya ni el blindaje se les escapa.

—¿Qué podemos a hacer con esta gente, Martínez? Inventan artillería para la guerra y para la defensa, pero esa también cae en manos de delincuentes y entonces nos fregamos todos.

—Sí, mi coronel. Justamente le tengo noticias preocupantes al respecto.

Lo puse al tanto del asunto y esta vez fue necesario hablarle sobre mis sospechosos. Terminé mi historia con la última conversación que habíamos escuchado. Se quedó callado y su cara cambio de ansiedad a irritación.

—Esto ya es el colmo, Martínez, ya es el colmo. Estos desgraciados traidores, llevan años vistiendo y haciéndole honor a este uniforme y seguramente nos están vendiendo por la ambición del dinero. Agárremelos a todos de una vez y les hacemos un interrogatorio bien concreto para que dejen de ser tan canallas.

—Paciencia, mi coronel, ya los estamos cercando. Necesitamos pruebas y conectarlos con Bolívar. Además deben haber más involucrados que no hemos identificado aún.

—¿Qué va a hacer, entonces?

Mi teléfono vibró, era Pérez.

—Ya voy, Pérez, deme quince…

—Lo siento, Jefe, tenemos problemas.

Mi cara debió reflejar preocupación porque el coronel levantó las manos con curiosidad. Escuché unos segundos y colgué.

—¿Y ahora qué?

—Rojas se me desapareció.

 

El Encuentro #14

 

El ruso

 

PÉREZ, ROJAS, ARANGO y yo salimos para la capital a participar en un entrenamiento de armas y municiones. Antes de partir había dejado a Marco Polo encargado de la seguridad de Paulina. “Yo soy el hombre invisible” le dijo cuándo los presenté. Ella lo aceptó resignada.

Siempre me daban uno o dos tiquetes en primera clase así que los rifé. Pérez y yo quedamos juntos disfrutando de más comodidad. De todas maneras siempre nos dividíamos, era el protocolo por seguridad.

—Jefe, lo noto distraído, ¿está preocupado? Muriel y Rey se quedaron encargados de Mojica, y Marco-Polo y Bernal se van a turnar para cuidarle a Paulina, no se angustie tanto.

—No, Pérez, eso me tiene tranquilo, es otro asunto, ¿se acuerda lo que le conté sobre mis hijas? … Este viernes les vamos a decir la verdad.

Yo le había confiado el secreto a Pérez hacía como dos años, una tarde que estábamos en San Juan y pasé a saludar a Alberto.

—¡Por fin, Jefe! Por fin. Ahora va a tener quién le diga papá.

—Es verdad, no había pensado en eso.

—Pero hay otra cosa por ahí escondida. Entiendo que lo que le pasó a Paulina lo tiene preocupado, pero veo inquietud en su mirada y usted es el hombre más valiente y seguro que conozco.

—Creo que Paulina tiene dudas sobre los dos y no la quiero perder.

—Es que usted para eso del romance es más bien novato.

Lo miré intrigado.

—¿Ya le dio el anillo?

—¿Cuál anillo?

—No, Jefe, tiene que ver más televisión o leerse alguna revista  de esas de amor.

—Ay hombre, Pérez, ¡qué pesar!, se me olvidó pagar la suscripción de la revista Cosmopolitan.

La carcajada fue tan sonora que nos voltearon a mirar los pasajeros del lado.

Igual que en Santana, aquí teníamos un lugar dónde dormir. Dejamos nuestras cosas y salimos directo al salón de la conferencia para la parte teórica. La práctica la haríamos en un campo de tiro, en las afueras de la ciudad. Además de recibir la capacitación, el general quería nuestra opinión con respecto a la utilidad de las armas que le estaban ofreciendo. Rojas y yo éramos los mejores francotiradores de la Élite, Arango era el mejor con pistolas y armas de corto alcance, y Pérez era mi mano derecha para dirigir y determinar el uso de cada hombre y cada arma.

Alguien me tocó el hombro por detrás.

Good morning Andy, it´s a pleasure seeing you again.

The pleasure´s mine, Nikolai, it’s been a long time.[1]

[1]—Buenos días Andy, es un placer volverlo a ver.

—El placer es mío Nikolai, ha pasado mucho tiempo.

Nos abrazamos cariñosamente y conversamos un rato. Luego me senté con mis hombres. Nikolai era uno de los distribuidores más importantes de armas y nos habíamos conocido cuando fui a un entrenamiento a California. Me había tomado cariño y cada vez que nos encontrábamos sacábamos tiempo para  estar juntos.

Era un hombre de unos 55 a 60 años, bajito, algo barrigón y siempre iba elegantemente vestido. De origen ruso, retirado del ejército, llevaba más de 20 años en Estados Unidos dedicado al negocio de las armas. Tenía un socio, Mr. Washington, un moreno fornido con varias cicatrices y tatuajes en los brazos. Eran contemporáneos. También militar, pero expulsado del ejército por su comportamiento irreverente. Una cicatriz profunda le atravesaba la frente. Cuando contaba cómo la recibió se reía a carcajadas. “Una mujer en un bar, ¡ah! una maldita mujer, ni siquiera un hombre. El recuerdo más profundo de mi carrera y me lo dejó una mujerzuela”. Eran una pareja bien particular, pero conseguían el mejor y más moderno armamento del mundo.

La mañana transcurrió entre videos, fotos y explicaciones de cada arma que íbamos a usar y a analizar. En la tarde íbamos a ir al campo de tiro a probar una nueva munición y unos explosivos que estaban usando los grupos rebeldes y necesitábamos conocer. Ya estábamos de salida a almorzar, cuando Nikolai me alcanzó y nos invitó a todos a su hotel.

El Ruso hablaba un español salpicado de errores, pero se hacía entender, si no con palabras, con ojos y manos. Conversar con él siempre era muy divertido. Terminado el almuerzo, mis hombres se fueron al comando. Le pedí a Pérez que le diera una llamada a Marco. Quedamos de encontrarnos en el campo de tiro a las dos de la tarde. Nikolai y yo a solas siempre hablábamos en inglés.

—Me agrada que nos quedemos solos Andy, sus hombres me caen muy bien pero quería hablarle en privado.

Mientras hablaba sacó un tabaco y me ofreció uno.

—No, Nikolai, gracias, yo no fumo.

—Hombre,  usted sí es muy sano, según recuerdo tampoco bebe.

—Unos tragos de vez en cuando.

—¿Pero las mujeres si le gustan, verdad?

—Sí, pero también en una cantidad manejable —soltó la carcajada.

Solo la tos pudo pararle la risa. Por fin se calmó y me habló con formalidad.

—Necesito un consejo de esos de blanco y negro, o gris. Y creo que usted es el indicado.

—Con mucho gusto, si está en mis conocimientos o en mis instintos.

—Hace menos de un mes, mi socio conoció una gente de aquí, compatriotas suyos, que quieren comprar unas armas que nos devolvió el ejército americano porque ya no las necesitan. No sé cómo supieron, fue mi primer problema, pero lo que menos me gusta es que quieren que se las entreguemos sin recibo y sin impuestos en la bodega de Miami.

—¡Contrabando! —exclamé.

—Exacto, hombre. Yo no voy a decirle que de todo lo que he comprado tengo el recibo, pero una cantidad tan grande, en armas y en dinero,  me pone nervioso.

A estas alturas a mí también.

—¿Qué institución, o razón social le dieron para necesitar esas armas? —le pregunté. Me miró con picardía.

—Ese es otro problema —agregó—. Dicen pertenecer a una entidad sin ánimo de lucro que está abriendo una institución de entrenamiento y capacitación para soldados en áreas rurales.

—¡Guerrilla! —afirmé.

Esta vez se quedó serio.

Tuvimos que interrumpir la conversación porque ya eran casi las dos de la tarde. Quedamos de vernos por la noche, a las ocho, en el casino del hotel. Acepté porque me preocupaba bastante lo que me había contado.

Cuando llegamos al campo, ya todos estaban allí. El general me hizo señas para que me acercara.

—Buenas tardes, Martínez, veo que el Ruso le tiene confianza, ustedes se conocieron hace años, ¿cierto?

—Sí, señor, en California

—¿Algo interesante que compartir?

—Desafortunadamente creo que sí, mi general. Esta noche lo veo otra vez, así que mañana si Dios quiere le tengo algo definitivo. Quiere mi opinión en un asunto delicado y me dejó preocupado.

—Muy bien, Martínez, muy bien, usted es un hombre inteligente y con integridad, seguramente sabrá orientarlo. A propósito, en dos semanas es la reunión anual del comando, cuento con usted y sus hombres.

—Por supuesto, mi general, aunque le confieso que se me había olvidado. Se lo recordaré a los demás. Si no le han dicho a sus mujeres, van a tener problemas… y yo también.

—Sí, hay que avisarles con anticipación, ellas se demoran semanas para escoger un vestido.

Pensé en Paulina.

La tarde transcurrió entre pólvora y explosiones. En mi memoria el ambiente olía a muerte y maldad. Casi a las seis regresamos al comando y tuvimos unas horas de descanso.

Llamé a Paulina.

—Mi amor, buenas noches, ¿cómo te fue hoy? —le pregunté con algo de inquietud ya que era su segundo día con Marco.

—Muy bien, tu amigo realmente es invisible.

Pérez me había puesto al tanto de todo lo que él le había dicho. La había estado vigilando sin que ella se percatara. Me inquieté un poco, estar alerta en estos momentos era crucial para su seguridad personal. Seguimos conversando pero la noté desanimada.

—¿Estás aburrida o preocupada por algo más?

—Lo que pasa es que leí una cosa tuya.

—¿Qué, dónde?

—En una de las revistas que publicó artículos sobre el día que te hirieron.

—¿Qué dicen?

—Que eres misterioso y que no tienen fotos tuyas recientes. Que te escondes y que te disfrazas y que tienes un romance con una de las oficiales con la que trabajas.

Me quedé paralizado.

—Lo del romance es falso, lo demás es verdad.

—¿Me lo aseguras?

—Te lo juro.

Nos quedamos callados unos segundos.

—Está bien, pero si algo pasa, por favor me lo cuentas antes de que tenga que leerlo en algún lado. Por si no te has dado cuenta, la prensa tiene una fascinación con La Élite, pero más contigo.

—Desafortunadamente se ponen peor cada día. Los casos que manejamos y resolvemos son de interés nacional; es comprensible. Pero te aseguro, mi amor precioso, que yo romance no tengo sino contigo. Llevaba nueve años esperandote y en estos seis meses que llevamos juntos he aprendido a amarte aún más.

—Yo también te amo.

—¡Cómo quisiera tenerte aquí para abrazarte, besarte y cerrarte esa boca para que no digas tonterías! … y tampoco las pienses.

Nos despedimos de muy buen humor y sentí que quedó tranquila.

 

Nikolai estaba ya sentado en una mesa de Black Jack y me hizo señas para que me sentara a su lado.

— Buenas noches, mi amigo, ¿qué va a tomar?

—Un whisky sin hielo por favor —le dije a la mesera.

—¿Juega cartas?

—Sí, me gusta este juego.

Ganamos y perdimos, pero nos divertimos un buen rato. Salimos del casino y entramos a un restaurante que tenía el hotel. Descansé; la bulla y el olor a cigarrillo del casino ya me tenían fastidiado. Entre la comida y sus historias logré por fin entender el asunto que me planteaba.

—Sinceramente, Nikolai, yo creo que no debe hacer negocios con esa gente.

—¿Será que nos vemos mañana aquí mismo  y hablamos con mi socio? Quiero que Washington escuche su opinión.

—Con mucho gusto, Nikolai.

El día fue bastante interesante. Tuvimos que disparar, analizar cada una de las armas, y determinar cuáles nos eran de utilidad, una decisión difícil con armas tan novedosas y que podían caer en manos enemigas.

—Nosotros pensamos una cosa y los criminales otra. Por un momento pensemos como ellos y así decidimos —le dije a Pérez cuando el general nos exigió una decisión.

Le entregué una lista y la razón detrás de cada elección. La opinión de Arango fue muy útil; este tipo de armas era su especialidad. El general quedó satisfecho con nuestra elección y me invitó a comer en la noche. Quería hablarme sobre un asunto privado; me imaginé que estaría relacionado con lo que le dije al coronel sobre los “traidores” que teníamos en el comando. Le comenté sobre el asunto de la invitación de Nikolai y quedamos entonces de almorzar juntos al otro día tan pronto termináramos el ejercicio pendiente.

Llegué al hotel a las ocho. Hablé con Marco; Bernal lo iba a reemplazar al medio día. Llamé a Paulina y me contó que las mellizas la habían llamado emocionadas porque su madre les dijo que íbamos a la casa de ellas el viernes. Ya se sabían todos los pasos del baile que estaban aprendiendo y nos iban a hacer una presentación.

Pérez y Rojas estaban viendo un partido de fútbol, Arango iba a salir con una amiga con la que se había reencontrado la noche anterior. Estaba entusiasmado, hacía varios años no sabía nada de ella.

—Tenga cuidado, Arango —le dijo Pérez—. Le puede pasar lo mismo que al jefe y le roban el corazón.

—Ojala así sea. Aunque veo que el jefe sufre por su mujer, también lo veo feliz y con los ojos alegres; antes solo se le iluminaban cuando se enojaba.

Se rieron.

—Estoy escuchando —les grité desde el baño.

Ellos sabían cuándo estaba furioso; según decían, me salía candela por los ojos.

Nikolai estaba esperándome con Mr. Washington en el restaurante. En el comando nos habían dado una buena cena así que solo pedí un whisky.

—Entonces, ¿Usted cree que la gente que está interesada en nuestras armas, son subversivos? —me preguntó Mr. Washington.

—Sí, señor, ni nosotros ni los militares compramos armas sin exigir un certificado legal, pagamos los impuestos correspondientes y las ingresamos al país con la debida documentación y aprobación de aduanas. Así hemos procedido en cada uno de los negocios con ustedes. Además pagamos con trasferencias bancarias legalmente tramitadas.

—No todos los gobiernos son iguales, algunos proceden diferente, incluyendo la policía y los militares.

—Según entiendo esas personas son de nuestro país.

—Así es.

—En este país existen leyes específicas respecto a la importación de armas y son las que nosotros seguimos. Si alguien pretende hacer algo diferente está yendo en contra de ellas. Además nosotros no tenemos a nadie contratado en este momento para entrenar ni al ejército ni a la policía en la zona rural.

—¿Está seguro?

—Sí, Mr. Washington, estoy seguro, y si fueran oficiales de alguna de nuestras fuerzas armadas, estarían haciendo algo ilegal. Como le dije, tenemos leyes específicas sobre el tema, y cualquier persona que vaya contra ellas tiene algo que ocultar.

Me miraron preocupados.

—Además, iría contra la seguridad y la estabilidad nacional —terminé de decirles pues me parecía importante enfatizar ese punto.

Se miraron. Nikolai parecía satisfecho, pero el otro no se veía muy convencido.

—Tenemos una reunión con ellos la próxima semana, insistiré en que todo sea según los trámites legales; si no aceptan, le prometo que no haremos negocio con ellos —afirmó Mr. Washington y se despidió; lo vi salir con dos mujeres y con Bolívar, jefe de un grupo Élite aquí en Esperanza. Me hizo el saludo militar y se fueron riendo muy alegres.

—¿Ese es amigo suyo, Andy?

—Realmente no, Nikolai, trabajamos juntos hace años pero nunca logramos ponernos de acuerdo en nuestros métodos. Él es acción y yo estrategia.

Se rio y me invitó a jugar otra vez. Acepté pues me parecía importante tenerlo de mi lado. Cada minuto me preocupaba más la situación y ahora ya tenía una alarma sonándome en el cerebro. Bolívar y Mojica eran buenos amigos.

Pérez y Rojas se veían felices, habían venido conmigo pero seguian viendo fútbol y tomando cerveza.

Estaba entretenido cuando alguien se acercó.

—Buenas noches, detective Martínez, ¿puedo hacerle compañía un rato?

Levanté la cabeza y vi una mujer sonriéndome, la miré intrigado sin reconocerla.

—Abroche su cinturón de seguridad, estamos a punto de aterrizar —dijo en tono de “auxiliar de vuelo”.

—Ah, buenas noches. No la reconocí sin el uniforme.

—Yo en cambio sí lo reconocería a usted en cualquier lugar.

Nikolai se interesó.

—Buenas noches, señorita, bienvenida a sentarse. Mi amigo Andy solo habla de negocios y a las diez de la noche es mejor tener otro tema.

—Claro que sí, sobre todo en un casino y jugando veintiuna—dijo.

La amiga también se acercó.

—Qué sorpresa encontrarlo por aquí. Y sus amigos ¿dónde están?

Miré hacia el lugar donde estaban sentados y de lejos los vi riéndose.

—Voy a saludarlos, el juego no es mi fuerte.

La primera se sentó y Nikolai le ofreció un trago. Yo quería salir corriendo, ya me imaginaba a Pérez y a Rojas, divirtiéndose a “costillas” mías.

Nikolai empezó a hablarle pero debido a la bulla y su escaso español tenía que repetir varias veces o recurrir a mí para que repitiera o tradujera.

—Qué le parece si mejor cambiamos de asiento y así pueden entenderse mejor.

—Excelente idea Andy, esta señorita me hace una feliz noche.

Le agradecí a Dios pues en minutos encontré la oportunidad de despedirme.

—Nikolai, lo dejo en buena compañía, yo me voy a descansar. Ha sido un placer, espero que se diviertan.

Le regalé las fichas que me quedaban.

—Gracias, qué generoso es usted, que pase una buena noche— me dijo ella y siguió sonriendo encantada con Nikolai.

Al llegar al comando, me di un baño y me acosté. Unos 15 minutos después sentí que llegaron Pérez y Rojas. Arango no estaba. Me hice el dormido porque sabía que me iban a caer a preguntas.

—Jefe, Jefe, ¿está dormido? —preguntó Pérez.

No contesté.

—Nooo. Nooo —decía Rojas con voz de ultratumba y se reían.

Yo sabía que estaban haciéndolo a propósito para molestarme, hacer que los regañara y ahí caerme con sus cuentos.

—Pérez consiguió novia.

—No, qué va, fue Rojas.

— No, Jefe, fue usted.

Cogí la almohada y se las tiré encima, sus carcajadas se debían escuchar por todo el comando.

—Silencio que debe haber gente durmiendo por aquí cerca.

—Jefe, ¿qué le dijo la rubia?

—Nada que tenga importancia.

—¿Y le va a contar a Paulina que la azafata se le apareció a coquetearle?

—Ella le coqueteo al ruso.

—Uff, seguro  —no paraban de reírse—. Como si fuera boba, preferir ese gordo que a usted.

—Ese gordo es millonario.

—Ah, bueno, ahí sí de pronto le gana por unos pesitos—dijo Pérez.

—Sí, pesitos de los verdes, no de los que tiene en la barriga —concluyó Rojas.

Me estaban contagiando la risa.

—¡Eh!, dejen de hablar bobadas y duerman que mañana hay que madrugar.

—Todos los días hay que madrugar—dijo Rojas con desilusión, y siguieron riendo.

***

Toda la mañana la pasamos en un lugar privado que tenía el comando casi a una hora de distancia. Viajamos en cuatro helicópteros. Las armas resultaron ser rifles de asalto modernos con control inalámbrico, canal de comunicación y dispositivos de puntería láser; también rifles semiautomáticos para disparos de precisión usados por los francotiradores. Nos hicieron también demostraciones de bazucas usadas para la penetración de blindaje y que, a pesar de su potencia, las puede transportar un solo hombre. Rojas estaba encantado; este era su pasatiempo preferido.

—Usted ayuda en la toma de decisiones hoy, Rojas, así que deje de creer que esos son juguetes y póngale seriedad al asunto.

Me hizo el saludo militar y salió como un niño en una dulcería.

Terminamos casi a la una de la tarde y el general me invitó a almorzar. Quedé de encontrarme con los otros en el aeropuerto. Lo puse al tanto de la conversación con los dos hombres y él, igual que yo, quedó preocupado. Una vez terminamos ese tema, me preguntó sobre lo que yo intuía era su interés inicial.

—Usted sabe, Martínez, que yo le tengo gran aprecio, no solo porque lo conozco desde niño sino porque se ha convertido en mi oficial número uno tanto por su desempeño profesional como por su valor e integridad. El coronel Patiño me hizo un comentario que me ha dejado bastante preocupado. Otros de mis oficiales me han puesto al tanto de ciertas irregularidades que han notado en varios de sus compañeros; ahora, viniendo de usted, me confirma que hay algo de verdad en el asunto.

—Desafortunadamente sí. He estado haciendo averiguaciones muy discretamente con Pérez y con Castillo

—¿Tienen nombres específicos?

—Sí, mi general, pero le ruego que no me pida por ahora una identificación. Sería prematuro pues no lo tengo confirmado al ciento por ciento.

—¿Qué le hace falta?

—Un poco más de tiempo. Quiero que sea una investigación oficial en la que participen todos mis hombres.

—Haga lo que tenga que hacer, Martínez, confío en usted.

El Encuentro #13

Tal como lo esperaba, la llegada fue memorable. Por primera vez las mellizas en vez de correr a abrazarme a mí, corrieron hacia ella, gritando como siempre.

El abuelo y la tía lloraban, hasta Carolina se veía conmovida. Paco, Julián y los demás le dieron la mano y la terminaron abrazando también. Todo era alegría. Finalmente las mellizas la soltaron y se encargaron de mí, saltaban a mi lado, corrían y bailaban algo que estaban aprendiendo en una academia.

Ya el carro estaba allí, Paulina entró a cambiarse. Yo me quedé conversando con Alberto. Caminamos hacia los establos para evitar el patio principal, frente a la casa, donde estaban organizando carpas, asientos y demás parafernalia para la fiesta.

—Bueno, Martínez, ahora sí sea sincero. Ese cuentico de Caperucita Roja y el Lobo que me echó anoche no se lo creo para nada.

Le puse la mano en el hombro y nos miramos fijamente. Los ojos se le encharcaron. Me abrazó.

—Ay, Martínez, si no fuera por usted, ¿qué le hubiera pasado a mi muchachita?

—No, Alberto, es al revés. Si no fuera por mí, eso no le hubiera pasado.

Y empecé mi historia contándole los detalles más importantes. Cuando terminamos, habíamos compartido lágrimas y risas, finalmente me volvió a abrazar.

—Usted es un valiente, Martínez, es un buen hombre. Estoy muy orgulloso de usted. Venga nos tomamos un trago, esto lo tengo que pasar con algo.

Caminamos hacia un bar que habían instalado a un lado del patio. Sirvió dos whiskys sin hielo como los dos lo tomábamos.

—Gracias por darme el mejor regalo de cumpleaños que un abuelo puede tener.

 

Carolina se me acercó.

—Y entonces qué, Andrés, ¿lo de ayer fue muy grave?

—Sí, honestamente me asusté bastante, por unas horas no sabía quién la tenía.

—¿Y quién fue?

—Un mafioso al que le dicen El Tigre, pero ya lo tenemos preso y gracias a Dios todo salió bien.

—Ahí vi que llegó acompañado, ¿Eso va a tener que ser así desde ahora o es temporal?

—Temporal, hay que confirmar que todo sigue en orden.

—¿Y son para usted o para ella?

—Para los dos.

Asintió.

— ¿Y Robert? No lo veo.

— Tenía cirugía esta mañana, llega de tres a cuatro —se quedó mirándome

—¿Usted al fin quiere decirle la verdad a las niñas?

Me tomó por sorpresa.

—Por supuesto. Es lo que más deseo, me parece lo correcto.

Torció la boca.

—¿Y Paulina qué dice?

—Ella está de acuerdo conmigo.

—Mmm, no sé cómo vamos a resolver este asunto.

—¿Carolina, hay algo que deba saber?, sinceramente noto algo extraño en tu manera de preguntarme las cosas y en tus ojos, hay algo que me preocupa.

—Se me olvidaba que usted es vidente.

Seguí insistiendo. La notaba seca y distante.

—No hay que tener habilidades extraordinarias, es solo intuición.

—¿Los hombres también tienen de eso? No sabía—dijo con ironía y caminó hacia la casa.

—Carolina, tenemos que seguir hablando, mi respuesta sigue siendo sí.

Levantó una mano sin siquiera mirarme y siguió caminando.

 

Llamé a Pérez y a Castillo. Todo estaba en orden. Les pedí que dieran una vuelta por el apartamento de Paulina; María Paz llegaría por la noche y quería asegurarme de que no hubiera ningún inconveniente. Llamé a Sandoval. Estaba disfrutando de sus 15 minutos de gloria y muy agradecido. Llamé también al coronel y hablamos sobre el asunto de los escoltas.

—Coronel, gracias por los escoltas, pero ¿será posible que me permita dejar a Paulina con uno de los míos? Yo voy con cuatro de ellos al entrenamiento en Esperanza de martes a jueves y me sentiría más seguro si alguno de los que se queda se hace cargo. Voy a hablar con ellos a ver cuál está dispuesto a ayudarme.

—Todos estarán listos, Martínez, esos hombres darían la vida por usted.

—Estaba pensando en Marco Polo o en Bernal. Ellos están solteros y son muy discretos. Ella tiene clases en la universidad y no quiero incomodarla, además me parece más prudente vigilarla de lejos que con este tipo de escoltas.

—Bueno, Martínez, como le digo siempre, haga lo que considere conveniente.

—Gracias, mi coronel.

Llegaron unos amigos de Alberto y conocidos míos así que me entretuve un buen rato con ellos. Seguía llegando gente. Sirvieron la comida. Luego llegaron unos músicos, ya eran casi la dos de la tarde. Paulina salió y vi que me buscaba. Me despedí y caminé hacia ella.

—Muy bonito, me abandonaste en manos de hombres extraños —le dije.

—Sobre todo lo extraños, todos esos son amigos tuyos.

La abracé y nos sentamos a comer. Al instante aparecieron las mellizas y comieron de nuestros platos.

El abuelo nos miraba de lejos. Hubo un momento en que cruzamos miradas. Levantó el vaso de whisky y sonrió. Le respondí levantando el tenedor, seguí comiendo y riéndome con las ocurrencias de las mellizas y Paulina.

Andrea se veía distraída y noté que refutaba o hacia malacara ante lo que Anie decía. Paulina se levantó un momento a limpiar a Anie que se había ensuciado el vestido. Andrea estaba pintando y me ofrecí a ayudarla.

—Está bien, tú completas esta mitad y yo esta.

Como es zurda, empecé a pintar con la derecha y pudimos hacerlo en la misma hoja sin problema.

—¿Por qué estas de mal humor?

—Me duele la cabeza.

—¿Desde cuándo te duele?

—Ummm, hace días, me duele porque Anie me molesta mucho.

—Yo no me he dado cuenta que te moleste, al contrario cada que dice algo peleas con ella.

—Todos le creen a ella y a mí no, porque ya no sueño con nadie, ni contigo, ni con Pauli.

Y hundió la cabeza en el papel pintando con rapidez. Yo no sabía qué estábamos dibujando, simplemente hacia cualquier figura que se me ocurriera.

—Yo tampoco sueño con nadie.

—¿Nunca?

—A veces he soñado pero no hay que hacerlo todas las noches para ser especial.

—Yo no soy especial. Anie es la que se cree muy especial.

—¿Te acuerdas de las abejas? Eso fue muy especial que lo sintieras porque yo sentía lo mismo.

—Esas tontas abejas me dieron el dolor de cabeza.

— ¿Qué tal si hablamos con tu mamá para que te lleve al médico?

—No. No quiero volver allá.

Le di un beso en la cabeza.

—Si puedo también voy contigo y de todas maneras le digo a Paulina que te acompañe y así sabremos porqué te duele. Pero me prometes que no vas a pelear con Anie. Ella no tiene la culpa y te quiere mucho.

—¿Y tú me quieres?

—Claro yo te quiero mucho.

—¿Y Pauli me quiere?

—Ella también te quiere.

Seguimos pintando hasta que Paulina regresó.

—¿Qué dibujo tan raro es ese?, ¿ya aprendiste a pintar como ellas?

Andrea me quitó los colores.

—Ya está listo.

Nos mostró la hoja. Ella había dibujado una puerta y un perro parado esperando que se abriera. Yo unos escritorios y muebles. Paulina y yo nos miramos con asombro. Era el lugar donde ella había estado retenida.

Robert llegó, saludó y se sentó a comer al lado de Carolina en otra mesa. Las niñas lo saludaron con cariño pero volvieron al ataque encima de nosotros. Nos jalaron para que saliéramos a bailar. Otras personas les hicieron barra y nos tocó aceptar.

—Yo soy pésimo para esto, tú lo sabes.

—Sí, mi amor, ya sé que esta es tu debilidad, tienes una mano derecha y una izquierda que te funcionan de maravilla, pero tienes o dos pies derechos o dos izquierdos, porque no coordinas.

Empezó a sonar una canción con una letra muy bonita pero un ritmo muy difícil. Ella se empeñó en enseñarme a bailar porque podía ser nuestra canción, si es que aprendía.

—¿No podríamos escoger un bolerito? —le dije asustado pues la canción era bonita pero muy difícil de bailar. No era como las de Castillo que solo hay que mover la cabeza para arriba y para abajo o las de Rojas que movía los pies para adelante y para atrás y daba vueltas como trompo. No, que va, se escogió una que ni era bolero ni era rock, “salsa romántica” según explicó volteándome los ojos.

“Amores como el nuestro, quedan ya muy pocos… del cielo caen estrellas sin oír deseos…”

Se reía a carcajadas, viéndome sufrir mientras trataba de imitar sus movimientos. Nos tomaron varias fotos y las mellizas danzaban alrededor o entre nosotros. Estaban a punto de tumbarnos.

A lo lejos Robert y Carolina nos miraban y hablaban. Los noté serios y distantes. Finalmente nos sentamos y las niñas se fueron a jugar a otra parte.

—¿Al fin cuando vas a poder decirles la verdad?

—No sé, ellos no me lo permiten, aunque hace un rato Carolina me preguntó que si seguía con la intención de decirles.

—Eso es un adelanto, ¿no crees? A mí me parece que  tienen miedo.

—¿Miedo? ¿Por qué crees eso?

—Porque cuando esas niñas confirmen que tú eres su padre van a querer estar contigo todo el tiempo. ¿Has pensado en eso?

—Sí, creo que voy a tener que comprar otro apartamento o quizá una casa, ya seremos cuatro.

Se me salió esa afirmación y ella se quedó sin expresión. Se levantó y salió casi corriendo para el cuarto. El corazón me protestó, esta mujer estaba a punto de causarme un infarto. La seguí lo más tranquilo que pude y la encontré sentada al borde de la cama mirando algo. Apenas entré lo escondió.

Las mellizas se reían en alguna parte y ella me señaló con la boca que estaban metidas en el closet. Abrí y tenían puestos los zapatos de Paulina, Anie una camisa y Andrea una chaqueta. Se carcajeaban de verme ahí parado.

—<<Dile a Pauli que te muestre la foto>>.

—¿Cuál foto?

—Silencio, sapas.

Ellas cantaban:

—Sapas —Sapas —<<croa, croa>> —y se reían.

—Uy, ya. Vayan a jugar con las cosas de su mamá que me van a enloquecer.

Salieron corriendo con los zapatos de Paulina puestos y por poco se caen.

—Si me dañan mis cosas me las pagan.

—¿Y con qué plata? nosotras no tenemos —aseguró Andrea.

—Siií, sí tenemos —refutó Anie.

—Nooo—gritaba Andrea y salieron peleando pero por fin se fueron.

Me senté a su lado.

—Mi amor no me asustes por favor, te lo ruego, yo te amo demasiado, mira tócame el corazón.

Dejó que le pusiera su mano en mi corazón. Agachó la cabeza, le besé las manos. Se fue deslizando y quedó sentada en el suelo a mis pies. Se abrazó a mis piernas, me fui resbalando también y me senté junto a ella.

—¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo de que te pase algo más?

Me miró y se le escurrió una lágrima.

—¡Ay, no!—dije.

La abracé y sentí cómo se encogió en mi pecho y se quedó ahí tranquila unos segundos. Mi mente volaba: “Tiene miedo de casarse conmigo por el peligro que implica, tiene miedo de la responsabilidad de ser mi esposa y una mamá para las mellizas; está segura que estamos locos o que somos fenómenos, no quiere dejar su vida cómoda para complicarse con tres personas más”.

Yo era capaz de adivinar y calcular movimientos y estrategias para dirigir once, treinta o más de cien hombres si fuera necesario, pero no era capaz de saber qué le pasaba a mí mujer.

Las mellizas volvieron y entraron sigilosas:

—¿Estás brava, Paulinita? —siguió abrazada a mí —Estás enfermita? —<<¿Estás borrachita?>>

—¿Quéee? —ahí sí levantó la cabeza—. Por buena les dio.

—Muéstrale la foto—. ¿Quieres que te contemos que Pauli se emborrachó un día? —Y se quedó dormida con una foto —Y le daba besos y decía — <<Papacito>>.

Les tiró una almohada y ellas corrieron y se pararon en la puerta. Se asomaron de nuevo y repitieron —<<Papacito>>.

Ella empezó a reírse y yo también. Era inevitable.

—¡Tontas sapas esas! —exclamó y me miró con picardía.

Metió la mano debajo de la almohada y sacó una foto. La miró y le dio un beso. Me la entregó. Estaba medio ajada pero se veía perfectamente. Allí estábamos Paulina y yo bailando el día que ella cumplió los dieciséis años. Suspiré aliviado.

—Uff, pensé que era una foto de algún novio viejo.

—Yo nunca he tenido novios viejos, todos han sido jóvenes, el más viejo eres tú —me dijo graciosamente.

—Esta es la noche que te vi por primera vez como mujer.

—Y yo como hombre.

—Tu abuelo me invitó a tu cumpleaños. Yo había venido a visitar a mi mamá que estaba muy enferma. Entré preciso cuando estabas bailando con él. Se esperaba que todos los hombres de la fiesta bailaran contigo. Alguien me empujó y en ese instante nos tomaron esta foto.

La miramos y nos besamos.

—Me dio escalofrío mirarte a los ojos, creo que me embrujaste —me dijo convencida.

—Yo creo que tú hiciste lo mismo conmigo —nos miramos como cómplices y nos besamos con pasión.

—Cuéntame lo de la borrachera, nunca me has contado nada de eso —le dije, besándole la punta de la nariz.

—Eso fue otro día, también en mi cumpleaños. Mis amigas vinieron, trajeron vino y pusimos música. Me cantaron con una torta de pan que había hecho mi tía. Tú apareciste y te vi de lejos hablando con mi abuelo. Te arrimaste a saludar y luego te volviste a ir, pero antes me diste este regalo.

Miró el nochero. Allí tenía un globo de cuerda que yo le había traído. Al sacudirlo “nevaba” sobre la ciudad de Nueva York. Por supuesto sabía que estaba cumpliendo veintidós años.

—Sin darme cuenta tomé demasiado y cuando ellas se fueron y me levanté, estaba mareada. Las locas estas vinieron a ayudarme y nos caímos casi llegando a la sala. Por fin llegué a mi cama y me acosté. Según dicen, saqué la foto,  le di besos,  le dije papacito varias veces y me quedé dormida.

—¿Dime, por favor, de qué tienes miedo? Los dos llevamos nueve años queriendo estar juntos y ahora que por fin nos amamos con esta locura tan especial, ¿quieres salir corriendo? ¿Es por lo que pasó ayer? o ¿es otra cosa?

—No sé, son tantas cosas a la vez, nunca pensé que fuera tan difícil ser grande.

Nos quedamos abrazados un buen rato.

—¿Quieres que me vaya y te dé tiempo para pensar si me amas lo suficiente para compartir la vida conmigo?

Se demoró en contestarme, pero la sentencia me llegó en un susurro.

—Uhum.

Le di un beso en la frente y me levanté muriéndome.

Salí tragándome el llanto. El abuelo me vio pero entró a la casa. Seguí caminando hacia el carro.

Como una burla a mi “situación presente” la cancioncita empezó a sonar y yo quería taparme los oídos para no oír la estúpida canción esa.

“Como Romeo y Julieta, lo nuestro es algo eterno”

¿”Paulina, si escuchará esa parte?” me pregunté con cinismo.

Ya estaba abriendo la puerta del carro cuando escuché un grito.

—¡Martínez, Martínez!

Era ella. Corría hacia mí. La recibí en mis brazos. Se colgó de mí cuello.

—Perdóname,  perdóname, te amo con toda mi alma, no te vayas por favor.

La abracé con fuerza y la levanté sentándola dentro del carro. Me quedé parado entre sus piernas.

—Por favor, no quieras separarnos, por favor, te amo con toda mi alma —le dije besándola y cogiendo su cara entre mis manos.

La canción decía… “un amor como el nuestro no debe morir jamás”…Mmm, ahora sí me gustó… quizá la pueda aprender a bailar.

Nos quedamos allí abrazados disfrutando de nuestro amor y por un momento nos olvidamos del mundo entero.

Llegó la noche y la hora de despedirme. Yo pasaría a recoger a Paulina al otro día temprano. Uno de los escoltas llevaría el carro de ella. Sarmiento iba a dejar hombres de él patrullando el área durante la noche.

Estaba con Paulina en mi carro despidiéndome cuando Carolina y Robert se nos acercaron.

—Tenemos que hablar —dijo Robert.

—Claro que sí, ¿quiere que nos sentemos en alguna parte? ¿Vamos a mi casa o a otro lugar?

—No. Aquí está bien, ya este tema lo hemos tratado tantas veces que básicamente es muy poco lo que hay que concretar.

—Está bien, entonces, ustedes dirán.

—Pensamos que llegó el momento de decirle la verdad a las mellizas.

Me sorprendí. Paulina me apretó la mano.

—¿En serio? Dios mío, Gracias Robert. Gracias.

Le di un abrazo.

—Será por la salud mental de todos —aseguró Carolina—. Últimamente están más sensibles que nunca. Pelean mucho. Andrea se ha vuelto mandona y desobediente, y Anie débil y llorona.

—Sí, me he dado cuenta —dije con tristeza.

—Están creciendo. Necesitan entender por qué tienen esa conexión tan especial contigo —dijo Robert.

—Escojan el día y la hora, nos avisan y los esperamos —añadió Carolina—. Me imagino que van a estar juntos. Ellas aman a Paulina y puede ser de ayuda que la vean contigo. Además, con la locura que mantienen porque ustedes se casen, se van a sentir contentas. ¡Que sea lo que Dios quiera! Yo estoy agotada de sentirme una extraña para mis propias hijas. Ellas se conectan más con ustedes, que con nosotros que las criamos. No sé por qué.

Se le salieron las lágrimas. Robert le pasó el brazo por los hombros.

—Voy esta semana para Esperanza, regreso el jueves por la noche, ¿qué tal el viernes?

—Está bien, así será —dijo Carolina resignada y caminó hacia a la casa. Robert me miró a los ojos.

—Usted lleva siete años pidiendo que lo dejemos decirles la verdad, ya se le cumplió su deseo —me puso una mano en el hombro, nos sonrió a los dos y se alejó.

— ¿Estás bien? —me preguntó Paulina y me tocó la cara.

—Asustado ¿y tú?

—También. Pero creo que es lo correcto.

—Ahora sí tienes más razones para dejarme.

No sé porqué se me ocurrió decir semejante cosa. De un momento a otro me estaba sintiendo más inseguro que un quinceañero. Me miró directo a los ojos.

—Solamente si las cansonas esas se siguen poniendo mi ropa y mis zapatos…ah… y contándote mis secretos.

Se quedó seria mirándome. Yo no sabía si hablaba en broma o en serio. Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la casa. La jalé del brazo y la apreté con tanta fuerza que se quejó.

—Y si me sigues quebrando los huesos, con mayor razón te dejo.

Soltó la risa y me abrazó. Me besó la cara, los ojos, la nariz. Me sentía en sus brazos como si tuviera temblores de muchachita inocente.

—¿Qué dirían los de La Élite si te vieran así temblando como un perrito callejero?

—¿Por qué te gusta burlarte tanto de mí? Te pareces a la detestable de Paulina Reyes, la mocosa esa que me miraba por encima del hombro siempre.

—Uy, qué ofensa tan grande me has hecho, esa muchacha me cae muy mal a mí también, yo ni en la oreja me parezco a ella, yo soy otra completamente diferente.

—Ah sí y ¿cómo se llama usted señorita?

—Mmm, estoy en proceso de cambiarme el nombre.

—¿Y cuál le gustaría tener?

—Quizá Paulina Martínez —y se quedó seria otra vez.

—A mí no me van a matar las balas mujer, me vas a matar tú de un susto o de un infarto. ¿En serio te casarías conmigo?

—Vamos dando un pasito a la vez, mi teniente, un pasito a la vez.

La abracé y me quedé ahí un rato sin dejarla mover. Poco a poco me recuperé.

—Es hora de irme, seguiremos hablando mañana, te recojo a las ocho.

Nos dimos un beso y me fui.